Bolivarismo y marxismo, un compromiso con lo imposible

el marxismo a debate
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x Comandante Jesús Santrich | Rebelión

¡Lo imposible es lo que nosotros tenemos que hacer, porque de lo posible se encargan los demás todos los días!
BOLÍVAR.

Continuaremos luchando por construir para Colombia, un Estado justo que avance hacia la igualdad social y no que profundice los abismos entre pobres y ricos, como el actual. Por alcanzar un sistema social acorde con las realidades del siglo XXI, que reivindique nuestras mejores tradiciones, valores y riquezas, que mantenga viva la dignidad de nuestro pueblo por la autodeterminación y contra la injerencia imperial, por la justicia, la solidaridad latinoamericana y la vigencia del ideario bolivariano de alcanzar para nuestros pueblos la mayor suma de felicidad posible.
Del Manifiesto Político de las FARC-EP.

Novena Conferencia Nacional de Guerrilleros.

Montañas de Colombia, enero de 2007.

Utopía en el plano de la praxis
El fenómeno mundial del capitalismo, para ser superado de manera definitiva, mirando hacia el horizonte de la utopía comunista, tendrá que chocar con un fenómeno de revolución socialista de alcance mundial que –con seguridad- irá, como diría Lenin, rompiendo con la cadena imperialistas por los eslabones más débiles. En todo caso, de la realidad, de nuestra propia historia y circunstancia, ha de nutrirse el marxismo siempre auscultando en cada rincón del tiempo y el espacio para visualizar la marcha de la sociedad, influyendo en ella, transformándola, sin quedarnos esperando a que las condiciones nos caigan de los cielos.
Es la utopía esencia de los marxistas, como es esencia también la búsqueda selectiva de las “estructuras significativas”, el rescate para la ciencia social y para la práctica revolucionaria del vigor de la visión del conjunto, en el tránsito de su imponderable destino de renovación constante; como método y guía para la acción, su búsqueda deberá indagar en el fenómeno, en la lógica de su movimiento, entendiendo que ninguna categoría, incluso ninguna ley del desarrollo social, es evidente por sí misma; ninguna verdad de ninguna categoría está propiamente en la cabeza de cada hombre por genial que sea, sino en las profundidades, en la superficialidad y en las exteriorizaciones del fenómeno como conjunto, mirándolo de manera dialéctica; es decir, con el examen de las relaciones humanas, por ejemplo, en la sociedad como totalidad que evoluciona en el ritmo de las contradicciones.

Deben tener los marxistas en la utopía un componente esencia de la conciencia, impulsando la acción de las masas, con el convencimiento de que un movimiento revolucionario, donde quiera se geste no puede llamarse tal, si carece de ese componente que se traduce en el esfuerzo imbatible hacia el cambio que se muestra como “imposible”.

Pero es desde la base de la realidad desde donde deberá seguir alzando su vuelo la utopía, el deber ser de la humanidad, el mundo que querríamos como otro mundo posible; es decir, parafraseando a Bolívar, la búsqueda de lo “imposible” mientras de lo posible se encarguen los demás todos los días.

Posibilitar lo “imposible” hasta siempre, sin pretender jamás que se ha de detener la historia…, sin pretender jamás que habría un fin perfecto insuperable…, porque es que el hombre ha de estar infinitamente buscando nuevos y mejores horizontes terrenales.

En el compromiso con lo “imposible” está, precisamente, uno de los valores fundamentales de Bolívar como sujeto revolucionario anterior al marxismo, y del bolivarismo como compendio actual de su ideario. Es de la esencia de la gesta bolivariana la persistencia en la guerra total, contra los opresores españoles y contra los opresores en general. En su conducción de la emancipación, física e intelectualmente, teórica y prácticamente, Bolívar fue no sólo un combatiente por la autonomía política, como lo fueron muchos de sus contemporáneos; fue además un adalid de la revolución continental y un genitor de idearios que ahora son más que nunca necesarios postulados no realizados; pero como necesarios, entonces, son postulados a realizarse indefectiblemente; es decir, utopía: la realización de la Patria Grande, la realización de la República hemisférica, la concreción del equilibrio del universo, etc.

Padre de nuestra nacionalidad colombiana, el Bolívar revolucionario, el Bolívar insurgente y visionario, buscaba la destrucción de todo colonialismo, advirtiendo más allá de lo realmente posible en su tiempo, las posibilidades de lo “imposible” hacia la construcción de una sociedad global en condiciones de igualdad, justicia y verdadera democracia. En esta perspectiva, nos previno, además, de la peligrosidad del imperialismo yanqui.

Consciente del proceso histórico del que participaba, al tiempo que sabía de la necesidad de actuar con determinación transformadora, sin voluntarismo, analizaba Bolívar, sobre la marcha, las condiciones concretas y las posibilidades inmediatas que sobre tales circunstancias podrían lograr materialidad, siempre tomando presente que era el pueblo el verdadero protagonista de la historia y él, Bolívar, tan sólo una “débil paja” arrebatada por el huracán revolucionario. Con visión continental, incluso universal, sin estrecharse en los límites de la parcela de cada pequeña “republiquita”, para el Libertador, mientras los españoles pudieran seguir oprimiendo a cualquier pueblo en el continente, la obra de su ideario estaría inconclusa; y es ese el sentido de su colombianidad.
La dimensión de su sueño colombiano llegaba hasta más allá del propósito de ir a descabezar en Europa a los ladrones que subordinan el universo. La utopía del Libertador, en fin, como toda verdadera utopía, en el plano de la praxis, se plantea lo “imposible” desde la base real de las circunstancias.

Marxismo, bolivarismo y utopía.
Declararse bolivariano y, en consecuencia, declararse revolucionario dentro de la senda del marxismo implica transitar la vida movidos por la esperanza de transformar la sociedad en busca de la justicia; esta es una constante que indefectiblemente implica la utopía como característica de la conciencia, natural fruto del convencimiento racional.

En ello, la utopía es una meta superior de compromiso, en todo caso relativa en cuanto a la apariencia como se presente, ya en manera de posibilidad o “imposibilidad” según las dificultades extremas que plantee; o relativa también en cuanto a finalidad, tomando en consideración que su concreción histórica es, como la misma historia algo cuyo desenvolvimiento no finaliza.

En la esperanzada búsqueda de realización del “imposible”, la marcha conlleva una mescla de ilusiones, realismo, magia y amor al pueblo, como razón de ser de la vida. En fin, la utopía compendia amor, sueños, admiración, arraigo de la historia, visión hacia el futuro, vivencia de todos los estadios del tiempo y el espacio en plenitud como necesidad, deber y anhelo humanizante, cuyo interés esencial es la preservación del hombre y la naturaleza en absoluto equilibrio, desplegando las potencialidades de la fe, de la memoria raizal, de la dignidad y de nuestra identidad como factores vitales para la existencia.

En la senda de la utopía, la marcha del revolucionario desecha la resignación frente a la opresión, y el compromiso con los pobres de la tierra se asume incondicionalmente, de manera perseverante y creadora.
Digamos, entonces que, la concepción marxista-bolivariana de un revolucionario, implica que en su conciencia se abriga un ideario en el que la imagen de una realidad aun no concretada, posible o tal vez incierta, se plantea como meta con el convencimiento absoluto de asumir su realización por “imposible” que parezca, porque, como en la expresión supuestamente temeraria del Libertador, es lo que nos corresponde hacer “porque de lo posible se encargan los demás todos los días”.

Es esa la convicción del Bolívar que se lanza, por ejemplo, a la misión inverosímil, para los más, de trepar sobre las canas de los Andes a liberar a la Nueva Granada; y es la persuasión del Marx que respalda La Comuna de París…, con la certidumbre de que el deber de todo revolucionario es el de “tomar el cielo por asalto”, según el imperativo de su conciencia ética que le impele a liberarse de la opresión, potenciando los valores todos de la experiencia humana, que son inmanentes a la historia.

El autor del Manifiesto Comunista, cuando, en aras del fin altruista, aboga por la posibilidad de arriesgarse en la lucha a enfrentar lo quizás absurdo -¡qué contrasentido más razonable!-, o lo quizás irrealizable, que se tiene en la mente, ejecutando la acción que ha de pasar la prueba de fuego frente al compromiso histórico que planteen las circunstancias, aún a riesgo de la muerte, está desbrozando una concepción de la vida que tiene una propia ética ligada a la dialéctica de la realidad en que se mueve, pero mirando siempre hacia futuro. Ahí, con niveles superiores de generoso altruismo, el decurso del desarrollo histórico se asume con la determinación inquebrantable de enfrentarse a todos los obstáculos que imponga la explotación del hombre por el hombre.

Se trata de la posibilidad cuestionada interactuando con el ideal; el ideal queriendo fundarse como realidad; y el conjunto irrumpiendo, en últimas, como “utopía realista”, según el rasero del revolucionario, pero ocurriendo que, como en el Mayo 68 francés, el realismo también es mágico, porque se trata de ir más allá de lo que aparezca como evidentemente factible, empeñando todas las potencialidades humanas: “seamos realistas, hagamos lo imposible”, era la consigna generalizada que resumía la determinación de cambio de aquel estudiantado ardido levantado en Francia contra el injusto orden establecido.

Esta definición del compromiso con lo “imposible”, que marca el compromiso cumbre de la utopía, perfila una concepción, revolucionaria por supuesto, en la que la visión de la posibilidad, aún en el plano de lo improbable, se visualiza como consecuencia de las convicciones respecto a la finalidad, y como derivada de sentimientos y razones que contienen el riesgo más allá incluso de lo estrictamente racional.

El “pequeño ejército loco” solía llamar Augusto Cesar Sandino, el “General de Hombre Libres” a esa, su guerrilla, que valerosamente enfrentó a los marines yanquis que invadían su patria, y esto porque su búsqueda de verdades en el intrincado camino de su lucha antiimperialista y de emancipación, tomaba no sólo los rumbos indicados por la meticulosa planificación solamente, sino aquellos que indicaban la osadía y el heroísmo; la audacia y el valor, donde la espiritualidad del hombre está guiada por la fe, más allá del conocimiento factual de las circunstancias. Y he ahí entonces las “razones” de la utopía, el “hacer lo imposible porque de lo posible se encargan los demás todos los días”, el “ser realistas haciendo lo imposible”, el “tomar el cielo por asalto”.

En esta concepción, ser marxista y bolivariano está, por qué no, en el plano del realismo mágico de nuestro mundo, que supera el mero racionalismo con toda la simbología, imaginación y la creatividad fundadas en la exquisita tradición raizal amerindiana y en el sincretismo de nuestros mesclados pueblos oprimidos, mestizados, en proposición que anticipe la instauración de la justicia social; es decir, realización del ideal en beneficio de la humanidad.

Utopía: trascendencia y medios para su logro.
Entre lo más preponderante de la condición superior y más humanizante en Bolívar y Marx, está su acción revolucionaria, como inagotable, por que se inspira en una fuente también continua de creación; su imaginación sin cadenas concibiendo el ideario, el deber ser en función del colectivo humano trascendiendo hacia la gloria, en el sentido de la satisfacción por el cumplimiento del deber y más, pues es al mismo tiempo el actuar proyectándonos la visión de un propósito…, de lo que ha de ser, más allá de lo que ahora es; visualización del sumo estadio social en el que la virtud sea la común característica de la humanidad.

En la práctica, el pensamiento y la acción de estos revolucionarios pudiere hacer caso omiso, incluso, de cualquier aparente o preponderante incongruencia entre el propósito y los medios para su logro: lo “imposible”. Y he ahí la verdadera dimensión del revolucionario.

En la utopía se anuncia, entonces la posibilidad del cambio otorgando esperanza, aún si el derrotero para su logro no estuviere definido, como ocurría con la utopía de Mariátegui que aunque no tuviese diseños plenamente específicos, sobre el cómo, el procedimiento para concretar la propuesta, ello no le quita su grande dimensión inspiradora, que no se puede descalificar con la apreciación de que sea exceso de intelectualismo o carencia eficaz de la acción. En el sentido, ciertamente, de que ninguna revolución podría prever la revolución que vendrá después de ella.

Por lo demás, lo lógico es que ningún verdadero marxismo rechazaría o abandonaría, por no tener claridad específica o certeza absoluta de lo que, efectivamente, ha de ser el proyecto de emancipación; y no abandonaría, tampoco, los intentos por totalizar una explicación del capitalismo y de la lucha de clases para enfrentarles, y mucho menos la utopía como propuesta de la creación de un mundo humanamente humano, humanizante entonces, en su prospecto de lucha.

La utopía bolivariana.
Sobre la utopía bolivariana, podríamos decir, sin entrar en el detalle de sus contenidos, en el detalle de los elementos del ideario, que cuando se plantea la transformación liberadora, quizás no esboza aún un orden social sin dominación, no se plantea aún ese orden social en el sentido pleno del socialismo, pero sí, indudablemente, en cuanto a establecer fuertes cimientos de justicia al enfrentar uno de los más perversos e inhumanos sistemas de explotación colonialista que se había sostenido durante siglos, a punta de látigo y segregación infame, sobre los hombros lacerados de la servidumbre indígena y la esclavitud de los negros africanos y afro-descendientes.

El ideario de Bolívar, apuntaba a la construcción de una nueva sociedad sin la opresión y la crueldad de aquel sistema, que aún el liberalismo más “avanzado” de la época lo consignaba como natural y necesario, según se veía, por ejemplo, en los postulados de la Constitución de Filadelfia, donde la defensa del “sagrado derecho a la propiedad” incluía la posesión y dominio de hombres en esclavitud. A esto se oponía el Libertador: “¡Un hombre poseído por otro! !Un hombre propiedad! Fundar un principio de posesión sobre la más feroz delincuencia no podría concebirse sin el trastorno de los elementos del derecho y sin la perversión más absoluta de las nociones del deber”. (BOLÍVAR: Discurso al Congreso Constituyente de Bolivia”. 25 de mayo, 1826).

El hombre propiedad, la esclavitud, el racismo, el individualismo…, el utilitarismo…, eran aspectos nodales del “avanzado” liberalismo estadounidense que en la misma línea se oponía a la independencia indoamericana; pero frente a su inminencia, había ya colocado sus enclaves reaccionarios en el seno del movimiento independentista, como bien lo ejemplifican antibolivarianos sátrapas consumados como Francisco de Paula Santander Omaña.

Bien Simón Rodríguez escribió con sarcasmo: “Los angloamericanos han dejado, en su nuevo edificio, un trozo del viejo -sin duda para contrastar-, sin duda para presentar la rareza de un HOMBRE mostrando con una mano, a los REYES el gorro de la LIBERTAD, y con la otra levantando un GARROTE sobre un negro, que tiene arrodillado a sus pies” (RODRIGUEZ, Simón: “Obras Completas”. Caracas, Venezuela, 1975. T.I, p. 342).

En consecuencia, al hablar de los modelos de sociedad a ser construidos puntualizaba: “... ¿Dónde iremos a buscar modelos? La América española es original. Y originales han de ser: sus instituciones y su gobierno. Y originales los medios de fundar unas y otro.” (Idem. T.I, p. 343.Ibidem).
Coincide plenamente Bolívar en este planteamiento cuando al hablar de El Espíritu de las Leyesadvierte en el Congreso de Angostura:“...debo decir que ni remotamente ha entrado en mi idea asimilar la situación y la naturaleza de dos estados tan distintos como el inglés americano y el americano español (...) ¿No dice “El Espíritu de las Leyes “que éstas deben ser propias para el pueblo que se hacen? Que es una casualidad que las leyes de una nación puedan convenir a otra? Y que las leyes deben ser relativas a lo físico del país, al clima; a la calidad del terreno, a la extensión, al género de vida de los pueblos? Referirse al grado de libertad que la Constitución puede sufrir, a la religión de los habitantes, a sus inclinaciones, a sus riquezas, a su número, a su comercio, a sus costumbres, a sus modales? ¡He aquí el código que debíamos consultar no el de Washington!” (BOLÍVAR, Simón: Discurso ante el Congreso de Angostura 15 de febrero de 1819).
En el mismo sentido agregaba el Libertador que elcódigo de Washington”, no es democracia, porque no podemos concebir democracia sin libertad: “Vosotros lo sabéis que no se puede ser libre y esclavo a la vez, sino violando a la vez las leyes naturales, las leyes políticas y las leyes civiles” (Ibidem).

En suma la abolición de la servidumbre indígena como de la esclavitud fue aspecto principal del proyecto social de justicia e igualdad promulgado por Bolívar. En 1816, época de plena incertidumbre sobre el destino de la lucha emancipadora…, tiempo en el que las adversidades eran una constante no lejana, en sus escritos está la huella nítida de esta concepción que, naturalmente, está anidada desde mucho antes: “Considerando que la justicia, la política y la patria reclaman imperiosamente los derechos imprescindibles de la naturaleza, he venido en decretar, como decreto, la libertad absoluta de los esclavos que han gemido bajo el yugo español en los tres siglos pasados” ( BOLÍVAR, Simón: Proclama a los habitantes del Río Caribe, Carúpano y Cariaco. 2 de junio).

Con mayor determinación, el Libertador ahora con esta resolución, nutría de contenidos sociales verdaderamente revolucionarios, muy profundos, su lucha emancipatoria, apuntando a destruir las instituciones económicas principalísimas del sistema colonial ibérico. Muy pronto esta iniciativa de su lucha guerrillera en oriente lo propondría como principio Constitucional en su discurso memorable ante el Congreso de Angostura: “La naturaleza, la justicia y la política erigen la emancipación de los esclavos (...) Yo abandono a vuestra soberana decisión la reforma o revocatoria de todos mis estatutos y decretos, pero yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida y la vida de la República” (BOLÍVAR, Simón: Discurso ante el Congreso de Angostura, 15 de febrero de 1819).

Respecto a los indígenas, específicamente, también su proyecto social contenía absoluta demanda del reconocimiento de igualdad. Había el Libertador denunciado con vehemencia, por ejemplo, el destino de exterminio que les habían impuesto los colonialistas: “En Méjico -dice-, más de un millón de sus habitantes han perecido en las ciudades pacíficas, en los campos y en los patíbulos” (BOLÍVAR, Simón: Carta al editor de “The Royal Gazeete” Kingston, Jamaica, 18 de agosto de 1815).

Años más tarde, y consecuente con una posición febrilmente entregada de manera continua a la emancipación de los pueblos originarios, insiste en la denuncia sobre la situación lamentable como viven los indígenas pero tomando medidas de gobierno y conminando a su cumplimiento: “Los pobres indígenas -dice- se hallan en un estado de abatimiento verdaderamente lamentable. Yo pienso hacerles todo el bien posible: primero, por el bien de la humanidad, y segundo, porque tienen derecho a ello, y últimamente, porque hacer bien no cuesta nada y vale mucho” (BOLÍVAR, S.: Carta a Santander. Cuzco, Perú, 28 de junio de 1825).

Esta concepción le valió al Libertador que desde las huestes del “ilustrado” liberalismo neogranadino le calificaran, tal como lo hiciera Francisco Soto, de “monstruo del género humano” que marcha al frente de los “descamisados” para realizar “una revolución contra los propietarios” ( RUIZ VIVAS, Guillermo: “Bolívar más allá del mito”. T. I. P. 442).

En su lucha por la igualdad social, las opiniones y resoluciones prácticas a favor de los indígenas, exaltando y reivindicando su cultura, su historia y todos sus valores, fueron abundantes, pero quizás la determinación de resarcirlos con la devolución de sus tierras fue una de las medidas más importantes. Desafortunadamente todo no dependía de su voluntad, y pronto sus contradictores políticos echaron por tierra su construcción.

Vale resaltar que en el proyecto de Bolívar y en su praxis, su atención no se centra solamente en la reivindicación de los negros esclavos y los indígenas, o de alguna etnia en particular, pues si bien hay una preocupación especial por estos sectores que eran los más humillados, es la integración racial, el conjunto de lo que llamaba "macrocosmos verdadero de la raza humana”, lo profundo de su concepción, tal como lo evidencia en Angostura cuando manifiesta que “por las venas de nuestro pueblo corren todas las sangres de la tierra, mezclémosla para unirla”(Simón Bolívar: Discurso ante el Congreso de Angostura, 15 de febrero de 1819.).

En el núcleo duro de su ideario está presente el rechazo a toda segregación racial, y a toda discriminación por concepto de razones de clase. O como lo expresaba, como franco anhelo más que como concreción cierta, ya desde 1812 cuando emprendía la reconstrucción emancipatoria de la primera República fallida, durante la Campaña del Bajo Magdalena (primera etapa de la Campaña Admirable), en Tenerife: “Nosotros somos miembros de una sociedad que tiene por bases constitutivas una absoluta igualdad de derechos y una regla de justicia, que no se inclina jamás hacia el nacimiento o fortuna, sino siempre en favor de la virtud y el mérito” ( BOLÍVAR, S.: Discurso en Tenerife. 24 de diciembre de 1812).

Es decir, la misma convicción que en cuanto a oponerse a las diferencias de clases reiteraría en 1817, en otro intento de reconstrucción republicana, y que en adelante mantendrá como un inamovible de su proyecto social, de su ideario…: “¿Nuestras armas no han roto las cadenas de los esclavos? ¿La odiosa diferencia de clases y colores no ha sido abolida para siempre?”(BOLÍVAR, S.: Proclama al Ejército Libertador. Angostura, 17 de octubre 1817).

Lograr ese propósito emancipante era parte esencial de su utopía, y con ello no se pretendía la culminación de la misma sino su salto hacia un nivel superior de conquista liberadora con el rompimiento de las cadenas que ataban la conciencia y el logro de la unidad latino-caribeña en función del equilibrio del universo; o sea, su particular idea de la Colombeia mirandina.

Utopía y cambio de época.
Aquí se nos plantea, entonces, el asunto de “el final de la utopía” en el sentido de la conquista del propósito altruista; o su culminación como producto de la muerte de la esperanza; o también el de su finalización en el sentido de Marcuse; es decir, en cuanto a que se den las condiciones para que el propósito que se pretendía altruista cuente ya con las condiciones objetivas y subjetivas para entenderse como absolutamente factible.

Esta circunstancia que en uno u otro caso implica un movimiento de época, un cambio en las características del momento que se vive, un “nuevo período”, una transición o un cambio abrupto respecto a una circunstancia histórica anterior se puede asumir en términos de rompimiento o de renovación, en sentido de rechazo total de lo viejo para sustituirlo por lo nuevo, o en términos del cambio radical que si bien implica desechar lo viejo no involucra ello como absoluto, sino recabando en el rescate de lo más rico del pasado como experiencia, como tradición valiosa, hacia la que siempre hay que mirar para afrontar el futuro con optimismo.

En el revolucionario, el tiempo pretérito no debe desaparecer de su visión creadora, porque es el recinto de la experiencia que hay que acumular para hacer las nuevas construcciones, siendo una falacia aquello del simple cambio de “lo viejo por lo nuevo” para llegar a conclusiones absurdas como esa de que la Modernidad, por ejemplo, no puede pedir a otras épocas las pautas por las que ha de orientarse, sino que depende de sí misma absolutamente…, o que tiene que extraer de sí misma sus elementos normativos.

El pasado no se puede devaluar simplemente por ser tal, pues en tanto las construcciones sociales tiene un sentido histórico, en él también están los principios normativos que la experiencia deja para las creaciones futuras; en definitiva, en tanto la historia es visión del movimiento de la humanidad en todas las dimensiones temporo-espaciales, como conjunto, en el revolucionario la experiencia del pasado va ineluctablemente unida a la proyección de las nuevas metas futuras; es decir que historia y utopía van juntas una con la otra interrelacionadas; o si se quiere, haciendo un mismo conjunto.

Podríamos decir sin temor a equívocos que no hay espíritu revolucionario que no deba estar tocado por la magia de la conciencia histórica, por el sentido de su conocimiento como necesidad que incluye a “lo viejo”, al mismo tiempo que del fervor de la utopía, en una asociación que busca el equilibrio entre lo uno y lo otro en ese camino que llamamos esperanza.

Utopía, “realismo” e historia.
Se suele tomar por conclusión que el marxismo ha criticado la “utopía”, sobre todo refiriéndose al “socialismo utópico”, al que le coloca el “socialismo científico” en oposición, objetando del primero su manera de plantear un futuro mejor sólo en abstracto; y quizás en ese sentido, sobre todo en cuanto a entender que la “utopía” es el sueñ irrealizable, la quimera inalcanzable, ser “utópico” se convierte en el estigma de la pura ficción, ilusos sus mentores y seguidores todos…, porque lo que hicieron fue simplemente imaginar paraísos, hermosos anti-mundos, pero sin proponer el cómo que haga alternativa. La “utopía” es vana ocurrencia, podría decirse, para la cabeza de un “realista”, “materialista dialectico-histórico”, que mira hacia “el análisis concreto de la situación concreta”; insubstancial idea, para quien la sola posibilidad vital no basta, pues hay que definir medios y métodos para jugar el papel transformador que indica la “filosofía marxista”, para la que no basta la crítica, podríamos agregar, sino el diseño claro de la alternativa posible.

¿Y lo “imposible entonces”?
Valga precisar, que en el sentido bolivariano la construcción no es fantasiosa; ella se hace sobre bases concretas pero no sólo, sino además con el acicate de la proyección futura que cuando entrelaza utopía e historia le da dimensiones incesantes, no de final en una meta sino de prosecución hacia cada vez nuevos horizontes superiores.

Agreguemos, que no es del caso definir ahora si Robert Owen, Saint-Simon, Fourier o Proudhon al decirse que son socialistas utópicos quedan descalificados por el marxismo, o si sencillamente es una manera de decir que el revolucionario no debe quedarse solamente en el utopismo como ejercicio de la fantasía; es decir en la construcción sin determinación de concreción. Lo que es claro, pero parecen olvidarlo quienes por subrayar en el “realismo” supuestamente “científico” y en la “cientificidad” de un “materialismo” muchas veces desfigurado, es que el socialismo llamado utópico, ha sido y seguirá siendo fuente insustituible del marxismo; el socialismo utópico es, entonces, fuente fundamental también, de las convicciones que nutren al bolivarismo de hoy, en el que como en el marxismo utopizar no puede tener un sentido fuera de la acción y la consecuencia con lo que se piensa.

En términos de Guevara el revolucionario, efectivamente, debe ser “un hombre que actúa como piensa”. Tal como lo era Bolívar, incluso en la búsqueda de lo “imposible” o de lo que pareciera tal. De tal suerte que la utopía es, así, proposición alternativa de vida, posible o, por qué no, “imposible” en un momento determinado, pero factor en todo caso, que mantiene la perspectiva del logro constante de nuevos estadios de desarrollo social humanizantes.

Como la historia, entonces, la utopía que es jalón de su desenvolvimiento, también en la búsqueda de lo que pareciera “imposible”, guarda condición de incesancia y, en consecuencia, es factor que no se consume como energía de cambio.

Bolivarismo y Marxismo: utopía como visión de futuro.
En Bolívar primero que en Marx la visión de futuro estuvo presente como constante; como perspectiva de lo histórico que no se prevé consumido en la propia época que se está viviendo sino que plantea la acción para un prospecto que siempre va más allá, trascendiendo, aún si las circunstancias parecieran adversas para su concreción en el largo plazo. Y no es que Bolívar o Marx no hubiesen trazado horizontes inmediatos también; sí, pero como etapas a ser agotadas en el camino a seguir en busca de horizontes de futuro en los que preveían las sociedades fecundas erigidas sobre el terreno de la igualdad y la democracia. Por ejemplo, para el caso del Libertador, el de una gran patria continental con proyección ecuménica, no para avasallar sino para liberar: " Volando por entre las próximas edades, mi imaginación se fija en los siglos futuros, y observando desde allá, con admiración y pasmo, la prosperidad, el esplendor, la vida que ha recibido esta vasta región, me siento arrebatado y me parece que ya la veo en el corazón del universo, extendiéndose sobre sus dilatadas costas, entre esos océanos que la naturaleza había separado, y que nuestra Patria reúne con prolongados, y anchurosos canales. Ya la veo servir de lazo, de centro, de emporio, a la familia humana: ya la veo enviando a todos los recintos de la tierra los tesoros que abrigan sus montañas de plata y de oro; ya la veo distribuyendo por sus divinas plantas la salud y la vida a los hombres dolientes del antiguo universo; ya la veo comunicando sus preciosos secretos a los sabios que ignoran cuán superior es la suma de las luces, a la suma de las riquezas, que le ha prodigado la naturaleza. Ya la veo sentada sobre el Trono de la Libertad, empuñando el cetro de la Justicia, coronada por la Gloria, mostrar al mundo antiguo la majestad del mundo moderno", (BOLÍVAR, Simón. Discurso ante el Congreso de Angostura).

Tanto en Bolívar como en Marx, no hay pesimismo en el futuro, quizás podría haber en su propio presente decepción y contrariedades producto de la in-concreción de lo inmediato, pero no para el futuro.

Esa es, tal vez, una de las más ricas herencias para los revolucionarios: los elementos para hacer la aprehensión de que frente al peligro en que el imperialismo ha puesto la existencia misma del planeta bosquejando un desarrollismo de catástrofe, no vale de nada la incertidumbre y el silencio, pues frente a los grandes retos, son necesarias las grandes determinaciones, la triple audacia…, la acción que supere el determinismo reivindicando el papel de la subjetividad, la pasión, la audacia, la temeridad y la fe en la iniciativa de las masas aún frente a la inminencia de la “derrota”; porque es que ésta, aun presentándose, en el revolucionario verdadero no se torna en derrota como capitulación hacia la domesticación, la sumisión y el arrepentimiento del propósito, que es lo que pretende el enemigo de clase enrostrando la caída de muchos proyectos “socialistas” o que pretendieron serlo, para en el seno de las izquierdas sembrar el pesimismo, tal como efectivamente lo han conseguido en muchos sectores otrora revolucionarios, y especialmente dentro de esa llamada intelectualidad “progresista”. Han puesto a estos elementos a jugar su asqueroso papel de apóstatas, teorizando sobre la idea engañosa de que nos enfrentamos a un universo que respecto al de unas décadas atrás es radicalmente distinto, en el sentido de que esto implica, entonces, nuevas coordenadas para la acción, nuevas formas de pensamiento; es decir, el abandono de las formas del pensamiento y de la acción política propias de la “era moderna”, pues estamos en la “post-modernidad”. Por tanto, digamos adiós al marxismo y a esa “quimera” que es el socialismo; y en la misma línea, “con mayor razón”, digamos adiós a ese pensamiento “trasnochado” que se compendia en el bolivarismo y es su ideal de Patria Grande.

En el ámbito de la conciencia revolucionaria esto es impensable. Si somos verdaderos marxistas y bolivarianos, aún en las peores circunstancias, nuestra utopía de socialismo y Patria Grande, ha de denotar la mayor fortaleza moral, inquebrantable como la moral del Bolívar de 1812, que derrotado en Puerto Cabello resurge en la Campaña Admirable…, como el Bolívar posterior a cada uno de los fracasos en su brega por expulsar al imperio español de Nuestra América, que de cada adversidad emerge “como el sol, brotando rayos por todas partes”.

Recordémoslo a Bolívar, solamente para ilustrar la moral sublime que atañe la utopía revolucionaria frente a los descalabros, cuando en un momento extremadamente difícil en que en el Perú tomaba fuerza la contrarrevolución porque Torre Tagle y Riva Agüero, con el pleno apoyo de la oligarquía, habían traicionado la causa independentista pasando con hombres y armas, al ejército español, entonces casi moribundo en Pativilca extrema su fe en la victoria. El mismo Sucre, héroe de Ayacucho, a quien el Libertador consideraba el más valioso de sus oficiales aconsejaba en aquella circunstancia desfavorable “evacuar el Perú”, con el fin de “conservar (Colombia) la más preciosa parte de nuestros sacrificios”. No obstante la descripción que hace Joaquín Mosquera de su encuentro con el Libertador nos da la claridad de porqué Pablo Morillo, el “pacificador” español decía que Bolívar “es más peligro vencido que vencedor”, o que “Bolívar es la revolución”. Dice Mosquera, que estando de paso en misión diplomática hacia Chile, se entrevistó con Bolívar en Pativilca y le encontró en lamentables condiciones; “... tan flaco y extenuado (...) sentado en una pobre silla de vaqueta, recostado contra la pared de un pequeño huerto, atada la cabeza con un pañuelo blanco y sus pantalones de jean, que le dejaban ver sus rodillas puntiagudas, sus piernas descarnadas, su voz hueca y débil, su semblante cadavérico (...) y con el corazón oprimido (…)”. Mosquera viéndolo en aquella situación lastimera le preguntó: “¿Y qué piensa hacer usted ahora?”. Bolívar, entonces “avivando sus ojos huecos, y con tono decidido, me contestó: '¡Triunfar!”. (LIÉVANO AGUIRRE, Indalecio: "Bolívar". Caracas, 1974, p. 323)

Fue bajo aquellas mimas terribles circunstancias que expresó también: “mi consigna es morir o triunfar en el Perú” (Ídem., p. 327).

Y no ocurrió lo primero: en el año 1825 el ejército del Libertador, con sus armas de infantería, caballería, artillería y marina recompuestas, fue la primera potencia militar de América.

Para el caso de Marx y del marxismo, se puede observar el significado de la utopía, en la reivindicación que Marx hiciera de la misma respecto a la situación concreta de lo vivido por los obreros parisinos de 1870, o en la reflexión que Lenin concibiera en relación con la situación de los revolucionarios rusos de 1905.

En el primer caso, Marx toma el ejemplo de la Comuna de París para hacer planteamientos de fondo que incluso le llevan a variar puntos de vista plasmados en el Manifiesto Comunista. El levantamiento de 1871, logró enorme admiración en diversos aspectos, como el de “la destrucción del Estado parásito”, suscitando además el que se asumiera la esencia del Programa y los objetivos de los revolucionarios parisinos.
Y en el segundo caso, la reivindicación de la utopía se percibe en la crítica de Lenin a Plejánov por sus sermones y querellas contra quienes se atrevieron a hacer el levantamiento: "no había que haber tomado las armas", decían. Pero en justa argumentación de rescate del papel de la subjetividad, del romanticismo si se quiere…, y en contra del malentendido o mal asumido “materialismo”, que descalifica a quienes lo arriesgaron todo por la opción de la dignidad, Lenin pondera a los revolucionarios de 1905 rescatando la posición de Marx en cuanto a la admiración que le generó el intento de los comuneros parisinos de “tomar el cielo por asalto”. Como Marx, Lenin también toma partido por la Comuna de París con todo y su “fracaso” y asume la “derrota” del levantamiento de 1905 en su dimensión positivamente ejemplificante.

En los mencionados casos, como cuando el Che de la Higuera que frente a sus captores dice que aún esa, su “derrota”, puede ser el factor que estremezca la conciencia del pueblo boliviano, en lo que se mira es en el ejemplo que la acción altruista del hombre puede cimentar en pro de la conquista del futuro mejor.

A propósito de la Comuna de París, Marx había escrito que: "La canalla burguesa de Versalles, puso a los parisinos ante la alternativa de cesar la lucha o sucumbir sin combate. En el segundo caso, la desmoralización de la clase obrera hubiese sido una desgracia enormemente mayor que la caída de un número cualquiera de ‘jefes’."

Palabras estas que son reafirmación de la confianza absoluta en el ímpetu que puede ser el ejemplo de los revolucionarios: “Tomar el cielo por asalto”, al menos intentarlo, en rompimiento con cualquier ortodoxia estéril, contra cualquier “objetivismo” inútil. En fin, “ser realistas, haciendo lo imposibe