El PCE en el País Vasco desde sus orígenes hasta la Guerra Civil

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El PCE en el País Vasco desde sus orígenes hasta la Guerra Civil*

*Este trabajo ha contado con una ayuda a la investigación del año 2010 de Eusko Ikaskuntza. 

 

INTRODUCCIÓN

EL FINAL DE UNA ÉPOCA: LA CRISIS DEL RÉGIMEN DE LA RESTAURACIÓN

2.1. El socialismo ante un convulso escenario político y socioeconómico

2.2. La influencia soviética: crisis interna del socialismo y escisión comunista

EL PCE Y LAS IZQUIERDAS EN LA II REPÚBLICA: DEL AISLAMIENTO AL “FRENTE POPULAR” (1931-1936)

3.1. La vertebración y estrategia comunista ante el nuevo régimen

3.2. La marginalidad del PCE y su estrategia revolucionaria

3.3. El activismo comunista desde la lucha social y la propaganda

3.4. Hacia el cambio de rumbo: de la confrontación a la colaboración

3.5. Una acción común: la Huelga General Revolucionaria de 1934

3.6. El PCE y su compleja integración en las alianzas obreras

3.7. La creación del PCE-EPK y la participación en el Frente Popular

EN CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA

 

 

 

Entre 1921 y 1936 se gestó y desarrolló el PCE como una organización política revolucionaria, centralizada y supeditada a la Internacional Comunista. Durante este periodo, en situación legal o clandestina, tuvo un carácter minoritario pero sumamente activo en rivalidad con los mayoritarios socialistas. A partir de 1935 su estrategia cambió hasta culminar con su integración en el Frente Popular.

Palabras Clave: Comunismo. Tercera Internacional. Socialismo. Movimiento obrero. Sindicalismo. Conflictos sociales.

1921etik 1936ra bitartean PCE organizazio politiko iraultzaile gisa sortu eta antolatu zen, zentralizatua eta Internazional Komunistaren mendekoa. Garai horretan, legezkoa edo klandestinoa zela, izaera minoritarioa zuen baina guztiz eraginkorra zen, gehiengoa zuten sozialisten aurrean. 1935etik aurrera, bere estrategia aldatu zuen harik eta Herri Frontean integratu zen arte.

Giltza-Hitzak: Komunismoa. Hirugarren Internazionala. Sozialismoa. Langile mugimendua. Sindikalismoa. Gizarte gatazkak.

Entre 1921 et 1936 le PCE a été conçu comme une organisation politique révolutionnaire, centralisée et dépendante de l'Internationale Communiste. Durant cette période, en situation légale ou clandestine, il eut un caractère minoritaire mais extrêmement actif en rivalité avec les majoritaires socialistes. À partir de 1935 sa stratégie changea au point d'atteindre son point culminant lors de son intégration au Front Populaire.

Mots-Clés: Communisme. Troisième Internationale. Socialisme. Mouvement ouvrier. Syndicalisme. Conflits sociaux.

1. INTRODUCCIÓN

La presente investigación asume el reto de tratar la historia de una de las fuerzas políticas que más aspectos pendientes quedan por analizar en el periodo tratado y, en concreto para nuestro caso, en lo que se refiere al País Vasco. También supone abarcar una etapa cronológica ciertamente convulsa y compleja del siglo pasado. El "periodo de entreguerras" se inició con una grave crisis sociopolítica, que afectó definitivamente al sistema de la Restauración, y finalizó con otra a partir del segundo bienio republicano que derivó en la Guerra Civil. En medio se desarrolló primero un sistema dictatorial de signo corporativista que no pudo estabilizarse, arrastrando con él a la monarquía, y seguidamente un régimen democrático republicano que impulsó un proceso de reformas, confrontadas a incisivas oposiciones y condicionadas por una fuerte crisis económica. A lo largo del primer tercio del siglo veinte, el desarrollo de la sociedad urbana y de la industrialización estuvo acompañado de un impulso de las organizaciones políticas basadas en una orientación modernizadora y progresista. El republicanismo, y posteriormente el socialismo, lograrían una mayor representación pública, lo que implicaba el avance del reformismo como garantía de las conquistas socia les. A su vez, el sindicalismo de clase experimentó un significativo desarrollo en su organización y afiliación, dando lugar a dos potentes organizaciones en el conjunto del Estado: la socialista UGT, partícipe del movimiento de reforma social, y la anarcosindicalista CNT de carácter revolucionario. La crisis social y política, patente durante la Primera Guerra Mundial y agravada durante el contexto generalizado de la inmediata posguerra, llevó a un deterioro de las relaciones laborales y al surgimiento de un ala izquierdista en el seno del sindicalismo socialista. Las zonas obreras vizcaínas y guipuzcoanas no fueron ajenas a este proceso y, de hecho, ofrecieron un panorama privilegiado para los cambios expuestos en el siguiente apartado.

Pero va a ser la influencia de la Revolución Soviética, con su impacto derivado en el conjunto de la socialdemocracia europea, la que lleve al nacimiento de un nuevo modelo de organización política. La escisión sufrida en el PSOE y la consiguiente creación del PCE en 1921 tuvo una honda y dramática repercusión entre numerosas agrupaciones socialistas vizcaínas, sobre todo, y guipuzcoanas.

El enfrentamiento suscitado en las mismas, y ampliado dentro de las secciones de la UGT, reflejaba la ostensible diferencia de concepción entre la Segunda y la Tercera Internacional. Por este motivo, para el periodo tratado y tal como queda patente a lo largo del texto, no se puede entender la estrategia comunista sin analizar las pautas de su relación con el socialismo. Este último, que ya había asumido los planteamientos del "prietismo", impulsó el desarrollo de su participación política a nivel electoral, desde su experiencia pactista con el republicanismo, para la consecución de mejoras sociales y el logro de avances democráticos ante un régimen agónico, tal como quedó de manifiesto en la crisis de agosto de 1917. No obstante, el nacimiento de una izquierda revolucionaria rival, opuesta al reformismo socialista, va a añadir hasta su anulación en 1923 las pautas de un duro activismo, ajeno a los movimientos de masas y al margen del sindicalismo socialista mayoritario. Su táctica básicamente consistió, en sus primeros momentos, en forzar los conflictos laborales, tratar de influir sobre el proletariado y controlar a las organizaciones ugetistas desde dentro.

En una siguiente fase, tras su marginalidad durante la Dictadura primorriverista, fue a lo largo del periodo republicano cuando el débil PCE comenzó a mostrar un mayor dinamismo. Su dirección optó tanto por el desarrollo de una organización autónoma sindical, la CGTU, que no solventó su carácter minoritario, como por la pretenciosa política de "frentes únicos", en rivalidad con las "alianzas obreras" socialistas. Dicha estrategia, que seguía las directrices centralizadas de la Internacional Comunista, no estuvo acompañada por unos resultados electorales satisfactorios para el PCE. Se trató de una situación también sufrida en su organización vasca. Pero el PCE-EPK, tras su nacimiento en 1935, debió adaptarse a la nueva táctica de acercamiento al socialismo hasta culminar con su participación en el Frente Popular. Por tanto, la anterior política revolucionaria de lucha de clases daba paso a otra de defensa de la democracia republicana y en el marco de un contexto internacional amenazante. A su vez, se gestó un hecho fundamental que podía permitir a los comunistas superar su característica debilidad estructural y lograr la ansiada unidad. La crisis interna sufrida en el seno del socialismo, entre su ala moderada liderada por Prieto y la izquierdista de Largo Caballero, llevaría al proceso de unificación de las juventudes comunistas y gran parte de las socialistas en vísperas de la Guerra Civil. A partir de este momento se iniciaba una nueva etapa.

2. EL FINAL DE UNA ÉPOCA: LA CRISIS DEL RÉGIMEN DE LA RESTAURACIÓN 

2.1. El socialismo ante un convulso escenario político y socioeconómico

La Primera Guerra Mundial acrecentó las tensiones sociales tanto entre los estados beligerantes como en los neutrales directamente afectados por la conflagración. En el caso de España los beneficios extraordinarios derivados de la neutralidad, por las exportaciones de productos básicos y el alza de los fletes, llevaban aparejados el incremento ostensible de los precios y la dificultad generalizada de acceso a las subsistencias. A su vez, el gradual ascenso salarial no pudo compensar el creciente coste de la vida. Todo ello iba unido al escenario de la paulatina degradación política del Estado. A la escasa eficacia de las leyes promulgadas para regular los abastos y controlar la especulación se unía la agonía de sus instituciones, caso de la parálisis patente del ejercicio en las Cortes. La fractura interna y definitiva de los dos partidos turnistas, verdadero sostén del régimen, va a coincidir con el creciente ascenso de las fuerzas alternativas del socialismo, republicanismo y los nacionalismos periféricos vasco y catalán. Lo cierto es que esta transformación no se entendería sin el desarrollo de una sociedad urbanizada, que había favorecido el auge y participación en la vida política desde comienzos del siglo XX. en el ámbito de conformación de una sociedad de masas. La consecuencia inmediata fue el ascenso y extensión de la conflictividad, tanto en el mundo del trabajo como en el devenir político en España. Ya era patente un papel creciente del proletariado industrial, cada vez más organizado en el seno de unas estructuras sindicales más vertebradas y cohesionadas. La crisis política y social de agosto de 1917, que derivó en una huelga de carácter revolucionario, marcó un punto de inflexión definitivoi. En su transcurso había quedado de manifiesto un amplio rechazo hacia el Régimen entre amplios segmentos de la sociedad -burguesía catalana, clase obrera y militares reformistas-, destacándose la participación activa del movimiento sindical socialista, sin olvidar que en su posterior fracaso se había puesto en evidencia el distanciamiento entre los mismosii.

La estrategia del sindicalismo socialista de la UGT, a partir de marzo de 1917 y en línea con la del Partido Socialista, va ser importante para entender su creciente politización. Pero además la convulsa situación económica a lo largo de la etapa permitirá comprender el nacimiento de un ala izquierdista en su seno al albur de la Revolución Soviética. Desde su manifiesto junto a la CNT hasta la Huelga General de agosto de 1917 había puesto en evidencia la dualidad existente en su seno entre la integración reformista y el planteamiento revolucionario. De hecho, al plantear el cambio de régimen a través de un proceso constituyente, aunque de carácter pacífico, marcaba una diferencia con las demás organizaciones socialdemócratas en los demás estados europeos de régimen parlamentario, tanto beligerantes como neutrales. En todo ellos estas fuerzas aparecían integradas o dispuestas a ser partícipes de la estructura de poder políticoiii.

Por su parte, las emergentes zonas industriales del País Vasco no fueron ajenas a estos acontecimientos, en la medida que en ellas se había ido gestando un movimiento obrero cada vez más consolidado y un desarrollo del activismo socialistaiv. Desde el primer semestre de 1917 la UGT fue una fuerza clave en la movilización de los trabajadores, sobre todo durante los hechos de agosto, aunque en concordancia con la CNT mediante el manifiesto nacional a favor de la huelga general indefinida. Tal como ya se ha apuntado su actuación había derivado en una actuación en clave política, en pro de la transformación del régimen, superando el modelo de conflictividad exclusivamente laboral defendido hasta entonces por su emblemático dirigente Facundo Perezagua en la cuenca minera vizcaína. A la vez que se imponía dentro del Partido Socialista la estrategia electoral y de alianzas con el republicanismo defendida por Indalecio Prieto, el sindicalismo socialista experimentaba una profunda transformación. La modernización de sus estructuras internas era patente con la vertebración de federaciones de industria y la relegación de las antiguas sociedades de oficios. La estrategia sindical, cada vez más sustentada en el moderno modelo de las federaciones de industria, iba a entrelazar ambos factores. El modelo imperante de negociación en base a unas pautas concertadas, con el reconocimiento patronal como interlocutor válido, se compatibilizaba con la reclamación de una democratización y consiguiente renovación política mediante el cambio de un régimen agotado. De esta forma, según la estrategia de los sindicalistas socialistas, la mejora de las condiciones sociales dependía de la transformación del sistema existente.[1] No dejaba lugar a dudas que la consecuencia sería la politización de las agitaciones obreras hasta desembocar en la extensión de una conciencia revolucionaria entre el proletariado.

Pero sería el breve periodo que se inició tras el final de la Primera Guerra Mundial el que llevó su declive e incluso fractura interna. La excepcional coyuntura económica como país neutral había finalizado y los estados anteriormente beligerantes habían avanzado su readaptación productiva, con mayores dificultades las potencias derrotadas, e iban culminando la progresiva normalización económica de posguerra. En diferentes fases este breve periodo se alargó hasta 1923 con el final del Régimen y el ascenso del Directorio militar de Primo de Rivera. A diferencia de lo acontecido durante la anterior etapa de pujanza económica, y en paralelo fortalecimiento de las organizaciones obreras, el marco socioeconómico va a ser cada vez más adverso a partir de 1919. En lo que se refiere al País Vasco, las zonas industriales y extractivas de Vizcaya y Guipúzcoa[2] sufrieron la fuerte restricción de las exportaciones, lo que supuso un fuerte incremento del desempleo, trabajo parcial y ostensible descenso salarial con toda su carga social. La consecuencia inmediata iba a ser un aumento del número de huelgas en ambos territorios. A inicios de la década de los años veinte, el desempleo va a afectar a numerosas familias obreras, cebándose en aquellos trabajadores sin especialización y dedicados a los trabajos de peonaje. Ante esta situación, las diversas instalaciones fabriles perjudicadas redujeron la jornada semanal, rebajaron los salarios y rescindieron los contratos de trabajo.

En este contexto tan adverso, todavía hacia 1920 las secciones integrantes en la UGT habían alcanzado su máximo nivel de afiliación debido, tal como observa el historiador Carlos Forcadell, al previo periodo de formación e identificación de su identidad propia de clasev. Igualmente era revelador que el sindicato pasaba a ser el verdadero aglutinador de las bases socialistas frente al partido, según reflejaban las ostensibles diferencias en afiliación.[3] Durante este periodo mantendrá su ideario de revolución social como el último acto de un largo proceso de reformas y de conquistas parciales para la clase obrera. Todo ello bajo el signo de los principios de moderación y negociación, tratando de controlar en unos límites el ejercicio de huelgavi. En este sentido, el primer Pleno del Comité Nacional de la UGT de 1919 expresó con claridad sus prioridades de puro carácter sociolaboral. En él se priorizaba la consecución de objetivos y derechos inmediatos como el establecimiento de la jornada de ocho horas, el salario mínimo y el reconocimiento sindical, así como un basto programa de legislación social y laboral. Además con la regulación internacional de diversas normas relativas al trabajo, a partir de la creación de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la UGT va a ser un agente activo a favor de la reforma social y su institucionalización a través de la intervención pública. Por tanto, los principios inherentes a la Democracia Industrial regirán su discurso, y entre éstos era un elemento clave la participación o intervención obrera en la gestión de la empresa, conocida como “Control Obrero”vii. Tras la escisión de los partidarios de la Tercera Internacional en 1921 dicho planteamiento conceptual marcará la diferencia ideológica con el comunismo, partidario de la apropiación de los medios de producción mediante la colectivizaciónviii. Sin embargo, en plena crisis de posguerra, el sindicalismo socialista tuvo que avalar el desarrollo legislativo en materia laboral, en intenso debate ideológico con sus ya rivales “terceristas”, y afrontar el inevitable incremento de la conflictividad obrera.

 

2.2. La influencia soviética: crisis interna del socialismo y escisión comunista

El impacto de la Revolución Soviética de 1917 fue un hecho de indudable importancia entre las organizaciones socialistas europeas y sus consecuencias se prolongarían en el seno del movimiento obrero durante todo el periodo de entreguerras. Igualmente, en lo referente a España, la vertebración de una tendencia izquierdista dentro del socialismo respondía a un contexto de tensión social, pero fue la influencia de la Tercera Internacional, constituida en Moscú en 1919, la que causó el desencadenante definitivo de su fractura. La socialdemocracia histórica, tras los estallidos revolucionarios entre 1918 y 1920, estaba seriamente herida y numerosas organizaciones obreras en Europa habían quedado fuera de su control al encontrarse encuadradas dentro del ámbito de la Internacional Comunistaix. La exportación de la revolución bolchevique al resto del continente fracasaría en el contexto de la realidad sociopolítica de otros países y por el propio peso de las formaciones socialdemócratas. En cuanto al PSOE también se trató de un proceso difícil, aunque diferenciado según las zonas, tal como evidenciaba el hecho que el partido ratificara su permanencia en la Segunda Internacional por un margen muy estrecho. Por tanto, la falta de consenso llevaría a un largo debate de al menos dos años con el intermedio de dos congresos extraordinariosx. La escisión, protagonizada por líderes como Mariano García Cortés, Daniel Anguiano y Ramón Lamoneda, se produjo definitivamente en su congreso de abril de 1921, dando lugar al nuevo Partido Comunista de España. La estructura del mismo procedía de la fusión del Partido Comunista Español, creado por miembros de las Juventudes Socialistas, y del Partido Comunista Obrero Español de la corriente tercerista del PSOE.

La organización socialista en el País Vasco no fue ajena a esta realidad y el impacto de la escisión fue notable en numerosas agrupaciones, a pesar de la resistencia de emblemáticos líderes políticos y sindicales como Indalecio Prieto, Constantino Turiel, Juan de los Toyos o Enrique de Francisco. En Vizcaya se daba un equilibrio entre ambas tendencias, ya que la línea afín a la Tercera Internacional logró el control de algunas de ellas desde abril de 1921. Esta era la situación de Ortuella, Musquiz, Gallarta, Sestao y Bilbao, que se inclinaron por la III Internacional, pero La Arboleda, Las Carreras, núcleos de Gallarta, San Salvador del Valle, Baracaldo, Lejona, Begoña y Portugalete, lo hicieron por la II Internacional o con un número similar de miembros, caso del Sindicato Minero de La Arboleda. Finalmente, los comunistas lograron un indudable protagonismo en la zona minera vizcaína, caso de la simbólica Gallarta, en contraste con el baluarte socialista en La Arboleda, pero quedarían relegados en la zona fabril de la Ría de Bilbao. De forma semejante a otras zonas como Madrid y Asturias, la repercusión fue mucho más importante en las secciones de la UGT que en las agrupaciones del PSOE. En cuanto a este último en Guipúzcoa los efectos de la escisión comunista incluso fueron menos graves que en Vizcaya. Las agrupaciones de Irún e Eibar se posicionaron en un principio a favor de la III Internacional, mientras que las de San Sebastián y Tolosa lo hicieron en contra. Junto a la lealtad mostrada por sus respectivas direcciones, la mayoría de la militancia se opuso a ingresar en las filas comunistas, caso de la villa armera que en seguida se reintegró a la línea oficial. Por tanto, no existieron las deserciones masivas de algunas de las mencionadas localidades mineras vizcaínas. El dirigente guipuzcoano Enrique de Francisco, tanto en el Congreso de 1919 como en el Extraordinario de 1920, tuvo un papel relevante en la defensa de las posiciones socialistas frente a la Tercera Internacional, defendiendo la estrategia de la apuesta electoral y la negociación sindicalxi. A pesar del control ejercicio por los socialistas en los órganos de dirección del partido y del sindicato, tal como se verá después, su posterior actuación no solo va a verse seriamente condicionada por la actuación de los comunistas. El efecto de la dura crisis sobre sus filas va a tener un mayor impacto que la misma escisión comunista, lo que explica que la afiliación descendiera de 1.478 afiliados en 1921 a 698 en 1923 en el País Vascoxii.

El resultado de toda esta serie de acontecimientos va a ser el nacimiento de un liderazgo comunista, con un peso inicial mucho más relevante en Vizcaya que en Guipúzcoa, al desenvolverse sobre todo en sus áreas industriales y extractivas más masivas. En un principio, su estrategia había pasado por dominar las estructuras sindicales mayoritarias en dichas zonas. El grupo de líderes comunistas reunía a responsables de secciones sindicales, pero solo a un líder carismático del socialismo histórico de sus primeros momentos. El carismático Facundo Perezagua, derrotado tras su larga lucha con el “prietismo”, ya no era la emblemática figura de las huelgas mineras del pasado, capaz de movilizar masasxiii. Reintegrado a la disciplina del partido en 1919, se unió al grupo de escindidos, como un posible intento de recuperar el patrón del activismo obrero frente a la posición oficial socialista. Todo apunta a una labor de previa captación realizada por el polémico dirigente comunista Oscar Pérez Solisxiv. En este grupo primaba una joven generación de militantes, entre quienes destacaría con el tiempo el nuevo secretario comunista del Sindicato Minero, José Bullejos, y del Metalúrgico, Leandro Carro. Este último, fue uno de los dirigentes del Sindicato Metalúrgico de Vizcaya, pero tras ser finalmente expulsado en 1923, fracasó en su intento en el Sindicato de Obreros Metalúrgicos de Guipúzcoa.[4] Si bien es cierto que hacia 1920 el sindicato había perdido una gran parte de su afiliación en beneficio de los comunistas, los socialistas mantenían el control orgánico del mismo y además contaban con la mayoría de la militancia del partido a su favor. Por tanto, el “tercerismo” fracasaría en su intento de captar la estructura de la UGT, mayoritariamente leal a la Segunda Internacional y que reunía a la masa de base socialista.

La solidez alcanzada previamente por las organizaciones sindicales ugetistas fue vital, ya que se encontraban a la defensiva ante una patronal fortalecida por la contracción del mercado de trabajo. En el conjunto del País Vasco, la crisis en la industria metalúrgica, minera y papelera había supuesto la consiguiente reducción de plantillas y revisiones salariales a la baja. Muchas fueron las empresas afectadas, sin que el sindicato pudiera garantizar una mínima cobertura económica a sus miembros. Igualmente, los trabajadores adoptaron una posición defensiva, aspirando básicamente al mantenimiento de sus puestos de trabajo. El resultado de todo ello, tanto en Vizcaya como en Guipúzcoa, fue la disminución del número de conflictos, mientras que los existentes iniciados por motivos de reducción salarial se desarrollarían con unas pautas muy diferentes, al pasar a ser más enconados a partir de 1921.

La nueva línea de actuación de los comunistas iba a ser muy diferente a la sustentada por Perezagua en las anteriores huelgas mineras, desde la última década del siglo anterior. En estas últimas la acción de la masa obrera era la forma de presión para la consecución de las conquistas sociales, mientras que la actividad política era secundaria. Por el contrario, los nuevos dirigentes comunistas confiaban en que la acción de grupos minoritarios y muy activos, entre los que se encontraba un decidido grupo de antiguos militantes de las Juventudes Socialistas, les permitiría desarrollar “el partido revolucionario de masas”. Sobreestimando su propia fuerza se veían capaces de liderar el movimiento obrero y desplazar a los socialistas e incluso promover un intento insurreccional en contra del orden político vigentexv. En el álgido contexto de crisis social de posguerra agudizaron la tensión ya existente, mediante el recurso a la radicalidad revolucionaria, al margen de las organizaciones mayoritarias, aproximándose a la estrategia de la CNTxvi. La Agrupación Comunista de Bilbao, que tan sólo contaba con medio millar de miembros, lideró una cruenta campaña de “agitación prerrevolucionaria“, con lo que la huelga reivindicativa pasaba a ser un arma en el combate “de clase contra clase”xvii. La consecuencia no era otra que la promoción forzada de huelgas e incluso una espiral de violencia, en donde destacaban los enfrentamientos entre socialistas y comunistas, sobre todo en la zona minera vizcaína y reiterados asaltos a Casas del Pueblo.[5] A estas luchas sectarias se añadió el activismo anarquista con la consiguiente acción represiva y un tanto generalizada por parte de las autoridades. Uno de los hechos más dramáticos fue el asesinato del gerente de Altos Hornos de Vizcaya (AHV) Manuel Gómez el 11 de enero de 1921xviii. Asimismo, en Guipúzcoa lo más destacable en parecidas fechas, aparte de los ataques anarquistas contra sindicalistas socialistas, fue la responsabilidad del cenetista Sindicato Único en el incendio de la Papelera Beotibar de Tolosa, que dio lugar al cierre de la empresa y al despido del personal.[6] El resultado de todo ello, sobre todo en Vizcaya, fue el incremento del número de víctimas entre 1921 y 1923, que según algunas fuentes se sitúan en casi la treintena.

Pero además las secciones de la UGT veían amenazadas los anteriores marcos de negociación laboral por la presencia de sectores vinculados a la III Internacional, que contribuían en el inicio y, sobre todo, prolongación de diversas huelgas sin resultados óptimos, tanto entre empresas vizcaínas como guipuzcoanas. Éste fue el caso del conflicto acaecido entre los obreros metalúrgicos vizcaínos en mayo de 1922, liderado por el Sindicato Obrero Metalúrgico de Vizcaya (SOMV), debido al previsible descenso salarial en un 20%. La correspondiente Comisión obrera, dominada por el sector comunista, derivó en un enconamiento de las posiciones durante tres meses de huelga. Incluso su solución fue parcial al tener todavía el control sobre la sección sindical de Bilbao.[7] Asimismo, en agosto de 1923 impulsaron un conflicto minero en la cuenca minera vizcaína, que inicialmente careció del apoyo de la sección de La Arboleda, y cuyos resultados no fueron en absoluto satisfactorios.[8] En las mismas fechas, coincidiendo con este último conflicto, los comunistas tensionaron la crisis política en el Estado con un conato revolucionario, que derivó en fuertes incidentes en la capital vizcaínaxix. El resultado se va a revelar del todo contraproducente para ellos, al contribuir decisivamente a su debilitamiento y marginación, hasta quedar fuera de las organizaciones ugetistas. Su definitiva expulsión de las mismas se produjo en 1922, tras haber circunscrito su presencia al Sindicato Minero de Bilbao. La última etapa, previa al golpe de Primo de Rivera, demostró el error de esta estrategia, ya que en agosto de 1923 fue detenida casi toda su direcciónxx. Todo ello se vio acompañado por el fracaso de los últimos conflictos huelguísticos que trataron impulsar en Altos Hornos de Vizcaya (AHV) entre otras empresas.[9] Esta crispación pudo contribuir a la falta de credibilidad de su propuesta de “Frente Único”, ofrecida a los socialistas en un acto en Gallarta según los postulados de la III Internacional, cuando además no había cicatrizado la herida de la escisión.[10] En definitiva, frente a la intransigencia revolucionaria de los comunistas, opuestos a las mejoras laborales como muestras de mero reformismo y de colaboración con la burguesía, pudo imponerse finalmente la tendencia negociadora socialista, que asumió el control sobre un sindicato ya de por sí debilitado.[11] Tal como ya se ha apuntado, su delicada situación estribaba en la pérdida de afiliación, debido al creciente paro, la crisis interna y el ya de por sí alejamiento de una gran parte de la clase obrera hacia la organización sindical.[12] Esta cruda realidad fue la expuesta por los delegados de los sindicatos metalúrgicos de Vizcaya y Guipúzcoa de UGT en una reunión realizada en Bilbao poco después del golpe militar de Primo de Rivera.[13]

3. EL PCE Y LAS IZQUIERDAS EN LA II REPÚBLICA: DEL AISLAMIENTO AL “FRENTE POPULAR” (1931-1936)

3.1. La vertebración y estrategia comunista ante el nuevo régimen

Hacia finales de los años veinte el Partido Comunista era una organización minoritaria, con una presencia social muy escasa entre la clase trabajadora a nivel estatal. Además, a diferencia de los socialistas, desde el otoño de 1923 sufrió como los anarquistas la política represiva de la Dictadura de Primo de Rivera. El partido había quedado prácticamente desorganizado debido a las numerosas detenciones, incluida la plana de su Comité Central, y por los abandonos entre la militanciaxxi. Durante este periodo todo apunta a que su escaso desenvolvimiento apenas fue más allá de su actuación dentro de las secciones de la UGT. En el País Vasco la ejecutiva del Sindicato Obrero Metalúrgico de Vizcaya (SOMV), destacaba el condicionamiento de las mejoras sociolaborales inmediatas, así como de las expectativas económicas para explicar la inestabilidad de su afiliación y falta de capacidad de captación entre la mayoría obrera no organizada. También señalaba a los comunistas, calificados como elementos “extremistas” infiltrados, como uno de los problemas en el desarrollo de la organización.[14] Es posible, aunque no hay una información más detallada al respecto, que éstos no fueran en absoluto ajenos a la proliferación de reclamaciones al margen del sindicato.[15] Para éste los conflictos iniciados en coyunturas desfavorables iban destinados a la derrota ante una patronal fortalecida y dañaban a las secciones sindicales, tanto orgánicamente como a nivel económico, al destinar su fondo de solidaridad a una causa pérdida. A ello se añadía la actuación comunista contraria al desenvolvimiento de los comités paritarios, que las secciones sindicales socialistas interpretaban como un medio más para contribuir a su debilitamiento, sin reparar en la consiguiente ventaja para la representación patronal e incluso otras organizaciones sindicales rivales, caso de solidarios y católicos.[16] En este sentido, los socialistas no habían dudado en interpretar las maniobras comunistas como un intento recurrente de captar sus estructuras sindicales mayoritarias.[17]

En vísperas de la promulgación de la República, lo más destacable en lo que se refiere a su organización en el País Vasco, va a ser el peso que van a cobrar los dirigentes guipuzcoanos. Se trataba de una situación muy diferente a la acaecida durante su nacimiento, a inicios de la anterior década, cuyo núcleo más fuerte había residido en las zonas industriales y de explotación minera vizcaínas. Fue allí donde se había forjado un conocido plantel de iniciales y emblemáticos dirigentes procedentes de las filas del socialismo como José Bullejos y Leandro Carro. Por el contrario, tras su ilegalidad durante la dictadura primorriverista, la posterior reorganización del partido en Guipúzcoa le llevó a implantarse activamente en San Sebastián, Pasajes e Irún. El inicial éxito residió en su plena adaptación con las peculiaridades socioeconómicas de su entorno, al contar con una militancia vasca autóctona y un grupo de dirigentes muy activos, que llegarán a asumir incluso el protagonismo del comunismo vascoxxii. Entre ellos se encontraba Juan Astigarrabía, secretario del sindicato autónomo de los pescadores de Pasajes “La Unión”, y Jesús Larrañaga, secretario de la estratégica Federación Local de Sociedades Obreras (FLSO) de San Sebastián. Estas dos localidades citadas, junto a Irún, constituían el emplazamiento estratégico del PCE en la provincia. También, según Sebastián Zapirain, contribuyó a su favor el mayor arraigo social del comunismo guipuzcoano, al haber mantenido una cierta capacidad de acción sindical con socialistas e incluso otras fuerzas, a diferencia de los vizcaínos. Estos últimos habían tenido una menor participación en el seno del sindicalismo legal y su actuación residía más bien en el duro activismo político. En su detrimento se añadía que su ya de por sí exigua trayectoria sindical se veía seriamente acotada por el modo de proceder de su dirigente José Bullejos, a nivel reivindicativo y huelguístico, al margen de las organizaciones sindicales. En palabras de Zapirain:

Yo fui testigo de esto en Vizcaya. Recuerdo el local que tenían los llamados Sindicatos Autónomos, en cantarranas, en una bodega, cerca de la calle San Francisco. Nos habían echado de casi todos los sindicatos y de otros nos habíamos marchado nosotros. La trayectoria sindical de Vizcaya era distinta de la nuestra. Nosotros estábamos más enraizados en la sociedadxxiii.

Si bien es cierto que con la implantación de la República el conjunto de la organización comunista pudo volver a ejercer la acción política legalmente, ésta no sería del todo fácil, ya que las autoridades republicanas ejercieron una represión sistemática contra sus miembros. De hecho, hasta octubre de 1934 el partido fue tolerado, lo que no excluyó que sus militantes fueran perseguidos y juzgados por actividades consideradas antirrepublicanasxxiv. En el caso del País Vasco la tónica de debilidad orgánica era patente e incluso de pérdida progresiva de efectivos en relación al conjunto del Partido a nivel estatal. A ello se añadía que durante el periodo republicano, y más en concreto para el caso vizcaíno, sus militantes se vieron superados por la tradicional solidez de la implantación socialista, que seguía siendo mayoritaria y de la que eran sus herederos escindidosxxv.

El planteamiento sostenido hasta entonces por el PCE, aparte de verse condicionado como fuerza minoritaria, le había llevado a su marginación en el contexto de la política general española y por añadidura le desvinculaba de todo acuerdo con las demás formaciones de izquierda. Éste había sido el caso de su ausencia de la acción conjunta de diciembre de 1930 contra la Dictadura. El PCE pretendía ejercer el papel de vanguardia del proletariado, oponiéndose a toda política de colaboración con las organizaciones republicanas y el PSOE, e incluso rechazando al nuevo régimen republicano por considerarlo opuesto a los intereses de la clase trabajadora. La razón estribaba en la sustitución del principio de “Frente Único”, defendido en el IV Congreso de la Internacional Comunista a finales de 1922, por el dogmatismo marxista-leninista del que sería garante la Internacional Comunista desde su V Congreso en Moscú de 1924xxvi. La revalorización del modelo revolucionario bolchevique implicaba que los partidos comunistas supeditados a la Internacional reforzaran su disciplina interna, promoviendo los cuadros obreros y las células como unidades organizativas. El resultado del estricto principio de “clase contra clase” va a ser el enfrentamiento con los socialistas europeos y toda posible colaboración con las fuerzas progresistas. Pero además su animadversión contra la hegemonía socialista, y su poder sindical reflejado en la UGT, les llevó en el País Vasco a apoyar eventualmente y de forma coyuntural alianzas con otras fuerzas sindicales dispares, caso de cenetistas e incluso solidarios.

 

3.2. La marginalidad del PCE y su estrategia revolucionaria

Durante el primer bienio republicano el aislamiento se había convertido en seña de identidad del PCE. Este planteamiento va a suponer el consiguiente rechazo a la conjunción republicano-socialista y una rivalidad en desventaja ante la captación del voto obrero. Como amargo fruto de dicha estrategia, los comunistas guipuzcoanos obtuvieron unos nulos resultados en las elecciones del 12 de abril de 1931. Larrañaga, por ejemplo, tan sólo consiguió 97 votos en el distrito de la Conchaxxvii. Poco después, el PCE pareció recuperar terreno en el emblemático acto del Primero de Mayo.

La disputa por la hegemonía al frente de una clase obrera afectada por la crisis y el creciente desempleo llevaría a importantes tensiones e incidentes graves en el País Vasco, protagonizados en unos casos por los comunistas y en otros por los anarcosindicalistas, apenas comenzada la andadura del nuevo régimen. Los primeros llevaron a cabo algunos de los enfrentamientos más importantes. El más grave ocurrió en las inmediaciones del Teatro Campos Eliseos de Bilbao el 1 de mayo, tras la prohibición de las autoridades a la celebración de un mitin comunista, que provocó la intervención policial y desató un intenso tiroteo que terminó con varios heridos.[18] Otros importantes altercados se produjeron con motivo de la huelga de los pescadores de Pasajes, donde los comunistas declararon el día 26 una huelga general de solidaridadxviii. La manifestación convocada, que debía llegar hasta San Sebastián e iba encabezada por los líderes Astigarrabía, Larrañaga y Luis Zapirain, fue disuelta duramente por la Guardia Civil al abrir fuego a la altura de Ategorrieta y dejar seis muertos. La consiguiente reacción gubernativa fue la declaración del Estado de Guerra en Guipúzcoa.

La línea de confrontación adoptada por el PCE se puso en evidencia durante las elecciones generales para las Cortes del 28 de junio de 1931, caracterizadas por su masiva participación. Los dos bloques protagonistas de las elecciones fueron la Conjunción, integrada por los diversos partidos republicanos, el PSOE y el recién incorporado ANV, frente a la candidatura formada por el PNV, la Comunión Tradicionalista y los católicos conservadores. La diferencia ideológica entre ambos se materializaba en sus respectivos proyectos de estatuto de autonomía. Por su parte, la candidatura comunista, encabezada por Bullejos, Astigarrabía, Larrañaga y Zapirain, tan sólo pudo recoger un simbólico porcentaje de los votosxxix. A pesar del dinamismo mostrado por sus jóvenes líderes, el PCE tan sólo consiguió un 0,5% de los votos en la circunscripción guipuzcoana, en donde se impuso la coalición de derechas. Ni siquiera fue capaz de mejorar sus pobres resultados en un Irún que se había volcado con la coalición de izquierdas.[19] Si se concreta por candidatos se evidencian los malos resultados, al obtener Bullejos 342 votos, Astigarrabia 329 votos, Zapirain 316 y Larrañaga 314, lo que suponía 1.301 votos con solo el 0,5% del total. Se trataba de una cifra muy escasa si se compara con los 143.599 de la Coalición de Derechas (57,8%) y los 102.201 del Bloque de republicanos, socialistas y ANV (41,2 %). En el caso de Vizcaya, aun ajustados, los resultados fueron algo mejores para sus candidatos Bullejos, Carro, Ibárruri y Adame, que obtuvieron 16.891 votos con un 6,7% del total.

El aislacionismo del PCE se puso en evidencia también en el terreno sindical con la Conferencia Sindical Nacional, donde se aprobaba la constitución de la organización afín Confederación General del Trabajo Unitario (CGTU). Su núcleo inicial estaba formado por los sindicatos partidarios de la Internacional Sindical Roja (ISR) y de los integrados en el “Comité de Reconstrucción de la CNT”, bajo control comunista. Una dificultad de partida era que la nueva organización carecía del apoyo de sindicatos partidarios de la ISR, caso de Guipúzcoa. La consecuencia inmediata va a ser la ruptura de los lazos unitarios con las secciones ugetistas hasta finales de 1935. Esta estrategia no solo contribuía decisivamente a sufrir reveses electorales, sino a la posterior falta de crecimiento del PCE en comparación del potencial de su rival socialista. La Internacional Comunista, representada por el argentino Vitorio Codovila presionó a la dirección del PCE, liderada por el vizcaíno José Bullejos, que fue objeto de fuertes críticas[20]. Pero fue su actitud ante la frustrada sublevación del general Sanjurjo la que le llevó a caer en desgracia.[21] El IV Congreso del PCE, celebrado en Sevilla en marzo de 1932 con participación de los comunistas vascos, buscó corregir todo esto sin que significara en realidad un cambio en su línea políticaxxx. La delegación vasca no dudó en asumir dichas orientaciones y algunos de sus miembros, como Larrañaga, Astigarrabía, Zapirain, Carro, Uribe e Ibárruri, se sumaron a un Comité Central opuesto mayoritariamente a Bullejos. El nuevo grupo dirigente leal a las directrices de la Internacional Comunista, fijadas en Moscú, va a estar liderado por su máximo responsable José Díaz, acompañado en el Buró Político por Dolores Ibárruri y Juan Astigarrabía entre otros. En un principio todo apuntaba hacia la renovación interna y la superación de la política sectaria impulsada por el dirigente vizcaíno. Esto explica que inicialmente se planteara la integración de sus sindicatos autónomos a los mayoritarios UGT y CNT, como paso previo a la unificación sindical, pero finalmente se mantuvo la táctica de su inclusión en la Internacional Sindical Roja (IRS), apenas representada en España.[22]

 

3.3. El activismo comunista desde la lucha social y la propaganda

La militancia obrera comunista no solo debía servir de vanguardia reivindicativa en los centros de trabajo, consistente en la lucha activa, previa superación de la división sindical. También su activismo militante se había puesto de manifiesto durante la agravación de la crisis en numerosas localidades vascas, atenazadas por la crisis económica y tensión laboral desde inicios de la década de los años treinta. La mayoría de los ayuntamientos vascos iniciaron diversas iniciativas de obras públicas y atenciones asistenciales con unos recursos muy limitados. La respectivas bolsas de trabajo locales debían repartir la escasa oferta laboral existente mediante la iniciativa pública local. Es el momento de la creación de las Juntas de Paro Obrero con amplia representación de los agentes sociales, que debieron hacer frente a la penuria sufrida por numerosas familias obreras. En este contexto, la presión social era tal que las mismas secciones de la UGT, que habían optado por el consenso, no siempre mantuvieron la moderación en sus reivindicaciones. A partir de entonces comienzan a gestarse asambleas organizadas por comisiones de desempleados, caso de las existentes en Bilbao, Erandio y Arrigorriaga, que exigían la concesión de subsidios y la apertura de contrataciones por obras de iniciativa pública, mediante la Bolsa de Trabajo y el riguroso control sobre el reparto de trabajo. Va a ser en este escenario de crisis social donde el PCE realice una actuación muy activa con una estructura organizada a nivel local. El adversario socialista fue quien sufrió en primer término la confrontación iniciada por los militantes comunistas. En las localidades guipuzcoanas, con poblaciones especialmente afectadas por el paro, aparece constatado un intensivo despliegue a partir de su rechazo a las medidas adoptadas por las respectivas corporaciones. Este fue el caso de Irún al negar la legitimidad de su Junta de Paro Obrero y proponer la creación de un Comité propio de obreros desempleados encargados de su gestión.[23] Así, por ejemplo, criticaba el reiterado abuso en la intermediación de los contratistas y las constantes irregularidades en la distribución del trabajo público.[24] El PCE ofrecía como alternativa prioritaria la organización propia y activa desde la base social, mediante la constitución de comités de barriada. De esta forma, serían los propios afectados los protagonistas en la defensa de sus derechos, tanto ante los desahucios o al rechazar el pago de alquileres. Uno de los dirigentes más activos fue Larrañaga, que reorientó la lucha sindical a su favor dentro de la Federación Local de Sociedades Obreras (FLSO), llegando a colaborar incluso con la CNT, a pesar de la difícil convivencia entre anarquistas y comunistas.

La racionalización de su organización interna pasaba a ser un elemento indispensable para una efectiva canalización de sus limitados recursos. A través de una estructuración territorial basada en agrupaciones, cuya denominación era el Radio, y en unidades más pequeñas conocidas en la nomenclatura comunista por células, su frágil pero activa red se extendía sectorialmente y en empresas. Los comités locales establecidos en las diversas localidades vertebrarían el entramado constituido por las bases comunistas. Asimismo, un elemento esencial para la difusión ideológica y la movilización social, a partir de la acción de sus células, fue la creación de su propio órgano oficial del partido. En marzo de 1933 nació el semanario Euzkadi Roja, que se ubicó en el donostiarra barrio de Amara. Mediante la distribución entre su militancia, dispersa en diferentes localidades y centros de trabajo, se difundía la propaganda y se acercaba la noticia mediante corresponsales obreros controlados por las respectivas células. Dentro de sus empresas fueron los encargados de informar sobre los numerosos conflictos sociolaborales que repercutían en la vida laboral vizcaína y guipuzcoana.[25] Además en sus páginas, por otro lado, un espacio importante se reservaba a la intensa política internacional del momento y a las virtudes de la amenazada y asediada URSS estalinista como modelo a seguir. La supervivencia económica del mismo era difícil al depender de las escasas cuotas por el escaso nivel de afiliación de la organización. Este fue un problema irresoluble para su dirección, debido al limitado número de ejemplares distribuidos. Tan solo su desarrollo se haría más evidente con la Guerra Civil, al pasar a ser un diario editado en Bilbao en los incautados talleres de El Pueblo Vasco, que ya había sido intervenido el 18 de julio con todos sus bienesxxxi.

 

3.4. Hacia el cambio de rumbo: de la confrontación a la colaboración

La derrota electoral socialista en las elecciones a Cortes de noviembre de 1933 tuvo un indudable impacto en el devenir de las izquierdas durante los siguientes dos años. Su presencia en el gobierno con los republicanos durante la primera legislatura había reportado indudables avances en el terreno sociolaboral. Pero también les había supuesto un importante desgaste ante una coyuntura económica adversa con serias consecuencias sociales. Es más, entre los socialistas se evidenciaban claros síntomas de descontento, al no haber culminado la experiencia reformista, siempre sometida a una fuerte oposición patronal. A su vez, las fuerzas políticas contrarias al nuevo régimen republicano se reorganizaron y apoyaron al ascendente Partido Radical. En el País Vasco la derrota de los socialistas y republicanos, bien coaligados o separados según las circunscripciones, fue del todo clara y supuso a su vez el ascenso del PNV que concurrió en solitario. En cuanto a los comunistas, todo parecía indicar que su recurrente política antirrepublicana, su oposición al proyecto del Estatuto de Autonomía para el País Vasco, elaborado por las comisiones gestoras en 1933, y el concurrir de nuevo en solitario, debían volverse en su contra.[26] Sin embargo, aun así, sus candidatos experimentaron un significativo avance, sobre todo en la circunscripción de Vizcaya-Capital. Mientras en los anteriores comicios constituyentes de junio de 1931 obtuvieron 16.891 votos (6,7%), ahora habían alcanzado los 44.949 votos (8%) con Perezagua, Carro, Ibárruri y Bueno. En lo referente a Guipúzcoa, los candidatos del PCE, Larrañaga, Urondo, Astigarrabía y Zapirain, lograron mejorar sus resultados en la provincia, al conseguir 9.365 votos con un 1,8% del total, frente a los ya citados 1.301 votos de 1931, destacándose en la capital donostiarra y especialmente en Irún, en donde el PSOE fue el partido más votado. En gran medida, aunque no fuera suficiente para compensar el retroceso de las izquierdas, fue resultado del descontento sufrido entre numerosos obreros por la crítica situación económica y su grave secuela del paro.

La consecuencia de la salida del gobierno del PSOE, la ruptura de su alianza tradicional con el republicanismo y su retroceso electoral va a ser el sustancial cambio de la línea ideológica socialista desde finales de 1933. El consiguiente incremento de su afiliación va a ir unido al nacimiento de la denominada “Unidad Obrera”, como plataforma ante una derecha fortalecida y antirrepublicana, que tenía un carácter propio y diferenciado con respecto al modelo de “Frente Único” de los comunistas. Los primeros pasos de su creación en el Estado comenzaron en diciembre en Cataluña, por impulso de Francisco Largo Caballero, a lo que siguió su posterior desarrollo con la firma en Asturias de la alianza entre la UGT y la CNTxxxii. A su vez, la inicial oposición comunista a las primeras alianzas obreras socialistas había llevado al PCE a la creación del Frente Antifascista el mismo año, también sólo constituido por organizaciones afines. El denominado “Frente único por la base” pasaba a ser una reacción contra las “alianzas” nacidas en un ámbito hostil como el catalán, a partir de organizaciones detestadas y calificadas como troskistas, escindidos del Bloque Obrero y Campesino, antecedente del POUM, y socialistas. No obstante, el giro de los acontecimientos europeos, ante el amenazante ascenso del nazismo el Alemania y las consiguientes necesidades estratégicas de Moscú, va a llevar en poco tiempo a un cambio total del discurso comunista y a relegar, como uno de sus efectos inmediatos, los ataques contra los socialistas, a quienes se había descalificado como “socialfascistas”, al igual que en otros países según las máximas de la III Internacionalxxxiii. Fueron los comunistas quienes, desde muy pronto, ofrecieron las primeras propuestas de acción unitaria a comienzos de 1934. En este sentido, el dirigente comunista Leandro Carro se dirigió a la Comisión Ejecutiva Socialista en Vizcaya con una propuesta para la acción unitaria, con el fin de responder al impacto de la grave crisis económica y la creciente acción represiva gubernamental. Pero el Comité Regional de Euskadi del PCE no constató reciprocidad alguna desde el lado socialista, ya que optó por marcar distancias ante el riesgo de un posible protagonismo del PCE .[27]

Sin embargo, a diferencia de sus ejecutivas, van a ser las bases socialistas vizcaínas y guipuzcoanas, condicionadas por la crisis económica y temerosas de las derechas, las que presionen para la aproximación. Las Juventudes Socialistas, que se habían ido radicalizando, fueron las que más pugnaron por ello, caso de las existentes en diversas secciones de la zona minera vizcaína. En todo caso, cualquier atisbo de acercamiento en este sentido trataba de ser sistemáticamente paralizado desde su dirección, tal como se puso de manifiesto en el Primer Congreso de la Federación Provincial de las Juventudes Socialistas de Vizcaya del 25 de marzo de 1934, realizado tras la disolución de la Federación vasco-navarra.[28] Finalmente, la presión ejercida por numerosas agrupaciones llevó al acercamiento entre ambas organizaciones durante el verano de 1934. Las “alianzas obreras” socialistas dejaban de ser una mera plataforma de coordinación de las organizaciones afines y, a lo sumo, de acción conjunta con el cenetismo para ampliarse de forma unitaria a otras fuerzas, en concreto a los comunistas. Un síntoma de la aproximación fueron los diversos conflictos laborales extendidos en Vizcaya y Guipúzcoa desde el mes de enero de 1934, sin que la dirección central socialista lograra encauzarlos.

Por su parte, el PCE tendió a un acercamiento hacia el PSOE hasta desembocar en reuniones oficiales entre ambos partidos a lo largo de 1934. Esto se puso en evidencia en la reunión urgente del Comité Central comunista celebrado en Madrid en septiembre de 1934, que trataba como un punto del día lo relativo al “Frente Único” y las “Alianzas Obreras”. A pesar de su limitada fuerza, en relación a otras organizaciones, planteaba su integración en las segundas como un medio para transformarlas de conglomerados de direcciones de Partidos en organismos vivos de Frente Único”, mediante la elección de sus delegados desde las bases sociales y laboralesxxxiv. En lo que se refiere al País Vasco, el resultado fue la propuesta formal del Comité Regional de la Federación Comunista Vasco-Navarra dirigida a la ejecutiva socialista vizcaína para la constitución de “Alianzas Obreras” en parecidas fechas. Suponía relegar su anterior táctica del “Frente único por la base”, que hasta entonces había considerado como la mejor vía de defensa de la clase trabajadora.[29] El giro adoptado no era más que consecuencia de la nueva línea adoptada por la Internacional Comunista, favorable a la “Unidad de Acción” y el Frente Popular, en tanto subordinada a los intereses de la política exterior soviética ante la amenaza del fascismo y que ya había propiciado el acercamiento entre Francia y la URSSxxxv. El cambio táctico del discurso entre los comunistas fue significativo al dejar de ser objetivo de sus ataques la democracia burguesa. El órgano oficial de sus militantes vascos, Euzkadi Roja, en un mensaje muy diferente destinado a los socialistas, destacaba la necesidad de impulsar la acción conjunta tanto ante los problemas inmediatos como ante la creciente amenaza fascista.[30] Sin embargo, todavía seguían pesando sus propios intereses, ya que la unidad sindical debía realizarse en torno a la minoritaria CGTU, tal como dejaba patente el Boletín Interior del Comité de Bilbao. En su primer número de diciembre de 1934 insistía en la necesidad de vencer la resistencia de la mayoritaria UGT.

 

3.5. Una acción común: la Huelga General Revolucionaria de 1934

A lo largo del verano de 1934 ya era previsible la cercanía de una acción insurreccional planeada por los socialistas contra un gobierno escorado hacia las derechas con la previsible presencia de la CEDA. A principios de octubre, la dirección comunista transmitía a sus Comités Provinciales el acuerdo con el PSOE para la declaración común de una huelga general, una vez que se remodelara el gobierno lerrouxista. Tras su declaración, los comunistas ejercieron un papel secundario a excepción de Asturias y Vizcaya, e incluso ambas organizaciones no estuvieron del todo coordinadas entre sí. En Vizcaya existía un Comité Revolucionario formado por Paulino Gómez, Santiago Aznar y Juan Nadal. Desde un principio fue patente la falta de coordinación y claridad de objetivos por parte de la propia dirección socialista, aun contando con más medios que en las otras dos provincias vascas. A ello se añadía que con el PCE había establecido un mero acuerdo pero no la formalización de una “alianza obrera” como en San Sebastián. Lo cierto es que este último evidenciaba una débil implantación en las provincias vascas en aquellos momentos, aunque fue capaz de liderar en algunas localidades la dirección de los comités unitarios. A este respecto, el segundo número del Boletín Interno del PCE de septiembre ya admitía que el partido en Guipúzcoa se hallaba en serias dificultades, con tan sólo unos 150 militantes, e incluso había sufrido un retroceso en San Sebastián. La posterior información interna sobre los sucesos realizada por su Ejecutiva, con un sesgo de autocomplacencia, responsabilizaba al PSOE de gran parte de las deficiencias, en tanto coordinación, información y dirección, mientras que resaltaba la iniciativa propia de sus comités locales.[31] Según las mismas fuentes, la supuesta falta de iniciativa de los socialistas en los comités unitarios hubiera sido subsanada por los comunistas, en caso de haber asumido estos últimos la carga de la dirección del movimiento en numerosas localidades. En realidad el peso de la organización del movimiento insurreccional recayó en los socialistas, que en el caso del País Vasco paradójicamente se inclinaban en su mayor parte por la tendencia moderada liderada por Prieto. Además, aunque los comunistas consideraban que habían presionado desde tiempo antes para la preparación de la huelga, todo apunta que sólo la plantearon tras la formación del nuevo gobierno radical-cedista.

Si se analizan los acontecimientos a nivel local es patente la dispersión y falta de coordinación generalizada, sin que quepa asignar la responsabilidad del todo a una u otra organización. Esto es del todo evidente en Vizcaya que mostraba una situación muy heterogénea según localidades. Así, en Portugalete llegó a constituirse una alianza local entre comunistas, socialistas, anarquistas e incluso nacionalistas, pero en Sestao no se constituyó ningún frente común, si bien hubo diversos actos de sabotaje de anarquistas y comunistas. Por su parte, en Baracaldo sí hubo una alianza entre comunistas y socialistas, con un mayor predominio de los segundos. Mientras que en la margen izquierda los incidentes adquirieron un carácter más violento, caso sobre todo de las citadas localidades, en Bilbao transcurrió la huelga con diversos enfrentamientos y sabotajes aislados realizados por militantes comunistas hasta la reanudación del trabajo el día 13. Por el contrario, en la zona minera vizcaína los huelguistas lograron el control de sus diversas poblaciones por un tiempo e incluso se establecieron alianzas locales entre comunistas, socialistas y anarquistas. No obstante, las autoridades lograron con una fuerte intervención militar recuperar el control de la zona el día 18. Para los comunistas fue en Galdames y Pucheta donde el movimiento adquirió un verdadero carácter insurreccional, mientras que hubo importantes fallos de organización en Gallarta y Ortuella, a pesar de estar equilibrados en fuerza con los socialistas.[32]

Por su parte, en Guipúzcoa era patente una mejor organización y coordinación entre ambas fuerzas, mediante el establecimiento de un Comité revolucionario instalado en San Sebastián. Los incidentes más graves se produjeron en Eibar y Mondragón y las autoridades llegaron a perder el control por un breve espacio de tiempoxxxvi. En algunas poblaciones como Vergara y Tolosa, aun con menor virulencia, se repitieron los tiroteos. Mientras tanto, en la capital donostiarra los enfrentamientos se centraron en la Parte Vieja y en Irún fueron más aislados, aunque la frontera permaneció cerrada. En torno al día 13 se habían apagado ya los últimos rescoldos de la huelga revolucionaria.[33]

 

3.6. El PCE y su compleja integración en las alianzas obreras

 Después de la huelga revolucionaria de octubre tanto los socialistas como los comunistas readecuaron sus líneas de actuación que pasaban, a su vez, por asumir las duras consecuencias de la represión y por la necesidad de un difícil acercamiento mutuo a través de las “Alianzas Obreras”, superando su anterior carácter coyuntural y local. Es el momento en que la dirección socialista optó por dar un impulso a la política unitaria estable con el PCE, que se fue haciendo realidad durante 1935, quedando fuera la CNT al priorizar los anarcosindicalistas solo las relaciones intersindicales y su abstencionismo electoral. En Vizcaya, ya desde principios de 1935, comenzó a gestarse la planificación de la “Alianza Obrera Provincial”.[34] Tras iniciales resistencias mutuas, el PCE aceptó finalmente integrarse de forma gradual en las “Alianzas Obreras”, tras la frustrada experiencia revolucionaria, habiéndose superado complejos acuerdos con los responsables socialistas. Estos acuerdos pudieron concretarse en Vizcaya y Guipúzcoa, aunque no en Álava. Así, la vizcaína se había gestado, por un lado, a partir de la Federación Socialista, Juventudes Socialistas y la UGT, y por otro, con el PCE, CGTU, Socorro Rojo Internacional (SRI) y las Juventudes Comunistas. Finalmente, las alianzas fueron extendiéndose en ambas provincias, sobre todo en las zonas fabriles. En los siguientes meses se materializó efectivamente con su concreción a nivel local y ámbitos laborales. El resultado final fue la constitución de más de 60 alianzas en su territorio.[35] En lo concerniente a Guipúzcoa, según el Comité Regional comunista en un informe de octubre de 1935, este proceso se había ralentizado en exceso, citando el caso de Irún y Pasajes, que todavía no se habían dirigido a la UGT. El motivo partía de dudas en cuanto a la forma de ingreso según los estatutos internos en los cargos de dirección. Tras tomar esta decisión, la dirección comunista todavía seguía apostando por la unión sindical con la UGT con la vana pretensión de atraerse a su fuerte afiliación, reforzar la actividad política e incluso extenderse a otras provinciasxxxvii. El último paso, tal como había recomendado la Internacional Comunista, fue la integración de la CGTU en la mayoritaria UGT, aunque para los primeros se tratara de una “unificación”.[36] Este proceso fue defendido por Larrañaga durante el mitin realizado por el PCE en el frontón Urumea de San Sebastián en diciembre de 1935.[37]

La realidad del importante número de “Alianzas Obreras” entre ambas provincias y, sobre todo en Vizcaya, era la de una serie de plataformas que facilitaban el enlace entre socialistas y comunistas sin la verdadera fusión de sus fuerzas. Su eficacia era dudosa, el arraigo limitado y su autonomía condicionada al quedar bajo control directo de la organización socialista. La toma de decisiones en las mismas era un motivo de discrepancia entre ambas organizaciones integrantes. Al PSOE le convenía adoptarlas por unanimidad para frenar toda iniciativa perjudicial a sus intereses y al PCE por mayoría, mediante la integración de otras fuerzas como SOV y CNT en su política unitaria. El impulso definitivo fue a partir de marzo a iniciativa de la ejecutiva central socialista, que obligó a la Federación vizcaína a facilitar su desarrollo en el País Vasco mediante un comité que integraba a la UGT, Juventudes y a la agrupación bilbaína, así como a favorecer la unificación sindical defendida por los comunistas.[38]

Aun así, las “Alianzas Obreras” entraron en crisis hacia mediados de 1935, debido a que los socialistas fijaron como prioridad la labor de sus propias organizaciones, tal como dejó patente su ejecutiva vizcaína con su secretario al frente, el centrista Joaquín Bustos, al dirigirse a las agrupaciones en una de sus circulares.[39] No era más que una consecuencia lógica si se tiene en cuenta el carácter secundario asignado a las alianzas por los socialistas, su supeditación a las directrices emanadas de su dirección central y la falta de claridad de las mismas. Además la Ejecutiva nacional de la UGT no mostraba ningún interés en una acción unitaria que pudiera ir en detrimento de su propia acción sindical y de sus órganos decisorios. Lo cierto es que las organizaciones socialistas, y sobre todo el ugetismo, habían recelado desde un principio ante todo protagonismo de las “Alianzas Obreras” como verdaderos sujetos de carácter revolucionario. Por este motivo, a nivel estatal entre finales de 1934 y hasta diciembre de 1935, su Ejecutiva va a priorizar los denominados “Comités de Enlace”, con la pretensión de limitar el alcance de las “Alianzas Obreras” e impedir todo acuerdo a nivel local sin el control de la organización. Para su dirigente Largo Caballero, cada vez más escorado hacia la izquierda, la estrategia a adoptar era la de unificación sindical en detrimento de las alianzas e impedir la pérdida del protagonismo del socialismoxxxviii. La desconfianza estaba justificada en la medida que los comunistas, que en un principio tanto las habían denostado, intentaron hasta el final mantenerlas e impulsarlas. El PCE trataba de mantener su apuesta por el “Frente Único” para reforzarse e incluso infiltrarse en el seno de las organizaciones mayoritarias socialistas.

Por último, la crisis interna del socialismo supuso el ascenso del sector prietista. Tal como se vio en el País Vasco, éste fue recuperando el aparato del partido y del sindicato a finales de 1935, finiquitó la alianza con los comunistas y priorizó una estrategia electoral que requería la aproximación a las organizaciones republicanas de izquierda. No obstante, como se verá más adelante, la estrategia socialista y el control del aparato por su sector moderado no se hizo extensible entre las Juventudes Socialistas (JJ.SS). Desde principios de 1934 en el País Vasco se fueron radicalizando hacia posiciones izquierdistas y se acentuaron a partir de la Revolución de Octubre. Las JJ.SS. habían sido la fuerza más interesada en la participación en las “Alianzas Obreras” junto a los comunistas. A su vez, se mostraba alejada de las citadas posiciones dominantes electoralistas de coalición con los republicanos de izquierda.

 

3.7. La creación del PCE-EPK y la participación en el Frente Popular

La constitución formal del clandestino Partido Comunista de Euskadi (PCEEPK), a partir de la Federación Vasco-Navarra del PCE, fue tratada el 10 de febrero de 1935 por el Comité Regional comunista. Todo apunta a que su nacimiento trataba de evitar la creación de una organización independiente al modo del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), fuera del marco estricto del Partido, y según las indicaciones políticas de la Internacional Comunista fijadas desde el año anteriorxxxix. Sus estatutos, publicados mucho después, eran comunes a las demás organizaciones comunistas, recogían los mismos principios de la militancia activa, la disciplina, el centralismo democrático y la célula como base básica del partido. El carácter aglutinante de su dirección política era patente, ya que en torno a ella orbitaban todas las demás organizaciones obreras, desde los sindicatos a las cooperativasxl. En el congreso constituyente celebrado en Bilbao, a principios de junio de 1935 fue elegido Astigarrabía como secretario general, mientras que Larrañaga, Asarta, Ibárruri, Carro y Ormazábal eran miembros del Buró Político y de su Comité Central, con presencia de Errandonea, Zapirain, Hernández, Uribe y Díaz. La resolución resaltaba la cuestión organizativa, debido a la débil implantación del Partido en el País Vasco, mientras que el principio de autodeterminación fijaba su actitud ante la cuestión nacional.[40] Este último punto, a lo largo de la actividad congresual, tuvo un carácter secundario frente a la acción obrerista, salvo en lo referente a las estrategias de captación de la masa obrera afiliada a SOV-STV. Pero a partir de su primer manifiesto público pasará a ser un elemento destacado en su discurso, siempre dentro del planteamiento clásico, aunque equívoco desde sus inicios, sostenido por los comunistas de subordinación al ideal de liberación del proletariado y voluntariedad en la unión de los pueblosxli. A este respecto, cabe remitirse al interesante análisis ya realizado por Antonio Elorza sobre cómo hubo de ser abordado por los comunistas vascos el complejo problema de la cuestión nacional desde un principio, más aun por los guipuzcoanos, y su consiguiente relación con el nacionalismo.[41] Se trató de una aproximación que no era nueva, ya que tras la escisión de 1921 había llegado a coincidir, de forma poco estable, con el nacionalismo radicalizado aberriano, si bien cada parte fijando sus prioridades: el primero estaba centrado en la cuestión social y de clase y el segundo en su ideario nacionalxlii.

La última etapa de la evolución táctica del PCE correspondió a su paulatina integración en el Frente Popular, aunque sin relegar del todo de las “Alianzas Obreras”. El líder comunista Maurice Thorez, en función de la nueva política establecida desde Moscú, ya había ampliado la unidad de acción entre socialistas y comunistas a otros grupos políticos progresistas a finales de 1934. Pero va a ser en el verano de 1935 cuando en el VII Congreso de la Internacional Comunista se imponga definitivamente la estrategia frentepopulista que priorizaba la revolución democrático-burguesa sobre la proletariaxliii. En lo concerniente a España se trató de un proceso difícil y en los primeros meses de 1935 todavía el PCE seguía manteniendo la posibilidad de un bloque electoral obrerista, caso del “Bloque Popular Antifascista”. Esto se puso en evidencia por parte de los comunistas vascos en caso de fracaso de un pacto electoral, ya que estaban abiertos a una posible alternativa abstencionista. Según un comunicado interno del PCE-EPK a los comités de radio y zona de Vizcaya del 12 de abril de 1935 no se descartaba una aproximación de la CNT.[42] A su vez, la falta de sintonía para un acuerdo electoral en el seno de las alianzas podía proceder de la aproximación socialista impulsada por Prieto hacia los partidos republicanos, excluyendo a los comunistas. Estas dudas quedarían dilucidadas cuando el 15 de enero se constituya definitivamente el Frente Popular integrado por Izquierda Republicana, Unión Republicana, PSOE, UGT, Juventudes Socialistas, PCE, Partido Sindicalista y POUM para concurrir conjuntamente a las elecciones convocadas el 16 de febrero. A ello contribuyó el establecimiento de unos objetivos asumidos de forma unánime por todas estas fuerzas como el logro de la amnistía y la derrota de la derecha gobernante. Sin embargo, la victoria de los partidos del Frente Popular supuso la formación de un gobierno exclusivamente republicano.

En el País Vasco, a los citados partidos estatales de izquierda se sumó ANV, mientras que el PNV se presentaba en solitario, lo que le supuso enfrentarse tanto a la derecha española como con el Frente Popular. En la campaña vasca el programa frentepopulista pidió la derogación de la ley de arrendamientos rústicos, que había provocado numerosos desahucios, y defendió también con igual vehemencia el Estatuto de Autonomía. A diferencia de las anteriores elecciones, ahora fue aceptado por el PCE-EPK, que desde su fundación apenas había experimentado un leve crecimiento. Su secretario general, Juan Astigarrabía, lo defendió no solo como parte del programa mínimo del Frente Popular, sino también como un medio para el logro de la “total emancipación de Euskadi”.[43] Los candidatos comunistas designados para las Cortes, de un total de 21 por todo el Estado, fueron Jesús Larrañaga por Guipúzcoa, gracias al apoyo de los comunistas vascos, en vez de Juan Astigarrabía recomendado por la Ejecutiva central, así como Leandro Carro por Vizcaya, que contaba con el favor de ambas direcciones por su popularidad entre los obreros vizcaínos.[44] Los resultados electorales tras dos vueltas fueron positivos para el PCE-EPK, al estar incluido en las listas comunes del Frente Popular. No obstante, Larrañaga fue uno de los cinco candidatos que no resultaron elegidos, a pesar del buen porcentaje obtenido por el Frente Popular en la provincia, sobre todo en diversas poblaciones como Irún.

Durante el breve pero convulso periodo hasta el inicio de la Guerra Civil el PCE optó por mantener un perfil de autocontención ante las nuevas autoridades e incluso de apoyo táctico a las mismas. Así, el Comité Central del PCE, según las directrices establecidas a todos sus comités provinciales del 19 de mayo de 1936, admitía que la nueva situación política obligaba a actuar en el marco legal. Esto significaba minimizar su anterior actividad clandestina o, al menos, mantenerla en aquellas actuaciones en que ésta fuera indispensable.[45] A partir de este momento, con un discurso defensivo y unitario, el Partido va a justificar su presencia pública como la de guardián antifascista y como freno ante todo conflicto que perjudicara al orden republicano. Para ello se va a servir de una organización, las denominadas Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC), con el objetivo de encuadrar y disciplinar a sus bases, en todas localidades y lugares de trabajo con implantación comunista. Dicha estrategia incluía los conflictos huelguísticos que, como último recurso, debían supeditarse al férreo control de las organizaciones del Partidoxliv. El Comité Central del recién creado PCE-EPK siguió lógicamente los mismos postulados en correspondencia con su integración en el Comité Central del Frente Popular en Euskadi, mediante sus representantes Juan Astigarrabía y Ramón Ormazábal. En un informe interno, ante un paso que consideraba necesario, la dirección de los comunistas vascos no dudó en realizar una severa autocrítica de su anterior política, que llegó a calificar de sectaria. Incluso el citado Astigarrabía, dirigente que sería cuestionado por el aparato, recordó el pasado teñido de violencia a consecuencia de la misma y de la que hacía responsable a su cúpula dirigente. Por tanto, se recomendaba extremar la relación con las demás fuerzas republicanas, sin que fuera en detrimento del desarrollo de las alianzas obreras.[46] En este contexto el Comité Central del PCE-EPK resumía las funciones que correspondían a las citadas milicias en un comunicado dirigido a todos los comités del partido:

Las milicias deben servir para defender y ampliar las conquistas de carácter popular; es preciso crear los instrumentos de defensa contra la reacción y el fascismo que se prepara para dar un golpe de fuerza tendente a la instauración de una dictadura sangrienta.[47]

El PCE-EPK había logrado insertarse en el juego político del momento gracias a su participación en el Frente Popular. Sin embargo, las perspectivas de desarrollo futuro del comunismo en el conjunto del Estado se veían acotadas en la izquierda por el peso del socialismo vasco, en el que además ya era dominante el sector “prietista” o centrista. Lo cierto es que en la realidad política vasca, y por tanto electoral, la actuación del partido aparecía limitada por el papel central del PNV y la firme implantación del socialismo vascoxlv. Pero un hecho de gran impacto en el seno del socialismo español va a condicionar las posibilidades de la organización comunista. La crisis interna sufrida en el PSOE entre los centristas y el ala izquierdista, que supuso la salida de Largo Caballero de su Ejecutiva, va a acelerar el progresivo acercamiento entre las Juventudes socialistas y comunistas desde el fracaso del proceso revolucionario de 1934 hasta su definitiva unificaciónxlvi. Se trató de un rápido proceso a nivel estatal que tuvo un seguimiento mayoritario entre la Federación Nacional de Juventudes Socialistas y que en el País Vasco, aunque no fue unánime, contó con el apoyo de importantes agrupaciones como las de Bilbao o Eibar. La deriva izquierdista en el socialismo, que afectó sobre todo a las Juventudes Socialistas, constituyó una excepción dentro de un posicionamiento claramente centrista por parte del socialismo vasco. Por tanto, el resultado de todo ello fueron fuertes tensiones como las acaecidas en las organizaciones juveniles de Baracaldo y de la capital, que derivó en la escisión de esta última y la creación de otra afín a los prietistas. Éstas terminaron por explotar dando lugar, por un lado, a la expulsión en el PSOE de los dirigentes de las JJSS de Vizcaya, y por el otro, a diversas escisiones, como la que afectó a las Juventudes de Bilbao. La unificación de las dos organizaciones se escenificó el día 5 de abril a nivel nacional en la plaza de Las Ventas de Madrid en un acto presidido por el propio Francisco Largo Caballero. Al mismo tiempo, hubo otro acto similar en el bilbaíno frontón Euskalduna, a lo que siguió una serie de diversos actos por todo el País Vasco desde mediados del mismo mes y asambleas como en Erandio, Baracaldo, Deusto y Uríbarri. El junio de 1936, justo un mes antes del levantamiento militar, la Comisión Ejecutiva de la Federación de Juventudes Socialistas de Vizcaya, en un comunicado dirigido a todas las secciones admitía la gravedad de la escisión.[48] De hecho, la ruptura organizativa empezaba a ser temida desde la Comisión Ejecutiva bilbaína ante lo que definía como un movimiento de disgregación, “con todos los caracteres de una realidad de propósitos escisionistas“.[49] El estallido de la guerra civil evitó el anunciado Congreso de unificación de las Juventudes Vascas, si bien ello no impediría la celebración de otros procesos locales entre ambas organizaciones.

4. EN CONCLUSIÓN

 

El comunismo vasco, al igual que en el conjunto del Estado, se caracterizó durante las décadas de entreguerras por ser una fuerza política minoritaria pero altamente activa. La dimensión del socialismo a nivel político y sindical le dejó en un espacio acotado, pero a ello habían contribuido las propias características organizativas y estratégicas del PCE. Su planteamiento básico de captar el dominio de la izquierda desde su creación en 1921, buscando el control del aparato sindical ugetista, no obtuvo el resultado esperado. Se trató de un hecho, tal como se ha visto, que también se reveló durante la República con su definición de los “frentes únicos”, ajena incluso de la realidad política, en cuanto al poder electoral del PSOE y la solidez de sus organizaciones sindicales afines, apenas afectadas por la presencia de la CGTU. Todo ello se hizo patente en su actuación ante los conflictos laborales, al margen de las fuerzas sindicales mayoritarias.

Asimismo, conviene recordar que el comunismo desde sus inicios heredó una cultura de la clandestinidad o semiclandestinidad, forjando un carácter propio a la organización y sus integrantes. También la Revolución Soviética, con toda su carga mitológica, y el espejo de la potencialidad del Estado soviético en crecimiento pasaron a ser modelos referenciales. Pero la supeditación del PCE, al igual que los demás partidos integrantes de la Internacional Comunista, a la estrategia e intereses propios de la URSS le llevó a dar bruscos cambios en su línea de actuación, y a perder capacidad de iniciativa autónoma.

A lo largo de su breve pero intensa trayectoria, desde la escisión socialista y consiguiente origen del Partido, hubo dos hechos trascendentales que marcaron la línea de lo que iba a ser su posterior crecimiento en el contexto de la Guerra Civil. El primero fue su cambió de estrategia en defensa de la democracia republicana y el abandono estratégico de la confrontación revolucionaria de “clase contra clase”. Su participación en el Frente Popular supuso la relegación de su choque con la izquierda reformista y el progresivo final del característico aislamiento que había definido hasta entonces al PCE. Su organización vasca, el PCE-EPK, nacida en la primavera de 1935, también hubo de adaptarse a la nueva táctica de acercamiento al socialismo y otras fuerzas de izquierda. El segundo permitiría a los comunistas superar su característica debilidad estructural y lograr la ansiada unidad a causa de la crisis interna socialista en vísperas de la Guerra Civil. El proceso de unificación de las juventudes comunistas junto a gran parte de las socialistas, tal como se apuntaba en la introducción, supondría el inicio de una nueva etapa.

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xvi. Para la CNT en dicho periodo véase VELASCO NÚÑEZ, Alfredo. “El cenit de la CNT en Vizcaya en torno a 1920”. En: www.acracia.org, no 6, 2008; pp. 3-33.

xvii. GONZÁLEZ CALLEJA, Eduardo. El Mauser y el sufragio: orden público, subversión y violencia política en la crisis de la Restauración (1917-1931), Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1999; pp. 57-60.

xviii. BARRIOBERO Y HERRAN, Eduardo. El proceso de Altos Hornos, Madrid, 1923.

xix. FUSI, Juan Pablo. op. cit., pp. 474-477.

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xxi. ESTRUCH, Joan. Historia del PCE (1920-1939), Barcelona: El Viejo Topo, 1978; 44 p.

xxii. ELORZA, Antonio. “Movimiento obrero y cuestión nacional en Euskadi (1930-1936)”. En: Estudios de Historia Contemporánea del País Vasco, San Sebastián: Haranburu Editor, 1982; 148 p.

xxiii. JIMÉNEZ DE ABERASTURI, Juan Carlos. “Protagonistas de la Historia Vasca: Sebastián Zapirain”. En: Cuadernos de Sección. Historia-Geografía, no 6, 1985. Donostia-San Sebastián; 125 p.

xxiv. CRUZ, Rafael. El Partido Comunista de España en la II República, Madrid: Alianza Editorial; 53 p.

xxv. Véase las cifras ofrecidas por Antonio Elorza relativas a la militancia comunista vasca y su relación porcentual con respecto al PCE a nivel estatal para los años de la República. ELORZA, Antonio. “La fundación del Partido Comunista de Euskadi: algunos antecedentes”. En: Hemen eta Orain, no 13, 1980; 37 p.

xxvi. ESTRUCH, Joan. ob.cit. ; 46 p.

xxvii. EGIDO, José Antonio. “Jesús Larrañaga”. En: Beasaingo Paperak, n o 2, 1993, 40 p.

xxviii. Sobre esta última cuestión véase BARRUSO, Pedro. El movimiento obrero en Guipúzcoa durante la II República. Organizaciones obreras y dinámica sindical (1931-1936), Donostia-San Sebastián: Diputación Foral de Gipuzkoa Departamento de Economía y Turismo, 1996.

xxix. MIRALLES, Ricardo. El socialismo vasco durante la II República, ob. cit; pp 164-169.

xxx. CRUZ, Rafael. ob.cit.; 143 p.

xxxi. IBÁÑEZ, Norberto; PÉREZ, José Antonio. Ormazábal. Biografía de un comunista vasco (1919-1982), Madrid: Latorre Literaria, 2005; pp. 35 y 55.

xxxii. TUÑÓN DE LARA, Manuel. Tres claves de la Segunda República, Madrid: Alianza Universidad, 1985; 301 p.

xxxiii. ALBA, Víctor. La Alianza Obrera. Historia y análisis de una táctica de unidad en España. Madrid: Ediciones Júcar, 1978; pp. 106-107.

xxxiv. ALBA, Víctor. ob. cit; 107 p.

xxxv. Para este cambio de posición véase también ESTRUCH, Joan. ob. cit; pp 78-82.

xxxvi. Para una descripción de los hechos véase GUTIÉRREZ AROSA, Jesús. La insurrección de octubre del 34 y la II República en Eibar, Eibar: Eibarko Udala, 2001.

xxxvii. Boletín Interior del Comité Provincial de Vizcaya del Partido Comunista, n o 4, abril de 1934.

xxxviii. BIZCARRONDO, Marta. Historia de la UGT. Entre la democracia y la revolución, 1931-1936. 1a ed. Madrid: Siglo XXI, 2008; pp. 143-145.

xxxix. ELORZA, Antonio; BIZCARRONDO, Marta. Queridos Camaradas (La Internacional Comunista y España, 1919-1939), Barcelona: Planeta, 1999; 189 p.

  1. Qué es y cómo funciona el Partido Comunista (algunas normas de organización). Con los estatutos del P.C. de Euskadi (s. f.).


xli. Para un análisis en detalle véase ELORZA, Antonio. “Los primeros pasos del P.C. de Euskadi: Cuestiones y documentos”. En: Hemen eta Orain, no 14, 1981; pp. 23-31.

xlii. RIVERA, Antonio. Señas de identidad. Izquierda obrera y nación en el País Vasco, 1880-1923, Madrid: Biblioteca Nueva, 2003; pp. 177-178.


xliii. JULIÁ, Santos. Orígenes del Frente Popular en España (1934-1936), 1a ed. Madrid: Siglo XXI, 1979; 82 p.

xliv. CRUZ, Rafael. ob. cit. ; 269 p.

xlv. ELORZA, Antonio: “Movimiento obrero y cuestión nacional en Euskadi (1930-1936)”, art. cit.; 199 p.

xlvi. Véase VIÑAS, Ricard. La formación de las Juventudes Socialistas Unificadas (19341936), Madrid: Siglo XXI, 1978.

 

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(The PCE in the Basque Country from its origins to the Civil War)

Ibáñez Ortega, Norberto
Univ. del País Vasco (UPV-EHU). Dpto. de Historia Contemporánea. Bo Sarriena, s/n. 48940 Leioa
norberi @euskalnet.net

Recep.: 28.03.2011

BIBLID [1136-6834 (2012), 38; 783-812] Acep.: 22.07.2012

 

[1] En las provincias vascas así lo pusieron en relieve los líderes ugetistas de significación “prietista”, caso de los vizcaínos Constantino Turiel, responsable del sindicato minero, y Juan de los Toyos del metalúrgico, así como del guipuzcoano Enrique de Francisco.

[2] Para el presente trabajo se ha optado, en lo concerniente al relato histórico, por emplear la toponimía existente en el periodo tratado.

[3] Las organizaciones afines o integradas en la UGT, a partir de la década de los años veinte, contaban con casi veinte mil miembros en el País Vasco, mientras que el PSOE tan sólo había alcanzado una afiliación de unos mil afiliados de media por las mismas fechas. MIRALLES, Ricardo. “ La implantación del PSOE en el País Vasco en la II República”. En: Vasconia. Cuadernos de HistoríaGeografía no 8, 1986. Donostia-San Sebastián: Eusko Ikaskuntza; pp. 102-115.

[4] En Archivo General de la Guerra Civil Española (Salamanca), actualmente integrado en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, sección del P.S. Bilbao, signatura L53, exp 2.

[5] Uno de los incidentes más graves fue el sucedido en abril de 1922 en Gallarta, con motivo de un mitin comunista, que derivó en un tiroteo y la muerte de dos socialistas y varios heridos, entre ellos también dos comunistas. El relato del mismo en La Lucha de Clases, 15 de abril de 1922.

[6] Véase La Voz de Guipúzcoa, del 20 al 25 de enero de 1921.


[7] “Informe que la Comisión de huelga de los metalúrgicos de Vizcaya presenta a la consideración de los delegados del Ministerio de Trabajo y del Instituto de Reformas Sociales”, fechado en junio de 1922. En Archivo General de la Guerra Civil Española (Salamanca), sección del P.S. Bilbao, signatura L242, exp 9.

[8] El planteamiento crítico por parte de la sección sindical de La Arboleda, contraria a la huelga, se puede ver con toda su crudeza en La Lucha de Clases, 11 de agosto de 1923.

[9] Véase la propaganda realizada por el lado socialista, en cuanto a la diferencia de resultados según la diferencia táctica, con huelga por los comunistas y negociación por los socialistas, en La Lucha de Clases, 8 de septiembre de 1923.

[10] Un artículo del órgano socialista así lo dejaba patente: “Nuestras dudas son legítimas (...). Sabido por todos es que son ellos los que más se han caracterizado en denominar santa una escisión en las filas obreras (...). Hoy cuando el mal tiene difícil remedio, cuando los patronos, advertidos de la desunión ambiente, sacan fuerzas de flaqueza, y tratan de asaltar el reducto de la organización; hoy cuando sus anhelos de escisión han sido coronados por un éxito relativo, el suficiente para robar el vigor necesario para toda alta empresa combativa o defensiva, es cuando se dan cuenta de su desastrosa obra, o aleccionados por Moscú, tratan de abrir mayor brecha, más profunda, en esas mismas filas que dicen quieren hermanar en un “frente único”. En “ El Frente Único”. La Lucha de Clases, 28 de enero de 1922.

[11] El Sindicato Metalúrgico de Vizcaya realizó en su memoria de octubre de 1923 una dura crítica contra los procedimientos seguidos hasta entonces por los comunistas, a los que achacaba tanto sus procedimientos clandestinos y violentos como su interés en menoscabar interesadamente a los socialistas. El resultado de todo ello, según su opinión y tal como se ponía en evidencia, era el fracaso de sus acciones. El aspecto que quizás más preocupaba a sus responsables era la presencia de un importante número de trabajadores sin afiliar, pero que podían formular reivindicaciones al margen del sindicato. Véase Memoria del Sindicato Metalúrgico de Vizcaya, La Lucha de Clases, 27 de octubre de 1923.

[12] Véase Memoria de los Comités del Sindicato Obrero Metalúrgico de Vizcaya en 1924. En Archivo General de la Guerra Civil Española (Salamanca), sección P.S. Bilbao, signatura L153, exp 9.

[13] Archivo General de la Guerra Civil Española (Salamanca), sección P.S. Bilbao, signatura L161, exp 2.

[14] Véase, por ejemplo, a este respecto por su interés, el preámbulo del Pleno de Delegados realizado en Sestao el 14 de septiembre de 1930. En Archivo General de la Guerra Civil Española (Salamanca), sección P.S. Bilbao, signatura L153, exp 18.

[15] Este fue el caso de algunos conflictos desatados hacia finales de la década de los años veinte, como el acaecido en la fábrica Echevarría en abril de 1927, y que aparecen reproducidos en La Lucha de Clases.

[16] Véase, por ejemplo, para la zona minera el artículo de Víctor Gómez, secretario del Sindicato Minero de Vizcaya, en La Lucha de Clases, “Coincidencias sospechosas”, 22 de abril de 1927. Por su parte, también sirve de ejemplo, en lo referido a la zona fabril, el publicado en La Lucha de Clases, “Inepcia y cinismo comunistas”, 12 de agosto de 1927.

[17] Son numerosos los artículos publicados en La Lucha de Clases en donde se manifiesta este temor y la necesidad de mantener la disciplina de la organización. Véase “La nueva maniobra de los extremistas”, 16 de abril de 1926.

[18] Estos altercados fueron recogidos por la prensa, caso de El Liberal, y Euzkadi, entre otros el día 3 de mayo de 1.931.

[19] Así, sobre una participación del 86,13% en Irún, la Conjunción de Izquierdas obtuvo un porcentaje del 65,14% sobre el total de los 10.468 los votos emitidos, frente al 18,64% del bloque estatutista de Estella. El testimonial porcentaje del 0,99 del PCE se traducía en tan solo 40 votos. ABAIGAR MARTICORENA, Frédéric. “Elecciones y política en Irún durante la II República”. En: Boletín de Estudios del Bidasoa, Irún, n o 3, 1986; pp. 17-18.

[20] Según Sebastián Zapirain podía ser en parte cierta la tesis de Bullejos sobre la responsabilidad de la Internacional Comunista en la política seguida a inicios de la Segunda República al imponer las directrices a seguir por el Partido. Sin embargo, también consideraba responsable al dirigente vizcaíno en aceptarlas y en la forma de aplicarlas, ya que según él dichas directivas “eran más de tipo formal que de contenido”. Véase JIMÉNEZ DE ABERASTURI, Juan Carlos. “Protagonistas de la Historia Vasca: Sebastián Zapirain”. En: Cuadernos de Sección. Historia-Geografía, no 6, 1985. Donostia-San Sebastián; pp. 134-135.

[21] Esta iniciativa implicaba abandonar la estrategia de simultanear el ataque a las autoridades legítimas del gobierno de Azaña y a la cada vez más beligerante derecha.

[22] El testimonio de Juan Astigarrabía es revelador para entender la paralización del proceso unificador de los sindicatos autónomos, cuyo congreso se iba a celebrar en Madrid, y la influencia al respecto de la Internacional Comunista, tras el IV Congreso del PCE en Madrid. Véase MARAÑA, Félix. “Juan Astigarrabía Andonegi: el último testimonio”. En: Muga, n o 70, 1989; pp 12-21.

[23] El intenso paro obrero que afectó a Irún posibilitó el desarrollo de un sindicalismo activista, canalizado en una Federación Autónoma y articulado por vez primera en asambleas.

[24] “A los parados de Irún. Debemos organizar nuestros comités de lucha”, Euzkadi Roja, 23 de abril de 1933.

[25] Desde su fundación el Euzkadi Roja adoleció de ofrecer más noticias sobre Guipúzcoa que Vizcaya, sin que este desequilibrio fuera del todo corregido en los siguientes años.

[26] Según su análisis leninista, la cuestión nacional en Euskadi debía supeditarse a la prioritaria revolución proletaria en España, que permitiría el ejercicio del derecho de autodeterminación y la consiguiente libertad de unión. Por el contrario, la autonomía dejaría en manos del Estado todos los resortes del poder. Véase “Orientación política. El problema nacional a través de la teoría comunista”. Euzkadi Roja. 1 de julio de 1933.

[27] Los puntos eran literalmente: “El apoyo a la lucha de los parados y la conquista de sus reivindicaciones; la organización de la lucha contra nuevas reducciones de salarios, cierres de empresas y despidos; por el apoyo inmediato a la huelga de carroceros y la preparación de la huelga general (en aquellos momentos en conflicto); por la libertad de propaganda, reunión, manifestación (...) ; por la lucha contra el fascismo, creación de milicias antifascistas...; por la constitución de los comités de fábrica y por la constitución de sindicatos unitarios”. En Archivo General de la Guerra Civil Española (Salamanca), sección P.S. Bilbao, L-225, exp 2.

[28] Así, textualmente dice: “ Siendo deseo del proletariado llevar a efecto, lo más rápidamente posible, la unión de todos los trabajadores por mediación de un frente único sin distinciones ideológicas, muchas han sido las secciones que en consulta se han dirigido a esta Ejecutiva debido a reiteradas invitaciones hechas por el Partido Comunista para la constitución de comités anti-fascistas, etc. A todas se les ha contestado que no podrán contraer ningún compromiso con ninguna entidad política ajena a la nuestra, sino sujetándose a lo dispuesto por el Comité Nacional del Partido, o sea, revisando esa unión por mediación de los organismos nacionales, pues con ello se daría mayor fuerza y efectividad al deseo de unirse todos los trabajadores en una acción común (...)”, en Archivo General de la Guerra Civil Española (Salamanca), sección P.S. Bilbao, L-225, exp 4.

[29] Véase al respecto, “Grupos sindicales en los lugares de trabajo”, Euzkadi Roja, 24 de junio de 1933.

[30] “La Federación Autónoma propone a la UGT la fusión sobre un programa de acción”, Euzkadi Roja, 23 de septiembre de 1934.

[31] “Informe elaborado por el Comité Central del Partido Comunista de Euskadi sobre la Huelga General Revolucionaria de octubre de 1934”, Archivo Histórico del PCE, Film VIII.

[32] En Archivo Histórico del PCE, idem.

[33] En Irún, para el día trece, se reintegraron a su trabajo los ferroviarios y, poco después, el personal de las fábricas de cerillas y de conservas, restableciéndose también el transporte público. En Eibar, donde el paro fue absoluto en todos los talleres, hubo fuertes medidas militares, en las que se obligaba a tomar lista de los obreros que habían secundado la huelga para proceder a su despido. Para el día siguiente, se procedía también al decomiso de numerosas armas, muchas de ellas procedentes de algunas de las empresas de la localidad. Véase La Voz de Guipúzcoa, para los días 13 y 14 de octubre de 1934.

[34] Ésta contaba con representación de las Comisiones ejecutivas en la provincia, Federación de Juventudes Socialistas de Vizcaya y Comité de la Agrupación Socialista de Bilbao. En un principio la Ejecutiva Federal había manifestado la imposibilidad de establecer por su parte un acuerdo formal con el PCE y la CGTU, circunscribiendo la relación con los comunistas tan sólo testimonialmente al Círculo Femenino.

[35] En febrero de 1935 quedaban configuradas las “Alianzas Obreras” en Baracaldo, Sestao, Portugalete, Erandio, La Arboleda, Gallarta, Ortuella, Somorrostro, Dos Caminos, Arigorriaga y Bilbao, además de la Alianza Provincial, mientras que para abril ya se habían formado las de Guecho, Las Arenas, Lejona, Las Carreras, Aranguren y Valmaseda. En Bilbao existían seis Alianzas de barriada y otras seis de empresa; en la zona minera una de empresa y en la zona fabril de la margen izquierda se constituían trece de empresa y trece de barriada. Para el proceso de constitución, efectivos y funcionamiento de las “Alianzas Obreras” en el País Vasco. Véase MIRALLES, Ricardo. El socialismo vasco durante la II República, Bilbao: Servicio Editorial Universidad del País Vasco, 1988; pp 249-265 (y una relación de las alianzas formadas en 251 p).

[36] Este proceso, que se inició con el ingreso de los metalúrgicos de Rentería en la UGT, culminaba en 1936 con el de los obreros de Pasajes. Suponía el grueso de la afiliación comunista con un total de 1.100 obreros. Poco después en San Sebastián la FLSO, reunida en asamblea, decidió ingresar en las agrupaciones de la UGT. Véase BARRUSO, Pedro. El movimiento obrero en Guipúzcoa durante la II República. Organizaciones obreras y dinámica sindical (1931-1936), Donostia-San Sebastián: Diputación Foral de Gipuzkoa Departamento de Economía y Turismo, 1996; 229 p.

[37] Tampoco tenían claro si la forma de ingreso en el sindicato socialista debía ser individualmente. Además, se había dado a entender que éste obligaba a no alterar su política y respetar sus estatutos internos en los cargos de dirección. Archivo General de la Guerra Civil Española (Salamanca), sección P.S. Bilbao, L33, exp 6.

[38] Así se hace constar en las circulares 3 y 4 de la Memoria de la Federación Socialista Vizcaína de 1936.

[39] En la circular no 5, con fecha del 3 de mayo de 1935, de la Memoria de la Federación Socialista Vizcaína de 1936.

[40] “Resolución sobre las tareas del Partido Comunista de Euskadi”, Boletín Interior del Comité Provincial de Vizcaya, n o 8, 7 de julio de 1935.

[41] En la relación final aparecen citados varios artículos de Antonio Elorza, publicados en la revista Hemen eta Orain y en la obra colectiva Estudios de Historia Contemporánea del País Vasco.

[42] Archivo del PCE-EPK, L-19.

[43] Astigarrabía debió clarificar la postura del PCE-EPK sobre el Estatuto de Autonomía ante el requerimiento hecho al respecto por ANV. Archivo General de la Guerra Civil Española (Salamanca), sección P.S Bilbao, L33, exp 4.

[44] El Comité Central del PCE se dirigió a Astigarrabía para que se presentara por Guipúzcoa, al considerarle el candidato más adecuado por dicha provincia. Sin embargo, el Secretariado del Comité Central del Partido Comunista de Euskadi optó por Jesús Larrañaga, al creer que sería la persona más adecuada para atraerse a los votos nacionalistas, debido a “ los síntomas de descomposición que se observa en las filas del nacionalismo”. Se trató de una visión del todo desacertada, ya que el partido vencedor en Guipúzcoa, tras la segunda vuelta, fue el PNV, gracias al aporte de numerosos votos de la derecha que había renunciado a volver a presentarse tras la primera. Archivo General de la Guerra Civil Española (Salamanca), sección P.S. Bilbao, L-33, exp 6.

[45] Archivo General de la Guerra Civil Española (Salamanca), sección P. S. Bilbao, L215, exp 16.

[46] “Guión del informe hecho ante el Comité Central del Partido Comunista de Euskadi”, Archivo General de la Guerra Civil Española (Salamanca), sección P.S. Bilbao, L-28, exp. 11.

[47] Archivo General de la Guerra Civil Española (Salamanca), sección P.S Bilbao, L174, exp 28

[48] Para toda esta cuestión relativo a la escisión de las Juventudes Socialistas véase Archivo General de la Guerra Civil (Salamanca), sección P.S Bilbao, L-76, exp. 7.

[49] Esta situación queda del todo patente, así como los antecedentes, en el informe de la Federación de Juventudes Socialistas de Vizcaya. Comisión Ejecutiva fechado el 18 de junio de 1936. Archivo Municipal de Miravalles C-010, en Archivo Foral de Bizkaia.