En 1848, por primera vez vio la luz el Manifiesto Comunista:

el marxismo a debate
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x Federico Costa en www.marxismo.info

Hace 160 años el proletariado ganaba un programa

En los últimos días de febrero de 1848 apareció un folleto, en alemán con 23 páginas impresas y la portada verde. Como título figuraba “Manifiesto del Partido Comunista, publicado en febrero de 1848”, además del lema de la Liga de los Comunistas “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. No figuraba ningún autor, evidenciando que no era un simple producto individual y sí un programa del partido de los comunistas.

Al respecto Engels escribía en 1889: “El proletariado necesita ser fuerte para triunfar en el día decisivo. Marx y yo hemos estado difundiendo esto desde 1847. La formación de un partido específico, separado de todos los otros y en oposición a ellos, un partido de clase, consciente de sí mismo”.

El manifiesto del Partido Comunista representó el nacimiento del movimiento obrero revolucionario internacional. Por su importancia teórica y política y por su influencia histórica, se le puede comparar con la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 1776 o la Declaración de los Derechos Humanos de 1789.

Origen y difusión inicial

Entre el 29 de noviembre y el 8 de diciembre de 1847, se celebró en Londres el II Congreso de la Liga de los Comunistas, antigua Liga de los Justos. El congreso se reunía por la noche, porque los delegados que vivían en Londres trabajaban 12 o más horas al día. Schapper, obrero alemán exilado en Londres, lo presidió y Engels era el secretario de ese congreso.

El Congreso fue representativo del movimiento obrero internacional de la época, porque participaron en él delegados de Alemania, Francia, Suiza, Bélgica e Inglaterra, destacándo entre estos los líderes cartistas: Geroge Harney y Ernest Jones. Al final de la reunión, Marx y Engels, que participaron intensamente de los debates, recibieron el encargo de redactar el documento programático de la Liga de los Comunistas. Es interesante destacar el primer párrafo de los estatutos aprobados: “El objetivo de la Liga es derribar a la burguesía, lograr la dominación del proletariado y la superación de la vieja sociedad burguesa y la fundación de una nueva sociedad sin clases y sin propiedad privada”.


Tras participar en las actividades del movimiento obrero londinense, Marx se trasladó a Bruselas. Hasta finales de diciembre, se encargó con Engels de la redacción conjunta del texto. A final de año Engels se trasladó a París por sus compromisos políticos y Marx siguió el trabajo en solitario, con el apoyo de su esposa, Jenny, como secretaria.

Presionados por los procesos revolucionarios de Europa –como indicaban hechos como la guerra civil entre radicales católicos en Suiza a finales de 1847, y la insurrección autonomista siciliana de Palermo de 1848- a finales de 1848 la dirección de la Liga de los Comunistas, con sede Londres, exigió a Marx su responsabilidad: “El Comité Central autoriza al Comité de Bruselas a comunicar al ciudadano Marx que en caso de que el Manifiesto del Partido Comunista, que él se propuso escribir en nuestro ultimo congreso, no esté listo y no nos sea enviado (a Londres) antes del 1 febrero, tomaremos medidas contra él. Si el ciudadano Marx no escribe tal documento, el Comité Central pide que se nos devuelvan todos los documentos a él confiados inmediatamente”. Firmaban tres obreros dirigentes de la Liga: Bauer, Schapper y Moll.


Como el Manifiesto llegó a tiempo, la dirección de la Liga de los Comunistas lo aprobó sin ninguna modificación. La asociación Comunista Alemana de Londres para la formación de los obreros adelantó los costes de la imprenta. El texto fue impreso en una editora muy pequeña de un miembro emigrado de la Liga, Burghard.

El manifiesto fue contemporáneo a la ola revolucionaria que estallaba en Europa en 1848 y 49

Los ejemplares de la primera tirada fueron vendidos entre los miembros de la Liga residentes en Londres y los obreros alemanes, y también se enviaron a los núcleos de la Liga de todo el continente Europeo. Pocas semanas después, salió una nueva tirada de mil ejemplares para su difusión en Francia y Alemania, además de otros países. En abril-mayo de 1848 se hizo otra edición. Entre marzo y julio, el manifiesto también fue publicado por capítulos en la Gaceta Alemana de Londres, periódico de los emigrados alemanes. En el mismo año, se editó una edición danesa y apareció en Francia una edición polaca.

Se acordó publicarlo en otros idiomas europeos. En Francia, entre 1848 y 51, aparecieron tres o cuatro traducciones. Engels, ya en abril de 1848, cuando estaba en tierras alemanas, comenzó la traducción del Manifiesto en inglés. Sin embargo, la primera traducción inglesa, hecha por Helen Macfarlane, no fue publicada hasta 1850 en la revista cartista Republicano Rojo. Fue en esa edición cuando por primera vez se identificó a los autores, ya que todas las ediciones anteriores y muchas de las que la siguieron fueron anónimas.

La difusión del Manifiesto del Partido Comunista no estuvo exenta, como todo en la historia, de particularidades interesantes. La edición sueca, divulgada por el socialista utópico Per Görtrek, tenía como título: “Voz del Comunismo, Declaración del Partido Comunista”. Y, en lugar de la consigna “¡Proletarios del mundo, uníos!”, se utilizó la afirmación “La voz del pueblo es la voz de Dios”.


El protagonismo del proletariado y la actualidad del Manifiesto Comunista

En febrero de 1848, mes del lanzamiento del Manifiesto, estalló la revolución de Paris y a partir de esa fecha y hasta 1849 Europa fue un hervidero revolucionario. El pueblo francés derribó a Luis Felipe, llamado “el rey de los banqueros” y proclamó la república. El 13 de marzo se produjo la insurrección de Viena, derribando el régimen de Metternich y obligando al emperador de Austria a prometer que se promulgaría una Constitución. El día 18 del mismo mes, en Berlín, capital de Prusia, subió al poder un gobierno formado por los dirigentes de la oposición burguesa, gracias a la lucha de las masas.

Del 18 al 22 de marzo, las masas se levantaron en Milán, expulsando al ejército austríaco, y también hubo levantamientos en Venecia, el Piamonte y Roma. Esta oleada revolucionaria llevó un torrente de reivindicaciones democráticas y sociales desde la Inglaterra burguesa y aristocrática de Occidente hasta la Rusia feudal al este. A pesar de la tenacidad de las masas, y de la clase obrera en particular, el movimiento concluyó con la derrota de las fuerzas democráticas y populares, revelando los límites históricos de la burguesía y del proletariado como sujeto revolucionario.

En este contexto revolucionario, el Manifiesto no tuvo ninguna función catalizadora en la ola revolucionaria de 1848. Sin embargo, tanto el proceso revolucionario como el Manifiesto, en sus esferas respectivas, son expresiones de la consolidación del capitalismo y de la explotación del proletariado.

Hasta 1848 las reivindicaciones del proletariado aparecían asimiladas a los proyectos burgueses, bajo la ideología de igualdad, libertad y fraternidad. Pero las jornadas revolucionarias francesas evidenciaron el antagonismo entre la burguesía y el proletariado. Cuando los trabajadores levantaron la bandera de la república social, aparecieron los límites de la sociedad burguesa. La burguesía consolidada en el poder, redujo la igualdad a su aspecto jurídico-formal, asimiló la libertad a la propiedad privada y la libre concurrencia, y la fraternidad se asoció a la esfera metafísica de la moralidad burguesa y de la caridad religiosa.


Con la derrota de los movimientos revolucionarios democrático-populares, determinada por el carácter conservador de la burguesía, el proletariado por su función en la reproducción social capitalista, se consolidó como el heredero de las tradiciones progresistas y emancipadoras, abriéndose la perspectiva de que la única salida a la sociedad burguesa sería la superación radical de la misma a través de la revolución socialista.


La expresión teórico-política de esa ruptura histórica es el Manifiesto del Partido Comunista. En sus páginas se presenta, por vez primera, un proyecto político de emancipación social, enraizado en la perspectiva de una clase potencialmente revolucionaria hasta las últimas consecuencias: el fin de la explotación del hombre por el hombre. El Manifiesto tradujo y traduce el conocimiento del proletariado como sujeto revolucionario, capaz de romper las cadenas del capitalismo y del orden burgués.
Hoy, más que nunca, debatir y conmemorar los 160 años de la publicación de este Manifiesto, expresa la necesidad de luchar contra el imperialismo, las burguesías nacionales, el capitalismo y sus productos: desde la restauración capitalista de los ex-Estados obreros burocratizados hasta los gobiernos de Frente Popular, desde los proyectos neoliberales hasta los gobiernos nacionalistas burgueses, desde la ocupación imperialista del Irak y Afganistán al Estado nazi-sionista de Israel, el racismo o el reformismo.

Conmemorar los 160 años del Manifiesto del Partido Comunista es demostrar activamente la actualidad del partido revolucionario y del socialismo.


Artículo traducido de Opiniao Socialista, periódico semanal del PSTU de Brasil.