Las hijas (olvidadas) de la revolución francesa

MUJERES REVOLUCIONARIAS
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¿Puede el hombre ser libre si la mujer es esclava?         Percy B. Shelley

 

Aunque sus orígenes se remontan cuanto menos a la Grecia clásica, se puede decir que el feminismo tal como lo entendemos hoy día, como la mayor parte de las grandes ideas modernas, comienza a cobrar forma en el interior del largo proceso de la revolución democrático burguesa, y lo hará en contra de la mayor parte de sus notables protagonistas masculinos que se mostraran contrarios a equiparar los derechos de la mujer a los del hombre libre y propietario. Un caso ejemplar fue el de John Adams, segundo presi­dente de los Estados Unidos y uno de los redactores de la De­claración de Independencia. A pesar de su radicalismo, Adams tomó a broma la pretensión de su señora, Abigail Smith Adams (1744-1818), cuando ésta trató en una serie de cartas de persua­dirle que incluyera los derechos de la mujer al redactar las le­yes del Estado más democrático del mundo entonces. En frente suya tenía alo tan poderoso como la tradición judeo-cristiana, especialmente reaccionaria en este aspecto como lo había sido con la cuestión de la esclavitud, que para algunos aparecía perfectamente justificada en la Biblia (1).

 

Las primeras feministas que enfocan la posibilidad de una natural equiparación entre ambos sexos surgirán du­rante la revolución puritana que inicia dicho proceso y pone la primera piedra de la Inglaterra moderna que servirá como modelo para los regímenes democráticos ulteriores. Los puritanos hirieron de muerte a la monarquía absoluta y afirmaron el derecho de los contribuyentes a elegir a sus representantes políticos. También establecieron la capaci­dad de cada individuo de entenderse directamente con Dios sin necesidad del Vaticano. Pero no admitieron para la mujer otra igualdad que la de rezar a Dios, pero con la condición de mantener un papel subalterno en la institución eclesiástica, no muy diferente a la que se le atribuía en el hogar, un terreno en el que más de dos siglos de feminismo no han sido suficientes para introducir cambios significativos.

 

Mucho más allá fueron los ilustrados, dentro de los cua­les surgieron nombres como el de Condorcet, que llega, casi en solitario, a defender en 1788 (en su obra Ensayo sobre la Constitución de las Asambleas Provinciales) el derecho de la mujer a tener una participación en la política en pie de igualdad con el hombre, derecho que no se hará reali­dad sino casi siglo y medio más tarde. Condorcet piensa que una segregación de la mujer sería una injusticia contra­ria a la razón, porque ellas poseen en común con el hom­bre «la cualidad de seres razonables y sensibles». A los que aducen falta de instrucción e inteligencia, de debilidad fí­sica de la mujer, Condorcet les responde: “...¿Acaso no hay muchos representantes populares que carecen de los mismos, a su vez? El buen senti­do y los principios republicanos excluyen cualquier distinción entre hombres y mujeres a este respecto. La principal objeción, repetida por todos, es que abriendo a la mujer la vida política la distraemos de la atención de la familia. El argumento carece de fundamentos. Ante todo no se refiere sino a las mujeres casadas, y no todas lo son. En segundo lugar, haría falta, por esta misma razón, prohibir a las mujeres el ejercicio de cualquier profesión manual o del co­mercio”.

 

Pero la voz de Condorcet clamaba en el desierto, y la pre­sión antifeminista calará hasta los hombres más ilustres de la época sin exceptuar a los más radicales y avanzados de la Gran Revolución como el semianarquista Sylvain Maréchal, compañero de Babeuf en la insurrección de los Iguales y que se oponía a los derechos de la mujer. No obstante, las ideas de Condorcet serán retomadas por al­gunas de las mujeres que en masa habían sido, en pa­labras de Michelet, la «vanguardia de la revolución, en con­creto por la líder girondina Madame Roland, por la en­râge Claire Lacombe y sobre todo, por Olimpia de Gou­ges que será la inmortal autora de la primera Declaración de los Derechos de la mujer y la Ciudadana que proclama, entre otras cosas: “Art. 1º. La mujer nace libre y permanece igual al hombre en sus derechos. Las distinciones sociales no pueden ser basadas sino en la utilidad común (...)Art. 4º. El ejercicio de los derechos naturales de la mujer, no tienen más límites que los que la perpetua tiranía del hombre le ha impuesto. Estos límites de­ben de ser reformados por las leyes de la naturaleza y la razón (...) Art. 6º. La ley debe de ser la expresión de la volun­tad general: todas las ciudadanas y todos los ciuda­danos deben concurrir personalmente y por interme­dio de sus representantes a su formación (...) Art. 13º. Para el mantenimiento de las fuerzas pú­blicas y para los gastos de la administración los tri­butos de hombres y mujeres son iguales; ésta par­ticipa en todos los servicios y todas las labores peno­sas; debe tener pues, la misma parte en la distribu­ción de los puestos, de los empleos, de los cargos, de la dignidad y de la industria”.

 

Vale la pena decir cuatro cosas sobre estas tres mujeres, comenzando por Mme. Roland, cuyo nombre de soltera era Jean-Marie de Philipon, estaba casada con un ilustrado que era el doble mayor que ella. En este matrimonio el hombre fue el astro menor, tanto que él no pudo sobrevivir la muerte de ella y se suicidó.Antes de la revolución de 1789, la casa de los Roland fue uno de los centros de la oposición democrática parisina. Durante el transcurso de ésta, ambos militaron en el partido de la Lla­nura, dentro del cual Mme. Roland descolló particularmente. Sus ideales feministas pueden parecer actualmente como mo­derados; Mme. Roland creía que la mujer no se encontraba todavía preparada para ocupar cargos políticos y de momento se trataba de hacer propaganda por sus derechos. Michelet vio en ella la mujer radical típica del siglo. Por sus actividades fue condenada por un Tribunal Revolucionario jacobino que le acusó de haber “pervertido”a su marido. Tenía treinta y nue­ve años, y una vez delante del verdugo Sansón, exclamó con­templando una estatua de la Libertad: “...¡Oh, Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nom­bre”.

 

En cuanto Claire Lacombe, perteneció a una de las tendencias más ra­dicales de la revolución. Alejandra Kollontai la llamó “capitana de los arrabales de París” y destaca su capacidad como oradora y su ferviente republicanismo. Fue una de las animadoras del “Club de ciudadanas revolucionarias” y participó desde sus posiciones jacobinas en la mayoría de los grandes acontecimien­tos revolucionarios. Alejandra Kollöntai concluye su retrato di­ciendo: “Rosa Lacombe fue una mujer que se entregó con alma y vida a la revolución y al mismo tiempo comprendió que las necesidades de las proletarias, sus exigencias y preocupaciones tenían que ser una parte integrante e inseparable del movi­miento de trabajadores que comenzaba. No exigía derechos especiales para las mujeres, pero las zarandeabas para desper­tarlas y les invitaba a defender sus intereses como miembros de la clase trabajadora...".

 

Mucho más recordada es Olympia de Gouges que se llamaba en realidad Marie Gouze y había nacido en 1748 -y no en 1755 como diría ante el Tribunal Revolucionario que la juzgó-, en Montauban. Su madre era una aventajada modista y su padre comerciante, pero ella siempre presumió de un origen mucho más ilustre. Llegó muy joven a París y llevó una vida bastante aventurera. Se sabe que se casó en 1765 con un oficial de Intendencia y que tuvo un hijo, pero su vida libre le separó de su marido. Tuvo numerosos amantes (entre ellos el novelista roussoniano y libertino Restif de la Bre­tonne al que el lector/a quizás recuerde con el rostro de Jean-Louis Barrault en la película La noche de Varennes, de Ettore Scola) y ganó una gran fama como mujer ambiciosa. Asistió con entusiasmo a los primeros tiempos de la revolución que decía que había esperado durante 15 años. Republicana y feminista apasionada, Olimpie no pudo soportar los efectos del terror jacobino. Opinó delante de éstos que no se acababa la monar­quía haciendo un mártir del rey y estas palabras la llevaron a la guillotina. Escribió varias obras de teatro, pero ninguna de ellas mereció, al parecer, el reconocimiento de la posteridad.

 

Esta audaces feministas vivieron intensamente pues los momentos del auge revolucionario y murió descabezada con la degeneración de la revolución. Representó un adelanto excepcional de las grandes luchas feministas del siglo XX y reflejó la incapaci­dad del modelo más avanzado de revolución burguesa -para integrar los derechos de la mujer.

 

Desde el punto de vista individual sobresalieron muy particularmente dos mujeres de gran personalidad en este período previo, contemporá­neo e inmediatamente posterior a la Gran Revolución Fran­cesa. Se tratasobre todo de Mary Wollstonecraft, y en menor grado de Fanny Wrigth, y ambas serían las principales pioneras de los movimientos fe­ministas inglés y norteamericano y que estarían vinculadas a dos de los principales representantes del protosocialis­mo: William Godwin y Robert Owen. Se puede decir que tanto la una como la otra mantuvieron ideas claras a favor de la igualdad social.

 

Dos años antes de fallecer Mary Wollstonecraft nacía Frances (llamada Fanny) Wright, hija de escoceses, educa­da en Inglaterra por unos parientes liberales pertenecien­tes a la aristocracia y que sería la principal discípula del gran protosocialista británico Robert Owen y esposa de su hijo. Cuando era muy joven Fanny estudió con un gran interés la historia de la revolución norteamericana de 1776, y siendo todavía una muchacha -pero poseedora de una notable fortuna personal- se trasladó al Nuevo Mundo.

 

La joven demócrata hizo amistad con el internaciona­lista francés Lafayette -que por cierto, también fue ami­go de Mary Wollstonecraft- y conoció a Jefferson, Adams y otros líderes de la revolución que tanto admiraba. Esta admiración no le impidió ir más lejos que todos ellos con una cuestión que no habían tenido muy en cuenta: la li­beración de los esclavos negros. Después de haber protagonizado algunos actos de carácter antirracistas, regresó junto a Lafayette a Europa, donde entró en contacto con las incipientes ideas socialistas, especialmente con el owenismo cuyo fundador soñaba con crear en Norteamérica una comunidad indus­trial basada en el comunismo. Prendida por esta idea, Mary vuelve en 1824 a los Esta­dos Unidos, y poco después se decide a vivir junto pero libremente con Robert Dale Owen. Junto con él promueve el periódico New Harmony Gazette y participa en la co­munidad de Nueva Armonía, que fracasará poco más tar­de. En Nueva York, funda el Free Enquirer en la misma línea y toma parte de la New York society for Prometing Communities, un grupo prosocialista en el que militaron los principales componentes del owenismo norteamericano, Cornelius C. Blatchely, Williarn Masclure, Paul Brown y Josiah Warren, que más tarde será un notorio anarcoin­dividualista. Fanny imprimió al grupo un carácter más ac­tivista y sobre todo un cariz más feminista, llegando el grupo a asumir la reivindicación del control de la nata­lidad.

 

Individualmente Frances sobresalió sobre todo como una gran agitadora de masas, desplegando sus actividades como conferenciante de punta a punta del Estado haciéndose fa­mosa y con ello, amada y odiada. En sus discursos Fran­ces trataba con vehemencia tres cuestiones centrales: la igualdad racial, la libertades de la mujer y los derechos sindicales de los obreros, estableciendo constantemente una Simetría entre ellos. En uno de los actos que protagonizó, afirmó: “Existe una vulgar creencia de. que la ignorancia de la mujer, al favorecer su subordinación, asegura su utilidad. Se trata de la misma teoría que escriben en los regímenes aristocrático los pocos que gobiernan frente a los muchos subordinados, en la democracia, los ricos frente a los pobres; y en todos los países los profesionales cultos frente al pueblo.

 

Su ideario feminista era en gran medida deudor del de Mary Wollstonecraft, no aporta nada nuevo, pero lo hizo conocer entre las muchedumbres que le escuchaban. En sus discursos se dirige habitualmente a los asistentes llamán­doles la atención sobre la escasa presencia de mujeres en la sala y explica que éstas se encuentran maniatadas por las leyes y las costumbres. Se dirige a los hombres, cla­mando: “Maridos y padres, pero es que no os dais cuenta de este hecho! ¿No comprendéis que la esclavitud de vuestras esposas y bellas mujeres os tiene cautiva­dos a vosotros? ¿Sois capaces de disfrutar de vues­tra imaginada libertad sin importaros que vuestras mujeres sean siervas mentales? ¡Sois capaces de dis­frutar de los diversos aspectos del saber e imaginar que las mujeres engañadas e incultas son mejores sir­vientes y unos juguetes más fáciles?”.

 

El progreso humano, dirá en otra ocasión, no avanzará sino muy despacio con la opresión de la mujer, opresión en la que no cree que el hombre podía estar interesado. El hombre no gana nada manteniendo a la otra mitad de la humanidad tonta y empobrecida, ganará por el contrario, haciéndola copartícipe en la igualdad más plena.

 

Con el tiempo, Francesc fue radicalizando sus posicio­nes que, como en el caso de Mary Wollstonecraft, no logró hacer vivir a través de un movimiento aunque sí sembrar la semilla para que éste surgiera años más tarde. Tomó par­tido a favor de los primeros sindicatos obreros norteame­ricanos que eran bastante radicales y en 1830 habló de que la sociedad capitalista se basaba en una “guerra de cla­ses”.

 

Frances murió en 1852 sin haber cejado en su militancia soli­taria salvo en los últimos meses de su apasionante exis­tencia. La reacción conservadora la trató muy duramente, siendo calificada despectivamente, entre otras cosas de “ra­mera roja de infidelidad”,pero la que perdurará serán pa­labras como las que le dedicó otra avanzada y activa fe­minista y antirracista norteamericana, Ernestine L. Rosse:“Francesc Wright fue la primera mujer que habló de igualdad de los sexos en este país. La tarea que tenía ante sí era ciertamente ardua. El ambiente no estaba en absoluto preparado para ello. Tenía que empezar por romper el muro del conservadurismo, tan endurecido por el tiempo, y su recompensa era previsible -la misma recompensa que se otorga a los que constituyen la vanguardia de cualquier movi­miento. Fue objeto del odio, de la calumnia, de la persecución, por partir de la gente. Pero eso no fue lo único que recibió. ¡Ah!, tuvo también el premio -un premio que ningún enemigo podía arrebatarle que ningún calumniador podía desprestigiar-, el eter­no premio de saber que había cumplido su deber; el premio que supone el tener la conciencia tranquila; el premio de saber qué había tratado de beneficiar a las generaciones futuras...”

 

Nota

 

-- (1). “En el mundo moderno, muchos cristianos se han inclinado a adjudicar la mayor parte de sus críticas, no sólo por la actitud enfermiza ante el sexo, sino también por el sometimiento de las esposas a sus maridos en el pensamiento y la práctica del cristianismo primitivo, a la peculiar psicología de san Pablo, quien, naturalmente, se habría visto profundamente influido por su piadosa educación judía (sobre la cual, véase Hechos, XXII.3), y concebible también por el hecho de que en Tarso, su ciudad natal, las mujeres llevaban velo en público (Dión Crisós­tomo, XXXIII.48-49). Debo dejar bien claro, por lo tanto, que, en realidad, el sometimiento de la mujer al marido formaba parte de la herencia recibida por el cristianismo del judaísmo, incluyendo necesariamente (como veremos) una abso­luta concepción del dominio del marido, que realmente intensificó el cristianismo. Se trata de una cuestión muy importante sobre la que hay que hacer hincapié. En los días que corren, en que la mayoría de los cristianos veneran el Antiguo Testamento mucho menos de lo que lo hacía la iglesia primitiva, y ya nadie, como no sean los fundamentalistas más ignorantes y beatos, se toma en serio y literalmente los primeros capítulos del Génesis, tal vez tengamos que hacer un gran esfuerzo para acordarnos de tres rasgos que aparecen en el relato de la creación del hombre y la mujer, y de la “Caída” y sus consecuencias, que hace el Génesis, 11-111, y que los cristianos mas ilustrados prefieren muchas veces olvidar. 1. En primer lugar, y ello es de la mayor importancia por su influencia práctica en el matrimonio cristiano, tenemos el hecho de que, en Gén., 111.16, el propio Dios proclama la autoridad o señorío del marido sobre la mujer. En el paganismo griego y romano no existía ninguna sanción religiosa de ese estilo del dominio del varón…Un pasaje de Josefo nos hace ver explícitamente la inferioridad de la mujer respecto al marido «en todos los aspectos», según la Ley judía. «Así, que esté sometida [hypakouetis] , no para humillarla, sino para que se la pueda contro­lar [archetall, pues Dios le dio el poder [kratos] al marido» (C. Apión, 11.201). Se sospecha de la existencia de alguna interpolación, pero, en cualquier caso, este pasaje constituye una buena descripción de la situación de la casada judía del siglo I (véase, e.g. , Baron, SRHJ, 112.236). Filón utiliza un lenguaje más fuerte que el de Josefo: en Hypoth, 7.3, dice que en la ley judía, “por su opinión de que ­tienen que rendir obediencia en todos los terrenos», las casadas han de «ser esclavas» de sus maridos, y utiliza e mismísimo verbo ouleuein. Creo que debe­ría aprovechar esta oportunidad para mencionar simplemente un pasaje de lo más desagradable de Filón, en el que justifica el que los esenios se abstuvieran del matrimonio basándose en que las esposas son desagradables por muchos motivos, así como una fuente de corrupción. Me freno para no reproducir su invectiva: Hypoth. , 11.14.17…” (G.E.M. de Ste Croix, La lucha de clases en el mundo antiguo griego, ed. citada, p. 132).



Pepe Gutiérrez-Álvarez (para Kaos en la Red) [19.12.2006