La Revolución Bolchevique

el marxismo a debate
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x Fernando Luis Rojas La Jiribilla

Recuerdo mis primeras referencias escolares sobre la Unión Soviética. Las lecciones se centraban en las “causas del derrumbe” de la URSS y el campo socialista. A la vez, llegaban los efectos de un denominado período especial que tenía entre sus causas más divulgadas oficialmente la mencionada caída y se reestructuraban los Planes de Estudio en las carreras de Ciencias Sociales, transitando algunos profesores universitarios —a grandes saltos a veces— de impartir Comunismo Científico a Historia de la Revolución Cubana.

De tal suerte, mis referencias iniciales no eran positivas. Algún profesor con mayor interés —probablemente graduado en las famosas escuelas del Partido Soviético— intentaría matizar el enfoque general con lapidarias y resignadas frases: “tan bueno fue que nos sostuvo muchos años” o “tanto peso tenía en la geopolítica que nos golpeó a océanos de distancia”. Lo cierto es que durante mis primeras dos décadas, la escuela tuvo una activa incidencia en la simplificación y desconocimiento de un proceso al que necesariamente debemos mirar y regresar.

La otra referencia han sido nuestros padres. Los que llegaron a mi edad —el cuarto de siglo— en los 80, con aciertos, errores, silencios, desenfoques; tuvieron una cercanía vivencial a la existencia de la URSS. Era un lugar en que estudiaban muchos y hay una generación cuyas licenciaturas y doctorados se verifican en Kiev, Moscú, Bakú. De ello destacar —por el efecto que ha tenido en mí con el tiempo— las anécdotas escuchadas que elevaban lo “disidente” de algunos cubanos respecto a la Historia Oficial que se impartía.

Otros miran esos años con nostalgia y persisten en la añoranza estimulada por un factor doble: lo que existía allá y se podía conocer directamente, y lo que teníamos aquí; por réplica o construcción independiente. Algunos tuvieron una percepción acertada en su complejidad y siguieron paso a paso la etapa final, la glásnot y la perestroika. Otros sucumbieron ante las sutilezas y todavía no he podido aventurar cuán brusco fue el derrumbe para ellos.

Así hemos crecido. Así llegamos muchos al año 90 de la Gran Revolución Socialista de Octubre. Así nos encontramos en este acto y podrá preguntarse entonces, ¿por qué el interés de la Federación Estudiantil Universitaria en compartir la convocatoria realizada por la Cátedra Gramsci y el Taller de la Revolución Bolchevique? ¿Por qué sumarnos a una convocatoria que califica a este acontecimiento como “Revolución Silenciada”?

En la propia definición de nuestro posicionamiento la respuesta. Compartimos el deseo de construir un proyecto anticapitalista y socialista perfectible. A la claridad de no esperar nada del capitalismo debe sumarse la certeza de que ningún proyecto se construye sin programa, sin agenda. El enfrentamiento a las corrientes liberales — tan a la moda— no debe realizarse teniendo un antiprograma como arma mejor, actuando solo a partir de la deconstrucción de lo que nos propone el imperialismo. Se trata de lograr una simbiosis que comprenda el desmontaje del capitalismo, enfatizando en la falsedad de algunos presupuestos que presenta como verdades hechas; y la definición de líneas esenciales básicas en la construcción de alternativas, necesarias en su generalización para su triunfo. En este sentido, para los más jóvenes sería favorable promover una mirada a las experiencias de la Revolución de Octubre y a sus primeros años.

No es cuestión traída por los pelos. Hablar en cada esquina de Lenin, Trotsky o Bujarin no será el mágico factor que solucionará nuestros problemas. Justo es decir, que el solo aniversario de un hecho de tal heroicidad sería motivo de celebración; pero además, nos asisten razones para ver el “asalto al cielo” en su actualidad y su carácter movilizador.

Mirar el octubre de 1917 desde el legado que nos dejó la Revolución Bolchevique en sus inicios es que recordamos hoy fue fend como virtud y la gente se resiste y rechaza eso.e amsería una interesante motivación en este aniversario. La “idea de la Revolución”, su posibilidad y sobre todo su practicabilidad, laceradas al calor de la Primera Guerra Mundial por la posición respecto a la misma de algunas fuerzas de izquierda, que habían organizado la oposición al capitalismo y cedieron al empuje de una guerra imperialista; fue, sin duda, un supremo servicio al desarrollo de las ideas y el proyecto socialista.

Años después, irrumpimos en los 90 con similitudes situacionales. La secuencia que incluyó el fracaso de los movimientos guerrilleros en Centro y Suramérica, la caída del gobierno de Salvador Allende en Chile, la aparición de las dictaduras militares en el cono sur, el recrudecimiento de la Guerra Fría y el derrumbe del socialismo realmente existente; incidió en la debilidad del ideal de la Revolución y con ello, teorías como el Fin de la Historia se mostraron —pródigas y vendibles— a escala universal.

A Cuba y los cubanos nos correspondió legar la posibilidad y practicabilidad —conservando las palabras anteriormente utilizadas— de la permanencia del proyecto socialista. Fuimos y somos referentes en la resistencia, esfuerzo multiplicado en las nuevas condiciones y el reordenamiento de las fuerzas políticas que ha ocurrido en América Latina desde hace una década aproximadamente. Pero la resistencia no basta, es punto de partida para nuevas metas y deseos. Parte de un camino más largo que tiene como centro al hombre, sus aspiraciones y aportes.

La tarea es ardua. Los más jóvenes —y en eso la propaganda mediática no ayuda— establecemos una relación directa entre el “SOCIALISMO” y la crisis de los 90, las privaciones, el afloramiento de males sociales, la emergencia como principal método de atención y solución de los problemas. Es un combate entre la calle y el noticiero, en el que este último se esfuerza por presentar la necesidad como virtud y la gente se resiste y rechaza eso.

Otra idea clave legada por el proceso que derivó en las acciones que recordamos hoy fue la relación que se estableció entre creación, participación y poder popular. El espacio en que se convirtieron los soviets, una experiencia anterior al año 1917, implicó una distinción y una ruptura con el esquema excluyente, falso y embaucador de “participación” burguesa. Los soviets se construyeron privilegiando la decisión popular y esta se replicaba en discusiones, diferencias, formas de lograr el consenso y respetarlo presentes en la más alta dirección del Partido Bolchevique y la administración del país —no he dicho Estado con todo sentido, el Estado eran los propios soviets.

Estos caminos son una evidencia de algo que marca profundamente al acercarse al proceso en Rusia, y es la brillante percepción que existía en los líderes más lúcidos, sobre todo en Lenin, de la política y cómo hacerla. Pudiera mencionar a otros referentes, de otras partes, pero como no es hoy —por ejemplo— mayo 19, Lenin es el provocador mayor. Nos falta agudeza a los cubanos de hoy para hacer política y generar una intensa actividad política, sobre todo en los más jóvenes. Necesidad que se corresponde con la universalización de determinados dogmas que apuntan a la desmovilización, la simplificación de la participación política, la satanización de las militancias activas y recalan en Cuba como otros muchos fenómenos, porque formamos parte de este mundo, y porque cada vez los mecanismos para llegar a la gente se multiplican y diversifican.

En esa agudeza que urge, en esa predisposición favorable necesaria en política; se entiende mejor el papel de la Isla en el contexto actual. Cuba se encuentra en la posición de que en la construcción de su propio proyecto puede realizar interesantes aportes en los terrenos teórico y práctico.

Menciono algunos. La idea de la Revolución más allá de los años fundacionales, de los efectos de sus acciones heroicas, de esa etapa inicial en que se extiende y masifica lo que antes concentraban unos pocos; la certeza de que además de esa extensión han de crearse las bases para responder a las crecientes necesidades de gente que hoy tiene aspiraciones mayores y somos más, por obra directa de la Revolución a la que no debe renunciarse.

La compatibilidad y relación que existe entre una alternativa anticapitalista iniciada en el bipolarismo, sobreviviente del derrumbe del modelo eurosoviético aunque rasgada con fuerza por este; y los proyectos que van emergiendo con actores sociales, formas de ascenso al poder, política internacional, organización institucional y esquemas económicos diferentes. En otras palabras, se trata de la pertenencia o no, la coincidencia o no del proyecto cubano en la lógica del famoso “socialismo del o en el siglo XXI”.

El valor de la institucionalidad revolucionaria. Mirando atrás: Lenin no negó la institucionalidad, se concentró en construir los hilos de esta con el pueblo y en ponerla al servicio del pueblo. En Cuba es clave velar por la funcionalidad de nuestras instituciones, por el destierro de la burocracia; pero no identifico la solución para ello en su negación, ni en la exaltación de la anarquía.

El papel de la cultura en su concepción más amplia, que incluye también la creación material de los hombres y cuidándonos, de un reduccionismo al terreno de lo superestructural que nos haga retroceder al Socialismo Utópico. En la cultura, que es, sin duda, un campo de batalla; insistir en el papel de la educación y la falta de correspondencia entre los retos que tenemos hoy y la realidad; y el cacareado papel de los medios de difusión. En estos dos frentes — como en otros— el trabajo con el componente simbólico es esencial. Apostar por el conocimiento me parece un acto de valentía, porque indiscutiblemente, si ocurre efectivamente genera una masa crítica de mayor agudeza; pero por ello, también constituye un acto de obligación, compromiso y responsabilidad. Cada vez es más necesario estimular en los cubanos la capacidad de mirar los acontecimientos en su complejidad e integralidad, eso entronca con la idea de que trabajar finamente el tema educacional tiene que ver con mantener una conquista de la Revolución, pero eso ha cedido en importancia, al hecho de ser una necesidad para perdurar como nación. La educación supera la responsabilidad de una institución, es una responsabilidad social a través de un permanente proceso que tiene en la autoeducación un importante componente. Cada uno de nosotros tiene un roll, una oportunidad para contribuir y aportar en este sentido. Felicitamos a todos aquellos que de una forma u otra, a través de talleres, acciones comunitarias, intercambios, investigaciones contribuyen en este sentido.

Queridos amigos:

Lenin padeció su deportación en Siberia, después de adherirse al círculo marxista, con 27 años y dos décadas después se convirtió en el líder de la Revolución de Octubre. Trotsky presidió el soviet de San Petersburgo con 26 años en la Revolución de 1905 y tres lustros más tarde se convertiría en uno de los artífices principales de la victoria frente a la intervención extranjera. Julio Antonio Mella no llegaba a los 20 años cuando fundó la Federación Estudiantil Universitaria y tres años después participaba en la fundación del Partido Comunista de Cuba. Antonio Guiteras a tres décadas de su nacimiento se convirtió en una sombra, fundó la Joven Cuba en la clandestinidad y fue perseguido salvajemente hasta caer asesinado en el Morillo en 1935. Sin duda, a quienes militamos hoy en la FEU y desde jóvenes lo hacemos en el Partido Comunista, nos pesa la historia incluso desde una perspectiva etaria y generacional. Nos pesa desde las referencias que tenemos.

A 90 años del “asalto al cielo” reconocemos que la Revolución Bolchevique cumplió la doble misión de demostrar en la práctica la viabilidad de las ideas expresadas por los fundadores del marxismo y a la vez, revisó y actualizó las mismas. La intensidad de la Revolución en sus primeros años —etapa en la que insistimos debe profundizarse— solo pudo ser contrarrestada por una reacción y una degeneración del estado obrero de grandes dimensiones, al punto de llegar a la supresión física. Por ello volver a los primeros años de la Revolución es necesario; nos puede dar claves para comprender lo acertado de nuestro camino.

Sin entusiasmos infantiles, irresponsabilidades e ingenuidades sigamos apostando y construyendo la sociedad que queremos. Ejercitemos sus contornos y veremos cuánto se tocan con los perfiles de aquel Octubre de 1917.