Hacia una estrategia revolucionaria vasca

Art. Históricos (Proceso Liberación)
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Hacia una estrategia revolucionaria vasca

 

1968

K. de Zunbeltz

 

  

 

LA FIRMA K. de Zunbeltz que rubrica el famoso y largo escrito «Hacia una estrategia revolucionaria vasca» correspondía en realidad al dirigente de ETA preso entonces José Luis Zalbide, quien había redactado este análisis desde la cárcel.

Se imprime a fines de 1968 como pieza central del Iraultza número uno, publicación que después no tendría continuidad, compartiendo dicho número uno con escritos referentes a Txabi Etxebarrieta, fallecido unos meses antes, en junio de aquel año.

La revista Iraultza respalda el análisis de Zalbide con estas palabras introductorias: «Aunque se trata de la opinión de un solo militante —la de K. de Zunbeltz— describe bastante exactamente los actuales pensamiento y actuación de la Organización. Lo publicamos en la confianza de que nos llegarán las críticas y acotaciones que suscite. Del mismo modo que publicamos hoy la opinión de este militante nuestro, publicaremos igualmente la de cualquier otra persona, militante o no, siempre que se refiera a nuestro pueblo esté realizada desde la óptica de la revolución vasca».

En febrero del siguiente año, 1969, el escrito de Zalbide recibe las críticas de Emilio López Adán, Beltza, y de Federico Krutwig, así como la de Julen Madariaga y, dos meses después, del PNV. El propio Zalbide haría una autocrítica de su trabajo en una rectificación titulada «Fines y medios en la lucha de liberación nacional», donde llegaría a decir

«No sólo se expresó de manera confusa y equívoca el carácter principal de la lucha revolucionaria vasca (contradicción nacional entre el pueblo trabajador vasco y el imperialismo español-francés), sino que ya dentro de la estrategia se vertieron graves errores».

El librito tuvo pese a todo a una importante repercusión en todo el entorno de ETA. Se volvió a publicar en 1975 como número 2 de Cuadernos Lauburu por Editions Hordago de Ziburu, junto con las críticas recibidas en el seno de ETA, junto al citado «Fines y medios» del propio Zalbide y con un prólogo de Pertur. Por cierto que aquella publicación incluía por primera vez el que luego sería famoso símbolo del hacha con la serpiente.

 

 

Hacia una estrategia revolucionaria vasca

 

INDICE

—División de Euskadi y estrategia revolucionaria.

—Unidad de contenido y método de lucha revolucionaria.

—El método de lucha del fuerismo.

—El método de lucha del nacionalismo.

—Importancia de la violencia represiva en la determinación del método de lucha revolucionaria.

—Capitalismo monopolista y Revolución Popular.

—Consecuencias del papel dirigente adoptado por la burguesía en el movimiento revolucionario vasco.

—La estrategia de los liquidacionistas de E.T.A.

—Mito y realidad del desarrollo económico español.

—La revolución como proceso.

—Lucha de masas y de la minoría organizada.

—Unidad revolucionaria y masas populares.

—Estrategia y táctica en la nueva fase ofensiva.

 

Un movimiento revolucionario necesita poseer una estrategia. No basta saber porqué se lucha; no basta ponerse en cuerpo y alma con los oprimidos. Hay que saber cómo luchar para vencer al opresor.

Como todos los pueblos oprimidos, el vasco también necesita una estrategia, un método de lucha que le permita aplastar a sus opresores.

 

LA DIVISIÓN DE EUSKADI Y LA ESTRATEGIA REVOLUCIONARIA VASCA

Euskadi está dividido en dos partes, de las cuales una se encuentra bajo dominio del Estado Español y la otra del Francés. Esta división no es sólo política sino también económica y cultural. Si nos fijamos en la base socio-económica de ambas Zonas en la actualidad, encontramos un solo factor de unión entre ambas. Se trata de que las clases populares a uno y otro lado del Bidasoa están oprimidas por la oligarquía monopolista de España y Francia respectivamente. El aspecto común de esa opresión es tanto más notable porque en la época del Capitalismo Imperialista en que vivimos, existe una unidad fundamental entre las oligarquías monopolistas del mundo entero; lo que hace que también la lucha revolucionaria de las clases populares en las distintas regiones del mundo se desarrolle según una unidad fundamental.

Ahora bien, sin contradecir la unidad fundamental de la lucha antimonopolista y anti-imperialista mundial, las revoluciones surgen con características propias en cada pueblo. Características étnicas y culturales, experiencias históricas, tradiciones políticas, etc., son puestas de relieve por las condiciones de opresión monopolista, y a su vez influyen en que la revolución se desarrolle encuadrada en un marco nacional determinado. De este modo la unidad fundamental de intereses de las clases populares a ambos lados del Bidasoa, encuentra una correspondencia en las características étnicas, experiencias históricas, etc. del pueblo vasco. La unidad de intereses populares da un contenido material, actual una proyección hacia el futuro, hacia la práctica revolucionaria, a las características nacionales desarrolladas a través de la historia por el pueblo vasco; hace surgir, en una palabra, la Conciencia Nacional Vasca.

El error de contraponer el método y contenido de la lucha revolucionaria no ha revestido proporciones graves en Euskadi.

Sobre aquella base material las clases populares vascas de uno y otro lado del Bidasoa levantan la bandera de la unificación nacional y la democracia popular en contra de la opresión monopolista que soportan nacionalmente. La revolución vasca aparece así encuadrada en una zona geográfica que no se corresponde con ninguno de los Estados actuales ni tampoco con un pedazo de uno de ellos. Se da así la paradoja de que los opresores españoles y franceses designan a los patriotas vascos con el nombre de separatistas, mientras que éstos ven en sus opresores a los auténticos separatistas que mantienen al pueblo vasco dividido por una frontera económica, política y cultural. Por la misma razón la revolución vasca es a mismo tiempo separatista (con relación a los Estados Francés y Español) y nacional unificadora (Norte y Sur de Euskadi), porque el Estado Vasco que ha de ser el instrumento de la revolución popular en Euskadi entraña la separación del Estado Español y Francés, pero también la unidad nacional de los vascos hoy separados.

Con lo dicho, se puede comprender que una estrategia revolucionaria vasca (una estrategia para las siete regiones que constituyen la nación vasca) no puede ser de ninguna manera monolítica. Por la misma causa que no podemos identificar a la oligarquía española con oligarquía francesa, confundiéndolas en una sola clase, a pesar de su unidad fundamental como personificación del imperialismo, tampoco podemos identificar ni confundir el método de la lucha revolucionaria de las dos zonas vascas.

Las condiciones actuales de España y Francia son muy distintas, y asimismo distinto su desarrollo histórico. La revolución burguesa, que como se verá más adelante ha desempeñado un papel prominente en la determinación del nacionalismo vasco, que se desarrolló por dos vías muy distintas en el Estado Español y en el Francés; la vía democrática pequeño burguesa en el Estado Francés, y la vía autoritaria promonopolista de la alta burguesía en el Estado Español. De ese diferente camino de la burguesía para llegar al poder, se derivó un significado muy distinto de las características nacionales vascas en la lucha de clases. En Euskadi Sur las características nacionales pasaron rápidamente, de ser bandera de un fuerismo pro-feudal, a convertirse en bandera de las clases populares decepcionadas por la alta burguesía, dando de este modo nacimiento al nacionalismo. En Euskadi Norte, por el contrario, los demócratas hicieron suya la revolución democrático-burguesa francesa; por ello, las características nacionales vascas continuaron sirviendo de bandera a los fueristas pro-feudales (fueristas en un principio, pro-feudales a secas después, y fascistas más tarde). Así no hubo en Euskadi Norte ni carácter políticamente popular del vasquismo, ni éste se transformó tampoco en nacionalismo hasta mucho tiempo después que en Euskadi Sur.

El desarrollo del monopolismo hizo surgir finalmente intereses populares antimonopolistas en Euskadi Norte. La oligarquía monopolista francesa ha condenado al subdesarrollo a la zona vasca y no deja a sus habitantes más alternativa que la emigración. Bajo estas condiciones de opresión nacional, el desarrollo del nacionalismo revolucionario en Euskadi Sur ha impulsado al otro lado del Bidasoa al nacimiento de un movimiento nacionalista. Pero la ausencia de un proletariado fuerte como el de Euskadi Sur, junto a las relativas posibilidades de acción política que tolera el Estado Francés y la experiencia histórica de los últimos doscientos años, hace que el movimiento nacionalista en Euskadi Norte discurra por cauces distintos a los de Euskadi Sur, si bien ambos coinciden en la unidad nacional vasca como objetivo de lucha.

De las dos zonas Norte y Sur de Euskadi, es la zona Sur sometida al Estado Español llamada a ocupar la vanguardia de la Revolución Vasca. La existencia de un proletariado fuerte que puede tomar las dirección de la revolución popular, las contradicciones del monopolismo más agudas, con su reflejo en la represión política, una experiencia histórica cercana de unión de clases populares en la lucha armada contra el fascismo español en 1936-37. Estas condiciones que se muestran con singular fuerza en Gipuzkoa y Bizkaia, determinan la línea general estratégica de la Revolución Vasca, línea cuyo estudio constituye el objeto de las próximas páginas. Las condiciones de la lucha en Alaba y Nabarra por una parte, y de Laburdi y Zuberoa por la otra, poseen rasgos específicos que determinan diferencias de estrategia. Para Euskadi Norte sobre todo, donde el movimiento nacionalista se encuentra en sus comienzos, son imprescindibles estudios en forma de monografías, que analicen las peculiaridades de la lucha en esas zonas, dentro de la unidad general de la Revolución Vasca.

El presente trabajo no pretende en absoluto agotar el tema de la estrategia revolucionaria vasca, sino solamente estudiar los principios generales que deben iluminar dicha estrategia. Por este motivo, el estudio de las peculiaridades de la estrategia revolucionaria en Euskadi Norte quedan fuera del objeto de estas páginas. Los principios estratégicos de carácter general deberán ser modificados a tenor de las condiciones específicas de la zona en que hayan de ser aplicadas.

 

LA UNIDAD DE CONTENIDO Y MÉTODO DE LUCHA

Hay quien cree que el método de lucha sea una especie de técnica para ser estudiada y aplicada con independencia del contenido de la lucha, una técnica que pueda buscarse en Cuba, Argelia o Viet-Nam; ya preparada y dispuesta para ser aplicada en Euskadi sin necesidad de tomar en cuenta las condiciones específicas de la Revolución Vasca. Esa separación entre método y contenido de la lucha es característica del modo de entender la revolución por parte de los imperialistas y en general la burguesía.

En su libro (Técnica del Golpe de Estado), Curcio Malaparte hace una comparación superficial de varios procesos históricos que tuvieron por meta la toma violenta del poder político. Eso le permite meter en un mismo tonel a los revolucionarios bolcheviques, a los fascistas italianos, a los nazis alemanes, etc. La conclusión que saca de la comparación es que, por encima del contenido de la lucha, existe una «técnica» que debe seguir todo conspirador que desee hacerse con el poder. Y daría lo mismo si se trata de las masas oprimidas en la lucha por su liberación, que si es una pandilla de generales apoyados por las capas más reaccionarias de la sociedad. El carácter reaccionario de esta tesis es manifiesto. Pero en este sentido, el libro de Curcio Malaparte no es sino un caso más, entre muchos, que ilustra el pensamiento burgués acerca de esta materia.

Desde los libros que se pretenden científicos, los textos de historia, las películas cinematográficas, hasta los telefilms y las novelas baratas, pasando por los Readers, todos los medios de expresión de la burguesía dominante se movilizan con el fin de despojar cualquier proceso histórico de su contenido, dejándolo reducido a un conjunto de anécdotas sin conexión entre sí, o a pura técnica militar.

No hay ni que decir que al opresor no puede servirle el método de lucha del oprimido

Se trata el tema de las guerras mundiales, por ejemplo, como si el método de lucha, la estrategia de los combatientes, fuese el producto de la poderosa imaginación de los generales, y no estuviese determinado por el contenido de la lucha. Pero es que al contenido de la lucha (rivalidad entre potencias imperialistas, en el caso de las dos guerras mundiales) no pueden ni tan siquiera hacer referencia —por razones obvias— los propios imperialistas o sus criados.

El irracionalismo alcanza sus proporciones mayores cuando se trata de enfocar la revolución socialista o la lucha de liberación nacional de un pueblo contra el imperialismo. Entonces se hacen todos los esfuerzos imaginables para impedir que las masas comprendan las leyes internas de desarrollo de los procesos revolucionarios.

Las teorías erróneas de la burguesía cumplen su función como propaganda para las masas, pero al mismo tiempo influyen sobre la clase dominante. Así por ejemplo, los imperialistas norteamericanos no comprenden la estrecha unidad que existe entre el método y el contenido de la revolución vietnamita. Su error no consiste, ciertamente, en problema de inteligencia sino de intereses. Ellos no pueden comprender la unidad que existe entre el método y el contenido de aquella lucha, porque para justificar su agresión necesitan negar el contenido real de la lucha, que es la insurrección del pueblo sudvietnamita contra sus agresores vietnamitas y americanos. Y así, se ven obligados a presentar la guerra revolucionaria como una invasión del Sur por el Norte. Negando de este modo todo contenido propio de la revolución, no pueden ver en el método de lucha seguido por el FNL más que una «técnica» importada de Hanoi o Pekin, y así mismo los éxitos logrados por los patriotas vietnamitas, como si lo fueran gracias a esa técnica normal y secreta. Es natural que con esta concepción hayan pretendido los americanos nada menos que utilizar ellos mismos el método de lucha revolucionaria.

En un tiempo los americanos pretendieron contener el movimiento de liberación de los pueblos, oponiendo a la «técnica de guerrillas» otra «técnica de contraguerrillas». Eran los tiempos en que los Estados Unidos enviaban a Vietnam instructores. Fueron creados los cuerpos especiales «Green Berets» (Boinas Verdes) del ejército USA. Los oficiales de esos cuerpos especiales fueron enviados como instructores a las escuelas de contraguerrillas instaladas en los países satélites de USA; por ejemplo en Guatemala, Bolivia, España (Jaca), etc.

Llegaron los jefes norteamericanos a creer que ellos mismos podrían utilizar la «técnica» cogida a los revolucionarios con los mismos buenos resultados que a éstos. En alguna ocasión se puede leer en la prensa americana que las «tropas especiales» se entrenaban con el cóctel molotof, el alambre estrangulador, etc., con vistas a utilizar contra el vietcong los mismo métodos que a este último le iban tan bien en su lucha.

No hay que decir que al opresor no puede servirle el método de lucha del oprimido. El cóctel molotof, y en general los métodos de lucha guerrillera, se caracterizan por ser métodos de lucha de un pueblo oprimido. Medios al alcance de las masas y de los militantes surgidos de las masas; medios adaptados a las condiciones de la lucha clandestina del pueblo contra un ejército de ocupación. Los americanos se dejaron deslumbrar por esos métodos considerándolos al margen e independientemente del contenido de liberación popular al que estaban ligados. Sin embargo, la realidad de las cosas —el contenido de la lucha— se impone a los americanos con independencia de cual sea su voluntad. El método de lucha de los americanos es forzosamente el de los bombardeos con napalm, el terror masivo contra la población civil, etc.

Los cuerpos especiales y las técnicas «made in USA» ingeniadas para servir como contra-técnica revolucionaria, quedan reducidos a un papel completamente secundario, en tanto que la línea general estratégica de los americanos en Viet-Nam se despoja de recursos de propaganda y aparece de acuerdo al contenido de la lucha mantenida por ellos. Es decir, de acuerdo con su condición de opresores del pueblo vietnamita.

También el movimiento revolucionario vasco, a medida que se desarrolla, obliga a los contrarevolucionarios a caer en las mismas posiciones que se acaban de apuntar. En la prensa oficial española correspondiente a los meses de julio y agosto de 1968 ha sido dada una tajante interpretación de la Revolución Vasca. Todo el problema se reduciría, según ella, a la técnica terrorista que unos cuantos fanáticos racistas habían aprendido de los comunistas chinos y de algún antiguo miembro de la Gestapo hitleriana. Se repite aquí la contraposición entre método y contenido de lucha; y al mismo tiempo la negación de todo contenido material de la lucha, cuando se dice que ésta proviene del «fanatismo racista» y no de las condiciones de existencia de la sociedad vasca.

Y no solamente entre los opresores del pueblo vasco, sino que también dentro de las filas del nacionalismo han creído algunos que pudiese existir —dado como algo previo al proceso revolucionario— una estrategia que trajese respuesta directa a la pregunta de «cómo conducir la Revolución Vasca». Esta creencia es semejante a aquella otra del «mesianismo», consistente en esperar que un hombre, un leader, resuelva con la fuerza de su personalidad ese mismo problema. El error de ambas posturas consiste en el olvido de que las mismas condiciones reales que crean los problemas aportan al mismo tiempo los medios para su solución.

Para que las guerras carlistas en Euskadi hubiesen apuntado a la independencia nacional vasca, el contenido de la lucha tendría que haber sido la revolución democrático burguesa.

Como quiera que la contraposición entre método y contenido de lucha es característico de la burguesía en general, no ya sólo su capa superior constituida por la oligarquía monopolista, sino también la pequeña burguesía cae en la misma posición errónea. Es decir, tanto la clase dominante y opresora, como la burguesía nacional revolucionaria. De este modo, los errores y la propaganda del opresor pueden filtrarse en las filas revolucionarias a través de la pequeña burguesía. De hecho, la burguesía nacional vasca —que ha desempeñado un papel tan importante en el nacimiento del moderno nacionalismo revolucionario— no puede por sí misma coger plena conciencia del contenido de la revolución popular. El grado de conciencia nacional que puede aportar a la revolución es limitado, por sus intereses de clase, a la intuición de que existen intereses comunes revolucionarios en el pueblo vasco. No puede, sin embargo, penetrar hasta las condiciones materiales de esa comunidad de intereses porque eso implicaría la admisión de su propio papel histórico —transitorio— en cuanto a clase. Ese grado de idealismo del que la burguesía nacional no puede desprenderse —sólo la unidad revolucionaria con el proletariado puede lograrlo— le impide abordar correctamente el problema relativo al método de lucha. Este es visto, desconectado del contenido material de la revolución, y por eso, a las grandes dificultades de estrategia que van presentándose no puede encontrar la solución que viene dada, junto a la dificultad misma, por el contenido de la lucha. De ahí surge la tendencia a buscar la solución, bien en una «técnica», bien en un «mecías» que —de por sí— resuelva los problemas.

En el movimiento revolucionario vasco se ha caído con más frecuencia en el espejismo de la existencia de una «técnica» revolucionaria que en el «mesianismo». Con ser errónea, la sobrevaloración de la personalidad del leader, porque al menos deja abierta una puerta al análisis y la crítica posterior, cosas éstas que no caben cuando impera el mesianismo.

Para que las guerras Sería interesante a este respecto hacer una comparación entre el movimiento revolucionario vasco y los latinoamericanos. Primero en Cuba, ahora en Venezuela, Bolivia, etc., la personalidad del dirigente es destacada con mucho más fuerza que en Euskadi, donde la personalidad del dirigente aparece casi siempre difuminada tras el modo colegial de dirección. Las mismas condiciones históricas que han determinado el predominio del modo de dirección colegial, han alejado en el movimiento revolucionario vasco la tentación del mesianismo.

El error de contraponer el método y contenido de la lucha revolucionaria no ha revestido proporciones graves en Euskadi, sin duda por el continuo desgaste crítico que ha venido produciendo la práctica revolucionaria sobre la teoría. Pero se trata de no caer en tales errores en el futuro, en este sentido la mayor garantía se basará cada vez más en la unidad revolucionaria que haga llegar a todas las capas populares de la burguesía la interpretación científica que trae el proletariado a la Revolución Vasca.

 

EL MÉTODO DE LUCHA DEL FUERISMO

No basta comprender que el método de lucha revolucionaria es inseparable del contenido de la revolución misma; es preciso conocer los factores históricos que determinan esa unidad de método y contenido en cada circunstancia concreta. El pueblo vasco tiene en su historia abundante material por analizar. En las páginas que siguen se verá —siquiera sea en sus líneas esenciales— lo que determinó el método de lucha del movimiento fuerista y del nacionalismo vasco. Así será más fácil estudiar, más tarde, el método de lucha apropiado a las condiciones de la Revolución Vasca.

Las insurrecciones carlistas y el modo como se desarrolló la lucha —la estrategia también— aparecen muy unidos al contenido de la revolución burguesa española. En Euskadi las guerras carlistas giraron en torno a la cuestión de la permanencia o abolición de los fueros. Estos poseían un claro contenido económico, reflejo de la relación que durante siglos existía entre la burguesía compradora vasca y la nobleza feudal castellana. Las aduanas del Estado Español se encontraban en la divisoria de Castilla con Euskadi Sur, mientras que los puertos marítimos vascos gozaban de libertad de comercio con otros países. De este modo la clase comerciante vasca se movía con bastante independencia en el tráfico de mercancías entre Castilla y otros países. Pues bien, los Fueros estaban formados por un conjunto de leyes que reflejaban esa relativa independencia en lo económico y en lo político.

Ya en pleno siglo XIX, un sector de la alta burguesía vasca empieza a invertir sus capitales, acumulados en el comercio, en la industria aún incipiente. Para esta época, la industria de ciertos países como Francia e Inglaterra se encontraba ya muy desarrollada. Con los fueros, la nueva alta burguesía industrial de Euskadi Sur se encontró como un niño en medio de la tormenta y con la puerta de casa cerrada. De un lado, tenía cerradas las puertas al mercado español, y de otro se veía atracada por la competencia de otros países que introducían libremente sus productos en los puertos vascos. Para el sector industrial de la alta burguesía vasca, la «unidad constitucional española» significó antes que nada un abrir a sus productos las puertas al mercado español, y al mismo tiempo «protección" para esos mismos productos de la competencia de países más desarrollados.

Cuando los fueros desaparecieron, se dio efectivamente una fuerte expansión industrial en Bizkaia y Guipúzcoa; y basta echar una ojeada a la curva de producción industrial en Euskadi a todo lo largo del siglo XIX para comprender sin lugar a dudas que los Fueros constituyeron el principal obstáculo legal con que hubo de enfrentarse el desarrollo de Euskadi en esa época. Los Fueros frenaban el desarrollo de las fuerzas productivas en otros aspectos, además del ya expuesto de las aduanas. El que parece más destacado es el artículo del Fuero de Bizkaia en que se prohíbe la exportación de mineral de hierro.

Las insurrecciones de masas en defensa de los Fueros llevaban aparejada la defensa del Antiguo Régimen Feudal español.

Fue precisamente esta explotación —masiva desde la abolición definitiva de los Fueros en 1876— lo que permitió a la alta burguesía reunir el capital necesario para la industrialización de Bizkaia.

No debe hacer falta recalcar que las causas de que el progreso económico de Euskadi Sur apareciese como enfrentado a su independencia política, se encuentran en el hecho de que fue la alta burguesía de origen comerciante, y no la pequeña burguesía de origen artesano, la que dirigió el proceso de industrialización.

Si los intereses de la alta burguesía industrial le empujaban a la lucha contra los fueros, por la «unidad de España» y el proteccionismo, su principal contrario —la alta burguesía comerciante— distaba mucho de ser la clase con más condiciones para llevar a Euskadi por un camino nacional. Como se ha dicho, la alta burguesía comerciante obtenía sus ganancias de la relación que mantenía con la nobleza feudal española. Su relativa independencia no excluía esa situación de vasallaje respecto a la clase dominante del feudalismo español. Los intereses materiales de esta clase social, dominante en Euskadi Sur, se reflejaban en el fuerismo. Pero no debe entenderse que este fuerismo de la clase dominante tuviese el más mínimo elemento de nacionalismo. La alta burguesía sabía muy bien que sus intereses sólo podían seguir satisfaciéndose en una estrecha relación con España, con la España feudal, para ser más precisos. Los precedentes del nacionalismo vasco que es posible encontrar en los Fueros, no reflejan los intereses de la alta burguesía pro-feudal sino los de las masas campesinas, pequeño burguesas y pre-proletarias. Para esas masas el liberalismo significaba, ya de salida, aumentos de los impuestos y servicio militar obligatorio. Además, en el plano político no ofrecía ninguna democratización significativa, y solo la sustitución de unas instituciones tradicionales vascas por otras extrañas. Efectivamente, las instituciones políticas propugnadas por la alta burguesía liberal no podían ser más «liberales» o «democráticas» que las de la alta burguesía comerciante vasca que, disponiendo del comercio entre Castilla y otros países durante siglos, no necesitó oprimir excesivamente a las masas campesinas y plebeyas, interesándole mucho más tener a esas masas de su parte para defender el statu quo. Estas masas veían los Fueros de la clase dominante como cosa suya y podían sentir el liberalismo español como una efectiva invasión extranjera y a los liberales bilbaínos y donostiarras como traidores, como «beltzak». Entre estas masas plebeyas, la reacción de defensa de los Fueros podía verse en cierto sentido como una lucha de Liberación nacional —o mejor dicho de defensa y preservación de la independencia nacional—, y de ahí el carácter pre-nacionalista de su carlismo. Sin embargo el contenido real de aquella lucha, lejos de ser la conservación de la independencia nacional vasca, estaba condenado a ser el de un fuerismo pro-feudal, inseparablemente unido al destino del representante más reaccionario de la extranjera corona española. Para que las guerras carlistas en Euskadi hubiesen apuntado a la independencia nacional vasca, el contenido de la lucha tendría que haber sido únicamente la revolución democrático-burguesa. Es decir, las masas pequeño burguesas y plebeyas vascas habrían tenido que enfrentarse tanto contra los Fueros como contra el liberalismo español, o lo que es lo mismo, tanto contra la alta burguesía comerciante como contra la alta burguesía industrial. Pero la pequeña burguesía vasca no estaba en condiciones de tomar la dirección de una eventual revolución burguesa en Euskadi Sur. Ya se ha dicho que el comienzo de la industrialización en Euskadi Sur fue impulsado de modo principal por la alta burguesía de origen comerciante. Por eso el papel de la pequeña burguesía y masas plebeyas vascas se limitó a seguir a uno de los dos contendientes principales. A los carlistas o a los liberales.

Si descontamos Bilbao y Donostia, reductos del liberalismo, el conjunto de la tierra vasca estuvo dominado por los carlistas y fueron abundantes las insurrecciones de masas a favor del pretendiente al trono de España que aparecía como defensor de los Fueros. La alta burguesía mercantilista vasca pro-feudal que, unida a los caciques de la tierra llana, llevaba la dirección de los fueristas, reunía en sí las tendencias más retrógradas y absolutistas, el clericalismo más acusado, etc. Los mismos Fueros que durante siglos hablan prohibido duramente la injerencia de los clérigos en los asuntos civiles, eran ahora invocados para defender el integrismo religioso más extremado.

Sin posibilidades de desarrollar una política propia, las insurrecciones de masas en defensa de los Fueros llevaban aparejada la defensa del Antiguo Régimen feudal español, y a su vez este carácter contrarrevolucionario de defensa del viejo orden condicionaba el curso y el destino final de la lucha. Porque mientras las masas fueristas seguían a la alta burguesía mercantilista carlista, ésta no dudaba en entrar en componendas con los liberales para abolir los Fueros.

En realidad, el desarrollo del capitalismo obraba en contra de la supervivencia de los Fueros. Cada vez más, no era ya la burguesía industrial la única interesada en deshacer el régimen feudal; también las fuerzas de la reacción feudal se interesaban cada vez más en hacer —a su modo, claro está— la «unidad española», centralizando el poder en un Estado unitario. Al propio tiempo la alta burguesía industrial vasca, ya objetivamente integrada en la clase dirigente de la revolución burguesa española, una vez conseguidos sus objetivos más importantes, estaba cada vez más dispuesta a llegar a un arreglo con los restos feudales (monarquía, nobleza, etc.) tanto vasca como española, a fin de impedir el ascenso de las tendencias democrático burguesas y proletarias que ya empezaban a despuntar (algo en España y más en Euskadi).

La tendencia convergente de los intereses alto burgueses enfrentados en las guerras carlistas se vio reflejada en el desarrollo de los acontecimientos y en la estrategia de los bandos en pugna, y quizás donde más claramente se manifestó fue en el célebre «abrazo de Bergara».

Por cualquier lado que se mire, la evolución de las clases dirigentes había de producir una profunda decepción en las masas que habían luchado en uno y otro bando. Las masas fueristas habían sido traicionadas por los dirigentes carlistas, los cuales, habiendo renunciado a los Fueros, se centraban en el integrismo religioso y el absolutismo político.

Las masas liberales se habían encontrado con una revolución que no era la suya (la revolución democrático-burguesa), nacionalismo vasco. Este recogió gran parte de la ideología fuerista. De esta herencia ideológica destaca lo que aún en el período anterior reflejaba los intereses de la pequeña burguesía democrática.

Pero junto a ese carácter democrático burgués que no dejaba de ser un importante paso adelante en la línea del progreso, el nacionalismo arrastraba no pocos elementos reaccionarios, que contradecían su carácter progresista. Deben citarse como más importantes la actitud hacia la religión y la raza. En estos aspectos de la ideología Sabiniana puede verse no solamente una herencia ideológica del fuerismo, sino también un reflejo de las condiciones de lucha de la pequeña burguesía ya en 1890, que es precisamente el comienzo en Euskadi Sur de la lucha obrera por el socialismo.

Puesto que el movimiento obrero aparecía ateo y étnicamente extraño, la pequeña burguesía vasca encontró en la defensa de la religión y la exaltación de las características raciales, propias del período fuerista, los elementos ideológicos que necesitaba para defenderse de la amenaza socialista tal como se manifestó al surgir en Euskadi Sur.

La identificación de la nacionalidad vasca con la raza y con la religión católica confería a la ideología nacionalista un carácter irracionalista muy peligroso.

Claramente aparece que el contenido de la lucha de la pequeña burguesía vasca determinó la pervivencia de elementos ideológicos reaccionarios de la época carlista. El lado reaccionario antisocialista del primitivo nacionalismo vasco influyó poderosamente en el método de lucha, en la estrategia, de ese período. Concretamente las primeras alianzas electorales las hicieron los nacionalistas con partidos como el liberal-conservador de Maura, y durante bastante tiempo aún se pudieron observar relaciones con jaimistas, integristas y Acción Católica Española. Casi siempre tales relaciones encontraban justificación en la defensa de la religión, pero en el fondo de todo ello había la amenaza socialista.

En todo caso, la identificación de la nacionalidad vasca con la raza y con la religión católica confería a la ideología nacionalista un carácter irracionalista muy peligroso, porque podía permitir a la alta burguesía utilizar en su propio provecho al movimiento nacionalista. Y no hay que decir que de haber caído el movimiento nacionalista en manos de la alta burguesía dominante en España, hubiese desaparecido en cuanto que nacionalista. De esto eran conscientes —o al menos lo intuían— los militantes nacionalistas, pues cada vez que los dirigentes del movimiento estrechaban sus relaciones con los partidos de derechas, se producía una escisión (semanario Askatasuna en 1910, grupo Aberri en 1923, Acción Nacionalista en 1930). Y esa escisión invariablemente se presentaba aconfesional frente al confesionalismo católico de la rama derechista.

Con todo, el nacionalismo era principalmente un movimiento de la pequeña burguesía. Además el tiempo obraba en favor de su carácter popular. Y esto, sobretodo, porque cada vez más la alta burguesía vasca se fundía con los terratenientes  españoles, concentraba y centralizaba sus capitales por medio de la banca, en definitiva, se aproximaban al pleno control monopolista de Euskadi Sur y de España. La tendencia hacia la centralización monopolista en el seno del Estado Español era, pues, fundamentalmente económica pero se reflejaba políticamente en el imperialismo cada vez más rígido de la clase dominante y en el apoyo que ésta prestaría, en cuanto se presentara la  1 ocasión, a los grupos fascistas españoles. La tendencia al imperialismo era la principal de aquel tiempo, por lo que condicionaba el papel de todas las clases sociales.

El desarrollo del monopolismo implica la escisión de la burguesía en dos grupos cada vez más contrapuestos. Esta escisión de carácter social se funda en la separación creciente que tiene lugar en el plano de la producción entre el sector monopolista y en el sector aún competitivo. Este último sector es sometido a una presión cada vez más fuerte por parte del sector monopolista, a medida que éste extiende y consolida su poder económico mediante la acción política del Estado Español.

Cada vez más, los intereses de un sector de la pequeña y media burguesía vasca se van convirtiendo en antagónicos de los intereses monopolistas pro-estatales españoles, En esa misma medida puede hablarse de «burguesía popular» o, en el caso vasco, de burguesía nacional. Siendo el nacionalismo en su origen una ideología pequeño-burguesa, el proceso de concentración capitalista, al tiempo que consolidaba el carácter popular de la pequeña burguesía, hacía evolucionar el nacionalismo hacia la izquierda. A la luz de esta tendencia general, las fluctuaciones del nacionalismo hacia la derecha que pudieron observarse en varias ocasiones hasta 1936, aparecen claramente como maniobras de la alta burguesía de origen vasco por hacerse con el control del movimiento a fin de ponerlo al servicio de la reacción antiproletaria y antinacional vasca.

En el contexto, cuyas líneas esenciales de carácter general han sido descritas hasta aquí, no resulta confusa la estrategia nacionalista vasca anterior a 1937. Su característica principal es la de constituir una lucha continua por la supervivencia, es decir, conseguir en lo político-económico la autonomía que la burguesía del sector aún competitivo estaba perdiendo debido al proceso de concentración capitalista y de una anexión o absorción imperialista. Una lucha reformista por su contenido y electoral por sus métodos. La autonomía que la burguesía nacional vasca necesitaba para desenvolverse, se reflejaba en el Estatuto de Autonomía para Euskadi, que los nacionalistas de la época solicitaban incansablemente del Gobierno imperialista Español.

El Estatuto, como objetivo político, refleja con toda claridad el estado de cosas que existía en los tiempos de la II República Española entre las clases populares vascas y la clase dominante española. En primer lugar, el proceso en torno al Estatuto muestra que entre las clases populares vascas el papel dirigente fué desempeñado, cuando menos hasta 1937, por la burguesía nacional. Esto se manifiesta con toda evidencia en la composición del Gobierno Autónomo de Euskadi Sur a partir de su creación el 7 de octubre de 1936. En segundo lugar, si se tienen en cuenta los intereses de la burguesía hispano-vasca dentro del sistema capitalista establecido, lo que habría implicado la lucha contra el sistema como un todo: la revolución. Por el contrario, sus necesidades, en tanto que clase social, se limitaban a la reforma del sistema hacia una mayor autonomía respecto de las relaciones monopolistas e imperialistas, pero sin atentar a la base del sistema. Puesto que esa reforma llevaba consigo un carácter democrático antimonopolista, respondía también a los intereses del proletariado, el cual era aún incapaz de emprender con éxito la vía revolucionaria, como quedó demostrado en varios intentos insurreccionales que quedaron sofocados. La comunidad de intereses en torno a los objetivos reformistas —pero democráticos y de carácter nacional de la burguesía nacional vasca—, es lo que dio al nacionalismo anterior al 36 el carácter popular que le permitió adoptar el papel rector de la lucha del pueblo vasco contra la insurrección militar española el 18 de julio de 1936.

El método de lucha reflejó en todo ese periodo anterior al 36 su propio contenido reformista. Quiere decirse que los partidos y organizaciones populares vascas solicitaban del Gobierno Español que se dignase conceder la autonomía a Euskadi Sur. Al instaurarse la II República Española se abrió una posibilidad de conseguir ciertas reformas políticas siempre que no fuese puesta en cuestión la base del sistema. Así y todo, la alta burguesía española, dominante a través del Gobierno Republicano como antes lo había sido a través de los Gobiernos de la Monarquía, no concedió el Estatuto. Este solo llegó cuando la clase dominante española se hubo apartado del Gobierno Republicano para volverse contra él y derribarlo mediante la insurrección militar de Franco.

El proceso en torno al Estatuto muestra que entre las clases populares vascas el papel dirigente fue desempeñado por la burguesía nacional.

Se ha visto —al tratar de las guerras Carlistas— la dificultad de establecer comparaciones superficiales entre métodos de lucha que corresponden a condiciones históricas diferentes. En ese error cae quien pretende comparar el método —electoral, parlamentario—del nacionalismo de pre-guerra, con el método de lucha del actual movimiento revolucionario vasco. Por esta razón no suelen ser válidas las criticas que en medios nacionalistas revolucionarios de hacen al estatutismo anterior del 36. Tal crítica solo es posible si, al estudiar el método seguido para la obtención del Estatuto, se enmarca éste en las condiciones que lo hacían necesario. Por el mismo motivo, debe combatirse todo otro intento de continuar con aquel mismo método de lucha y condiciones diferentes, como son las existentes actualmente en Euskadi Sur.

Hoy no existe vía parlamentaria que se pueda invocar como medio de obtener un Estatuto de Autonomía u otra reforma cualquiera. Esta situación no es accidental, como pretenden los que no quieren ver en la política del actual Estado Español sino la dictadura personal de un hombre apoyado por una reducida camarilla. Por el contrario, el hecho de que en la actualidad no existan cauces democráticos ni nada que pueda hacerse pasar por tales, responde a las condiciones socio-económicas del sistema monopolista al que Euskadi Sur se encuentra sometido. La concentración y centralización de capitales en unas pocas manos ha producido un salto cualitativo en las características generales del sistema capitalista español. La clase dominante española ya no precisa ceder terreno a las clases populares de

Euskadi Sur, como no sea en maniobras preparadas con el fin de reforzar aún más su control monopolista sobre ellas. Por consiguiente, pedir el Estatuto no tiene hoy el mismo significado que tenía en 1936. Ni pregonar hoy la vía parlamentaria y de diálogo es lo mismo que utilizar esas vías en 1936. Entonces era un modo válido, aunque fuese reformista, para tratar de henar la progresiva concentración económica y la política imperialista de la clase dominante, Hoy ese imperialismo ha logrado sus objetivos tanto en el plano económico como en el político. Y si el pregonar hoy el Estatuto como objetivo y la vía parlamentaria como método para obtenerlo, no puede ya frenar un proceso que está consumado y cerrado, no puede caber duda de que tal actitud solo serviría a la clase dominante, es decir a la oligarquía monopolista, opresora nacionalmente de Euskadi.

En la época del dominio monopolista, la nostalgia del régimen parlamentario es utilizada por la oligarquía para montar decorados como el del Referéndum, los «debates» en las Cortes, y otras maniobras análogas que sin duda emprenderá en el futuro. Del mismo modo, la pretensión de un Estatuto o de cualquier otro tipo de reforma democrático burguesa es actualmente utilizada por la oligarquía monopolista en sus maniobras en torno a una supuesta descentralización administrativa. Semejante descentralización, si llegara a producirse, significaría ni más ni menos que la oligarquía monopolista internacional y su criado —el Estado— delegarían algunas cargas administrativas secundarias sobre sus fieles servidores de «provincias», y de este modo, al tiempo que conservan fuertemente atenazados los resortes esenciales del poder, se liberarán de esas cargas engorrosas, sin que ello supusiese el menor riesgo para su efectivo control monopolista-imperialista.

Cuando se pretende utilizar un método de lucha en condiciones históricas diferentes a aquéllas en que su utilización se demostró correcta, ocurre como en el caso de la nostalgia parlamentaria y estatutista: que el enemigo se aprovecha de ello. Al mismo tiempo, el método de lucha inadecuado contribuye a confundir a las masas y dividirlas, haciendo más difícil que lleguen a comprender cuál es la estrategia adecuada para obtener el triunfo sobre sus opresores. Fuerismo y estatutismo no tienen hoy el mismo contenido que tuvieron cuando encontraron su apogeo. Hoy constituyen residuos ideológicos superados por la historia, residuos que son utilizados por los opresores del pueblo vasco como rutas falsas, a fin de perpetuar su dominio.

 

IMPORTANCIA DE LA VIOLENCIA REPRESIVA EN LA DETERMINACIÓN DEL MÉTODO DE LUCHA REVOLUCIONARIA

Unos obreros que exigen salarios más decentes; enseguida ha aparecido la policía secreta, las porras, las mangueras de agua, las metralletas... Una misa declarada ilegal porque pretende recordar a un muerto desagradable, y el pueblo asiste a espectaculares despliegues de fuerza y al apaleamiento indiscriminado de gentes de toda condición. Un catálogo inocuo, editado por unos adolescentes sin censura oficial; también aquí  parece la policía secreta, los tribunales especiales... Y cuando una bomba ha hecho explosión en un monumento dedicado a recordar la guerra, toda la comarca se ha estremecido ante la violencia que han desencadenado, acto seguido, unas fuerzas que se autotitulaban «del orden»; golpeando a ciegas, no buscando al autor, sino más bien buscando aterrorizar a todo el que pueda sentirse solidario con él.

Todo revolucionario descubrirá fácilmente en los orígenes de su actitud el encuentro con la violencia represiva.

Allí donde se manifiesta por parte del pueblo el más leve intento de cambiar la situación, aparece la violencia represiva descargando su maza a bulto, segura de encontrar enemigos. E incluso allí donde el temor o la inconsciencia no han dado todavía paso a la actitud de resistencia, la violencia represiva aparece también como una amenaza siempre dispuesta a materializarse, como un aviso y un ejemplo de lo que ocurrirá si alguien pretendiera levantarse.

Todo revolucionario descubrirá fácilmente en los orígenes de su actitud el encuentro con la violencia represiva. El trauma que puede experimentar quien por primera vez se topa con la represión feroz de las fuerzas «del orden», dará origen a una profunda revisión del concepto que tenga de la sociedad en que vive y sobre su propio papel en la misma. Por eso, antes de cualquier forma de violencia revolucionaria se encuentra siempre la violencia represiva del Estado opresor. Bien es cierto que esta violencia se aplica con el fin de aterrorizar a las masas y mantenerlas sumisas; y que no pocas veces lo consigue. Algo de esto ha ocurrido con la generación de la postguerra en Euskadi Sur y en todo el Estado Español. Pero una misma violencia que en circunstancias produce terror, en otras engendra rebeldía. Para comprender cuándo predomina lo uno y cuándo lo otro, es preciso considerar la violencia del Estado, unida a todo el contexto social del que forma parte.

Hay que empezar comprendiendo que la violencia represiva no aparece porque sí, sino que responde a una necesidad de los que la utilizan desde el Estado.

Si el Estado fuese el mediador entre las clases sociales (como pretende en su propaganda), entonces la violencia que ejerce a través de su gigantesca máquina represiva no sería sino la defensa de la armonía social («Orden Público» en sus propias palabras). Pero como las clases sociales no se encuentran en una misma situación, como la relación en que viven no tiende a la estabilidad, sino que unas clases viven gracias a la explotación que ejercen sobre otras, resulta que la armonía u orden público se convierte en mantenimiento por la fuerza de la situación que es privilegio para unos y opresión para los más. Y ocurre que las clases que necesitan y desean el progreso son justamente las explotadas, mientras que los privilegiados no tienen evidentemente el menor interés en que el mundo cambie de base. Sin embargo, el sistema de relaciones sociales por el que unos controlan el trabajo de los otros, no es eterno. Todo el mundo sabe que a través de la historia los sistemas sociales han surgido, evolucionando, y han sido sustituidos una y otra vez. No se ve porqué razón metafísica haya de ser eterno el sistema actual. Y si se piensa en el interés que las clases oprimidas tienen en que la sociedad cambie, no cabe duda de que para compensar esa tendencia progresista y mantener el «orden» vigente, ha de existir una poderosa fuerza. Esta es, precisamente, la fuerza del Estado.

El Estado es un aparato organizado para ejercer la violencia. No resulta fácil precisar donde termina el cometido burocrático y empieza el de la violencia, pues los jueces, los funcionarios de prisiones y muchos otros, no son cuerpos armados y sin embargo su cometido, burocrático en cuanto a la forma, se refiere directamente a la aplicación de la violencia.

En los distintos países capitalistas el Estado responde a la misma necesidad de la clase dominante para defender sus intereses. Sin embargo, es diferente el modo concreto cómo se responde a esa necesidad en un Estado o en otros. Mientras que en algunos países la violencia desempeña el papel principal, en otros ocupa, aparentemente al menos, un lugar secundario detrás de formas legales que suelen llamarse democráticas. En el Estado Español, la fuerza bruta ocupa un lugar más destacado que en otros Estados. Para comprender esa diferencia hay que remontarse, como poco, al período de la revolución burguesa.

La revolución burguesa que cambió las relaciones feudales por las capitalistas, fué conducida en Francia por la pequeña burguesía, lo que dio un carácter democrático (democrático burgués, por supuesto). En cambio, en el territorio del Estado Español fue la alta burguesía quien dirigió la revolución, y en vez de aportar el liberalismo político, arrastró consigo no pocos restos feudales y la tendencia a utilizar la coerción y la fuerza física por delante de cualquier otra medida política. Estrictamente hablando, no se trata de una tendencia ideal hacia la dictadura, sino de una verdadera necesidad material, que proviene del hecho de que la alta burguesía y los grandes terratenientes españoles se aislaron de las clases proletarias y pequeño burguesas. Como ya se ha visto en páginas anteriores, las masas que lucharon en las guerras carlistas fueron traicionadas por sus dirigentes de uno y otro bando. La alta burguesía industrial llegó a un acuerdo con la nobleza terrateniente española en contra de las restantes clases sociales, por lo que, apenas zanjada la revolución burguesa, quedó abierto un abismo entre la clase dominante y las que, a partir de entonces, podemos denominar clases populares. Si en alguna zona del territorio del Estado Español esa escisión fue más manifiesta, es sin duda en el País Vasco, donde los intereses populares de las clases oprimidas aparecieron pronto como intereses nacionales vascos. El Estado Español, como instrumento de represión de la clase dominante, complementó la explotación económica de las clases populares vascas con la opresión cultural y política. De este modo el pueblo vasco fué oprimido nacionalmente, y el método principal de esa opresión fue la violencia ejercida sistemáticamente por el Estado Español.

En 1931 la clase dominante española accedió al experimento de abrir a la pequeña burguesía el paso a las instituciones políticas. Parecía que, por fin, a la revolución burguesa española podría aplicársele el calificativo de «democrática» (democrático-burguesa). Pero esta situación había surgido de una crisis económica internacional (la mayor conocida nunca) y sus correspondientes convulsiones políticas, en un momento en que la clase dominante aun no había completado su integración monopolista. Por consiguiente, aquello no podía durar mucho. La clase dominante que había pedido la colaboración de la pequeña burguesía para salvar el bache, pudo ver que las libertades políticas estaban sirviendo peligrosamente al proletariado para organizarse. Y como el Estado estaba oficialmente para defender la República, la clase dominante se limitó a lanzar a los Jefes más reaccionarios del ejército contra las instituciones políticas y deshizo la República sin importarle el precio.

La comunidad de intereses populares entre la burguesía nacional vasca y el proletariado se puso políticamente de manifiesto principalmente en la constitución del Gobierno Autónomo de Euskadi. El ejército español sublevado invadió la tierra vasca y, como en territorio español, implantó la dictadura política de la alta burguesía y los terratenientes, en sustitución de las instituciones salidas de las elecciones en período democrático-burgués anterior.

Fácilmente puede verse en el curso de los acontecimiento, que la violencia ha constituido una necesidad vital de la clase dominante española y que el instrumento para ejercer esa violencia es el Estado, en el que destacan por su influencia los mandos superiores del Ejército.

Desde 1939 la situación ha cambiado, pero no en sentido de invalidar, sino de reforzar y añadir nuevos argumentos a lo expuesto hasta aquí. La opresión que sufren los pueblos ibéricos ha subido de grado con el paso del sistema a la fase monopolista. Al no tener que mediatizar su actividad al control de nadie que no sea la oligarquía monopolista, el Estado Español dispone de los métodos más feroces para la represión de las clases populares.

En Euskadi, incluso las características étnicas vascas han sido combatidas con violencia, porque podían servir como bandera o signo de la unión de las clases populares.

La represión y la actividad revolucionaria crecen juntas y se condicionan mutuamente.

Desde la coacción ejercida por maestros oficiales contra los niños euskaldunes por razón de la lengua, hasta los ametrallamientos en la calle o carretera; desde las multas del gobernador por asistir a una misa «ilegal», hasta las condenas a muerte por tribunales militares; desde las provocaciones en la calle o en el bar, hasta la tortura sistemática en las salas de interrogatorio de la Brigada Social o la Guardia Civil, pocos recursos quedarán que no hayan sido utilizados ya por las tuerzas de represión española contra el pueblo vasco; y aun eso no significa que no los utilicen en el futuro inmediato ante el aumento en Euskadi de la presión revolucionaria.

En Euskadi también, los brutales métodos de represión desencadenados durante la guerra y tras ella, consiguieron su objetivo de aterrorizar a las masas. Pero pasando el tiempo, nuevas generaciones y nuevas circunstancias históricas vinieron a sustituir a las de guerra. Un cierto desarrollo de la producción, una maniobra aparentando liberalización de cara al exterior, y las organizaciones del pueblo empezaron a adquirir fuerza y a encauzar la misma represión por el camino de la revolución.

Cada vez más ha venido haciéndose patente que la violencia represiva producía menos terror y más rebeldía entre sus víctimas del pueblo. Esta inversión del papel desempeñado por la represión responde a condiciones socio-económicas nuevas que se estudiarán en el próximo capítulo. Baste aquí señalar que, a partir de la década de los años 50, la violencia ejercida contra el pueblo vasco por las fuerzas de represión española se ha integrado como un elemento más dentro del proceso revolucionario vasco. Las prohibiciones, las multas, los destierros, torturas, condenas de tribunales especiales, controles masivos de población, etc. permiten a las masas darse cuenta de quién es su enemigo, y al mismo tiempo de la inutilidad de todos esos métodos para detener el proceso revolucionario. En efecto, ni las detenciones de patriotas, ni los despidos de trabajo, ni los ametrallamientos, consiguen producir daños graves en la organización revolucionaria, la cual aprende de sus propios errores y caídas se  fortalece con la experiencia de las  caídas.  Igualmente la  masas, aunque no hayan desterrado completamente el terror que producen las brutalidades policíacas, van empezando a comprender la necesidad de dar la cara a esa represión cotidiana y la posibilidad de hacerla frente mediante la lucha organizada. La represión y la actividad revolucionaria crecen juntas y se condicionan mutuamente. En ciertas condiciones tales como las que se vieron inmediatamente después de la guerra del 36, la represión producía sobre todo terror entre las masas. Pero a partir de ciertas nuevas condiciones, las medidas de represión engendran mayores acciones revolucionarias; y como las acciones revolucionarias son a su vez contestadas con aun más espectaculares medidas de represión, se produce un proceso en espiral donde la actividad revolucionaria y la represión se empujan a niveles más altos cada vez. En este proceso acción-represión-acción el principal perjudicado es el Estado opresor, o sea, la clase dominante que se encuentra tras él. En efecto, los medios de que dispone un Estado para reprimir a las masas, aunque grandes son limitados. Cuando el Estado reprime la acción del pueblo mediante porras y mangueras de agua, bien puede jactarse de mantener en reserva sus carros de combate; pero cuando el Estado saca a la calle los carros de combate, ya no tiene nada más que oponer a la acción revolucionaria del pueblo. El error gravísimo de los opresores de todos los tiempos es creer que basta la violencia para ahogar las aspiraciones de libertad y progreso de los pueblos. Por el contrario, llega un momento en que la violencia represiva ayuda más que frena la lucha del pueblo por su liberación.

El Estado Español actual no necesita, como en 1936, quebrantar la legalidad para servir con toda fidelidad a la clase dominante. Dispone de una leyes que dejan la manos libres al Ejército para hacer y deshacer a su antojo en materia de represión de los pueblos. La más importante de todas las leyes de represión es la de «Bandidaje y Terrorismo» de 1960. Por esta ley, un tribunal militar puede dictar condenas a muerte por delitos tales como portar armas, asistir a una reunión clandestina, ir a la huelga o repartir propaganda «tendenciosa» de carácter político. Ahora bien, la ley de «Bandidaje y Terrorismo» queda incompleta si la separamos de la ley de Enjuiciamiento Militar, pues de hecho es la jurisdicción militar la que entiende (si lo desea) de todos los asuntos de represión político-social, por el procedimiento sumarísimo. En esta Ley de Enjuiciamiento Militar puede leerse que, en Consejo de Guerra, no necesita de pruebas de ninguna clase para condenar, sino tan solo la convicción moral de la culpabilidad del acusado. No es preciso recalcar la arbitrariedad tan absoluta que se desprende de estas leyes implantadas por decreto del Jefe del Estado. Sin necesidad de salirse un milímetro de las leyes vigentes, los jefes del Ejército español pueden conducir la represión del pueblo como mejor les parezca, repartiendo penas de muerte por cualquier actividad contraria al régimen, y sin necesidad de demostrar a nadie que el

Al tiempo que el Estado Español exhibe y utiliza su fuerza militar contra el pueblo vasco, se debilita.

acusado es culpable. Naturalmente, el que se saque o no todo el partido de estas leyes, queda al criterio del Estado. Depende, en una palabra, de que el pueblo les obligue o no a ello.

La ley de «Bandidaje y Terrorismo» es una ley desagradable

para un Estado que quiera aparecer como civilizado. Al Estado Español le interesa mantener vigente esa ley como medio de tener aterrorizado al pueblo, pero no le interesa tanto a la hora de tratar del Mercado Común, del Turismo o de las inversiones de capital extranjero. Para compaginar ambas cosas, se creó el Tribunal de Orden Público, el cual era mucho más presentable de cara al mundo. El Tribunal de Orden Público ha entendido, durante los últimos años, de todos los asuntos de los que la jurisdicción militar se ha inhibido; y éstos han sido la mayoría. Sin embargo, el crecimiento de la lucha revolucionaria en Euskadi durante 1968 ha dado ocasión a que el Gobierno Español ponga de nuevo en vigencia con todo rigor la ley del 60, con el fin expreso de reprimir la actividad revolucionaria del pueblo vasco. En estas condiciones, el Estado Español no es más fuerte de lo que ya era antes, para impedir la revolución vasca. Pero ahora sus inhumanos métodos están plenamente al descubierto. Del mismo modo, el «Estado de Excepción» no da a las fuerzas de represión mayores posibilidades —de hecho—, pero pone al descubierto su carácter opresor.

A medida que el Estado Español va utilizando los recursos que le quedan, se aproxima más de prisa a su propio fin. Pues, incapaz de contener el proceso revolucionario vasco, ata eso sí, sus propias manos para maniobras políticas por las que pretendiera aparecer como democrático. No se puede hablar de «la paz que disfrutamos», al mismo tiempo que se aplican leyes de guerra. No es posible hacer propaganda sobre «Derechos Humanos», cuando se está condenando a muerte sin pruebas.

Ni se puede alardear de «libertad de prensa» al tiempo que las noticias «tendenciosas» son reprimidas mediante tribunales militares.

Al tiempo que el Estado Español exhibe y utiliza su fuerza militar contra el pueblo vasco, se debilita, políticamente. Y no se olvide nunca que la lucha revolucionaria de un pueblo se decide siempre en última instancia en el terreno político.

  

CAPITALISMO MONOPOLISTA Y REVOLUCION POPULAR

La insurrección militar española de 1936 no pretendió solamente conjurar el peligro inmediato que, para los intereses dominantes, suponía la organización creciente del proletariado y de los nacionalismos bajo el régimen republicano. Quiso acabar de una vez con la posibilidad de

que surgiesen tales problemas en el futuro. Con este fin creó unas instituciones políticas que garantizaban la fuerte y definitiva fusión de la alta burguesía industrial con los terratenientes y el adecuado control de las clases populares, así como los nacionalismos catalán, vasco y gallego.

Las instituciones del nuevo Estado garantizaron también el control directo del propio Estado por la clase dominante. En todas las sociedades de clases el control del Estado por la clase dominante es un hecho, pero este control aparece muchas veces de modo indirecto y encubierto. El Estado trata de aparecer como el representante de toda la nación, y se cuida mucho la separación —aparente— entre los órganos de poder económico y los de poder político. El Estado Español, por el contrario, ha institucionalizado la unión de la clase dominante con el Estado. No se trata solamente de que sean en su mayor parte de extracción alto burguesa los altos cargos del Estado, y que cuando ocasionalmente pasa a ocupar un puesto de confianza en el Estado algún pequeño burgués (como fue el caso del mismo Franco), se le inserte inmediatamente en la clase dominante. Se trata incluso de que el propio Gobierno Español es asesorado oficialmente por los representantes de la oligarquía monopolista. Quizás el caso más conocido para ilustrar este hecho sea la existencia del Consejo Superior Bancario, compuesto por representantes de la banca privada y del Estado, que dirige de hecho la política financiera del Estado Español a través de su influencia directa sobre el Ministerio de Hacienda.

Por medio de instituciones como el Consejo Superior Bancario, y de leyes que plegaban toda la economía a los intereses de las capas más poderosas de la burguesía, el Estado Español aceleró el proceso —ya de por sí rápido— de concentración de capitales e imperialismo político. Una parte decisiva de los recursos de toda la sociedad quedó centralizado en manos de una reducida oligarquía de una 200 familias, en las que se confundían terratenientes, banqueros y grandes industriales. Incluso, la misma distinción entre banqueros e industriales dejó de tener sentido, pues hoy en día los principales paquetes de acciones de los bancos y de las industrias están fuertemente entrelazados y en manos de las mismas personas. Lo mismo puede decirse con la tradicional distinción entre alta burguesía y nobleza terrateniente. Ambas clases que comenzaron a recorrer su camino en común a partir de la época del «Convenio de Bergara», no han cesado desde entonces de perfeccionar su fusión hasta llegar en la actualidad a que los grandes terratenientes son al mismo tiempo los grandes accionistas de las empresas monopolistas. Por estas razones no cabe ya referirse por separado a la alta burguesía industrial, los banqueros o los terratenientes. Ha aparecido en la sociedad una clase fuertemente unida que es la oligarquía monopolista.

A través del Estado la opresión económica sobre la burguesía independiente se complementa con la opresión política y cultural.

El paso del sistema capitalista español a su fase monopolista supone, básicamente, un cambio en la relaciones de producción. La centralización de la parte más importante del capital en manos de la oligarquía, permite a ésta monopolizar la producción de amplios sectores. Esto no suele significar que una sola empresa ofrezca un producto determinado, sino más bien que el control de toda la producción en este sector pertenece a un reducido grupo de grandes empresas. Estas no se hacen entre sí ningún género de competencia agresiva, pues sus respectivos paquetes de acciones están cruzados, incluso los Consejeros de administración son los mismos o ligados por intereses comunes. De este modo la situación es la misma que si se tratase de una sola empresa en cada sector.

Como es lógico, no todos los sectores de la producción se encuentran bajo control monopolista. Hay sectores en los que no se requieren grandes capitales porque las materias primas son fácilmente asequibles y los procesos de producción no resultan costosos. Los sectores sometidos a mayor control monopolista en la economía española son los de la banca, la energía eléctrica, la siderúrgica, el automóvil, la industria química y los combustibles. En otros sectores, tales como accesorios metalúrgicos, pesca, vestido, etc., es más difícil eliminar la competencia, y se da una fuerte presión de capitales generalmente pequeños. Se puede distinguir así un sector monopolista controlado por muy pocas personas, y un sector competitivo en el que luchan muchos pequeños capitales. Evidentemente existen sectores en que muy pocas empresas gigantescas coexisten en una multitud de empresas pequeñas, incluso familiares. No se trata aquí de un sector, pues está sometido al control monopolista del grupo de grandes empresas, las cuales utilizan a los pequeños empresarios como empleados fuera de nómina. Estas pequeñas empresas, que pueden observarse en sectores claramente monopolistas, subsisten sólo gracias a los encargos que les hacen las grandes empresas, y depende totalmente de ellas. Por ejemplo, la General Eléctrica encarga a pequeños talleres el montaje de motores, y así en época de depresión son estos talleres los que sufren las consecuencias, actuando como parachoques de la empresa monopolista. Del mismo modo el sector de los combustibles derivados del petróleo cuenta con un gran número de pequeños empresarios, sobre todo de Estaciones de Servicio.

La independencia de estas empresas es puramente nominal, pues sus dueños no pueden fijar ni los costes ni los precios, ni pueden disgustar en lo más mínimo a la empresa de la que depende su supervivencia. Aparece así un gran número de empresarios pequeños y medios, que a pesar de no ser ellos mismos oligarcas, están ligados por fuertes intereses al destino del capital monopolista. Otro tanto puede decirse de los accionistas pequeños y medios, cuando esas acciones definen por sí solas su papel en la producción. La concentración de capitales, al dar a la oligarquía monopolista el control de un capital inmensamente superior al que posee realmente, tiene ese reflejo social. Una buena parte de la burguesía pequeña y media, aliada para todos los efectos a la oligarquía monopolista.

El paso al monopolismo produce un cambio importante en las relaciones de trabajo capitalistas. Ya se ha dicho más arriba miela situación de monopolio que rige en amplios sectores, echa sobre los sectores aun competitivos un gran volumen de capitales generalmente pequeños que someten al sector a una fuerte presión. Es decir, bajan las ganancias de los sectores competitivos, mientras suben en los sectores monopolistas. La oligarquía monopoliza los resortes de los precios, de los salarios, y de los créditos bancarios con el fin de aumentar su margen de ganancia monopolista, y al mismo tiempo para obligar a las pequeñas empresas independientes a ponerse bajo su control. Este aumento de la ganancia monopolista —en el que el Estado desempeña un papel destacado— se logra a expensas del salario de los obreros y de la ganancia de los empresarios independientes. Llegamos aquí al punto clave para comprender las relaciones de clase en el sociedad monopolista. En el capitalismo de libre competencia, la ganancia capitalista dependía de la plusvalía que el empresario directamente se apropiaba de sus obreros. En el modo de producción monopolista, sin embargo, la empresa monopolista se apropia no sólo de la plusvalía extraída a sus obreros, sino además de una parte de la ganancia de los pequeños empresarios independientes. Es decir, que si el obrero de una empresa que actúa en el sector competitivo de la economía recibe como salario una pequeña parte del valor de su trabajo, la diferencia no va a parar íntegramente a su empresario, pues una parte importante se la apropian, como ganancia extra, las grandes empresas monopolistas.

El sector de la burguesía perjudicado en las relaciones de producción monopolistas, se encuentra objetivamente enfrentado a la oligarquía monopolista por razón de sus intereses de clase. Se diferencia pues radicalmente de ese otro sector de la burguesía pequeña y media, cuyos intereses económicos le convierten en subordinado de la oligarquía.

Puesto que el Estado es el instrumento principal de que se sirve la oligarquía monopolista para mantener su situación de privilegio, ocupa un puesto importante en la tarea de lograr la ganancia extra monopolista a expensas de la burguesía independiente. Los principales recursos utilizados con este fin son la fijación legal de precios y salarios, la aplicación de impuestos, créditos oficiales, los obstáculos legales a la construcción, ampliación y reforma de instalaciones industriales, las leyes sobre «seguridad social», etc. A través del Estado, la opresión económica sobre la burguesía independiente se complementa con la opresión política y cultural. De esta opresión en su conjunto proviene el carácter popular y revolucionario del sector de la burguesía indicado.

En Euskadi Sur la pequeña burguesía se encontraba en la oposición ya desde 1890 poco más o menos. Esta oposición no era ni podía ser revolucionaria pues sus intereses de clase estaban ligados en lo fundamental ala supervivencia del sistema capitalista. No obstante, a medida que se desarrollaba el proceso de concentración imperialista, iba poniéndose de manifiesto el carácter popular de ese sector de la burguesía, que en Euskadi ha podido llamarse justamente burguesía nacional. A medida que se consolidaba su carácter popular, el nacionalismo vasco dejaba de ser la expresión política de la burguesía nacional para convertirse en el movimiento político de las clases populares vascas, aunque seguía siendo dirigido por la burguesía nacional.

El paso al monopolismo supuso un gran cambio también en la expresión política de las distintas clases sociales de Euskadi. Hay que destacar la gran escisión habida en la década de los años 50 en el seno del nacionalismo vasco. A partir de 1958 puede hablarse de dos organizaciones principales que se disputan la dirección del movimiento nacionalista: el Partido Nacionalista Vasco y E.T.A. La división de ambas organizaciones refleja en el plano político la separación de la burguesía vasca no monopolista en dos grupos. Es decir, la burguesía popular revolucionaria y la pequeña y media burguesía pro-oligárquica.

En efecto, entre 1937 y 1957 median veinte años de integración monopolista de la economía. En ese tiempo una parte de la burguesía nacional o popular vasca de antes de la guerra había ido uniendo su suerte mediante intereses económicos a la del sistema monopolista español. Al mismo tiempo y como consecuencia de ello, su nacionalismo fue evolucionando hacia una nueva actitud nostálgica y folklorista sin contenido político propio. En los medios políticos nacionalistas esa actitud era vista como «inactividad» y repudiada por quienes a medida que pasaba el tiempo radicalizaban su nacionalismo. La actitud de los jóvenes nacionalistas vascos respondía a los intereses de clase de la burguesía vasca, los cuales eran intereses revolucionarios.

La empresa monopolista se apropia no sólo de la plusvalía extraída a sus obreros, sino además de una parte de la ganancia de los pequeños empresarios independientes.

Hoy en día no puede ya caber duda de que fu é la burguesía nacional vasca la que dio nacimiento al movimiento político E.T.A. Para 1958 se deja sentir con gran fuerza la influencia de una situación indiscutible: que el sistema monopolista español entraña la desaparición inexorable del empresario independiente. El problema para la burguesía popular no puede resolverse ya como 30 años antes, con unas reformas políticas. La causa del ahogo de la burguesía popular 90 encuentra en la esencia misma del sistema monopolista. En consecuencia, la única solución habrá de estar en la destrucción del sistema, y esto es ni más ni menos que la revolución.

No debe ser pasada por alto la influencia que en este momento (1958), crucial para la historia de Euskadi, tuvo la experiencia histórica de las clases populares vascas. La defensa de los fueros culminando en la primera guerra carlista, y la historia del nacionalismo vasco, son de gran importancia para comprender la génesis del movimiento revolucionario vasco. Sobre todo, la reciente experiencia de unión de clases populares vascas en la guerra contra los fascistas españoles, se demostró importante al aparecer de nuevo condiciones materiales para la unión de clases populares vascas en contra de la oligarquía monopolista española. La burguesía nacional vasca había luchado junto al proletariado en la guerra del 36. Se trataba ésta de una experiencia vivida por una gran parte de los vascos de 1958. Las experiencias de unión de clases populares son importantes para explicar la actual unión revolucionaria de la burguesía nacional y el proletariado en Euskadi. La burguesía nacional podía, y puede ciertamente, combatir al sistema monopolista español incluso violentamente. Puede llegar a comprometerse en la destrucción revolucionaria del sistema; pero lo que no puede es dar un contenido positivo a la revolución.

La única clase social capaz de dirigir una verdadera revolución contra el capitalismo es el proletariado. La burguesía nacional no puede llegar más allá de la revuelta más o menos anárquica, a menos que se una al proletariado y le acepte como dirigente de la revolución. Naturalmente, no es fácil que la burguesía nacional de ningún país acceda a ser guiada por el proletariado. Una cosa es que existan condiciones materiales para la unión revolucionaria de clases populares, y otra muy distinta que las clases sociales interesadas venzan los prejuicios que se oponen a ello y tomen conciencia de la necesidad de unirse en la revolución popular.

La aparición de E.T.A. respondía a una necesidad material de carácter objetivo para que la burguesía nacional vasca y el proletariado se uniesen bajo la dirección de este último en la lucha revolucionaria contra la oligarquía monopolista española. No obstante, la comprensión que de esta necesidad tuvieron durante mucho tiempo las clases interesadas fue muy precaria. Las ideas y actitudes políticas reflejaron las condiciones materiales pero no siempre de un modo totalmente correcto. Tomar conciencia de la realidad iba a constituir un proceso largo y costoso. Se requería un trabajo teórico para el que se carecía de tradición; y una continua confrontación de la teoría con la práctica. En la medida en que esto no ocurría, se daba importancia a cosas que no la tenían, se actuaba por intuición, por «corazón», y se cometían grandes errores.

Poco a poco, empujado por una continua práctica de lucha contra el sistema, el centro de gravedad de E.T.A. fue desplazándose del primitivo lugar en la burguesía nacional, al proletariado. Gracias a ello la lucha propugnada por E.T.A. fue progresivamente adquiriendo un contenido revolucionario popular, sin perder por eso el carácter de lucha de liberación nacional de Euskadi. Cuando el contenido de la

lucha propugnada por E.T.A. respondía de modo principal a los intereses de clase de la burguesía nacional, las afirmaciones de independencia nacional vasca no pasaban de constituir un hermoso sueño sin que se viera nada claramente cómo llevarla a la práctica. En cambio, en la medida en que el proletariado ha ido cogiendo un mayor peso en la conducción de la lucha de las clases populares, ha podido aportar su propia concepción del Estado y de la revolución vasca. En pocas palabras, la aportación teórica del proletariado al movimiento E.T.A. puede resumirse del siguiente modo: Para lograr la liberación de las clases populares vascas del yugo que les oprime política, económica y culturalmente, es necesario destruir el poder político y económico de la oligarquía monopolista. El instrumento de las clases populares vascas para consumar su Revolución Popular será el Estado Vasco democrático-popular, el cual garantizará al mismo tiempo la independencia y soberanía nacional de Euskadi.

Aun llevando en general una línea correcta, en la historia de E.T.A. se han cometido también muchos errores que han dificultado y retrasado la necesaria unión revolucionaria de clases populares. Por parte de la burguesía nacional una desconfianza hacia el proletariado y su política, que ha llevado a algunos antiguos dirigentes de E.T.A. a la dimisión en 1967, bajo pretexto de que E.T.A. había caído en manos de marxistas-leninistas. Por parte de los marxistas, una cierta confusión entre lo que es revolución popular y lo que es revolución socialista. En realidad, las contradicciones entre la burguesía nacional y el proletariado no desaparecen con la unión revolucionaria popular. Pero aún sin desaparecer, pasan a segundo plano subordinándose a la contradicción principal que enfrenta a las clases populares con la oligarquía monopolista. Es de gran importancia que las clases populares vascas conozcan lo que les une y comprendan que ello es más importante que lo que les separa. La comprensión correcta de las condiciones materiales y espirituales que unen a las clases populares en la revolución, constituye la base de una correcta estrategia revolucionaria vasca. 

 

CONSECUENCIAS DEL PAPEL DIRIGENTE ADOPTADO POR LA BURGUESÍA NACIONAL EN EL ORIGEN DEL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO VASCO

El hecho de haber sido la burguesía nacional la clase social que dio origen al movimiento E.T.A., ha tenido algunas consecuencias importantes para el desarrollo del movimiento revolucionario vasco. Ya se ha tratado del grave riesgo que supone para la lucha revolucionaria las concepciones erróneas acerca del contenido de la misma.

Es cierto que la historia de Euskadi ofrece varias experiencias de unión de clases populares, y que tales experiencias históricas han constituido un importante factor ideológico en la formación del movimiento nacionalista revolucionario. No es menos cierto, sin embargo, que las uniones de clases más famosas en la historia de Euskadi no fueron de carácter revolucionario, sino de carácter regresivo (caso del fuerismo pro-feudal), y de carácter reformista (caso del nacionalismo esta tu lista). En cambio, la unión de clases populares cuya necesidad aparece a partir de la década de los años 50, presenta un carácter revolucionario, aunque sus promotores no tuviesen al principio una idea muy clara de ello. Este carácter revolucionario de la unión de clases es nuevo en Euskadi. Presenta la maduración de tendencias históricas incompletamente desarrolladas en tiempos de Zumalakarregi, Arana Goiri o Agirre Lekube. El cambio de supone es grande, y exige como en ninguna otra época una clara conciencia de las condiciones de lucha. Exige derribar muchos mitos, prejuicios y caminos fáciles heredados de otras épocas. Si el primitivo nacionalismo arrastró ciertos residuos ideológicos reaccionarios del período fuerista anterior, el actual nacionalismo popular no puede permitirse riesgos semejantes.

La falta de una conciencia clara de las condiciones socioeconómicas de Euskadi en el período monopolista, ha hecho posible que el movimiento E.T.A. se desviase en ocasiones de la justa línea revolucionaria. Tal cosa ocurrió con los «liquidadonistas» que dieron lugar a una escisión en E.T.A.; y también con la tendencia hacia la desviación de tipo activista que se ha

Poco a poco, el centro de gravedad de E.T.A. fue desplazándose del primitivo lugar en la burguesía nacional, al proletariado.

manifestado en varias ocasiones, aunque  sin llegar a situaciones tan graves como la de los «liquidacionistas».

La sobreestimación del activismo ha ido siempre unida a la falta de formación y las actitudes sentimentales. Existía en tiempos, entre los patriotas vascos, la creencia de que si no alcanzaban el triunfo de la revolución en unos pocos años, el desarrollo económico y la liberalización política del Régimen Español lo harían imposible. En consecuencia, pensaban que era preciso acrecentar el activismo (propaganda, atentados, sabotajes, etc.) para liberar Euskadi antes de que el proceso económico y político en curso avanzase demasiado, o en todo caso para frenar ese proceso como fuese. Como era conocido el papel principal que en el desarrollo económico español desempeñaban los ingresos por turismo, se propugnaba la aplicación de ciertas medidas de terrorismo contra algunos turistas procedentes de otros países. Se esperaba por ese procedimiento frenar la corriente turística internacional y quebrantar el desarrollo económico español, la liberalización política del Régimen y, en definitiva, «crear» condiciones revolucionarias.

Existe en aquella actitud —aun hoy compartida por algunos— errores fáciles de reconocer, sobre todo a la luz de la experiencia actual. De un lado está el error de considerar el desarrollo económico español como algo natural que puede perpetuarse; es decir caer en la trampa de la propaganda oficial, que desconoce las contradicciones propias del capitalismo monopolista en orden al estancamiento de la producción. De otro lado, el error de creer que el crecimiento económico debía acompañar como algo consustancial la liberalización política del Régimen. También esto significa caer en las mentiras de la oligarquía, viendo como una democratización efectiva lo que no fue sino una maniobra para confundir al pueblo. Además de estos errores, hay que destacar el carácter profundamente idealista de creer que el medio, para facilitar la toma de conciencia revolucionaria de las masas, consiste en impedir el crecimiento económico. Esta postura es idealista porque cree que la simple obstinación de un grupo de revoltosos pueda resultar decisiva en la evolución económica de la sociedad. Pero, sobre todo, esta actitud es reaccionaria, pues pretende oponerse al desarrollo de las fuerzas productivas; y su carácter esencialmente reaccionario no cambia porque sea visto como un medio de alcanzar el socialismo. Bastante denunciados están los caminos que van del anarquismo a la extrema derecha. En 1939 se solía hablar de la «FAl-LANGE» para indicar una evolución muy significativa.

La tendencia al exceso de activismo no llegó a convertirse en hechos. A pesar de que no eran pocos los patriotas que la sustentaban, nadie se atrevió a llevarla a la práctica. Cuando más fuerza cogieron esas tendencias fue justamente en el período 1960-66 de crecimiento económico.

El anarquismo latente en algunos sectores de E.T.A. era el reflejo ideológico de la situación crucial en la que se encontraba la burguesía popular. Es un hecho que no admite duda, que el crecimiento económico en las condiciones actuales no puede ser otro que un desarrollo del capitalismo monopolista y un mayor ahogo para la burguesía popular. Justamente en la toma de conciencia de este hecho es lo que debe permitir a la burguesía popular ocupar junto al proletariado el puesto asignado en la revolución. Pero en la medida en que ese conocimiento es incompleto, puede caerse en la aberración de encaminar la lucha contra el crecimiento económico. Una misma situación, como es la de la creciente proletarización de la burguesía popular, puede verse reflejada de dos modos muy distintos. Puede dar lugar a una conciencia revolucionaria si es correctamente comprendida; o puede arrastrar a posturas irracionalistas, en las que, viéndose en un callejón sin salida, la burguesía popular —y sobre todo la pequeña burguesía— intentaría desesperadamente la detención del desarrollo productivo y la marcha atrás de la historia.

La prioridad dada a la práctica sobre la teoría, y la continua confrontación de esa práctica de lucha con el grado de conciencia revolucionaria de las masas, impidió que E.T.A. cayera en desviaciones graves de tipo activista. Después, la brusca detención del crecimiento económico en 1967 y el abandono por parte de la oligarquía de la maniobra de democratización del Régimen, ha quitado la base teórica a la tendencia hacia dicha desviación. Es de esperar que la creciente preparación teórica de las masas y de los militantes revolucionarios vascos haga imposible en el futuro un nuevo auge de semejantes concepciones.

Existe un grave peligro para la revolución en difuminar la diferencia existente entre las fuerzas productivas y las fuerzas que impulsan el desarrollo productivo, con aquellas otras que lo frenan. Debe, asimismo, ser destacada claramente la diferencia esencial entre una política de progreso y una política de reacción. El que fuese partidario de una revolución «pura», prescindiendo de esta contraposición, tendría que llegar a considerar a la propia clase obrera como agente de la oligarquía por el hecho de que, al aumentar la «productividad», «facilita» las cosas a la clase dominante. Y es que todos los elementos de la suciedad están íntimamente entrelazados, se influyen mutuamente y evolucionan unidos. Alguien puede pensar que si mejora el nivel de vida de los obreros, será más fácil que se dejen seducir por la demagogia oficial; y puede por este camino llegar a pensar que incluso el desarrollo productivo es un aliado del sistema.

La realidad es por el contrario, que el desarrollo productivo pone más de manifiesto las contradicciones internas del sistema monopolista.

Es cierto que el desarrollo productivo habido entre 1960 y 1966 ha permitido a la oligarquía española intentar la maniobra de una aparente democratización y a hacer mucha demagogia. Pero no es menos cierto que las contradicciones del sistema han sido más fuertes que el «plan», y el crecimiento se ha detenido estrepitosamente haciendo saltar en pedazos la demagogia y las maniobras de los opresores. La misión del revolucionario consiste en denunciar incansablemente las contradicciones del sistema y apoyar en ellas la práctica y la teoría revolucionaria. Para eso el revolucionario debe encontrarse siempre claramente del lado del desarrollo productivo y en contra de las fuerzas reaccionarias que lo impiden.

No hay por qué poner en duda la buena fe de los que quisieran «atacar al sistema de todos lados», incluso deteniendo la producción por medio de sabotajes y atentados contra el turismo. Pero esa actitud es objetivamente contrarrevolucionaria. A la clase dominante no le costaría mucho convencer a las masas populares de que es ella la que impulsa el progreso y el bienestar mediante sus Planes, etc., y que son de hecho los revolucionarios los que tratan de frenarlos y perjudicar al pueblo. Por ese camino, E.T.A. se convertiría en una organización terrorista enfrentada a las fuerzas productivas (con las clases populares) y sería el mismo pueblo vasco quien destruiría a E.T.A., a menos que la oligarquía española se hiciese solapadamente tutora de la organización en caso de interesarle.

  

LA ESTRATEGIA DE LOS LIQUIDACIONISTAS DE E.T.A.

La sobreestimación del activismo ha ido siempre unida a la falta de formación y las actitudes sentimentales.

En 1966 un número del órgano oficial de ETA., Zutik, editado por la sección política de la organización, fue destruido por el Comité Ejecutivo a la hora de su reparto. Se puso así de manifiesto la crisis interna de la organización que sería después conocida como la de los

«liquidacionistas» o «Felipes». Unos meses después del incidente del Zutik, el Comité Ejecutivo expulsó de la organización a varios militantes, entre ellos a los responsables de la sección política. Otros militantes se solidarizaron con los expulsados y con éstos se constituyeron en organización aparte. Siguieron utilizando el nombre de E.T.A., editando un periódico con el nombre de Zutik, en el que expusieron con cierta extensión sus ideas a cerca de la lucha revolucionaria en Euskadi. Según parece, el fenómeno «liquidacionista» ha terminado en 1968, desbordado por acontecimientos de la nueva fase revolucionaria. No obstante, es necesario sacar de él las enseñanzas justas a fin de mantener la guardia frente a fenómenos semejantes que sin duda aparecerán en el futuro. En este sentido, la crítica de la línea propugnada por los liquidacionistas es un elemento más que ha de contribuir a comprender la estrategia justa del movimiento revolucionario vasco.

En el número de Zutik destruido por orden del Comité Ejecutivo, se propugnaba una línea de conducta en abierta contradicción con las sustentada hasta entonces por E.T.A. Una de las peores acusaciones que podían hacerse dentro de E.T.A. era admitir la legalidad española. El número de Zutik, que fue el causante de la crisis, hacía un llamamiento a los obreros para que votasen en las elecciones sindicales, a pesar de que los Sindicatos españoles son, como se sabe, un instrumento de la oligarquía monopolista. Además, en el mismo número de Zutik se presentaba una línea estratégica general nueva en E.T.A., según la cual la revolución vasca sería lograda «mediante reformas progresivas» que habían de constituir «un aumento real del poder de la clase obrera en detrimento del de los capitalistas».

También en este caso, como en otros tratados anteriormente, la estrategia o el método de lucha no pueden ser separados del contenido de la misma lucha. La estrategia propugnada por los liquidacionistas era una consecuencia del modo como entendían el contenido de la lucha revolucionaria vasca. Sustentaban la tesis falsa de que en Euskadi es sólo el proletariado el oprimido y la burguesía en general, la clase opresora. De este modo negaban —liquidaban— todo contenido a la Revolución Vasca, pues si no existe una necesidad objetiva de unión de clases populares, tampoco las características nacionales vascas ni las experiencias históricas de unión de clases poseen significación alguna para la revolución. En ese caso ni siquiera el concepto Revolución Vasca tendría sentido, pues la revolución en Euskadi no seria sino una faceta de la Revolución Española.

Al afirmar que sólo el proletariado debería hacer la revolución contra toda la burguesía, los liquidacionistas demostraban su desconocimiento de las condiciones sociales propias de la fase monopolista del capitalismo. Demostraban una lamentable confusión respecto a los intereses de clase de la burguesía nacional y confundían, en fin, la revolución popular con la revolución socialista.

Ante tan graves errores no debe extrañar que terminaran por subestimar la capacidad revolucionaria, incluso del proletariado y cayesen en el reformismo. Ante fenómenos como el de los liquidacionistas de E.T.A. se hace más necesario distinguir claramente entre la actitud genuinamente revolucionaria y la del que, llamándose a sí mismo revolucionario, no pasa de ser un reformista, colaborador inconsciente de las maniobras de los opresores.

Es muy peligrosa la creencia de que un revolucionario haya de negarse a luchar por reformas; por objetivos reivindicativos. El auténtico revolucionario no desprecia ninguna ocasión para luchar, incluso si esa ocasión es la lucha por un aumento de salarios o por una reforma cualquiera. Realmente el revolucionario y el reformista se encuentran juntos en una manifestación o en una huelga por un aumento de salarios. Ambos luchan por la reforma; sin embargo, el reformista cree en ella, y el revolucionario no. Para el reformista, cada reforma «arrancada» al sistema constituye por sí misma un paso adelante en el camino de la revolución. El revolucionario en cambio ve en la reforma un paso adelante solo en la medida en que permite a las masas una mayor conciencia y preparación revolucionaria. El reformista cree que muchas reformas acumuladas constituyen la revolución, o al menos son capaces de invertir la relación de fuerzas entre oprimidos y opresores, de modo que la revolución está ya decidida. El revolucionario, por el contrario, sabe que el Estado existe para impedir cualquier reforma que, por sí sola o acumulada a otras, ponga en peligro al sistema. Sabe que lo que los oprimidos obtienen por un lado pierden por otro. Sin embargo, esta convicción no desanima al revolucionario consciente, pues él sabe también que los oprimidos obtienen mediante la práctica revolucionaria, la fuerza y la experiencia que necesitan para vencer al opresor en la lucha final. En esta perspectiva, la lucha por objetivos reivindicativos puede ser positiva para la revolución tanto si estos objetivos son alcanzados como si no. A lo largo de esa lucha, las masas pueden ir tomando conciencia de cuáles son sus intereses, aprendiendo a desenmascarar las maniobras con las que el opresor contrarresta los efectos logrados en la reforma, y comprendiendo la necesidad de la revolución como único medio válido para transformar la sociedad. A través de la práctica de lucha, las masas perfeccionan sus organizaciones, y van equipándose material y espiritualmente, adquiriendo en suma, capacidad para alcanzar niveles más altos de lucha contra el opresor.

La lucha revolucionaria no se efectúa directamente contra la clase dominante sino contra el Estado que es su guardaespaldas.

Es altamente significativo que el mayor valor de la lucha por reformas consista precisamente en desanimar a las masas del valor de las reformas. Pues en el transcurso de la lucha, las masas van descubriendo los medios de que dispone la oligarquía para impedir o contrarrestar las reformas, y de este modo comprenden que la lucha debe orientarse a la destrucción revolucionaria del Estado.

El reformista impide que las masas comprendan el doble filo de toda reforma. Se empieza en demostrar que una reforma supone por sí misma un aumento del poder real de los oprimidos en detrimento del poder de los opresores. Sustituye la autocrítica y el desenmascaramiento de las maniobras del opresor, por un peligroso optimismo, por un sentimiento triunfa lista acerca del valor de la reforma conseguida. Tarde o temprano se hace evidente a las masas que han caído en una trampa y que todas las reformas conseguidas no han cambiado en nada la situación dominante del opresor.

Sobreviene la decepción, pero una decepción en todo el sentido de la palabra, que aleja a las masas tanto del reformismo como de la conciencia revolucionaria.

El reformismo es una actitud francamente contrarrevolucionaria aunque llegue a vestirse de guerrillero. En otros países se ha dado el caso de reformistas que se han echado al monte. Pero la insurrección armada era para ellos un medio de ejercer presión sobre la clase dominante para obtener ciertas reformas, y no el instrumento de los oprimidos para destruir el Estado opresor. No hay duda de que este tipo de reformistas allí donde se da, es el más peligroso, pues el hecho de haber empuñado las armas parece que les da ante las masas una garantía de autenticidad revolucionaria.

Revolucionario no es en esencia el que lucha con las armas en la mano, sino el que con armas o sin ellas aprovecha todas las situaciones para ampliar la conciencia revolucionaria propia y ajena, perfeccionar la organización, los métodos y el nivel de lucha.

La lucha revolucionaria no se efectúa directamente contra la clase dominante sino contra el Estado que es su guardaespaldas. Mientras el Estado no es destruido, la revolución social no puede tener lugar. Por consiguiente, el proceso revolucionario se caracteriza por el crecimiento de la capacidad material y espiritual del pueblo oprimido para destruir el Estado opresor. No tiene por consiguiente ninguna relación con «aumento de poder» de unas clases sobre otras. Mientras el aparato burocrático-militar del Estado siga en pie, el pueblo no será menos oprimido por la clase dominante. Únicamente la capacidad de lucha va creciendo. Crece la conciencia revolucionaria, se desarrollan las aptitudes para la lucha, aumenta el equipo material de los combatientes, etc., hasta llegar al punto en que se hace posible el ataque frontal al Estado y su destrucción definitiva. En esta última fase únicamente es cuando puede decirse con exactitud que se ha producido un aumento de poder de los oprimidos. Antes de ese momento lo único que aumenta es su capacidad para el combate final; ese aumento tiene lugar en la práctica revolucionaria de cada día, apoyándose en la teoría revolucionaria que se desarrolla en esa misma práctica. 

 

MITO Y REALIDAD DEL DESARROLLO ECONÓMICO ESPAÑOL

En 1965, coincidiendo con uno de los momentos cumbres de la etapa de crecimiento económico, los liquidacionistas de E.T.A. acostumbraban a mostrar los tejados de las casas repletos de antenas de IV., como prueba de la ausencia de condiciones revolucionarias. Los reformistas descarados o solapados, falseaban la situación en varios aspectos importantes. El que en el presente capítulo interesa destacar es el del carácter mítico del creciente desarrollo económico español. Ya se ha señalado que no solamente los liquidacionistas sino también otros grupos —y por caminos aparentemente opuestos— cayeron en el mismo error acerca del crecimiento económico español. Pasaron por alto las contradicciones internas que caracterizan el capitalismo monopolista español. Los liquidacionistas, renunciando de hecho a la revolución y cayendo en el juego pero creyendo igualmente que el crecimiento económico mitigaría las condiciones revolucionarias. Los unos dejando la revolución para después, y los otros pretendiendo impedir, antes de que fuese tarde, el proceso de democratización en el que también creían. Ambas tendencias no son sino cara y cruz de una misma moneda, puesto que ambas parten de la misma aceptación implícita del «milagro español».

Ciertamente en los últimos años se asistía a un real crecimiento económico, más apreciado sobre todo entre 1964 y 1966. Este crecimiento y la maniobra emprendida por la oligarquía española para hacer creer que sus instituciones estaban abriéndose al pueblo, influyó gravemente en unos ambientes revolucionarios donde la comprensión científica de la realidad social era aun muy limitada. De la misma situación material surgieron así las dos tendencias erróneas que se vieron enfrentadas dentro de E.T.A. y que hicieron crisis a finales de 1966.

En 1967 el crecimiento económico acabó estrepitosamente. Con él se fué a pique la «liberalización» del Régimen. La oligarquía juzgó que debía dejar las maniobras para mejor ocasión y cerrar filas ante el aumento de presión popular que se avecinaba. Incluso los periódicos de la oligarquía que habían estado jugando a las diferencias políticas, se uniformaron rápidamente. El Estado Español endureció sus métodos de represión y, al hacerlo, contribuyó a endurecer la lucha popular. En los ambientes revolucionarios vascos cayó a tierra el mito crecimiento-liberalización y quedaron superadas en la práctica las dos tendencias erróneas estudiadas.

Los «milagros» económicos no existen. España, que ha sido durante mucho tiempo un país subdesarrollado, sigue siéndolo ahora respecto de las naciones con las que su economía se cuenta ligada. La esencia de este subdesarrollo no reside en la cantidad de riqueza. Del mismo modo que un obrero no se diferencia esencialmente de su patrono por tener menos cantidad de bienes sino por estar subordinado a él en el proceso de producción, tampoco España es un país subdesarrollado por tener o producir menos cantidad de bienes sino por depender su economía de algunos países desarrollados. Entre 1939 y 1950 la economía española se mantuvo atrasada y aislada de la de otros países. Pero a partir de 1950 la oligarquía se entregó a los norteamericanos a cambio de protección. Luego, a partir de 1960, sin dejar de ser un satélite de los Estados Unidos, la suerte de la economía española ha empezado a depender estrechamente de lo que ocurre en Europa.

España alcanzó la fase monopolista y decadente del monopolismo sin haber conocido nunca la etapa de esplendor del capitalismo.

En 1960 empezó una etapa de expansión económica en Europa. Varios países del Mercado Común solicitaron mano de obra. Entre tanto, la estabilización había dejado en España a muchos obreros sin trabajo. La oligarquía española hizo lo que tenía más fácil, o sea librarse de una carga peligrosa vendiéndola al mejor postor. Hasta medio millón de obreros españoles quedaron trabajando en Europa. Las remesas de dinero que enviaban a sus familiares en España llegaron a los 30.000 millones de pesetas en 1966. Aún más importancia que la emigración de trabajadores tuvo para la economía española el turismo. Al convertirse el Estado Español en satélite de los norteamericanos, éstos utilizaron su gigantesca máquina de propaganda con el fin de modificar la idea que el mundo tenía sobre el Régimen de Franco. La expansión económica de Europa permitió la extensión del turismo; finalmente el favorable tipo de cambio de moneda —establecido por el Gobierno Español en 1959 a 60 pesetas el dólar— orientó la riada turística hacia el Estado Español. Puede hacerse una idea de lo que significó el turismo considerando que sólo en 1966 dejaron los turistas en el Estado Español 80.000 millones de pesetas en divisas.

En tercer lugar, después del turismo y la emigración de trabajadores, merecen atención las inversiones de capital extranjero. Estas alcanzaron la cifra de 22.000 millones de pesetas en 1966. La entrada por turismo, por remesas de emigrantes y por inversiones extranjeras de capital, responden a una misma causa. Las tres han sido producidas por la situación de subdesarrollo de la economía española respecto a las de los países del Mercado Común. La emigración, por falta de trabajo en España; el turismo, por la inferior situación monetaria; y las inversiones de capital, por los beneficios que pueden obtenerse en el Estado Español debido a los bajos salarios. El desnivel entre España y los otros países de su contorno es tan acusado que ha producido esas entradas de divisas, las cuales, si pequeñas en relación a la economía de los países de donde proceden, son muy importantes para una economía atrasada como la de España. Entre los tres renglones de turismo, emigración y capitales extranjeros, los ingresos fueron del orden de 130.000 millones de pesetas en 1966. Queda ahora por explicar de qué modo estos ingresos han sido la causa de crecimiento económico habido entre 1960 y 1966. Es sabido que en cualquier sociedad capitalista, la progresiva concentración y centralización de capital en unas pocas manos conduce al monopolismo, el cual constituye la última fase del capitalismo, su fase de decadencia. Esta situación a que en algunos países como Francia o Estados Unidos se ha llegado como culminación del desarrollo capitalista, en otros lugares, como España, ha acaecido por caminos más cortos. Como en España la Revolución Burguesa fue conducida por la alta burguesía, la concentración y centralización del poder económico en pocas manos tuvo lugar más de prisa que en otros países y sin apenas salir del subdesarrollo. De este modo España alcanzó la fase monopolista y decadente del monopolismo sin haber conocido nunca la etapa de esplendor del capitalismo. La economía española reúne en sí todos los defectos del subdesarrollo y del monopolismo.

Toda economía monopolista lleva consigo tina fuerte tendencia al estancamiento. Para subir los precios y aumentar la ganancia, las empresas monopolistas limitan la oferta de productos. Al producir menos cantidad de lo que pide el mercado, los precios suben. En consecuencia, siempre que un sector de la economía limita la oferta existe un control monopolista de la producción. Esta tiende a estancarse por debajo de la demanda del Estado.

Los países capitalistas más desarrollados utilizan para contrarrestar esa tendencia al estancamiento, varios métodos dirigidos a aumentar la demanda. Los dos más importantes y que van muy unidos son la exportación de capitales a otros países y las guerras frías o calientes que exigen grandes cantidades de armas. Pero estos métodos «que imprimen al sistema monopolista el carácter de imperialista» no son viables para los países atrasados como España. Por eso la economía española deja sentir con gran fuerza la tendencia al estancamiento. Sólo un aumento de la demanda (o sea de la capacidad de compra de las masas, de las empresas o del Estado) pueden activar la economía. Pero este aumento de la demanda no puede lograrlo la oligarquía española mediante una política imperialista dirigida al exterior. Este es el problema básico de la oligarquía española, y de aquí la situación de estancamiento y la continua inflación a lo largo de 20 años.

A partir de 1960 la situación de base siguió siendo la misma, pero se abrió la posibilidad de aumentar de una manera la demanda (la capacidad de compra), en el mercado interior español, y eso casi a cambio de nada. Los turistas empezaron a dejar dinero, los obreros emigrantes a dirigir remesas a sus familias en el Estado Español, y las empresas extranjeras a invertir capitales en empresas españolas o a crear nuevas. Está claro que esa riada de dinero (130.000 millones de pesetas en 1966) supuso un aumento equivalente de la capacidad de compra en el mercado español. Dicho en otras palabras, las empresas podían aumentar su producción en 130.000 millones de pesetas en la confianza de que podrían venderla sin rebajar sus precios de monopolio.

El aumento de producción entraña compras de maquinaria, creación de nuevas industrias, nuevos puestos de trabajo, etc. Es decir, que los miles de millones de dólares llegados del exterior engendran un crecimiento general en la economía.

En cada etapa de recesión, la burguesía independiente se verá arrinconada por los bancos y grandes empresas monopolistas.

Decir que el crecimiento económico de estos años se debe a la puesta en vigor del «Plan de desarrollo» por el Estado Español, es sustentar una concepción idealista de los fenómenos económicos. Incluso una sociedad socialista puede permitirse el que unos sectores trabajen con déficit a costa de otros, v eso le da una considerable libertad a la hora de orientar su futuro desarrollo. En cambio, en una sociedad capitalista, por muy monopolista, centralista, y dictatorial que sea, las empresas privadas no se mueven sino en el sentido del mayor beneficio. Mientras la capacidad de compra de los posibles clientes no vane, la empresa monopolista no puede aumentar su producción e invertir capital en modernizar sus instalaciones, etc., con la seguridad de mantener los márgenes de beneficios.

El aumento de la capacidad de compra que ha impulsado la economía española durante los últimos años, ha sido independiente del Plan de Desarrollo. En realidad, la oligarquía española previendo el crecimiento que iba a producirse, preparó el Plan a fin de que ese crecimiento tuviera lugar con el mayor provecho para las propias empresas monopolistas y con el menor número de fricciones económicas y sociales. En lo cual no puede decirse que el Plan fuera un éxito ciertamente.

La enseñanza que debe sacarse de ese período es que el enorme desnivel existente entre la economía europea e ibérica es susceptible de engendrar cierta activación en esta última, en determinadas condiciones.

En períodos de fuerte expansión económica en los países europeos, la emigración de obreros y la entrada de turistas europeos va a permitir el paso de una migajas de prosperidad, procedentes de Europa, migajas que para la atrasada enocomía española significan mucho. Pero Europa tampoco tienen resueltos definitivamente sus problemas. También ahí se trata de sistemas monopolistas obligados a continuas inyecciones (de mayor envergadura) para compensar la tendencia crónica al estancamiento. Por eso tampoco Europa está libre de recesiones. Y en períodos de recesión se dan los siguientes casos: los turistas no salen a gastar dinero a otros países; el trabajo escasea y no queda sitio para trabajadores extranjeros. He aquí cortadas las dos principales inyecciones para la economía española. Más aún, no sólo los obreros emigrados dejan de enviar dinero a sus familias, sino que el no tener trabajo vuelven a sus casas y se encuentran que tampoco allí tienen trabajo, con lo cual aumenta el número de parados, y de parados que pueden hacer comparaciones entre las instituciones españolas y alemanas, por ejemplo. Al mismo tiempo el estrangulamiento dela producción en España quita incentivo a las inversiones extranjeras de capital (tercera fuente de ingresos para el crecimiento), y donde ésta inversión de produce, no va dirigida a la creación de nuevas empresas sino a hacerse con el control de empresas ya existentes en propiedad de la oligarquía española. Tal es, por ejemplo, lo ocurrido con Altos Hornos de Bizkaia, que ha sido absorbida por la United Steel Company aprovechando la crisis que estaba atravesando.

Se da la circunstancia de que esas inyecciones externas que recibe la economía española y que originan su crecimiento, con ser provisionales y estar totalmente a expensas de la situación de esos países Europeos, son, además, de efectos contraproducentes a largo plazo. Ese medio millón de trabajadores españoles emigrados (y son muchos más los que han vivido cierto tiempo en esas condiciones), pueden constituir en el futuro una inyección revolucionaria, como hoy constituyen una inyección de divisas. Esos capitales extranjeros (que con ser aún reducidos están muy bien colocados, controlando unos recursos muy superiores a ellos mismos) convierten a la oligarquía española en mas y más dependiente del imperialismo (americano sobre todo). Ese turismo que depende de dos hilos tan frágiles como la «paz» y los precios bajos, está ocupando una importante fracción de la población activa en el sector «servicios», que se van a ver muy mal en cuanto falle el sector.

En fin, no hay que pensar que el crecimiento económico español, aún en las épocas de esplendor, sea capaz de cambiar cualitativamente esa diferencia que separa al Estado Español de los países europeos, gracias a la cual son posibles incluso las propias inyecciones activa-doras. En pocas palabras, la economía española ha crecido a base de hacer de criado (servicios) y mano de obra barata (emigración y capital extranjero) para los países más desarrollados. Este crecimiento logrado así es incapaz de alterar la posición de dependencia, porque las industrias españolas viejas o nuevas no se orientan ala competencia con otros países, sino lisa y llanamente a cubrir la capacidad del mercado interior.

No sólo España va camino de no poder exportar productos industriales, sino que incluso los productos agrícolas, que tradicionalmente constituían la mayor característica de la exportación española, están viéndose mal para encontrar compradores, debido a la competencia de países como Italia, Argelia e Israel.

En resumen, las perspectivas previsibles para la economía española son las siguientes: En las épocas de expansión en Europa la producción en la península podrá aumentar. Este crecimiento se deberá, como hasta ahora, al aumento de la capacidad de compra del mercado interior producido por las remesas de emigrantes, turismo e inversión extranjera, y será desigual, lleno de tensiones entre los distintos sectores productivos, e inflacionista. En épocas de recesión económica en Europa, el estancamiento se proyectará en la península más agudamente. Además, en estas crisis periódicas el capital extranjero, principalmente americano, seguirá haciéndose con el control directo de los núcleos más importantes de la producción.

Las consecuencias sociales no son difíciles de ver. En cada etapa de recesión (como la que se está atravesando en 1967-68) la burguesía independiente se verá arrinconada por los bancos y grandes empresas, y muchas pequeñas empresas pasarán bajo el control monopolista. La clase obrera soportará la inflación en las épocas de expansión, y las medidas de estabilización (congelación de salarios, etc.) en las de recesión. En cuanto a la oligarquía española (los Ibarra y Romanones, etc.) se sentarán en los Consejos de Administración cada vez con más frecuencia ante el representante de algún monopolio americano, con las correspondientes consecuencias.

Políticamente, todo esto significará una necesidad creciente de unión revolucionaria de las clases populares (distinguiendo cada vez más cuidadosamente qué sectores de la burguesía tienen intereses populares). La oligarquía, por su parte, tal vez intente aprovechar la siguiente etapa de expansión para intentar otra maniobra de seudoliberalización. En este sentido se va a ver con las manos bastante atadas. Primero, porque una maniobra de este tipo necesita tiempo, y la expansión durará poco. Segundo, porque la acción revolucionaria de las clases populares impulsa en el Estado Español a los círculos más reaccionarios, que harán de muro de contención dando primaria a la represión. Pero aún en la represión habrá de andar con cuidado, porque el hecho de base de la expansión es muy frágil y, si adoptan medidas muy severas, se exponen a crear un clima que aleje el turismo dé al traste con toda la expansión. En política exterior, el Estado Español seguirá cada vez más rastreando la política imperialista de sus amos, y en consecuencia mantendrá a los pueblos ibéricos en el centro de cualquier futuro conflicto mundial, lo cual es muy importante para las estrategias revolucionarias respectivas vasca y española.

Se ha indicado ya que la revolución en un país (también en Euskadi) responde fundamentalmente a condiciones internas, pero que para culminar y asestar el golpe definitivo al Estado opresor son a veces necesarias ciertas condiciones externas. Incluso en este combate final, el papel principal corresponde a las condiciones internas (capacidad revolucionaria de los oprimidos). Entonces las condiciones internas, actuando en condiciones externas favorables (situación internacional), logra la derrota definitiva del opresor. Está claro que en el caso de la Revolución Vasca las condiciones externas dependerán de la situación en que se encuentre la lucha entre imperialismo y los pueblos del mundo. Esto hace que la lucha del pueblo vasco por su liberación nacional del yugo de la oligarquía española y francesa forme una unidad inseparable con la lucha de todos los pueblos del mundo contra el imperialismo.

 

LA REVOLUCIÓN COMO PROCESO

Cuando se habla de «proceso revolucionario» se quiere significar que la revolución no es una operación aislada, sino algo que va creciendo y desarrollándose a través del tiempo. Desde que un pueblo entra en la vía revolucionaria es mucho lo que debe hacer y hacerse así mismo, hasta lograr el triunfo de la revolución. A lo largo del proceso revolucionario el pueblo toma conciencia cada vez mas clara de cuáles son sus auténticos intereses y de la necesidad de la revolución. Al mismo tiempo va alcanzando más altos niveles en la lucha contra las fuerzas represivas. Va aumentando, en suma, su preparación material y espiritual para la toma del poder.

La revolución no es una operación aislada, sino algo que va creciendo y desarrollándose a través del tiempo.

Se ha visto, en el capítulo sobre los liquidacionistas, que la revolución consiste en la toma del poder político por el pueblo, para apropiarse acto seguido de los resortes del poder económico y cultural. Llegada ahí, la revolución no se detiene, pero cambia contenido y métodos. Ya no es necesaria la lucha contra el Estado extranjero, pues éste es el instrumento de las clases populares. La revolución prosigue, pues, pacíficamente en la construcción socialista de la sociedad vasca. Pero para llegar a esa situación de construcción pacífica de la sociedad es preciso, previamente, barrer el obstáculo armado que constituye el Estado como guardián de los intereses de la oligarquía opresora.

En el capítulo primero se ha indicado que la derrota y destrucción del Estado opresor no puede ser lograda mediante alguna técnica ajena al contenido concreto de la lucha planteada. Puesto que se trata de la lucha del pueblo contra el Estado, es el pueblo mismo, el pueblo consciente, organizado y armado, el que destruirá el Estado, y nadie más. Un pueblo consciente con la conciencia que ha ido adquiriendo a través de un continuo proceso de crítica y autocrítica de las acciones revolucionarias. Un pueblo organizado como habrá llegado a encontrarse a través de sus experiencias de organización, sometidas largamente a la continua y dura prueba de la práctica revolucionaria y la represión. Un pueblo, en fin, armado con los instrumentos materiales y espirituales que ha ido adquiriendo y produciendo a través del enfrentamiento revolucionario. Realmente los instrumentos materiales, ideológicos y organizativos que el pueblo desarrolla a través de su lucha no terminan de cumplir su cometido con la derrota del Estado opresor. La madurez de conciencia alcanzada durante el proceso revolucionario, desempeña un papel fundamental en la posterior construcción pacífica de la democracia popular y el paso al socialismo. Lo mismo puede decirse de las formas de organización desarrolladas durante la revolución las instituciones revolucionarias, etc. La experiencia revolucionaria adquirida por el pueblo durante el proceso que conduce a la toma del poder, constituye la puesta a punto de sus capacidades creadoras que va a necesitar después para construir la democracia popular y el socialismo.

La capacidad revolucionaria del pueblo se desarrolla empujada por la práctica de lucha contra el opresor en cualquiera de sus frentes. En el frente político, económico, cultural, militar, religioso, etc. En el frente político, el pueblo toma conciencia de su nacionalidad y de sus intereses populares y desarrolla formas peculiares de organización, las cuales, tras el triunfo de la revolución, se convertirán en las instituciones del Estado Revolucionario Popular. En el frente económico, las clases populares, y singularmente el proletariado, crean la base teórica y práctica sobre la que se asentará su futuro control de la producción. En el frente cultural, se extiende y profundiza el conocimiento racional de los problemas de la nación y su inserción en la problemática mundial; se desarrolla el arte nacional con su contenido popular que es reflejo de las inquietudes del pueblo que está haciendo su revolución. En el frente militar, los reducidos grupos armados de un principio se desarrollan a través de la práctica revolucionaria, hasta convertirse en el ejército de Liberación Nacional que, siendo en contenido y forma radicalmente distinto al de los Estados opresores, consigue mantenerles en continuo jaque hasta el triunfo de la revolución. En el frente religioso, en fin, son desenmascaradas las jerarquías eclesiásticas al servicio del opresor; haciendo las mismas masas cristianas que la religión sirva a la liberación y progreso espiritual del pueblo, en vez de constituir un instrumento de opresión.

Como puede verse, el desarrollo del proceso revolucionario presenta muchas facetas. Por una parte, la progresiva toma de conciencia, de nivel organizativo y aptitud para la lucha. A su vez, estos aspectos se manifiestan en los distintos frentes de lucha política, económica, cultural, militar, etc. Finalmente, todas estas se manifiestan a dos niveles que, aun marchando muy unidos, no deben de confundirse, cuales son las masas y su vanguardia organizada. Así por ejemplo, puede hablarse del nivel de organización de las masas en el frente económico, o de la capacidad militar de la vanguardia organizada en un momento dado, etc. las múltiples facetas que presenta el proceso revolucionario hacen difícil la tarea de distinguir sus fases mas importantes. En todo caso, no debe caerse en el error de hacer divisiones puramente abstractas, tanto más cuando que lo más importante del proceso revolucionario vasco está aun por acontecer. Es la misma teoría-práctica la que, iluminada por la critica y la auto-crítica, debe mostrar las leyes del movimiento revolucionario y el camino a seguir.

Por ahora, quien aborde el tema de la estrategia revolucionaria vasca, debe limitarse a la experiencia recogida, que a pesar de no ser sino el comienzo, aporta ya importantes enseñanzas.

 

LUCHA DE MASAS Y DE LA MINORÍA ORGANIZADA

Si se fija la atención en el peso relativo que han tenido las acciones de masas respecto al activismo de la minoría organizada, puede distinguirse claramente varias fases distintas en el desarrollo revolucionario vasco.

Todos los movimientos revolucionarios son impulsados por una minoría. Ahora bien, en países donde se dan ciertas posibilidades a las acciones de masas y su organización, la minoría que inicia la vía revolucionaria suele surgir en un ambiente de acciones de masa y de organizaciones cuya existencia gira en torno a objetivos de amplia aceptación. En efecto, en lugares de tradición democrático burguesa, la lucha reivindicativa de masas termina tarde o temprano por producir en alguno de sus decepcionados impulsores la conciencia revolucionaria. Entonces la organización revolucionaria surge del seno de las organizaciones de masas, de sus militantes más conscientes.

En Euskadi, por el contrario, la represión policial ha impedido sistemáticamente cualquier desarrollo de la acción de masas o su organización. Las organizaciones de masas existentes, S.T.V., U.G.T., etc., no podían propiamente recibir ese nombre pues la represión las condenaba en clandestinidad al papel del organización de minorías. Añádase a esto el hecho de que fuese la burguesía nacional «como la más politizada del momento», la clase social que dio nacimiento al nacionalismo revolucionario.

Se comprenderá así que E.T.A. surgiese de un medio intelectual, como expresión de una minoría que se organizaba a partir de cero. No surgió, pues, como producto de acciones de masas, que en la década de los 50 se limitaban casi exclusivamente a esporádicas huelgas de los obreros de fábricas. Esto explica la distancia que durante varios años existió entre la actividad de E.T.A. y las acciones de masas.

La contraposición que en todas partes suele darse al principio entre lucha de masas y activismo minoritario, se dio en Euskadi de modo muy acusado. Durante varios años la actividad de E.T.A. se limitó a publicar su órgano oficial Zutik, realizar «regadas» de octavillas, «pintadas» de slogans en los muros y colocación de banderas nacionalistas vascas. Todas estas acciones trataban sobre todo de dar a conocer la existencia de la organización y mover a las masas, que aparecían terriblemente inertes e inaccesibles a la influencia de E.TA.

En Euskadi, la represión policial ha impedido sistemáticamente cualquier desarrollo de la acción de masas o su organización.

Es significativo en esa primera época (hasta 1964) la insistencia en llenar paredes con las siglas E.T.A. Cierto que unas siglas no significan nada cuando no van asociadas a algo que tenga de por si importancia. Y en aquellos primeros años eran muy pocos los que sabían siquiera que las siglas E.T.A. correspondían a una organización política clandestina. No obstante, si bien para la generalidad de las gentes habría pasado inadvertido semejante género de activismo, las fuerzas de represión se encargaron de dar a esos letreros su primer contenido popular. Cuando ante un determinado letrero aparecido en una pared, se produce una espectacular movilización de las fuerzas de la Guardia Civil y la policía, para taparlo primeramente, y para descubrir al autor después, no cabe duda de que alguna significación posee ese letrero; y caso de que su significado sea difícil ele comprender, la misma represión se encarga de mostrárselo a quien quiera.

Los mismos efectos que los letreros murales tenían las regadas de octavillas y la colocación de banderas. Era la represión que inmediatamente se desencadenaba, la que confirmaba el contenido popular de resistencia, a esos murales, octavillas y banderas. Durante años los problemas ideológicos, aunque existían, ocupaban un segundo lugar tras de este activismo que buscaba expresarse, darse a conocer, al pueblo como organización de resistencia. En 1964 se empezó a utilizar la dinamita contra placas conmemorativas del opresor español. Sin embargo, estas nuevas actividades no siguieron un camino fundamental respecto al valor simbólico del activismo anterior. También estas acciones recibían de la brutal represión consiguiente, su principal contenido.

Más importancia tuvo para el movimiento revolucionario vasco, el comienzo de manifestaciones de masas a partir de Aberri Eguna y Primero de Mayo de 1964. En estas dos primeras no se encontró presente E.T.A., al menos de modo directo, debido a la debilidad en que le había dejado la represión. Poco a poco, sin embargo, fue aumentando su presencia en las acciones de masas por medio de la propaganda y la organización.

Las manifestaciones que empezaron apoyándose en el significado de una fecha (Aberri Eguna, Primero de Mayo), fueron produciéndose cada vez más a partir de problemas concretos. La represión oficial produjo una progresiva depuración de los elementos más prudentes y una toma de conciencia revolucionaria creciente.

Los manifestantes no se encontraban ya porque esperasen conseguir una reforma cualquiera. Ellos fueron comprendiendo que su poder para transformar la sociedad era nulo. Pero en un principio los manifestantes se concentraban para expresar su descontento al sistema. Esto es, una actitud análoga a la del activismo que en esa época, todavía buscaba sobre todo expresarse. Después, cada vez más empujados por la brutal represión policial los manifestantes acudieron a luchar, a medir sus fuerzas con la policía y desarrollar su capacidad revolucionaria al fin de alcanzar niveles superiores en la lucha contra el opresor.

Constituiría un gravísimo error creer que la aportación de las masas al proceso revolucionario se limita a las llamadas acciones de masas (manifestaciones, huelgas, choques con la policía, etc.). Menos espectacular, más callada, pero no menos importante es la actividad de las masas encaminada a la asistencia de la organización revolucionaria. Se ha dicho que el revolucionario vive entre las masas como el pez en el agua. Así como el pez encuentra en el agua el alimento, cobijo y todo lo que puede necesitar y fuera de ella no podría subsistir, así también el militante revolucionario necesita de la ayuda material y espiritual del pueblo. Necesita lugares apropiados donde comer, dormir, trabajar y ocultarse. Necesita vehículos, dinero, información, y apoyos de muchas clases. A medida que progresa la lucha, la organización revolucionaria consigue por sí misma ciertos medios del enemigo, tales como vehículos, dinero o armas. Sin embargo, como las necesidades son cada vez mayores, estos medios de equipamiento, no sustituyen sino que complementan la ayuda de las masas populares, de modo que ésta es más necesaria cada vez.

Hasta 1964 inclusive, la ayuda recibida del pueblo era tan pequeña que ni siquiera las pequeñas necesidades de entonces podían ser cubiertas. Partida importante de los ingresos, en aquella primera épocaa, era la constituida por las cuotas de los propios militantes, lo cual a idea de la escasez de recursos. En 1965 la ayuda popular a E.T.A. mostró un poderoso impulso principalmente en cuanto a lugares de cobijo y dinero. Gracias a estos medios pudieron empezar a cubrirse las necesidades más urgentes, que en aquel tiempo representaban la subsistencia de los militantes «liberados», los desplazamientos y el papel de imprimir.

De lo dicho se desprende que existen dos modos de manifestarse en la actividad revolucionaria de las masas. En lucha directa y abierta contra las fuerzas de represión, y también indirecta y ocultamente colaborando con la organización revolucionaria. De estos dos modos no es uno más importante que otro. Ambos son muy importantes y absolutamente necesarios para que la revolución salga adelante. Sin embargo, ambos modo de actividad responden a condiciones de lucha muy distintas, y no debe esperarse que se desarrollen por igual en cada fase del proceso revolucionario. Observando el desarrollo revolucionario en Euskadi puede verse que, desde 1958 hasta 1964, no existe la actividad revolucionaria de masas a nivel apreciable. En 1964 empieza a manifestarse y de desarrolla en los siguientes años. Al progresar las manifestaciones de masas y arreciar la represión va produciéndose una forma de conciencia revolucionaria en algunos sectores de las masas, lo que lleva a ofrecer su colaboración a la organización. A partir de 1965, durante 1966 y 1967, la espiral manifestaciones de masas-represión ayuda a E.T.A. a crecer sin interrupción. El proceso acumulativo que va aumentando la asistencia material y espiritual del pueblo ha producido en E.T.A. un salto cualitativo en 1968. Un precedente puede verse al comienzo de 1967. Entonces fueron las masas colaboradoras con E.T.A. quienes inclinaron la balanza hacia la justa línea revolucionaria haciendo abortar la desviación liquidacionista; una vez resuelto este problema interno de la organización, las consecuencias cara al exterior se manifestaron enseguida en las operaciones efectuadas contra los bancos del opresor a fin de recaudar fondos.

Las tendencias manifestadas en estos precedentes, han madurado en 1968 con el salto dado por la actividad revolucionaria de E.T.A. al iniciar el enfrentamiento armado directo contra las fuerzas del opresor.

Si la intensificación de la actividad revolucionaria de las masas ha impulsado el paso de E.T.A. a la ofensiva, esto último coloca a E.T.A. y a las masas populares vascas ante condiciones nuevas en la historia del nacionalismo revolucionario vasco. Característica de esta fase será un nivel de represión desconocido hasta ahora. Puesto que E.T.A. está en buen grado mimetizada con las masas, es previsible que sean éstas quienes hayan de soportar principalmente la represión. Una consecuencia directa será la dificultad de continuar como hasta ahora la línea de acciones de masas. No hay duda de que si la represión despliega todos los medios (por ejemplo, el toque de queda aplicado a los puntos de manifestación), está en condiciones de impedir una concentración de masas, una huelga, etc. De todos modos no quiere decirse que haya llegado el momento en que toda acción de masas sea imposible. Quizás falte aun mucho tiempo hasta que llegue esa situación. Lo que se trata de exponer es que, en la medida que la represión aumenta, las acciones de masas se hacen más difíciles y pasan a segundo término, al tiempo que cobra una importancia mayor la actividad de las masas de carácter indirecto en íntima colaboración con la organización revolucionaria.

En 1965 la ayuda popular a E.T.A. mostró un poderoso impulso principalmente en cuanto a lugares de cobijo y dinero.

No solamente la ayuda de E.T.A. en forma de casas, dinero, información, etc., sino también la formación de comités de fábrica, barrio, pueblo, etc., de tribunales populares y otras formas de actividad deberán ser desarrolladas en esta fase. Todas estas formas de actividad revolucionaria de las masas irán complementadas con la actividad de E.T.A. en los distintos frentes, de modo que ambas —actividades de las masas y actividad de E.T.A.— formen una unidad indisoluble.

  

UNIDAD REVOLUCIONARIA Y MASAS POPULARES

No es preciso un gran esfuerzo para comprender las grandes consecuencias que acarrearía el menospreciar el papel de las masas en esta fase que empieza ahora. La supervivencia de la organización E.T.A. en la actual fase de alta represión dependerá del apoyo que encuentre en las masas a través de sus organizaciones paralelas. Por consiguiente, es imprescindible que E.T.A. desarrolle en todo momento una línea de actividad correcta en función del contenido revolucionario popular de lucha. Asimismo, la actividad revolucionaria de las masas en esta fase deberá contar en cada caso con la colaboración de E.T.A. y quedar respaldada por sus acciones. Sólo dentro de una estrecha unidad práctica entre las masas y E.T.A. será posible la continuidad del proceso revolucionario y el paso a fases más avanzadas del mismo.

La primera condición exigida por la unidad práctica entre las masas y E.T.A. en la actual fase, concierne al carácter de las acciones ofensivas contra el sistema. En efecto, al pasar a un primer plano el enfrentamiento entre los grupos armados de E.T.A. y los del Estado Español, surge el peligro de que este enfrentamiento aparezca como una guerra privada de ETA., ajena a los intereses de las masas populares. Algo de esto ha ocurrido en Bolivia donde la lucha guerrillera no estaba tan unida a la práctica de las masas como hubiera sido preciso. Al darse ese distanciamiento, deja de cumplirse la condición necesaria para el revolucionario de vivir entre el pueblo como el pez en el agua. En esta situación resulta fácil para el opresor reducir el movimiento revolucionario.

El problema de la unidad práctica revolucionaria entre masas y E.T.A. no es el del tan manoseado argumento sobre si «el pueblo no está preparado»; el pueblo, tanto las masas como la minoría organizada, nunca están preparados.

La preparación para determinadas condiciones de lucha vendrá dada con la misma práctica que exige tal preparación. Lo que interesa al revolucionario saber no es si el pueblo está o no preparado, sino el cómo adquirirá esa preparación que necesita. Es decir, si una determinada acción de E.T.A. contribuirá a preparar al pueblo, ampliarán su conciencia revolucionaria, aumentará su experiencia y capacidad de lucha y tenderá a fortalecer la unión de clases populares, o si por el contrario, producirá en el pueblo confusión y división.

Los cambios en la estructura de la organización no aportan tampoco ninguna solución al problema dela unidad entre las masas y E.T.A. La estructura organizativa de E.T.A. está realizada para que pueda sostenerse y desarrollarse bajo condiciones de fuerte represión. Se trata por consiguiente de un problema secundario que no debe ser mezclado (como ha ocurrido con demasiada frecuencia) con la principalísima cuestión de si una determinada acción ofensiva es o no oportuna.

Un caso digno de examen es el de la «contestación» que constituyó un problema importante a raíz de la muerte de Francisco Xabier Etxebarrieta. Primeramente se estuvo a punto de efectuar una represalia inmediata. Por fin ésa no se llevó a cabo y, en el compás de espera que se abrió, tuvo lugar la movilización de las masas en funerales y misas, los cuales, al encontrarse ante una feroz represión, se convertían en manifestaciones y terminaban en choques con la policía. Este tipo de acciones se prolongaron por más de un mes dando lugar a una espiral ascendente de acción-represión-acción, que tuvo como protagonista a las masas. Cercanos los dos meses de la muerte de Etxebarrieta, las fuerzas de represión tenía ya en su haber una buena lista de brutalidades, detenciones y torturas sobre gentes muy diversas, entre las que se incluían, sacerdotes, mujeres y personas ajenas al problema, que al acercarse a una Iglesia habían debido sufrir la represión ciega. Al llegar a este punto la «contestación» se llevó a efecto contra aquél que mejor encarnaba a la represión en la mente del pueblo. Fue ejecutado el jefe de la policía política española en Gipuzkoa, Melitón Manzanas, por los crímenes contra el pueblo vasco perpetrados durante 30 años, y que culminaban con la represión a las concentraciones populares en favor de Etxebarrieta.

Claramente aparece la diferencia entre el significado de este acto y el que hubiera tenido una posible represalia ejecutada contra la Guardia Civil, inmediatamente después del asesinato de Etxebarrieta. Caso de haber tenido lugar aquella represalia, habría sido una «contestación» privada de E.T.A. al Estado Español por el asesinato de uno de sus militantes. En cambio, con la ejecución de Melitón Manzanas, E.T.A. se identifica con las masas víctimas de la feroz represión personificada en este criminal. Lo que ha permitido este cambio de significado ha sido la movilización de las masas en torno a Etxebarrieta. Como decía un militante, «la etapa de manifestaciones nos da un gran respaldo popular para una contestación en nombre del pueblo».

Sería sumamente grave que E.T.A. descuidase los aspectos políticos en relación con futuras operaciones de carácter ofensivo. La unidad entre E.T.A. y las masas, necesaria en la práctica revolucionaria, exige que las necesidades puramente militares de la lucha revolucionaria se subordinen a las necesidades políticas. Las necesidades políticas de orden general, más importantes en la lucha revolucionaría son, como se ha visto: la toma de conciencia de las clases populares (masas y organización) y el aumento de su capacidad revolucionaria.

Esto no significa que las actividades políticas, no militares, deban ser preferidas a las acciones armadas, sino que las acciones armadas, las operaciones militares, deben ser guiadas por criterios fundamentalmente políticos.

Todo lo anterior no es sino la confirmación del principio que ha servido de guía a lo largo de este estudio, el principio de que las cuestiones preferentes al método de lucha deben ser resueltas a la luz del contenido de esa lucha. El contenido de la lucha revolucionaria vasca es, en su aspecto más general, el enfrentamiento basado en condiciones materiales, entre fas clases populares vascas y la oligarquía monopolista de España y Francia. Las condiciones de este enfrentamiento son las que deben ser examinadas a la hora de resolver los problemas planteados por enfrentamientos secundarios, tales como el que opone ETA. a las fuerzas de represión.

   

ESTRATEGIA Y TÁCTICA DE LA NUEVA FASE OFENSIVA

La ejecución del Jefe de la policía política en Gipuzkoa, el 2 de Agosto de 1968, caracteriza la nueva fase en que ha entrado 'el Movimiento Revolucionario Vasco de Liberación Nacional. Desde unos meses antes venían desarrollándose acontecimientos significativos en el mismo sentido. En Marzo se había llevado a efecto una represalia contra las instalaciones del diario El Correo Español, en Bilbao, por su acción descarada como instrumento de la opresión. En la oleada represiva que siguió a este acto, el Jefe de la policía española en Bilbao declaró: «Hemos iniciado la guerra caliente contra la ET.A.». Posteriormente tuvieron efecto nuevos atentados contra diarios, cuarteles de la Guardia Civil, «Vuelta a España» en territorio vasco, etc. También la actividad revolucionaria de las masas fué en aumento y, de todo ello, derivaron niveles más altos de represión. En junio cayeron las dos primeras víctimas del lado patriótico y del de las fuerzas de represión españolas. Por último, tras de la muerte de Melitón Manzanas, se han desencadenado en Euskadi Sur operaciones policíacas que la misma prensa oficial española ha calificado de «gigantescas».

Queda muy lejos aquel activismo de octavillas, pinturas y banderas. Aquel activismo que buscaba expresarse, y cuyos productos recibían su contenido sobre todo de la represión que desencadenaba el opresor. Por el contrario, los últimos actos no necesitan de ninguna posterior reacción policial para poseer un contenido y un claro significado.

El paso de una actitud de defensa a otra ofensiva es de gran importancia para el movimiento revolucionario vasco. Sus consecuencias afectan a las masas tanto como a E.T.A. Las masas populares saben desde ahora —y cada día más— que disponen de un brazo armado que puede oponerse eficazmente al aparato represivo del opresor. La confianza en la capacidad militar de E.T.A. a medida que vaya desarrollándose, se convertirá en la confianza de las masas en su propia capacidad para hacer la revolución. Pueden organizarse cometes, pueden examinarse problemas colectivamente sobre la base de que el pueblo ya no es manco. Los hombres y mujeres más respetados de cada pueblo, fábrica, etc., pueden constituir tribunales revolucionarios y, andando el tiempo, comités de gobierno para responder a la opresión, sabiendo que sus decisiones pueden ser llevadas a la práctica. Puede decirse justamente que la nueva fase de ofensiva revolucionaria significa para las masas, en cierto sentido, el comienzo de su efectivo poder de decisión.

También para E.T.A. son de suma importancia los cambios representados por la nueva fase. Por de pronto, queda superada la contraposición arrastrada durante años entre la teoría y la práctica revolucionaria. Se justificaba en teoría una violencia revolucionaria que no existía más allá del papel. Mientras se hablaba de destruir el Estado, chivatos y torturadores alternaban por los bares impunemente. Dentro de E.T.A., en cursillos por ejemplo, se vivía un ambiente de insurrección revolucionaria; pero cuando el militante salía de nuevo a la calle, oía que E.T.A. «son esos que pintan paredes». La nueva ofensiva restituye —por el momento al menos— la unidad entre la teoría y la práctica revolucionaria.

Al mismo tiempo se abren para E.T.A. nuevas posibilidades tanto en orden a la captación de sus militantes como para el equipamiento de material. Por descontado, la preparación de los militantes deberá hacerse sobre todo en la práctica, con todos los riesgos que eso entraña, pero también con todas sus garantías. En cuanto al equipo, es éste el momento en que las mismas fuerzas armadas del opresor pueden empezar a proveer a E.T.A. de armas y equipo que necesiten sus militantes.

De todo lo anterior se desprenden que el carácter ofensivo que define la actual fase, no tienen un sentido de lucha frontal y abierta contra las fuerzas armadas del Estado Español. Es evidente que las fuerzas revolucionarias vascas no se encuentran actualmente capacitadas para enfrentarse en lucha clásica ni con la policía, ni menos aun con la Guardia Civil o con el Ejército españoles. La desproporción en número, material y organización es abrumadora. Ahora bien, como dijera Etxebarrieta en su último manifiesto, si no existen ahora mismo condiciones para terminar la revolución, sí que las hay para empezarlas. Mientras las fuerzas del opresor sean muy poderosas, y las revolucionarias vascas muy débiles, deberán éstas rehuir toda confrontación. Dicho de otro modo, será imprescindible mantener una defensiva estratégica.

Una defensiva estratégica no es incompatible con ofensivas de tipo táctico. Si las desproporción de fuerzas en favor del opresor impone al pueblo vasco una defensiva estratégica, la táctica ofensiva tiene por finalidad precisamente el ir superando paulatinamente esa desproporción. Por consiguiente, las operaciones tácticas de carácter ofensivo deberán ser planeadas y ejecutadas de manera que siempre resulte de ellas un daño para el opresor y una ventaja para el movimiento revolucionario. Según una clásica ley de los movimientos revolucionarios, si las fuerzas enemigas son diez veces más poderosas que las revolucionarias, éstas elijen el lugar y momento tales que puedan dar batalla con la proporción de diez a uno a su favor, es decir, la proporción inicial invertida.

En el aspecto puramente militar, la combinación de defensiva estratégica y táctica ofensiva es conocida como lucha de guerrillas. En este tipo de lucha se sigue el principio de una máxima diseminación de las fuerzas revolucionarias para no ofrecer ningún blanco al enemigo; y al mismo tiempo una máxima concentración para el ataque, eligiendo además para ello la circunstancia en que el enemigo se encuentra más débil y dividido. La sorpresa es aquí un factor esencial para el guerrillero, y asimismo el mimetismo con la población civil.

En las condiciones de Euskadi, país industrializado, de poca extensión y cruzado por abundantes vías de comunicación, las operaciones militares no pueden presentar las mismas características que en países extensos, con grandes zonas poco accesibles en las que habita un campesinado fuertemente oprimido.

También en este caso el contenido de la lucha es el que determina el método a seguir. Dadas sus especiales características —sobre todo las de orden social— la lucha guerrillera en Euskadi toma la forma principal de lucha de comandos urbanos.

El objetivo general de la lucha de comandos urbanos es el mismo que el de las guerrillas de monte, o sea, hostigar al enemigo y obligarle a mantener inmovilizado el mayor volumen posible de efectivos militares. Al mismo tiempo, mediante ataques cuidadosamente preparados, se pone en evidencia ante las masas el carácter opresivo del enemigo, y las fuerzas revolucionarias se hacen con el máximo de armamento y equipo.

El carácter urbano de la lucha armada, realizado por comandos que actúan reducidos a su mínima expresión numérica, es algo que ha venido dándose ya en las operaciones contra bancos, atentados, etc. La fuerte represión desencadenada tras la ejecución de Melitón Manzanas es de esperar que produzca un perfeccionamiento del método de actuación de los comandos urbanos, pero no parece probable un cambio importante de método, al menos a corto plazo. No obstante, el crecimiento de la lucha revolucionaria en Euskadi creará condiciones nuevas que serán en definitiva, las que determinen los cambios en el método de lucha que habrán de adoptarse en el futuro.

 

Euskadi, 1968.

K. DE ZUNBELTZ