EPK entre Guernica y Moscú

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EPK entre Guernica y Moscú

INDICE

La nueva Internacional

De Primo de Rivera a la República

Una alianza y su justificación

Una «purga» sonada

Jesús Larrañaga

Manuel Cristóbal Errandonea

 

LA NUEVA INTERNACIONAL

El triunfo, en octubre de 1917, de la revolución rusa encabezada por Lenin tuvo un eco gigantesco en Europa ya que, por primera vez en la Historia, una organización proletaria accedía al poder y la bandera roja flameaba en los mástiles como enseña de un Estado. Algo realmente inimaginable muy poco antes.

 

En marzo de 1919, como prueba de que consideraban exportable su revolución, los bolcheviques crearon la Tercera International, o Internacional Comunista, en el seno de una reunión que contó con escasa presencia extranjera y ninguna española. El tema de la Tercera Internacional, no obstante, fue discutido entre los socialistas españoles, quienes decidieron en el congreso nacional del PSOE de diciembre de aquel año continuar en la Segunda Internacional y sólo unirse a la comunista si, en el entreacto, tenía lugar un proceso de unificación de ambas.

Del 17 de julio al 7 de agosto de 1920 una vez mas volvió a reunirse la Tercera Internacional, y ahora oficialmente con el fin de informarse se hallaban presentes sendas delegaciones hispanas: una del PSOE y otra de la CNT. A ambas fuerzas les seducía fuertemente el experimento ruso, pero la atracción era aún mayor en algunas áreas de los socialistas, cuyas Juventudes ya en diciembre de 1919 habían decidido, por su cuenta y riesgo, solicitar el ingreso en la nueva Internacional. Llevadas por ese motivo las tensiones, en el seno del PSOE, al máximo, en abril de 1921 tuvo lugar la escisión definitiva de los procomunistas, escisión que en Vizcaya estuvo capitaneada por Oscar Pérez Solís, un asturiano que llego a Bilbao para sustituir a Emilio Beni en la dirección de «La Lucha de Clases», y con muchos menos ánimos que el por Facundo Perezagua, quien después de una travesía del desierto había vuelto a la disciplina del PSOE, del que, como se recordara, le expulsaron en 1915.

De Perezagua ya hablamos suficientemente en el capítulo anterior, por lo que antes de seguir adelante me detendré un momento en la tumultuosa e increíblemente contradictoria figura de Oscar Pérez Solís. De el sabemos que nació en Bello (Aller), hijo de un capitán de Infantería de Marina, quien le impuso —pues no se sentía atraído por el uniforme— su ingreso en la Academia de Artillería de Segovia. Con el grado de teniente fue destinado a Canarias, donde se hizo anarquista. Trasladado a Valladolid, entró en contacto con el socialismo en 1909, ingresando clandestinamente en el PSOE un año mas tarde hasta que, descubierta su filiación, hubo de causar baja en el Ejercito, dedicándose por entero a la lucha política. Desterrado en 1919 de Valladolid por un delito de lesa majestad, marchó a Bilbao, asistiendo al citado congreso de abril de 1921 que tuvo por marco a Madrid. Fue precisamente Pérez Solís el encargado de leer la declaración de ruptura en un acto convocado al efecto en la Casa del Pueblo, sorprendiendo su actitud, pues anteriormente no sólo se había mostrado moderado, sino también como uno de los defensores mas decididos de la permanencia del PSOE en la Segunda International. Este documento, por tantas razones histórico, lo firmaron el propio Pérez Solís y Perezagua por Bilbao, Éibar e Irún, Mariano García Cortes por Sestao y Vitoria, Torralba por Valmaseda y Gallarta, Salmerón por Deusto, Luzurriaga por Begoña, López por Ortuella y Baracaldo, y Virginia González por San Julián de Musques.

Aunque se ha pretendido lo contrario, la desafección comunista supuso un serio revés para el PSOE. Sus Juventudes, en todo el mapa español, pero sobre todo en Vizcaya, prácticamente se fueron en bloque a la Tercera Internacional y tardaron mucho tiempo en poder reconstituirse, aunque al poco de coronar esa meta la influencia bolchevique, siempre latente en ellas, condujo a su fusión con las Juventudes Comunistas, de lo que resultó las Juventudes Socialistas Unificadas, en la que la dirección real estaba en manos de los comunistas.

En el partido sucedió algo de la especie, ya que en el antes mencionado congreso que sancionaría la escisión, trece de las dieciocho agrupaciones socialistas vascas optaron por romper la vieja obediencia y adscribirse a la nueva. Después, en marzo de 1922, al tener lugar el I Congreso del Partido Comunista de España, la fuerza numérica mas importante de cuantas participaron en el procedía del País Vasco y mas concretamente de Vizcaya. La nueva organización irrumpió con fuerza en Euzkadi, ya que aunque era minoritaria en el cuadro general de la época y no contaba con demasiados lideres relevantes en sus filas, poseía unas huestes a las que los pocos años de sus miembros le daban un gran brío. Tanto que en el verano de 1921, coincidiendo con las protestas levantadas por la guerra de Marruecos, los comunistas pensaron ya en desencadenar una revolución armada que contaría como palanca principal con sus correligionarios de la zona minera. Un dirigente del PC, Eduardo Ugarte, visitó Vizcaya con tal motivo, pero sea porque al final faltaron las condiciones ínfimas para pasar a la acción o porque las autoridades, adelantándose, detuvieron a una serie de militantes y clausuraron su periódico, «La Bandera Roja», el caso es que la revuelta no tuvo lugar. Por cierto, y ya que hemos hablado del órgano de los comunistas Vizcaínos, es conveniente decir que estos últimos contaron en esos años (1921-1922) con un diario propio, «Las Noticias», que se imprimía en los talleres de «Euzkadi», para lo cual el EBB había solicitado y obtenido el visto bueno del obispo de Vitoria. El objetivo del plan no era otro que erosionar a los socialistas por su izquierda. «Las Noticias» tenia como director al aragonés Jesús Escartín, siendo su verdadero inspirador Pérez Solís, director de la citada «Bandera Roja».

Los seguidores de Lenin, que comenzaron su marcha en solitario organizando huelgas y provocando Con la llegada de los comunistas, el partido de Pablo Iglesias se rompió en dos. alteraciones del orden público, controlaban el Sindicato Minero de Vizcaya, a cuyo frente se puso a un antiguo cartero, José Bullejos, así como los sindicatos de Artes Graficas y el de la Construcción. Por cierto que el Sindicato Minero estuvo fuertemente influido desde el primer momento por los animadores de la corriente bolchevique y en el iniciaron su carrera algunos dirigentes luego celebres como Dolores Ibarruri, Pasionaria, cuyo primer articulo apareció en las paginas del órgano del Sindicato, «El Minero Vizcaíno». También dominaban los comunistas una serie de Casas del Pueblo, entre otras las de Bilbao, Gallarta, Ortuella, Somorrostro, Galdames y a medias la de San Sebastián. No es de extrañar que aludiendo a este panorama Bullejos escribiera que en los comienzos de la actividad del PCE su principal campo fue Vizcaína, tanto porque aquí disponía de la mas importante fuerza sindical como por haber elegido la patronal aquella región para comenzar la ofensiva económica.

Esta ofensiva, consistente por un lado en el cierre de las minas deficitarias y por otro en la disminución de los salarios de los empleados en ellas, cuando continuaban funcionando, reportó forcejeos muy duros, y el propio Bullejos, que había predicado la huelga desde un balcón de la Casa del Pueblo de Gallarta, fue gravemente herido por unos pistoleros a sueldo de la patronal mientras que desde esa localidad se dirigía a Ortuella, ingresando, después de ser dado de alta, en prisión, donde hubo de permanecer mas de un año.

La violencia era general y la practicaban todos, desde los patronos a los socialistas y comunistas. En agosto de 1923 varios de estos últimos comandados por Pedro García Lavid, hermano del jefe de la Juventud Comunista de Vizcaya y andando el tiempo, ya en plena Guerra Civil, jefe de la 61° Brigada Mixta del Ejercito de Maniobra, se apostaron en las cercanías de la sede del diario bilbaíno «El Liberal" con el doble propósito de volarlo y asesinar a Prieto. Fracasaron en ambos intentos al haber sido descubiertos casualmente por el policía y luego polémico escritor Mauricio Carlavilla (Mauricia Karl), así como en la conducción, el citado mes, de una huelga general, en el curso de la cual recibió serias heridas Pérez Solís, quien durante los cinco meses que paso en el hospital recibía asiduamente las visitas del jesuita de Deusto padre Chalbaud, iniciándose entonces su conversión al catolicismo y a las posiciones políticas mas integristas. La citada huelga general, que figura por derecho propio entre las de carácter revolucionario registradas aquellos años, tuvo su ápice el día 23 cuando las fuerzas del Orden Publico, tras un intenso tiroteo en el curso del cual resultaron dos obreros muertos, tomaron al asalto la Casa del Pueblo.

  

DE PRIMO DE RIVERA A LA REPUBLICA

Al sobrevenir la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, el 13 de septiembre de 1923, en el País Vasco sólo fueron seriamente molestados los anarcosindicalistas, en el campo obrero, y los aberrianos, en el nacionalista. Ambos grupos vieron sus centres clausurados y su Prensa suprimida, mientras que un cierto número de sus dirigentes fueron a parar a la cárcel. Por lo que hace al PC, la actitud oficial era al principio conciliatoria, hasta el punto de que siguió publicándose «La Bandera Roja», órgano de expresión del grupo, y el gobernador civil de Vizcaya recibió a Bullejos, prometiendo la reapertura de las Casas del Pueblo y los sindicatos bajo su control si colaboraban. No aceptaron la oferta, y el 25 de diciembre, perseguidos ya sin contemplaciones, intentaron, según el P. Policarpo de Larrañaga, un esfuerzo revolucionario para sacudirse su yugo, provocando desordenes en muchos pueblos. La violencia fue particularmente sensible en Baracaldo, Ortuella, La Arboleda, Deusto, Arrigorriaga, Dos Caminos y Éibar, pero fracasaron en parte porque el sindicato abertzale no secundó el movimiento y tampoco la UGT, ya que los socialistas, como bien dice Larrañaga una vez en marcha la dictadura procuraran conquistar primero la benevolencia de Prima de Rivera y, mas tarde, su favor y favoritismo.

Algunas decenas de comunistas, a consecuencia de estos sucesos, fueron a parar a la cárcel, y, entre ellos, Bullejos, que acabo en la de Chinchilla. Salió mucho antes de lo supuesto gracias a una amnistía que redujo a unos pocos meses su sentencia de un año, regresando de nuevo a Vizcaya, en donde volvería a ser detenido. Consecuentemente, en vista de que resultaba imposible trabajar, se exilió. Ese mismo camino había escogido Pérez Solís, quien, que sepamos, estuvo en Paris y en Moscú.

Precisamente en la capital francesa tuvo lugar, en 1924, una reunión de representantes de la diversas federaciones comunistas de España, entre ellas la vizcaína, decidiéndose constituir una Comisión Ejecutiva compuesta por tres secretarios, que vivirían en Francia, y por dos vocales con residencia en el interior, uno en Vizcaya y otro en Asturias. Al poco de este encuentro se celebró otro, en el mes de junio, ahora en Bilbao, saliendo de el elegido Pérez Solís como secretario del PC. La Policía, sin embargo, no dormía, y prueba de ello es que varios de los participantes en el conclave comunista fueron detenidos, y aunque Pérez Solís pudo escapar lo capturaron unos meses mas tarde, en Barcelona, yendo a parar a una cárcel local, en donde paso mas de dos años y en donde el padre Gafo obtuvo su conversión definitiva. Tan publica y radical fue esta que el general Primo de Rivera le dio un bien pagado cargo en el monopolio estatal de combustibles, la CAMPSA, iniciando así una nueva singladura que le llevaría a figurar, anos después, entre los exponentes del alzamiento militar franquista, en Oviedo. Miembros del Somaten bilbaíno desfilan por la Gran Vía. Primo de Rivera anno a las «gentes de orden» contra la emergencia de las fuerzas de izquierda.

1925 contempló, además de la detención de Pérez Solís, el nombramiento de un nuevo secretario general en la persona del hasta entonces secretario del Sindicato Minero Vizcaíno, el tan citado Bullejos, lo que demuestra que Vizcaya continuaba poseyendo un carácter de provincia motor dentro del movimiento comunista de España. Algo que trascendió dos anos después cuando habiéndose decidido implantar en el interior el bureau político es decir, la mas alta instancia del PC, se eligió como sede la villa de Bilbao. No olvidemos tampoco que la conferencia nacional del partido tuvo lugar en un caserío cercano a Durango, en presencia de un destacado miembro de la Internacional Comunista, el polaco Valetzky, quien ya antes de la revolución rusa había sido colaborador de Lenin. Al caer la Monarquía, en abril de 1931, todas las fuerzas políticas actuantes en el marco vasco entraron en efervescencia, incluidos los comunistas, que pese a su activismo y resolución eran todavía muy poca cosa. Tan poca que su candidatura a las elecciones a Cortes formada por Bullejos, Astigarrabía, Larrañaga y Zapirain sólo obtuvo el 0,5 por ciento de los votos, encajando, pues, una derrota aplastante. Pero la perspectiva general, desde un punto de vista revolucionario, era buena, por lo que ya en mayo comenzaron a debatirse las resoluciones del ejecutivo de la Tercera International, que sobre el problema nacional, tan de actualidad en Euskalerria, había redactado una declaración del siguiente tenor:

«El Partido debe tener sobre esta cuestión tanta más actividad cuando que los centros proletarios mas importantes de España son, precisamente, Cataluña y Vizcaya, donde la explotación de la clase obrera está ligada a la opresión nacional. El Partido debe propagar par todo el país el derecho de Cataluña, Vasconia y Galicia a disponer de ellas mismas hasta la separación. Debe defender este derecho con gran energía entre los obreros de España para destruir su mentalidad hostil al nacionalismo Catalán, vasco y gallego. En Cataluña, Vasconia y Galicia los comunistas deben hacer comprender a los obreros y campesinos la necesidad de su estrecha unión con los obreros y campesinos revolucionarios de España para llevar con éxito la lucha contra el imperialismo español, desenmascarar las vacilaciones y capitulaciones de los nacionalistas, llamando a las masas a usar libremente de manera absoluta su derecho a disponer de ellas mismas hasta la separación, afirmando siempre que el objetivo del Partido Comunista es el de crear de las ruinas del imperialismo español la libre federación ibérica de repúblicas obreras y campesinas de Cataluña, Vasconia, España, Galicia y Portugal ([1])».

De momento, sin embargo, la problemática recorría otros cauces, y mas concretamente la lucha con los socialistas para disputarles un terreno que ambas fuerzas consideraban propio y por el que luchaban sin escatimar medios. En este capítulo una aguda crisis se planteó en Guipúzcoa, donde en el seno de la Federación de Sociedades Obreras Autónomas los socialistas, debido a su gubernamentalismo, estaban obligados a ser contemporizadores y perdían fuerza.

Buena prueba de ello fue la derrota del candidato socialista por el carpintero comunista Juan Astigarrabía en las elecciones a secretario del poderoso Sindicato Marítimo de Pasajes. Los pescadores se hallaban a la sazón en huelga y Astigarrabía, que había comenzado a destacarse en el ramo de la construcción durante la dictadura primorriverista, como primera medida pidió a la Federación, controlada por los socialistas, y a la CNT, que declarasen una huelga general solidaria con los paisatarras.

Solo aceptaron los ácratas, y a finales de mayo, para presionar a las autoridades, Astigarrabía decidió organizar una marcha sobre San Sebastián desafiando la prohibición expresa del gobernador civil, Aldasoro. La columna, en la que figuraban mujeres y niños, consiguió atravesar sin mayores dificultades la primera barrera, levantada por los soldados en el Alto del Vinagre, pero al emprender la bajada hacia Ategorrieta los números de la Guardia Civil alii apostados recibieron la orden de abrir fuego, cumpliéndola. Murieron ocho personas, según fuentes oficiales, y diecisiete, de acuerdo con otros testimonios. Fue, en cualquier caso, un mal paso de los comunistas, cuyo maximalismo les restó popularidad, haciendo que Astigarrabía perdiese la secretaria del Sindicato Marítimo.

En Vizcaya, las tensiones con los socialistas se rubricaron en sangre muy poco después, en agosto, cuando miembros del PC entraron en un restaurante frecuentado por los discípulos de Pablo Iglesias, matando a dos de ellos e hirieron a tres mas. Uno de los responsables del hecho fue el luego ministro de la República, Jesús Hernández, quien para evitar responsabilidades huyó a Moscú, donde cursó estudios, como tantos otros españoles, en la Escuela Leninista. Al celebrarse en 1932 el IV Congreso del PC hizo acto de presencia en el firmamento del partido el denominado grupo vasco, compuesto por Dolores Ibarruri, Vicente Uribe, Jesús Hernández, Juan Astigarrabía, Luis Zapirain, Jesús Larrañaga, Leandro Carro, Manuel Cristóbal Errandonea, Manuel Asarta y Urondo. De ellos, los cuatro primeros pasaron a formar parte del nuevo Comité Central y con puestos importantes dentro de el, además, pues Ibarruri asumió la secretaria de la rama femenina del partido, Uribe se hizo cargo del Aparato Antimilitarista, extraña forma que tenia el PC de denominar a sus milicias, y Hernández paso a ocuparse de la secretaría de Agitación y Propaganda.

La cuestión nacional se planteó con fuerza aunque no sobre las pautas de la secesión inmediata como auspiciaba la línea Bullejos, desbancada en este congreso, e interpretó a su manera las recomendaciones del Comintern antes transcritas. En lugar de la ruptura de la unidad del Estado y de la constitución de una federación de repúblicas ibéricas, el PC se manifestó en favor de la unión voluntaria y no de la separación de los pueblos hispanos.

El órgano periodístico del PC vasco, que significativamente había cambiado el título de «La Bandera Roja» por el de «Euzkadi Roja», recogiendo así la forma sabiniana de denominar a Euskalerría, lo que entonces no era poca cosa, publicaba textos en euskera, y en euskera también se pronunciaban discursos, destacando los de Jesús Larrañaga, un ex miembro del PNV que había sido seminarista. Tras los sucesos revolucionarios de octubre de 1934, en los que los comunistas participaron activamente, la corriente en favor de la autodeterminación se robusteció al constituirse, ya en 1935, el Partido Comunista de Euzkadi (EPK), cuyo primer congreso tuvo lugar en Bilbao en condiciones de clandestinidad por hallarse aún en vigor las medidas de excepción asumidas por el Gobierno para liquidar las consecuencias de la huelga general antes citada.

Según Ramón Ormazábal, antiguo director de «Euskadi Roja» y después de la guerra secretario general del EPK, con este paso se quiso sacar al nacionalismo vasco de los planteamientos burgueses enunciados por Sabino Arana y puestos en práctica por el PNV, haciendo que fueran asumidos por la clase obrera, ya que los comunistas vascos veían —quizá sin gran detalle, pero con mucha fuerza— la singularidad de la revolución vasca como parte integrante pero diferenciada de la revolución española. Un testimonio de valor a este respecto es el de Astigarrabía, para quien el EPK surgió como consecuencia de un deseo autonómico que constituía, junto a la reforma agraria, el elemento clave de la democracia republicana.

De dirigir el EPK se encargo precisamente Astigarrabía, quien en su biografía contaba, además de con una actuación de agitador en el ramo de la construcción, durante el periodo primorriverista, y con el efímero liderazgo del Sindicato Marítimo de Pasajes, hechos ya mencionados, con una militancia de algunos años en el PNV. Tras la luctuosa Jornada de Ategorrieta fue el principal exponente de la Confederación Nacional del Trabajo Unitaria, un amago de central obrera cuyo fin consistía en absorber, colocándolas bajo dirección comunista, a la CNT y a la UGT, y cuando también esta nave se fue a pique marchó a Madrid, donde tras una etapa gris fue devuelto a Guipúzcoa, que era el medio al que, dentro de todo, mejor se adecuaba. Un alto dirigente del PCE, Castro Delgado, que le trató en aquellos años y luego también durante la Guerra Civil, escribió a su propósito:

«De una seriedad sombría, estrecho de concepciones, poco hablador y de una soberbia que le era difícil disimular, hasta el extremo de que miraba de arriba abajo a los mismos dirigentes del PC de España; despreciaba a José Díaz, miraba a Dolores Ibarruri como a una figura artificial, consideraba a Uribe como un hombre poco inteligente, a Jesús Hernández como un aventurero político, despreciaba a Mije por su artificialidad. Y creía que los vascos, que él mismo, eran superiores a todo el resto de los comunistas de España. Era, eso sí, un hombre que no vivió para él, con un cierto fanatismo loyoliano, que le hacía creer que él era el "elegido" para convertir a los vascos en pujante caballo de Troya sobre España. Era, además, un hombre que en el fondo no admitía la tutela del PC de España. Euzkadi ante todo. Y él se sentía en sí Euzkadi».

Al convocarse las elecciones de febrero de 1936, el EPK concurrió a ellas con un programa centrado en la amnistía para los presos y fugitivos a consecuencia de los sucesos revolucionarios de octubre de dos anos antes, en peticiones sociales -sobre todo en favor de los caseros y en la exigencia del Estatuto de autonomía, obteniendo un acta de diputado —la primera que conseguían en toda su histeria local los comunistas— a favor de Leandro Carro.

 

Un documento del Comité Central del EPK fijando su postura respecto al Estatuto Vasco

 PARTIDO COMUNISTA DE EUZKADI

Bilbao, 9 de Enero de 1936.

Acción Nacionalista Vasca.

Bilbao

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Muy Sres. nuestros:

 

       A su debido tiempo fué en nuestro poder su atenta carta 7 de los corrientes, a la que, complacidos, pasamos a contestar.

 

«¿CUAL ES LA POSICION DE NUESTRO PARTIDO RESPECTO AL ESTATUTO VASCO QUE SE HALLA EN EL PARLAMENTO? Esta pregunta en la que se condensa todo el contenido de su citada carta, tuvo ya categórica respuesta en la resolución adoptada recientemente por nuestro partido y que fue establecida en nuestro órgano central EUSKADI ROJA, con fecha 4 de Enero de 1936. Decíamos en ella que, a nuestro juicio debe ser parte integrante y principal del programa mínimo que proponemos al Bloque Popular, la rápida aprobación por el futuro parlamento del Estatuto Vasco, redactado por la sociedad de Estudios Vascos y votada por la mayoría del país.

Naturalmente, nosotros no creemos que con ello alcancen a sentirse totalmente satisfactorias las ansias de liberación de la población laboriosa de Euskadi; pero analizando que hoy la necesidad más perentoria es repeler la furiosa reacción del imperialismo español y concretando el Estatuto como  una de las premisas que han de posibilitar a Euskadi una libertad más completa, hemos aceptado la lucha por su aprobación como uno de los puntos en que podemos y debemos ser coincidentes  todas las fuerzas anti-fascistas que han de integrar el Bloque Popular.

La lucha por la liberación de los pueblos sometidos al yugo del imperialismo es uno de los principios que informan las actividades no ya solamente de muestro Partido Comunista de Euskadi, sino de toda la Internacional Comunista de la que formamos parte. Y siendo hoy el logro del Estatuto Vasco el único camino practicable por el que Euskadi pues avanzar hacia su total emancipación, en él pende de encontrar también la ayuda fraternal del Partido Comunista de España que, junto con nosotros ha de luchar contra el imperialismo español.

Nuestra actitud es, pues, de franco apoyo al Estatuto como ya lo declaramos explícitamente en nuestra resolución antes citada y lo hicimos patente con anterioridad en diversos actos y publicaciones.

Reciban nuestros saludos anti-imperialistas

Por el Comité Central

El Secretario

UNA ALIANZA Y SU JUSTIFICACION

El estallido de la Guerra Civil encontró al comunismo vasco dispuesto para la gran prueba. Posiblemente lo que sus dirigentes y militantes deseaban era, como en las demás zonas donde no triunfó el Alzamiento, librarse a la aplicación atropellada y radical de su programa, así como a la severa persecución de unos enemigos bien reconocibles y a los que venían señalando con el dedo desde anos a tras. Sin embargo, mordieron el freno y aunque algunos militantes cometieron excesos lamentables, sobre todo en Guipúzcoa, su conducta estuvo muy lejos de ajustarse a la línea seguida por sus correligionarios de Andalucía, Madrid o Cataluña, pongamos por caso. Y cuando se les llamó a la gran prueba —el ingreso en el Gobierno autónomo— dieron un disciplinado paso adelante, pese a que estaba claro lo poco lucido del papel que iban a desempeñar.

Esta política se mantendría hasta muchos años más tarde, y concretamente hasta el momento en el que, derrotadas militarmente las potencias del Eje y creyendo que la caída del general Franco era un hecho consumado, el Gobierno vasco en el exilio, respondiendo a las coordenadas de la Guerra Fría, excluyó de su seno a los comunistas.

Aunque desde su congreso constitucional el EPK incluía en su programa tesis nacionalistas tan claras como perfectamente determinadas, que recogían y ampliaban las adoptadas por la Internacional Comunista y el PCE, con la marcha de los acontecimientos bélicos no cabe la menor duda de que esa faceta se acentuó notablemente. El vasquismo dejo de ser —si es que lo había sido en algún momento— una mera figura dialéctica o efectista para convertirse en un sentimiento arraigado. Incluso se admitió en público, como mea culpa grave, la tardía adscripción a esta pauta política, y así José Altuna, muerto al mando de un batallón comunista en Asturias, escribió: Pero en autocritica bolchevique, si bien ahora comprendemos nuestro problema de emancipación de las nacionalidades, debemos reconocer nuestros errares anteriores, viendo-nos ciegos e incomprensores (sic) de esta aspiración de las masas laboriosas de Euzkadi. Pero estamos seguras de que al reconocer nuestras faltas y nuestras falsas posiciones pretéritas en vez de restarnos potencialidad nos acrecientan. Lo mas admirable, lo mas bolchevique, es reconocer las faltas y corregirlas a tiempo. Por esa ahora estamos con Euzkadi y luchamos por Euzkadi.

Naturalmente, el discurso nacionalista del EPK tenia sus matices y procuraba evitar enojosas confusiones con la doctrina de Sabino Arana, personaje al que prácticamente no se le cita nunca en la literatura comunista de la época.

Durante los meses en los que la guerra batió con sus furores al País Vasco, pese a alguna declaración como esta y alguna que otra actitud molesta, como la de pedir la nacionalización de las redes ferroviarias locales, o como sus tejemanejes en el Ejercito —tejemanejes que eran siempre mirados con gran alarma por el lendakari Aguirre— el EPK se porta bien. Los deseos del PNV de que se respetase la religión fueron asumidos por los comunistas eúskaros, cuyo órgano dijo, el 6 de febrero de 1937: Así mismo entendemos que son obligaciones del Frente Popular de Euzkadi... defender la libertad religiosa, guardando el máximo respeto para las creencias espirituales de nuestros conciudadanos, salvaguardando la integridad de las templos. Algo que hubiera sonado a paradoja siniestra en las vastas zonas de España en las que fueron les frente-populistas quienes prendieron fuego o saquearon recintos sagrados, pasando por las armas a sacerdotes, monjas y fieles las mas de las veces per el simple hecho de serlo.

Por lo que respecta a la tímida, casi nula, política social emprendida por el Gobierno autónomo, los comunistas adoptaron una actitud de lo mas comprensiva. Sabían perfectamente que el IS de julio había significado, desde ese punto de vista, apenas nada en Vizcaya, pero se lo callaron, hundiendo en la sombra su propio programa. Es mas, justificaron lo que estaba sucediendo, y así Astigarrabía comentó: La experiencia de lo ocurrida en otras regiones can requisas premeditados, con incautaciones desproporcionadas, con la suspensión radical de! signo monetario, can la abolición de los jornales, etc., se ha hecho ya evidente a los ojos de todos lo que el Partido Comunista ha venido repitiendo machacadamente siempre, esto es: que siendo necesario contar para la lucha contra la reacción y el fascismo con la pequeña burguesía propietaria, resulta abusivo y contraproducente el arrebatarle sus medios de trabajo, el hundirle su economía. Si el PC había predicado eso a nivel estatal, esta claro que, salvo en las zonas controladas por el Gobierno dc Euzkadi, no pasó de la teoría a la práctica en lugar alguno. La peculiarísima actitud de los comunistas eúskaros fue captada por los informadores franquistas, uno de los cuales, agente del SIM, mandó un análisis de la situación, desde Bilbao, en el que se hacía constar: El Gobierno vasco se lleva bien con los comunistas, con los que está de acuerdo en las bases principales dc defensa y aislamiento de la República de Euzkadi, pero muy mal con los socialistas a pesar de los esfuerzos de Prieto. El mando y el orden los tienen los vascos nacionalistas y son absolutamente perfectos. Los comunistas se portan con ellos coma perfectos caballeros.

 

UNA «PURGA» SONADA

Si los gubernamentales, y con ellos, claro esta, los comunistas ganan la guerra en el Norte las cosas hubiesen discurrido por otros cauces, pero al perder-se se buscaron chivos expiatorios, siendo señalados como tales los principales dirigentes del EPK, y a la cabeza de ellos Astigarrabía, quien al llegar a Santander, tras la caída de Bilbao, inició una larga y amarga singladura que le llevaría a perder su puesto en el Gobierno autónomo vasco, a ser cesado en la secretaria general que venía desempeñando en el EPK desde su fundación y, por último, a resultar expulsado de esta fuerza política. En el informe elevado al Comité Central del Partido Comunista de Euzkadi para estudiar las causas de la derrota en el frente vasco se dicen cosas terribles a propósito de Astigarrabía, Larrañaga, el tanto tiempo antes desaparecido Bullejos e incluso sobre Ormazábal. Este documento, excepcionalmente duro, en el que se lee que el EPK había acabado por convertirse en un cantón independiente y en el que se solicitaba, como primera medida de salud, el apartamiento de Astigarrabía de la secretaría general y del Gobierno, no es, por supuesto, el único que existe sobre los hechos. Hay otros, y así José Díaz declaró en el pleno del Comité Central del PCE, celebrado en Valencia en noviembre de 1937, que Astigarrabía había sido un prisionero del Gobierno autónomo que dirigían los jefes nacionalistas vascos, representantes de los grandes industriales, de los grandes capitalistas, de las bancos, etc. También ese mismo mes de noviembre, siempre en la capital del Turia, tuvo lugar la Conferencia de Activistas del EPK, cuya Comisión Nacional redactó un informe acusando al depuesto secretario general de haber luchado conscientemente contra la política del PC de España y su Comité Central, del cual forma parte.

El papel de Astigarrabía como consejero del Gobierno autónomo fue, desde luego, una de las razones mas pretextadas para declararle oficialmente traidor. Y traidor con un acento propio: haberse pasado con armas y bagajes al nacionalismo vasco, convirtiéndose así, a los efectos, en una simple prolongación tenida de rojo de la corriente abertzale, de la cual era a la sazón el principal y casi único representante el PNV. El periodista soviético Mijail Kolstov, que debió ser bastante más que un periodista a juzgar por sus escritos, estuvo en Bilbao en junio de 1937 y dice, al hablar de Astigarrabía, al que califica de dictador, que había desarrollado una doctrina de acuerdo con la cual el EPK no formaba parte del PCE, sino que mantenía con este último tan sólo relaciones fraternales y en pie. de igualdad y de autonomía, añadiendo: Tales hechos y toda la atmósfera son preocupantes. El Comité Central ha enviado a un representante oficial que llegó aquí con grandes dificultades y riesgos. Astigarrabía lo recibió con abierta hostilidad, más exacto sería decir que no lo recibió y no le registró en ningún sitio donde comer, alegando que en Bilbao no había comida. Este representante vive y come con los soldados comunistas y ha establecido sus contactos con la organización del partido eludiendo a su secretario.

El representante en cuestión no era otro que Enrique Castro Delgado, ya citado, quien mucho años más tarde, cuando se encontraba desengañado del comunismo, rememoró aquel viaje confeccionando, a propósito de Astigarrabía, un relato que ilustra, en primera persona, lo que Kolstov denunciaba. Nos dice Castro que viajó a Vizcaya con el exclusivo objeto de transmitirle al líder del EPK una serie de órdenes del Comité Central del PCE, entre las que figuraban las siguientes: abandonar y denunciar la política del Gobierno vasco a menos que se consiguiese un movilización popular, obtener la unidad de todas las milicias, plantear una resistencia generalizada frente al enemigo y como postrer recurso, si así y todo este último vencía, destruir las industrias vizcaínas para que no cayeran intactas en sus manos. Antes de entrevistarse con Astigarrabía, el enviado de Madrid manifestó ante el general Goriev y el cónsul soviético en Bilbao que aquel era un incondicional de Aguirre, que ha convertido al partido en un apéndice del PNV.

Convocado el Comité Central del EPK en presencia de los dos hombres, el que iba a hacer de acusador y el que tendría que pechar con el papel de acusado, surgió en el acto el primer incidente cuando Astigarrabía no quiso presidir la sesión alegando haberse acabado la independencia de su grupo. Así y todo Castro expuso las denuncias, que fueron respaldadas por Monzón, Larrañaga, Ormazábal y Cristóbal Errandonea, sin que Astigarrabía se doblegara. Antes por el contrario abandonó la sala diciendo: No estay de acuerdo... dimitir es un crimen... Provocar la crisis en el Gobierno es un error,., Aparte de esto el PC dc Euzkadi tiene el derecho de seguir la política que crea más conveniente sin supeditarse al Buró Político del PC de España, que ignora los problemas de nuestro país. Esta actitud confirmó a Castro en la teoría de que si Astigarrabía no había declarado la independencia de su grupo fue tan sólo porque carecía de fuerza para ello y porque estaba convencido de que si daba ese paso no sería apoyado por la Internacional.

Posiblemente el secretario general del EPK, vasco leal, como lo define Hugh Thomas, hizo causa común constantemente con los nacionalistas vascos, según este autor, no porque estuviera cerca de las tesis del PNV —que no compartía ni podía compartir en modo alguno, entre otras razones porque las había asumido y apostatado luego— sino porque le llegaban a su alma de vasco, que, a menudo, se sobreponía a la praxis comunista. Un espinoso tema sobre el que Manuel Irujo dijo lapidariamente: Los comunistas son hombres de consigna, no de conciencia. En Astigarrabía, en algún momento, la conciencia se sobrepuso a la consigna. Y Aguirre pensaba lo mismo.

La influencia que el presidente vasco, tal vez sin saberlo, ejercía en Astigarrabía y por extensión en el EPK abortó, de creer al líder ácrata García Oliver, un plan acariciado por el a la sazón primer ministro, Largo Caballero, para neutralizar al Gobierno vasco, que por tantas razones le resultaba incómodo. Largo Caballero le dijo a García Oliver, que desempeñaba la cartera de Justicia en su gabinete, que, con vistas a esa operación, hablase con Galo Díaz, quien por proceder de Guipúzcoa conocía muy bien Euskalerría, así como con algún socialista de confianza. Galo manifestó que el proyecto no era viable al estar la mayor parte de las milicias en manos de los nacionalistas y no poderse contar para un plan de la especie con los comunistas, por lo que aun coaligados cenetistas, ugetistas, aeneuvistas y socialistas sería una invitación al suicidio tratar de neutralizar a Aguirre, corriendo el riesgo de provocar otra guerra civil, con la consiguiente ruptura de los frentes. Ni que decir tiene, el plan fue abandonado.

Es evidente, pues, que la línea seguida por el secretario general del EPK no gustaba en amplias capas de su partido, tanto a nivel vasco como en el plano estatal, pero también resulta indudable que poco se hizo para corregirla. Las presiones podrían haber sido muy fuertes, pero no tuvieron lugar, y en vez de eso, durante el periodo en el que la guerra se desarrolló en tierras de Euskalerría, los dirigentes del PCE se limitaron a sacarle jugo político a la colaboración de sus correligionarios vascos con los católicos. A Astigarrabía no le denunció nadie cuando hubiera sido el momento justo para hacerlo y solo cayeron sobre él las furias desatadas en un momento en el que las consecuencias —supuestas o reales— de su conducta eran ya irremediables. Por cierto que si todos le acusaron a él como responsable máximo, no fue unánime la opinión sobre quien ocupaba la lugartenencia en ese pesado privilegio. Dolores Ibárruri habla de Urondo, mientras que otros citan a Larrañaga.

Caso realmente excepcional, dado el extremismo de la época y la gravísima naturaleza de los cargos que se le imputaban, Astigarrabía consiguió salvar la piel. En Barcelona estaba tan desesperado y veía la muerte tan de cerca que para encontrar un fin algo mas digno que el del paseo, víctima de sus propios correligionarios, le pidió a José Antonio Aguirre, exiliado también en la Ciudad Condal, que le consiguiera permiso para tripular un torpedo suicida. Pero el lendakari lo que hizo fue advertirle a Irujo quien tras ponerlo a buen recaudo en un local situado bajo el patrocinio de la Embajada británica, les facilitó el paso de la frontera a él y a su esposa, bajo identidades falsas. Al producirse la invasión de Francia por los alemanes tomó un barco en Marsella, que le condujo a Panamá, y en este país pasaría veinte anos trabajando primero como carpintero y regentando después un pequeño comercio familiar. El triunfo de la revolución castrista le condujo a La Habana donde desempeñó distintos cargos: profesor en la Universidad Militar, instructor del contraespionaje y asesor del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Jubilado en 1974, en 1982 regresó a España. Precisamente el ano de su jubilación volvió a formar parte del Comité Central del EPK datando de la década de los sesenta su reingreso en el PCE. De nuevo en Euskalerría apoyó la convergencia del sector del EPK, liderado por Roberto Lerchundi, con la coalición Euskadiko Ezkerra lo que iba a significar, de hecho, un nuevo y definitivo apartamiento del Partido Comunista de Euzkadi que, encabezado ahora por Ramón Ormazábal, se opuso a la fusión de las dos formaciones políticas.

  

JESUS LARRAÑAGA

Entre las figuras del comunismo vasco pocas tan notables, sobre todo a lo largo del periodo bélico, como la de Jesús Larrañaga Churruca. Antiguo seminarista y durante algún tiempo militante del PNV, se afilió al PC en 1926 formando parte del grupo guipuzcoano que tan gran peso tendría en el desarrollo del movimiento comunista, en España. Elegido miembro del Comité Central, en 1932, viajó con varios de sus camaradas a Moscú para explicar la conducta de Bullejos, anterior secretario general del partido, que acababa de ser fulminado. Candidato a las elecciones de febrero de 1936, por el Frente Popular, no fue elegido.

Al estallar la guerra y sublevarse la guarnición de San Sebastián, participo en el asalto al Hotel María Cristina y, mas tarde, en la lucha contra quienes se habían hecho fuertes en los cuarteles de Loyola. Comisario de Guerra de la Junta de Defensa de Guipúzcoa, peleó en las trincheras de Hernani y en los parapetos de la Puntxa y Behovia, aunque igual-mente asumid un triste protagonismo en la retaguardia, habiendo sido —al parecer— el responsable de bastantes paseos, entre ellos el del coronel Carrasco Amilibia.

Hombre que quienes le conocieron describen como enérgico, dinámico e inteligente, dueño de una enorme vitalidad, orador fácil, sin complejos y de una fe firme ahondada durante el tiempo en el que fue alumno de la famosa Escuela Leninista, de Moscú, como comisario de Guerra participo en los esfuerzos -fracasados- por frenar la progresión enemiga y en los mas exitosos por obtener un cierto grado de organización y de percusión de las milicias. Mando el batallón Rosa Luxemburgo y luego el que lleva su nombre. Al frente del batallón Meabe participo en la primera expedición vasca a Asturias, lo que le serviría para incrementar sus conocimientos militares y su popularidad. En noviembre de 1936 fue distinguido con el ascenso a comisario inspector de brigada, el máximo grado a la sazón del Cuerpo de Comisarios, lo que no dejó de acarrearle problemas, ya que el Gobierno vasco se negaba a reconocer la existencia de comisarios en su Ejército.

Después de la segunda expedición vasca a Asturias tomo parte muy activa en la campana de Vizcaya, y al aproximarse la caída de Bilbao protagonizó un rudo choque con el jefe de la 5ª División, el nacionalista Pablo Beldarrain, ya que 6ste quiso impedir que los dinamiteros aplicasen el plan de destrucción aprobado por la superioridad, en tanto que Larrañaga era partidario de cumplirlo.

La catástrofe sufrida por las armas republicanas en Vizcaya tuvo como directa consecuencia una severa autocritica y purgas en el interior del aparato comunista vasco, que afectó también a nuestro hombre. Algo que habría de reflejarse en su trayectoria militar, ya que, coincidiendo con estos hechos, en agosto de 1937 fue nombrado comisario generaldel Ejercito del Norte, desposeído del cargo, confirmado en el mismo y vuelto a causar baja, borrándosele además del Cuerpo de Comisarios. Todo ello en pocos días. Sin embargo, y contrariamente a lo sucedido con Juan Astigarrabía, no desapareció de la escena. Antes per el contrario le vemos participar en la ultima singladura de la resistencia asturiana, habiendo pasado a la historia de aquellos días por su heroica defensa de Cabezón de la Sal, al frente de una brigada vasca, manteniendo las posiciones -en condiciones muy difíciles- durante cuarenta y ocho horas, lo que dio tiempo a que se pusieran a salvo otras fuerzas. También es de destacar su papel en la batalla del Mazuco después de escaparse del hospital en el que convalecía de las heridas sufridas en Potes, el 2 de septiembre.

 Hundido el frente del Norte (abandonó Gijón el ultimo día, horas antes de la entrada de las tropas nacionales), aún combatid en Levante hasta que, hecho prisionero en Alicante, fue recluido en el campo de concentración de Albatera, del que conseguiría escapar, huyendo a Francia vía Bilbao. Desde La Habana, a donde había ido a parar, regresó a España con el propósito de reorganizar el partido. Capturado en Madrid a causa de una delación, afrontó la muerte el 21 de enero de 1942 en la cárcel de Porlier, al lado de su correligionario y paisano Asarta, cantando un zortziko en evocación de su madre.

El comandante Sanjuán, que trabajó con el en tiempos de la guerra en Guipúzcoa, dice de Larrañaga que era muy popular y querido de las gentes del pueblo. Era muy inteligente, valiente y de buenos sentimientos, aunque a veces no podía vencer la fuerte presión que sobre el ejercían sus camaradas de partido. A este ultimo punto alude otro de quienes le trataron, Manuel Chiapuso, al señalar que la disciplina marxista le imponía determina-das labores y las ejecutaba lealmente. Por su parte, Ramón Salas Larrazábal, le define como el más famoso de los jefes militares surgidas de las milicias del Norte de España.

El partido Euskadiko Ezkerra se apropió, en cierta manera, de esta notable figura del comunismo vasco al insertar, con motivo de los cuarenta años de su fusilamiento, una esquela alusiva a ese acontecimiento.

  

MANUEL CRISTOBAL ERRANDONEA

Personaje tan conocido como Larrañaga fue durante la guerra el también guipuzcoano Manuel Cristóbal Errandonea, a quien suele conocérsele por Cristóbal, pensándose, además, que ese era su nombre de pila cuando se trata del primer apellido. Miembro del EPK, aunque, al contrario que Larrañaga, no formaba parte de la cúspide, sine de la base, en los primeros mementos del conflicto se batió en la columna del teniente de Carabineros Antonio Ortega, que en la zona del Bidasoa hizo frente a las fuerzas navarras. Destacó pronto tanto por su valor como por la capacidad que poseía para organizar a los hombres, infundirles moral y dirigirles en el combate. En sus éxitos iniciales en ese teatro de operaciones influyó sin duda su muy especial conocimiento del terreno, ya que aunque al estallar la guerra era taxista con parada en la estación de Irún, antes había ejercido de contrabandista e incluso es posible que alternase ambas funciones. En Guipúzcoa mando uno de los grupos de la columna Thaelmann, forjadora de varios de los futuros batallones de Euzkadi contando, durante esa etapa, con la ayuda de dos militares profesionales, los tenientes de Carabineros Gómez y Margaride.

Ascendido a mayor de milicias, al constituirse el Cuerpo dc Ejercito vasco recibid el mando de la 6ª Brigada, perteneciente a la 2ª División, de la que era jefe el coronel Vidal Munárriz. Tomó parte con esa unidad en la campaña de Vizcaya hasta que, tras la caída de Bilbao, sustituyó al internacionalista Ninno Nanctti al frente de la 2ª División, aunque provisionalmente se hizo cargo de la misma Victor Frutos, pues Cristóbal no se había recuperado todavía de las heridas que recibiera en acción, poco antes.

A mediados de julio, ya curado, relevó a Frutos, aunque muy pronto dejo ese puesto para asumir el mando de la 49- División, una de las que componían el XIV Cuerpo de Ejército (vasco) del reorganizado Ejercito del Norte. Paso sin pena ni gloria por los frentes santanderinos, recobrando verdor sus laureles en Asturias, donde, en palabras de Salas Larrazábal, su división y la de Recalde lucharon duramente, cediendo el terreno palmo a palmo, después de enconada resistencia de la que da idea el hecho de que los diez kilómetros escasos que separan Llanes de Posadas tardaron en recorrerlas las brillantes tropas de Valiño y Alonso Vega trece largos días.

Curiosamente, algo explicable por la tensión y el desgaste que a veces la guerra causa en los ánimos mas templados, el 8 de septiembre Cristóbal se dejo envolver por una desbandada general en la que tomo parte.

Evacuado del Norte, fue jefe de la 50- División, que se encontraba en formación en Cataluña como parte del nuevo XIV Cuerpo dc Ejército, que no llegaría a concretarse, pasando luego al mando de la 25-Divisidn y mas tarde al del XXI Cuerpo de Ejército. Ascendido a teniente coronel, tomo parte en las operaciones de Levante, permaneciendo en aquella zona hasta el final de la contienda. Preso de los nacionales logró escapar a Francia, donde se nos pierde su pista, aunque no cabe duda alguna de que continuaba ligado a las actividades partidistas, puesto que en 1947, como miembro del Comité Central del PCE, era a la sazón el militante del EPK con la mas alta jerarquía en el partido a nivel estatal. En 1945, ascendió todavía más al ingresar en el Buro Político del PCE, donde ya se encontraban dos de sus paisanos: Dolores Ibarruri y Vicente Uribe.

Dos años más tarde, aprovechando una reorganización del citado Buró, fue sustituido por otro comunista vasco, Sebastián Zapirain, recién salido de la cárcel. Murió en Paris, victima de una dolorosa enfermedad, dándose la circunstancia de que le acogió y asistió una familia vasca de ideas franquistas.

El que fuera jefe del Estado Mayor del Norte, Francisco Ciutat, me dijo que Cristóbal fue, junto con Modesto y Toral, el mejor oficial salido de la cantera miliciana con que contó la República. Por su parte el comandante Antonio Sanjuán, que le califica de paisano, chaufer y contrabandista, antes de la guerra, y hombre que había de llegar muy pronto a popularizarse por su entusiasmo y gran espíritu, añade estos datos: Tenía gran intuición de guerrillero. Consiguió destacar como tal en los primeros tiempos. No muy alto, pero fuerte, de cara infantil y con la sonrisa siempre en los labios. Era comunista, valiente y honrado.

[1] Al objeto de distinguir al Partido Comunista de Euzkadi del Partido Comunista de España emplearé, para citar al primero, sus siglas euskéricas, EPK, y, al segundo, las castellanas, PCE. En el periodo que va desde la fundación del PCE al nacimiento del EPK, recurro a las siglas PC, sin más.