Analisis leninista de una situacion revolucionaria

el marxismo a debate
Tools
Typography
  • Smaller Small Medium Big Bigger
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times


x Lazaro Gonzalez

"Como muchos analistas profesionales de la realidad cubana no entienden el brusco giro de los acontecimientos en Cuba, les recuerdo la esencia de la metodologia leninista para estos casos."

La clase obrera incorpora a las acciones revolucionarias a masas de trabajadores y explotados carentes de los derechos elementales y llevados a la desesperación. La clase obrera los adiestra en la lucha revolucionaria, los educa para la acción revolucionaria, les explica dónde está y en qué consiste la salida y la salvación. No les enseña con palabras, sino con hechos, mediante el ejemplo; ejemplo que no consiste en la aventura de algún héroe aislado, sino en la acción revolucionaria de masas, que abarca reivindicaciones políticas y económicas. ¡Qué sencillas, qué comprensibles, qué entrañables son estas ideas para cualquier obrero honrado que entiende aunque solo sea los rudimentos de la doctrina del socialismo y de la democracia! ¡Y qué ajenas son para los apóstatas intelectuales del socialismo y traidores a la democracia que en los periódicos liquidacionistas denigran la “clandestinidad” o se mofan de ella, asegurando a los bobos ingenuos que ellos “también son socialdemócratas”.

Tomado de Cuaderno N° 105 – setiembre de 2003 Lenin Situación revolucionaria ...

Lenin Situación revolucionaria

Presentación
Tras la derrota de la revolución de 1905 en Rusia, de la que Lenin resumió invalorables enseñanzas (ver Cuaderno  N° 50, “La insurrección”), siguieron los años de reacción (1907-1910), a partir de los cuales comenzó lentamente un nuevo periodo de ascenso de la lucha de masas (1910-1914) hasta llegar al periodo de la primera guerra imperialista mundial (1914-1917). Cuando tras la sangrienta represión a los obreros mineros del Lena, en 1912, el ascenso del movimiento de masas comienza a hacerse un poco más rápido, Lenin, guiándose por el marxismo, define que Rusia vive una situación revolucionaria, como puede leerse en el primer extracto que publicamos aquí. El segundo texto que extractamos, escrito cuando ya se había iniciado la guerra interimperialista, retoma el debate sobre las perspectivas de una situación revolucionaria en Europa planteadas en el Congreso mundial de la Segunda Internacional celebrado en Basilia en 1912, deslindando campos (ideológica, política y organizativamente) con los dirigentes oportunistas de la socialdemocracia (revisionistas del marxismo) para que los partidos del proletariado se prepararan en consecuencia. El desemboque de esa situación, con el triunfo de la revolución en Rusia en 1917 y las trágicas derrotas en varios países de Europa, particularmente en Hungría y Alemania, demostrarían la justeza de la línea leninista El tercer texto es parte del debate que aborda en la pelea por la construcción de la Internacional Comunista, la Tercera Internacional, del que ya publicamos partes en los Cuadernos Nos. 81 y 82 (“El ‘izquierdismo’” y “Los compromisos”).

V. I. Lenin La celebración del Primero de Mayo por el proletariado revolucionario 15 (28) de junio de 1913 [extracto]

Rusia vive una situación revolucionaria porque se ha agudizado al máximo la opresión de la aplastante mayoría de la población, no solo del proletariado, sino de las nueve décimas partes de los pequeños productores, en especial de los campesinos, siendo de notar que la opresión agudizada, el hambre, la miseria, la ausencia de derechos y los ultrajes al pueblo se hallan en flagrante desacuerdo con el estado de las fuerzas productivas de Rusia, con el grado de conciencia y con el nivel de las reivindicaciones de las masas, despertadas por el año 1905, así como con el estado de cosas en todos los países vecinos, no solo europeos, sino también asiáticos. Mas con ello no basta. La sola opresión, por grande que sea, no siempre origina una situación revolucionaria en un país.

Para que estalle la revolución no basta con que los de abajo no quieran seguir viviendo como antes. Hace falta, además, que los de arriba no puedan seguir administrando y gobernando como hasta entones. Eso es lo que observamos hoy en Rusia. La crisis política madura a ojos vistas. La burguesía ha hecho todo  lo que de ella dependía para apoyar la contrarrevolución y lograr un “desarrollo pacífico” sobre la base de la misma. Ha subvencionado a los verdugos y a los feudales en la medida en que estos lo deseaban; ha difamado la revolución, ha renegado de ella; ha lamido las botas a Purishkiévich y el látigo de Markov II, se ha convertido en servidora de ellos, ha inventado teorías argumentadas “a la europea”, para cubrir de lodo la revolución supuestamente “intelectual” de 1905 y tildarla de pecaminosa, ladrona, antiestatal, etcétera, etcétera.

Y pese a haber sacrificado su bolsillo, su honor y su conciencia, la propia burguesía, desde los kadetes hasta los octubristas, reconoce que la autocracia y los terratenientes no pudieron garantizar un “desarrollo pacífico”, no pudieron garantizar las condiciones elementales de “orden” y de “legalidad”, sin las que no puede vivir en el siglo XX un país capitalista al lado de Alemania y de la nueva China. Rusia atraviesa por una crisis política de proporciones nacionales, por una crisis que afecta precisamente las bases de la estructura estatal, y en modo alguno cualquier parte secundaria de ella; afecta los cimientos del edificio y no tal o cual accesorio, tal o cual piso.

Por más que charlen nuestros liberales y liquidadores, proclamando que “gracias a Dios tenemos Constitución” y que tales o cuales reformas  políticas están a la orden del día (la estrecha relación entre la primera y la segunda tesis solo puede escapársele a gente de muy pocos alcances), y por mucho agua reformista que se vierta, no cambiarán las cosas: no hay un solo liquidador o liberal capaz de indicar una salida reformista de la situación. El estado de las masas de la población de Rusia, el empeoramiento de su situación en virtud de la nueva política agraria (a la que han tenido que apelar los terratenientes-feudales como última tabla de salvación), las circunstancias internacionales y el carácter de la crisis política general de nuestro país constituyen la suma de condiciones objetivas que hacen revolucionaria la situación de Rusia a causa de la imposibilidad de resolver las tareas de la revolución burguesa por este camino y por los medios existentes (en manos del gobierno y de las clases explotadoras).

Ese es el cuadro social –económico y político–, esa es la correlación de clases que ha suscitado en Rusia huelgas peculiares, imposibles en la Europa actual, a la que recurren los renegados de toda laya para sacar ejemplos, aunque no los extraen de las revoluciones burguesas de ayer (con visos de revolución proletaria de mañana), sino de la situación “constitucional” de hoy. Ni la opresión de los de abajo ni la crisis de los de arriba bastan para producir la revolución –lo único que producirán es la putrefacción del país– si el país dado carece de una clase revolucionaria capaz de transformar el estado pasivo de opresión en estado activo de cólera e insurrección. El papel de clase verdaderamente avanzada, de clase que verdaderamente levanta las masas a la revolución, de clase verdaderamente capaz de salvar a Rusia de la putrefacción, lo desempeña el proletariado industrial, que cumple dicha tarea con sus huelgas revolucionarias.

Estas huelgas, que los liberales odian y los liquidadores no han comprendido, son (parafraseando la resolución de febrero del POSDR) “uno de los medios más eficaces para superar la apatía, la desesperación y la dispersión del proletariado agrícola y de los campesinos, para despertar su iniciativa política e incorporarlos a acciones revolucionarias  más unidas, simultáneas y amplias”. La clase obrera incorpora a las acciones revolucionarias a masas de trabajadores y explotados carentes de los derechos elementales y llevados a la desesperación. La clase obrera los adiestra en la lucha revolucionaria, los educa para la acción revolucionaria, les explica dónde está y en qué consiste la salida y la salvación. No les enseña con palabras, sino con hechos, mediante el ejemplo; ejemplo que no consiste en la aventura de algún héroe aislado, sino en la acción revolucionaria de masas, que abarca reivindicaciones políticas y económicas.

¡Qué sencillas, qué comprensibles, qué entrañables son estas ideas para cualquier obrero honrado que entiende aunque solo sea los rudimentos de la doctrina del socialismo y de la democracia! ¡Y qué ajenas son para los apóstatas intelectuales del socialismo y traidores a la democracia que en los periódicos liquidacionistas denigran la “clandestinidad” o se mofan de ella, asegurando a los bobos ingenuos que ellos “también son socialdemócratas”. La celebración del Primero de Mayo por el proletariado de Petersburgo, seguido del de toda Rusia, ha vuelto a demostrar por enésima vez, a los que tienen ojos para ver y oídos para oír, la magna trascendencia histórica que tiene la clandestinidad revolucionaria en la Rusia de nuestros días.



V. I. Lenin La bancarrota de la II Internacional Mayo-junio de 1915 [extractos]

Para un marxista resulta indudable que la revolución es imposible si no se da una situación revolucionaria, pero no toda situación revolucionaria conduce a la revolución. ¿Cuáles son, en términos generales, los signos distintivos de una situación revolucionaria? Estamos seguros de no equivocarnos al señalar estos tres signos principales: 1) La imposibilidad para las clases dominantes de mantener su dominio en forma inmutable; tal o cual crisis en las “alturas”, una crisis de la política de la clase dominante, abre una grieta por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución no basta que “los de abajo no quieran” vivir como antes, sino que hace falta también que “los de arriba no puedan vivir” como hasta entonces. 2) Una agravación, superior a la habitual, de la miseria y las penalidades de las clases oprimidas. 3) una intensificación considerable, por las razones antes indicadas, de la actividad de las masas, que en tiempos “pacíficos” se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por la situación de crisis en conjunto como por las “alturas” mismas, a una acción histórica independiente. Si a estos cambios objetivos, independientes no solo de la voluntad de tales o cuales grupos y partidos, sino también de la voluntad de estas o aquellas clases, la revolución es, por regla general, imposible. El conjunto de estos cambios objetivos es precisamente lo que se llama situación revolucionaria.

Esta situación se dio en Rusia en 1905 y en todas las épocas revolucionarias en Occidente; pero también existió en la década del 60 del siglo pasado en Alemania, len 1859-1861 y en 1879-1880 en Rusia, sin que hubiera revoluciones en esos casos. ¿Por qué? Porque la revolución no surge de toda situación revolucionaria, sino solo de una situación en la que a los cambios objetivos antes enumerados viene a sumarse un cambio subjetivo, a saber: la capacidad de la clase revolucionaria para llevar a cabo acciones revolucionarias de masas lo bastante fuerte  como para destruir (o quebrantar) al viejo gobierno, que jamás “caerá”, ni siquiera en las épocas de crisis, si no se lo “hace caer”. Tales son los puntos de vista marxistas sobre la revolución, puntos de vista desarrollados infinidad de veces y reconocidos como indiscutibles por todos los marxistas, y que para nosotros, los rusos, tuvieron una confirmación clarísima en la experiencia de 1905. (...)

¿Se prolongará mucho tiempo esta situación11 Se refiere a la situación de sufrimientos de las masas y de agudización de las contradicciones que se daba entonces (1915) en Europa por la primera guerra imperialista mundial (Nota del hoy). ? ¿Hasta qué punto se agravará aun más? ¿Desembocará en una revolución? No lo sabemos ni podemos saberlo. Solo la experiencia  del desarrollo del espíritu revolucionario de la clase avanzada, del proletariado, y de su paso a la acción revolucionaria nos dará la respuesta a esas preguntas.

Aquí ya no cabe hablar siquiera de ilusiones, ni del derrumbamiento de ellas, pues ningún socialista ha garantizado nunca ni en parte alguna que la revolución deba ser engendrada por la guerra actual (y no por la siguiente), por la situación revolucionaria de hoy (y no por la de mañana). De lo que se trata aquí es del deber más discutible y esencial de todos los socialistas: el deber de revelar a las masas la existencia de una situación revolucionaria, de explicar su amplitud y su profundidad, de despertar la conciencia y la decisión del proletariado, de ayudarlo a pasar a las acciones revolucionarias y a crear organizaciones que respondan a la situación revolucionaria y sirvan para trabar en esa dirección.


V. I. Lenin La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo Abril-mayo de 1920 [extractos]

Si no se produce un cambio en las opiniones de la mayoría de la clase obrera, la revolución es imposible, y ese cambio se consigue a través de la experiencia política de las masas, nunca de la propaganda sola.

El lema “¡Adelante sin compromisos, sin apartarse del camino!”, es manifiestamente erróneo, si quien habla así es una minoría evidentemente impotente de obreros que saben (o por lo menos deben saber) que la mayoría, dentro de poco tiempo, en caso de que los Henderson y Snowden triunfen sobre Lloyd George y Churchill, perderá la fe en sus jefes y apoyará al comunismo (o, en todo caso, adoptará una actitud de neutralidad y en la mayoría de los casos de neutralidad favorable con respecto a los comunistas).

Es lo mismo que si 10.000 soldados se lanzaran al combate contra 50.000 enemigos en el momento en que es preciso “detenerse”, “apartarse del camino” y hasta concertar un “compromiso” aunque no sea más que para esperar la llegada de un refuerzo prometido de 100.000 hombres, que no pueden entrar inmediatamente en acción.

Es una puerilidad propia de intelectuales y no una táctica seria de la clase revolucionaria. La ley fundamental de la revolución, confirmada por todas ellas, y en particular por las tres revoluciones rusas del siglo XX, consiste en lo siguiente: para la revolución no basta con que las masas explotadas y oprimidas tengan conciencia de la imposibilidad de vivir como antes y reclamen cambios, para la revolución es necesario que los explotadores no puedan vivir ni gobernar como antes. Solo cuando las “capas bajas” no quieren lo viejo y las “capas altas” no pueden sostenerlo al modo antiguo, solo entonces puede triunfar la revolución.

En otros términos, esta verdad se expresa del modo siguiente: la revolución es imposible sin una crisis nacional general (que afecte a explotados y explotadores). Por consiguiente, para la revolución hay que lograr, primero, que la mayoría de los obreros (o en todo caso, la mayoría de los obreros conscientes, reflexivos, políticamente activos) comprenda profundamente la necesidad de la revolución y esté dispuesta a sacrificar la vida por ella; en segundo lugar, es preciso que las clases gobernantes atraviesen una crisis gubernamental que arrastre a la política hasta a las masas más atrasadas (el síntoma de toda revolución verdadera es la decuplicación o centuplicación del número de hombres aptos para la lucha política, representantes de la masa trabajadora y oprimida, antes apática), que reduzca a la impotencia al gobierno y haga posible su derrumbamiento rápido por los revolucionarios. (...) Mientras subsistan diferencias nacionales y estatales entre los pueblos y los países –y estas diferencias subsistirán incluso mucho tiempo después de la instauración universal de la dictadura del proletariado–, la unidad de la táctica internacional del movimiento obrero comunista de todos los países exige, no la supresión de la variedad, no la supresión de las particularidades nacionales (lo cual constituye en la actualidad un sueño absurdo), sino una aplicación tal de los principios fundamentales del comunismo (Poder de los Soviets y dictadura del proletariado) que haga variar como es debido estos principios en sus aplicaciones parciales, que los adapte, que los aplique acertadamente a las particularidades nacionales y políticas de cada Estado.

Investigar, estudiar, descubrir, adivinar, comprender lo que hay de nacionalmente particular, nacionalmente específico en la manera como cada país aborda concretamente la solución de un mismo problema internacional: el triunfo sobre el oportunismo y el doctrinarismo de izquierda en el seno del movimiento obrero, el derrocamiento de la burguesía, la instauración de la república soviética y la dictadura del proletariado, es el principal problema del período histórico que atraviesan actualmente todos los países adelantados (y no solo los adelantados).

Lo principal –naturalmente que no todo ni mucho menos, pero sí lo principal– ya se ha hecho para atraer a la vanguardia de la clase obrera, para ponerla al lado del poder de los soviets contra el parlamentarismo, al lado de la dictadura del proletariado contra la democracia burguesa. Ahora hay que concentrar todas las fuerzas, toda la atención, en la acción inmediata, que parece ser y es realmente, hasta cierto punto, menos fundamental, pero que, en cambio, está prácticamente más cerca de la solución efectiva del problema, a saber: el descubrimiento de las formas de abordar la revolución proletaria o de pasar  a la misma. La vanguardia proletaria está conquistada ideológicamente. Esto es lo principal. Sin ello es imposible dar ni siquiera el primer paso hacia el triunfo. Pero de esto al triunfo dista todavía bastante. Con solo la vanguardia, es imposible triunfar. Lanzar solo a la vanguardia a la batalla decisiva, cuando toda la clase, cuando las grandes masas no han adoptado aún una posición de apoyo directo a esta vanguardia, o al menos de neutralidad benévola con respecto a ella, que la incapacite por completo para defender al adversario, sería no solo una estupidez, sino además un crimen.

Y para que en realidad toda la clase, las grandes masas de los trabajadores y de los oprimidos por el capital lleguen a ocupar semejante posición, son insuficientes la propaganda y la agitación solas. Para ello es necesaria la propia experiencia política de estas masas. Tal es la ley fundamental de todas las grandes revoluciones, confirmada hoy, con una fuerza y un relieve sorprendentes, no solo en Rusia, sino también en Alemania. No solo las masas incultas de Rusia, frecuentemente analfabetas, sino también las masas muy cultas, sin analfabetos, de Alemania, necesitaron experimentar en su propia pelleja toda la impotencia, toda la falta de carácter, toda la debilidad, todo el servilismo ante la burguesía, toda la infamia del gobierno de los caballeros de la II Internacional, toda la ineluctabilidad de la dictadura de los ultrarreaccionarios (Kornílov en Rusia; von Kapp y compañía en Alemania) como única alternativa frente a la dictadura del proletariado, para orientarse decididamente hacia el comunismo. La tarea inmediata de la vanguardia consciente del movimiento obrero internacional, es decir, de los partidos, grupos y tendencias comunistas, consiste en saber llevar a las amplias masas (hoy todavía, en su mayor parte, soñolientas, apáticas, rutinarias, inertes, adormecidas) a esta nueva posición suya, o, mejor dicho, en saber dirigir no solo el propio partido, sino también a estas masas, en la marcha encaminada a ocupar esa nueva posición.

Si la primera tarea histórica (atraer a la vanguardia consciente del proletariado al Poder soviético y a la dictadura de la clase obrera) no podía ser resuelta sin una victoria ideológica y política completa sobre el oportunismo y el socialchovinismo, la segunda tarea que resulta ahora de actualidad y que consiste en saber llevar a las masas  a esa nueva posición capaz de asegurar el triunfo de la vanguardia en la revolución, esta segunda tarea no puede ser resuelta sin liquidar el doctrinarismo de izquierda, sin enmendar por completo sus errores, sin desembarazarse de ellos. Mientras se trate (como se trata aún ahora) de atraerse al comunismo a la vanguardia del proletariado, la propaganda debe ocupar el primer término; incluso los círculos, con todas las debilidades de la estrechez inherente a los mismos, son útiles y dan resultados fecundos en este caso.

Pero cuando se trata de la acción práctica de las masas, de poner en orden de batalla –si es permitido expresarse así– al ejército de millones de hombres, de la disposición de todas las fuerzas de clase de una sociedad para la lucha final y decisiva, no conseguiréis nada con solo las artes de propagandista, con la repetición escueta de las verdades del comunismo “puro”. Y es que en este terreno, la cuenta no se efectúa por miles, como hace en sustancia el propagandista miembro de un grupo reducido y que no dirige todavía masas, sino por millones y decenas de millones.

En este caso tenéis que preguntaros no solo si habéis convencido a la vanguardia de la clase revolucionaria, sino también si están dispuestas las fuerzas históricamente activas de todas  las clases, obligatoriamente de todas las clases de la sociedad sin excepción, de manera que la batalla decisiva se halle completamente en sazón, de manera que 1) todas las fuerzas de clase que nos son adversas estén suficientemente sumidas en la confusión, suficientemente enfrentadas entre sí, suficientemente debilitadas por una lucha superior a sus fuerzas; 2) que todos los elementos vacilantes, versátiles, inconsistentes, intermedios –es decir, la pequeña burguesía, la democracia pequeñoburguesa, a diferencia de la burguesía–, se hayan puesto bastante al desnudo ante el pueblo, se hayan cubierto de ignominia por su bancarrota práctica; 3) que en el proletariado empiece a formarse y a extenderse con poderoso impulso un estado de espíritu de masas favorable a apoyar las acciones revolucionarias más resueltas, más valientes y abnegadas contra la burguesía. He aquí en qué momento está madura la revolución, he aquí en qué momento nuestra victoria está segura, si hemos calculado bien todas las condiciones indicadas y esbozadas brevemente más arriba y hemos elegido acertadamente el momento.