El problema del partido

el marxismo a debate
Tools
Typography
  • Smaller Small Medium Big Bigger
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

x  Olmedo Beluche

En general, los partidos son la forma en que los grupos sociales de la sociedad moderna o capitalista se organizan para luchar por sus intereses y moldear la sociedad de acuerdo a ellos. Los objetivos y las formas organizativas dependen desde qué perspectiva de clase se adopte y de la correlación de la lucha de clases (situación política, o coyuntura, dicen los politólogos)

Dos hechos recientes inspiran esta reflexión, hecha, como quien dice, “en voz alta”: Por un lado, el reconocimiento del Tribunal Electoral de Panamá del status de “en formación” para el Partido Alternativa Popular (PAP); por otro, el revuelo que han causado ciertas declaraciones del presidente Hugo Chávez sobre el carácter del Partido Socialista Único de Venezuela (PSUV).

Por supuesto, aclarémoslo de inmediato, con estas reflexiones no pretendemos dictar pautas a nadie, no sólo porque particularmente no creemos ser oráculos con respuestas para todos los procesos; y además, porque la experiencia ha demostrado hasta la saciedad que no hay dos situaciones iguales, ni existen modelos políticos que sirvan a todos los países.

Ambas cosas fueron muy comunes en el siglo XX, en el que muchos creyeron que se podían copiar procesos políticos y proclamaron a tal o cual liderazgo cabeza rectora de la política mundial.Esta práctica terminó convirtiendo a muchos partidos comunistas más en agencias de la política exterior de la URSS que en verdaderos representantes de los intereses de sus clases trabajadoras.

Si algo debe desterrar el socialismo del siglo XXI es la idea de que las revoluciones se pueden exportar y que pueda existir un comando central privilegiado que, desde alguna “Meca”, imparta órdenes sobre cómo hacer las cosas en todos los países.

Creo que aquí sí vale parafrasear a los positivistas y afirmar que las sociedades se parecen a los seres biológicos, en las que si bien hay especies con características comunes (América Latina, por ejemplo), cada una responde a su propia composición orgánica y desarrollo estructural. Así como no hay dos animales iguales, tampoco existen dos países iguales. Y aunque algunas enfermedades son comunes a determinadas especies (neoliberalismo, por ejemplo), la composición química de la medicina que les cure, dependerá mucho de su propia “biología”.

Y precisamente eso es el partido, desde la perspectiva del marxismo revolucionario: una medicina para los males del capitalismo (como la explotación y la miseria), un instrumento organizativo para sanear a la sociedad de los problemas de una estructura basada en la explotación de una clase sobre otra, es decir, de la opresión de las mayorías por una minoría de la sociedad.

En general, los partidos son la forma en que los grupos sociales de la sociedad moderna o capitalista se organizan para luchar por sus intereses y moldear la sociedad de acuerdo a ellos. Los objetivos y las formas organizativas dependen desde qué perspectiva de clase se adopte y de la correlación de la lucha de clases (situación política, o coyuntura, dicen los politólogos).

Valga aclarar que, como forma moderna de organización para la lucha por el poder, los partidos son relativamente recientes. No existieron siempre. En las sociedades pretéritas la lucha entre las clases (que es siempre una lucha política, como dicen Marx y Engels en el Manifiesto) adquirió otras formas: como las luchas interétnicas (en la que una sometía a otra a la esclavitud o simplemente saqueaba sus tierras y riquezas) o como en la Edad Media europea se presentaban bajo la forma de guerras religiosas o herejías u otras que no vamos a mencionar.

A estas alturas algún (a) lector (a) estará diciéndose: “este tipo cree que somos estúpidos diciendo tantas perogrulladas”. Pero, respondo, aunque parezcan lugares comunes, el problema de fondo es que los socialistas, comunistas o marxistas han convertido ciertas formas organizativas del partido en “fetiche”, en un modelo inamovible que se considera único para todas las situaciones.

Sin partir de lo básico, que no hay dos países y dos situaciones exactamente iguales, se pretende que, con una misma fórmula partidaria, se resuelven todos los problemas. Sin entender que, si la situación de la lucha de clases cambia, debe cambiar la fórma organizativa del partido.

Algunos (as) han hecho del modelo de Partido Comunista, denominado “marxista leninista”, organizado en células con un “presidium” y un secretario general “mandamases”, un esquema inamovible; para otros (as), el modelo es del partido guerrilla (o guevarista), con un núcleo clandestino revolucionario que actúa mediante frentes de intervención de masas; para otros (as) lo es el modelo de partido socialdemócrata electoral, siempre abierto, la forma privilegiada.

“Es evidente que la estructura organizativa del partido no puede ser igual en una etapa de triunfo de la contrarrevolución, bajo un régimen fascista o semifascita, que en una etapa revolucionaria”, decía en un folletito Nahuel Moreno, de quien hemos aprendido algunas cosas (“El partido revolucionario de la clase obrera. Problemas de su construcción”).

En Panamá, por ejemplo, hay quienes, pese a vivir por más de 20 años en un régimen democrático burgués, con bastantes garantías civiles, pretenden que construir un partido electoral es un “pecado” reformista. Pese a que, desde 1970, no hay ningún movimiento guerrillero, y no escuchemos a nadie pegar un tiro (salvo las mafias y pandillas juveniles) se resisten a romper su esquema de “partido guerrilla” clandestino, y proclaman a la participación electoral de los sectores populares como trinos en la “jaula de la burguesía”.

El “arte” de hacer política debe empezar por la capacidad de reconocer la situación real de la lucha de clases y el tipo de coyuntura política concreta que se está viviendo. Lenin lo llamaba “análisis concreto de la situación concreta”. Ese era para él el método marxista resumido en una frase. Que, por supuesto, se basa en un componente de la teoría marxista, la dialéctica hegeliana puesta sobre sus pies, es decir basada en la realidad objetiva (material): todo cambia, nada es eterno.

Si todo cambia, si cambia la lucha de clases, ¿por qué el partido, es decir, la forma organizativa, debe ser inmutable?

Al margen de cualquier evaluación histórica sobre su efectividad o no, es evidente que no estamos en los años sesenta o setenta del siglo pasado, cuando en América Latina amplios sectores de la vanguardia obrera y popular adoptó la forma de “foquismo” guerrillero intentando copiar (erradamente) lo que consideraban era el modelo cubano de la revolución.

Salvo Colombia, en donde las FARC practican un esquema de guerrilla campesina de masas, no “foquista”, herencia de las guerras civiles liberales, el modelo guevarista no triunfó en ningún lado. Tengamos el valor de reconocerlo, sin faltar el respeto que sentimos por el Ché Guevara, como modelo de sacrificio y honestidad personal a imitar.

Hay quienes se resisten a reconocer que en Latinoamérica, en estos momentos, la forma que nuestros pueblos han adoptado en su lucha política contra el modelo de sociedad neoliberal y de democracia burguesa restrictiva, es una combinación de lucha social en las calles con organizaciones políticas (partidos) electorales que batallan en los organismos del estado (burgués) por un modelo distinto de sociedad.

Al margen de los límites concretos que puedan señalarse a los proyectos encabezados por Chávez, Evo o Correa, en el proceso histórico de lucha por una sociedad sin clases (el socialismo), hay que reconocer que los mismos han significado un tremendo avance de la conciencia de los pueblos latinoamericanos. Avances que no sólo se limitan al terreno ideológico (conciencia), sino que han sido golpes al modelo social, político y económico de la globalización neoliberal.

Estos novedosos procesos han sido un salto adelante y han permitido ver la luz al final del túnel en el que estábamos metidos a principios de los años 90, cuando el socialismo parecía haber fracasado y el capitalismo neoliberal era el dogma de toda la “clase política”, incluidos muchos hasta hacía poco “comunistas” y “socialistas”. Si bien nadie puede proclamar el “triunfo definitivo”, sí ha renacido la esperanza, la convicción de que “otro mundo es posible”, y millones actúan para lograrlo. Eso es lo importante.

Guste o no, lo objetivo es que estos procesos, progresivos (enfatizamos), de luchas sociales y políticas discurren por dos vías: la lucha en las calles y las huelgas (movimiento social) y la lucha político electoral aprovechando los espacios que la formalidad democrática capitalista deja (movimiento político).Este hecho es tan poderoso, que figuras como Chávez o Evo se han convertido en un referente no sólo para sus países, sino para todos los sectores populares que claman por un cambio en Latinoamérica. Cuántas veces no hemos escuchado a personas en Panamá que espontáneamente dicen:¡Necesitamos un Chávez! ¿Para qué ciudadano conciente de nuestros “pueblos originarios” no se ha convertido Evo en un modelo?

Sin copiar ni a Chávez, ni a Evo, ni convertirnos en secciones consulares del gobierno bolivariano, recordemos la primera afirmación que hemos hecho, ¿por qué no aprender de la experiencia de nuestros pueblos hermanos?

Claro que muchos habrían preferido una opción más romántica: el pueblo alzado en armas derrotando a la burguesía. Pero esta no ha sido la tendencia, hasta ahora. Lo que no quiere decir que tampoco se deba descartar esta opción a futuro, en especial si el sistema se niega, como suele suceder en la historia, a aceptar los cambios por las buenas. Los actuales procesos por la vía electoral, para nada implican que la revolución esté descartada. En todo caso, pueden ayudar a prepararla, si la vanguardia y las masas encuentran el camino común.

Pero la realidad es objetiva porque no depende de nuestra voluntad (subjetiva). Ella es producto de la lucha de clases, de cómo se va desarrollando, y de las experiencias que van adquiriendo los pueblos, pues ellos son los que hacen la historia. Si esto es así, empecemos por reconocerlo.

Es un hecho que los procesos políticos pasan hoy, fundamentalmente, en este subcontinente, por procesos electorales. Por ende, es necesario adoptar las correcciones organizativas que la realidad impone.

Nahuel Moreno cita al propio Lenin: “... es indudable también que la violencia revolucionaria sólo es un método necesario y legítimo de la revolución en determinados momentos de su desarrollo, únicamente cuando se dan condiciones especiales y determinadas, y que una cualidad mucho más profunda y permanente de esta revolución, la condición de su triunfo, es y será siempre la organización de las masas proletarias, la organización de los trabajadores. Esta organización de millones de trabajadores, en efecto es la condición más importante de la revolución, la fuente más profunda de sus victorias...” (Lenin. Obras Completas. Tomo 29, pág. 83).

¿Qué mejor aporte podemos hacer para ayudar a crear esta cualidad “más profunda y permanente” de la revolución, que contribuir a la organización de millones de trabajadores en clase (“para sí”), en partido político independiente de la burguesía? ¿Qué mejor manera que aprovechar el terreno electoral para crear conciencia en los trabajadores de que deben aspirar a gobernar la sociedad?

¿Acaso es mejor dedicarnos exclusivamente a la lucha economicista dejando el terreno electoral libre para que los partidos de la oligarquía sigan utilizando a los trabajadores como simples peones (con el voto) para sus proyectos antinacionales? ¿Conviene seguir con esa lógica absurda de luchar cinco años contra las medidas antipopulares de los gobiernos de los banqueros para que, al momento de las elecciones, les permitamos a sus partidos pedirles el voto a nuestros pueblos?

Las respuestas a estas preguntas son tan evidentes que no ameritan mayor sustentación y han sido parte del debate que la vanguardia panameña ha hecho durante los últimos dos años, que ha permitido cuajar lo que hoy es el Partido Alternativa Popular. Que aún estamos lejos de cumplir los requisitos antidemocráticos de la legislación panameña, lo sabemos. Que el camino está lleno de escollo y que no es segura la presentación de esta propuesta en las elecciones de 2009, lo sabemos. Pero al menos estamos haciendo el intento y en hacerlo estamos organizando políticamente a la clase.

Pero el primer problema que nos plateamos es ¿cómo hacemos para unir gente y organizaciones de tantas procedencias en un objetivo común: la lucha por régimen político antineoliberal, sin corrupción y más democrático?

La fórmula que nos ha permitido crear al P.A.P. ha sido muy simple: primero, el respeto a las organizaciones y personas que lo conforman, nadie tiene que deponer nada, ni organizativa, ni ideológicamente (más bien hay que fomentar el debate); segundo, en el plano programático un conjunto de reivindicaciones democráticas y económicas, con una conclusión clave: sólo si los sectores populares con su partido se convierten en gobierno, desplazando a los partidos oligárquicos, se podrán hacer realidad.Nuestro programa no habla de socialismo, lo que no quiere decir que muchos de los activistas del PAP no lo seamos. Y no hace falta que se proclame socialista pues, por un lado, el primer paso adelante es que la gente comprenda el engaño de los partidos oligárquicos y se organice en un partido independiente; segundo, en lo económico, nos alcanza con exigir la renacionalización de las empresas públicas privatizadas y un sistema económico mixto, que es lo único realista en el mundo actual (la economía cien por cien estatizada fue un invento fracasado de Stalin).

Por todo ello, luego de la primera impresión y bien mirada la cosa, no debe sorprender a nadie que el presidente Hugo Chávez proclame que el PSUV “no será marxista leninista”. Por un lado, el sólo hecho de colgarse esta etiqueta inhibe a mucha gente de sumarse. Por otro, porque el concepto “marxismo-leninismo” fue un invento de José Stalin para hacerse con el poder en la ex Unión Soviética, proclamando su adhesión a Lenin mientras pisoteaba su legado y asesinaba a sus compañeros. Por ello Trotsky llamaba a estos pretendidos “leninistas”: epígonos.

El concepto de “marxista-leninista” identifica un modelo de partido que Chávez hace bien en enterrar: un partido en el que los militantes carecían de democracia interna, donde sólo se hacía lo que dictaba el Comité Central, que en el fondo no era más que la voluntad omnímoda del Secretario General. Todo el que disentía u osaba tener sus propias opiniones era desterrado e incluso asesinado (no sólo en la URSS).

No puede haber nada peor, ni más alejado del marxismo (que siempre será pensamiento crítico), que el culto a la personalidad y el “centralismo democrático” interpretado como verticalismo burocrático. Los partidos comunistas, guiados por el Komintern, degeneraron en esta fórmula barbárica, que desde Moscú llamaban “marxismo-leninismo”.Si no partimos por esta crítica de lo que algunos llaman los “errores” de la ex URRSS, significa que no hemos aprendido nada desde 1990 para acá.

Dicen que por las noches la momia de Lenin en la Plaza Roja se revolcaba en su nicho de cristal ante tanta barbaridad, y cada mañana los burócratas del Kremlin debían colocarla en su sitio para guardar las apariencias.

Bromas aparte, el modelo de partido que los socialistas del siglo XXI debemos propugnar, para no repetir los viejos errores o degeneraciones, deben estar basados en la democracia interna, el derecho al disenso, la organización de tendencias, el debate libre de la ideas, la elección democrática y la revocabilidad de los dirigentes.

El centralismo debe quedar reducido a la unidad en la acción, y jamás debe convertirse en acatamiento ciego y mudo a los “jefes”. Por supuesto, no vale repetir el esquema burocrático stalinista cambiándole simplemente la etiqueta.

Otra cosa es, y aquí acabo, por ahora, pretender que el marxismo no tenga nada que decir del mundo de la globalizacióndel siglo XXI. El marxismo, incluyendo a Lenin, en el sentido de análisis crítico para una praxis transformadora de la sociedad, tiene mucho que decirnos, pues el mundo capitalista en esencia sigue siendo el mismo que hace siglo y medio atrás.

Dejamos para otra ocasión las pretensiones de un H. Dietrich y una Marta Harnecker en el sentido soslayar la lucha de clases. Sin partir de la lucha de clases no se entiende nada de lo que está pasando. Porque mientras haya una sociedad dividida en clases, habrá la necesidad de luchar por una sociedad sin explotadores, el socialismo. Y esa es la lección principal de Marx, de Lenin y de tantos otros.