Jean Salem y la memoria histórica. Lenin y la revolución

el marxismo a debate
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x Miguel Urbano Rodrígues

Es cada vez menos frecuente descubrir un libro sorpresa, uno de esos libros no esperados cuyo mensaje, fascinante, nos envuelve y nunca más deja de acompañarnos. Eso me ocurrió con Lenine et la révolution, de Jean Salem. El choque fue tan profundo que semanas después, en París, dirigiéndome a jóvenes universitarios en un encuentro de solidaridad con los pueblos de América Latina, afirmé que no conocía obra publicada en los últimos años sobre la temática de la revolución tan importante y útil como este pequeño libro de 114 páginas.

Por el desmontaje del engranaje manipulatorio de la conciencia, por el viaje por las rutas de la historia y de la teoría leninista que ilumina, el ensayo de Jean Salem funciona como inyección de confianza y esperanza para quienes tienen la percepción de que la humanidad se encuentra nuevamente al borde de un siglo de revoluciones. En Lenine et la révolution se complementan, funden e interpenetran dos libros.

En la extensa Introducción, con un prólogo conmovedor, el autor ilumina la falsificación de la historia con esa transparencia rara que, al decir de Camus, da fuerza de evidencia a lo obvio. Después, a partir de la selección de seis tesis de Lenin, extraídas de sus Obras completas, desarrolla una lección de política que demuestra con claridad meridiana la actualidad, tan ignorada, del pensamiento revolucionario de Vladimir Ilich.

En esta época en que la perversión mediática funciona como cimiento del poder, cientos de millones de personas tienden a ver en Lenin la personificación de un proceso histórico y de una ideología de las que la humanidad debería avergonzarse. La criminalización del ideal comunista ha sido tan científicamente trabajada por las transnacionales de la desinformación, controladas por el gran capital, que las campañas desencadenadas han afectado inclusive la conciencia histórica de muchos comunistas.

La inversión de la verdad tiene raíces milenarias. Existió en la Persia Aqueménida, en Grecia, en Roma. En todas las contrarrevoluciones. Bismark, después de la derrota de la Comuna de París, definió a los vencidos como criminales de derecho común. Y las burguesías europeas lo aplaudieron.

Salem recuerda que, según un sondeo del Instituto Francés de Opinión Pública, solamente 20% de los franceses admiten que la participación de la Unión Soviética en la guerra fue decisiva para la victoria sobre el nazismo. Según otro sondeo, la mayoría respondió que la URSS había sido aliada de Alemania durante la II Guerra Mundial.

Apenas una insignificante minoría de europeos sabe que la Whermacht fue destruida por el Ejército Rojo. En marzo de 1945, dos meses antes del fin del III Reich, solamente 26 divisiones alemanas combatían en el Frente occidental a los ejércitos inglés y norteamericano, mientras que 170 de ellas luchaban en el Frente Oriental, contra los soviéticos.

La famosa escritora sionista norteamericana Hannah Arendt compara el comunismo con un dragón, y afirma que «los sistemas nazi y bolchevista » son «dos variantes del mismo sistema». Y va más lejos. Comparando ambos, afirma que los estados comunistas «cometieron crímenes que alcanzaron aproximadamente a cien millones de personas contra cerca de 25 millones (sic) del nazismo».

Citando otros ejemplos de la histeria anticomunista, Jean Salem rememora que André Gluksmann -el «nuevo filósofo» francés, ex-maoísta, que hoy apoya con entusiasmo las guerras «preventivas» de los Estados Unidos- hace años valoró las víctimas de la represión en la URSS en 15 millones de muertos. Con el transcurso de los años él mismo creyó que esa estadística era insuficiente y ahora ha llegado a la conclusión de que el número de muertos fue de 40 millones. Pero Zolzhenitse, laureado con el Premio Nóbel, cree que es poco y habla de 66 millones de muertos.

Otro campeón del anticomunismo, el también ruso Michael Volensky, autor de Nomenclatura -400 000 ejemplares vendidos en Francia- asegura que «el tributo pagado por los pueblos soviéticos a la dictadura ascendió a 110 millones de vidas humanas».

Ernst Nolke, un historiador alemán venerado por la gran burguesía, sustenta que Aushwitz fue «principalmente (…) una reacción, fruto de la angustia suscitada por las acciones de exterminio cometidas por la revolución rusa».

Esos anticomunistas fanáticos, epígonos de las maravillas del capitalismo, omiten que la esperanza de vida en Rusia, en una década, ha decrecido 10%. El país tiene hoy 30 millones de habitantes menos que al final del régimen socialista.

La invención de una historia que responda a los intereses del sistema del poder imperial --que hoy tiene su polo en los Estados Unidos-- parece, por lo absurdo, fantasía de una novela de ciencia ficción. Pero, para mal de la humanidad, es muy real y funciona. En la memoria de una parcela de las actuales generaciones sustituye la historia auténtica.

LAS SEIS TESIS DE LENIN

¿Por qué Jean Salem, reflexionando sobre la inmensa obra de Lenin, llama la atención en este libro a las seis tesis sobre la cuales nos invita a meditar? Porque todas ellas son inseparables de la idea de revolución y de todas podemos extraer enseñanzas importantes y actuales en una época en que el capitalismo está sumido en una crisis estructural de la cual procura salir desencadenado las llamadas guerras «preventivas» y saqueando los recursos naturales de decenas de países.

¿Cuáles son esas tesis?

1.La revolución es una guerra; y la política, de manera general, es comparable al arte militar.

2.Una revolución política es también, y sobre todo, una revolución social, un cambio en la situación de las clases en que se divide la sociedad.

3.Una revolución está hecha de una serie de batallas; cabe al partido de vanguardia atribuir a cada etapa una palabra de orden, adecuada a la situación objetiva; su tarea es identificar el momento oportuno para la insurrección.

4.Los grandes problemas de la vida de los pueblos sólo pueden ser resueltos por la fuerza.

5.Los revolucionarios no deben renunciar a la lucha por las reformas.

6.En la era de las masas, la política comienza allí donde entran en movimiento millones de personas, o decenas de millones. Además, es necesario promover la dislocación tendencial de los focos de la revolución hacia los países dominados.

Aplicar estas tesis al mundo actual es un gran desafío para los comunistas. Desde el fin de la URSS, en la crisis global de civilización que vivimos, la política, como motor del Estado-nación, casi ha desaparecido. En la práctica ella funciona como instrumento del capital financiero.

Salem nos recuerda que, destruida su base material, anuladas su soberanía e independencia, y apagada su clase política, el Estado-nación se ha tornado un simple aparato de seguridad al servicio de las mega empresas.

La reflexión de Lenin sobre la 1ra. tesis es de gran actualidad. Después de la Revolución rusa de 1905 él previó que se aproximaba una era de revoluciones.

Retomando la fórmula de Clausewitz, según la cual «la guerra es la continuación de la política por otros medios», nos recuerda que la única guerra justa es la de los oprimidos contra los opresores. La paz es inviable mientras exista el sistema capitalista. Por eso, Salem admite que, terminada la era neoliberal que siguió a la guerra fría, la política mundial podrá volver a «re-nacionalizarse», es decir, a evolucionar hacia choques entre estados fuertemente militarizados.

Reconocemos perfectamente la legitimidad –afirmaba Lenin-, el carácter progresista y la necesidad de las guerras civiles, o sea, de las guerras de la clase oprimida contra aquella que la oprime.

Leyendo a Lenin viene también a la memoria el tipo de guerras con las que los pueblos de Iraq, de Afganistán y del Líbano se oponen a los invasores imperialistas. Esas guerras justas -incluyendo la del pueblo de Palestina contra el sionismo neonazi- en las cuales los patriotas son presentados por los medios del Occidente capitalista como «rebeldes» y terroristas.

PROBLEMAS DE LA TRANSICIÓN

Jean Salem alerta sobre la necesidad que tienen los revolucionarios de saber organizar la «retirada» cuando eso es necesario. Y recurriendo a Lenin, evoca lo que ocurrió en Rusia cuando él comprendió que se imponía pasar temporalmente de la ofensiva a la defensiva, porque en el país --famélico y devastado por la guerra civil y por la agresión de las potencias de la Entente--, era imposible adoptar de inmediato formas totalmente socialistas en la organización del trabajo. La transición obligó a utilizar el capitalismo de Estado, bajo la forma de la Nueva Política Económica –NEP- como «línea de retirada» provisional.

En la exposición de la 2da. tesis, que establece el puente entre la revolución política y la revolución social, Salem, citando a Lenin, subraya que, en la perspectiva del marxismo, la revolución «es la demolición por la violencia de una superestructura política obsoleta», que ya no corresponde a las nuevas relaciones de producción.

La Revolución de 1905 ocurrió precisamente cuando la superestructura política, la autocracia zarista, casi medio siglo después de la abolición de la servidumbre que introdujera el capitalismo, permanecía inalterada. Fue además la derrota en la guerra con Japón la que desencadenó el proceso de ruptura, porque «los factores subjetivos -y la afirmación es de Salem- también tienen su papel en el transcurrir de las revoluciones. Muchos regímenes se pudrieron , en ocasiones durante décadas, sin que hubiera fuerza social que pueda infringirles el golpe final».

Porque una revolución (Tesis 3ra.) es la suma de muchas batallas. Como enseñara Lenin en Izquierdismo - la enfermedad infantil del comunismo, no basta que las masas oprimidas tengan conciencia de la imposibilidad de continuar viviendo explotadas. La revolución solamente puede triunfar cuando los de abajo «no quieren más» y los de arriba no pueden vivir más a la manera antigua.

Sin embargo, el estallido del desafío revolucionario es siempre una incógnita. Ya Marx advertía que «sería muy cómodo hacer la historia si entráramos a la lucha solamente con probabilidades infaliblemente favorables».

La revolución no debe ser concebida como proceso lineal. Ni puede concretarse apenas sólo por la acción de los revolucionarios. En ella el papel de la vanguardia es decisivo. Pero la revolución tampoco prescinde de batallas previas a favor de reformas económicas y democráticas en múltiples frentes, «batallas –así sustentaba Lenin- que solamente pueden terminar con la expropiación de la burguesía». La transición del capitalismo al socialismo se asemeja entonces, retomando una formulación de Marx, a «un prolongado período de gravidez dolorosa», porque la violencia es siempre la partera de la vieja sociedad».

Esa certeza implica otra: la de que los grandes problemas de la vida de los pueblos son resueltos por la fuerza (tesis 4ta.).

Aplicada a la realidad social existente a inicios del siglo XXI, esa tesis tiene como premisa la conciencia de que el Estado moderno en la Unión Europea, en los Estados Unidos, en Japón y en otros países industrializados es el instrumento de explotación del trabajo asalariado por el capital, tal como ya era cuando Lenin escribió El estado y la revolución.

Hoy, al igual que en vísperas de la Revolución de Octubre del 17, «la cuestión del poder es ciertamente la cuestión más importante en todas las revoluciones». Afirmar que en una sociedad capitalista, a través del aparato del Estado es posible efectuar reformas revolucionarias incompatibles con la lógica del sistema --como la expropiación de la tierra sin indemnización, u otras que limiten concretamente los derechos del capital—es engañar al pueblo. La revolución socialista exige la destrucción de la máquina del Estado capitalista y no sólo el control del gobierno mediante las llamadas elecciones libres.

Hugo Chávez aprendió eso en la Venezuela bolivariana en el transcurso de una permanente lucha de clases dramáticamente marcada por sucesivas elecciones, un golpe de Estado y un lock out petrolífero, que paralizó el país. Una lucha tan intensa y compleja que, a pesar de apabullantes victorias electorales, a pesar de la relación de fuerzas existente, interna y externa, no ha permitido aún la destrucción del Estado burgués.

Situaciones como la de Venezuela alertan sobre una realidad que muchos intelectuales progresistas tienden a olvidar. Es un error común creer que en una revolución victoriosa en desarrollo el éxito del proceso lo decide la simple relación entre la mayoría y la minoría. En su crítica a Kantsky Lenin usa palabras duras para calificar la actitud de los que asumen esa posición, porque ella «engaña a las masas».

Los explotadores mantienen grandes triunfos incluso mucho tiempo después del inicio de una revolución. Veamos:

«Les queda el dinero (imposible de suprimir luego), algunos bienes muchas veces considerables; les quedan relaciones, hábitos de organización y de gestión, el conocimiento de todos los secretos de la administración (maneras de actuar, procesos, medios, posibilidades); les queda una instrucción más desarrollada, afinidades con el personal técnico alto (burgués por su manera de vivir y por su ideología); les queda una experiencia infinitamente superior en el arte militar, etc.»

En el desarrollo de la Revolución portuguesa tuvimos la oportunidad de comprobar que la reflexión de Lenin continuaba siendo válida.

La destrucción de las superestructuras del Estado fascista y la nacionalización de gran parte de los sectores estratégicos de la economía no impidió que la antigua clase dominante mantuviera «triunfos» que le facilitaron enormemente el desencadenamiento de la contrarrevolución en la que Mario Soares y el Partido Socialista desempeñaron un papel fundamental como instrumentos conscientes del gran capital y del imperialismo.

Lenin tenía sobradas razones para afirmar que no se puede eliminar el capitalismo sin «reprimir sin piedad la resistencia de los explotadores».

Es obvio que los desafíos que se plantean en el siglo XXI a las organizaciones revolucionarias en la lucha contra el neoliberalismo difieren mucho de los de hace cien años. Pero la reflexión sobre las opciones estratégicas y tácticas a adoptar hoy en cada sociedad no resta actualidad a la conclusión de Lenin de que los grandes problemas de la historia sólo pueden ser resueltos «por la fuerza material». La victoria completa sobre el capitalismo es imposible sin una confrontación final con los explotadores.

La convicción de que ella puede ser alcanzada por medios exclusivamente pacíficos es ingenua. No hay revolución sin revolución. Lenin enunció una evidencia al recordar que los capitalistas «siempre darán el nombre de libertad a la libertad de los ricos de engordar y a la libertad de los obreros de morirse de hambre».

LOS PIES EN LA TIERRA

Grupos trotskistas y anarquistas en su inflamada oratória pseudo–evolucionaria repiten incansablemente que las fuerzas progresistas deben renunciar a la lucha por reformas en el ámbito del sistema, por más progresistas que ellas sean.

Esa es, concretamente, la posición de quienes hoy en América Latina critican a los presidentes Rafael Correa de Ecuador y Evo Morales de Bolivia, acusándolos inclusive de cómplices del imperialismo. El propio Hugo Chávez no escapa a los ataques de los izquierdistas de múltiples grupillos que desvalorizan sus reformas de contenido revolucionario. Para esa gente la implantación inmediata del socialismo sería deber indeclinable de los presidentes de Venezuela, de Ecuador y de Bolivia.

En realidad, con tal gritería apenas demuestran su incomprensión de la historia. Muy diferente, pero igualmente negativa, es, mientras tanto, la situación existente en Europa, en países donde algunos partidos comunistas adoptan una postura de colaboración con la burguesía, que se inserta en la tradición reformista de Edward Bernstein. Con mayor o menor grado de conciencia del papel que desempeñan, funcionan al servicio de la burguesía, integrados al sistema. Su discurso reformista con barniz revolucionario no incomoda a la clase dominante.

Salem, invocando a Lenin, adopta la posición correcta cuando interviene en la polémica para afirmar que «los socialistas no deben renunciar a la lucha por las reformas» (5ta. tesis)

Pero atención: lo que diferencia «un cambio reformista » de «un cambio no reformista» en un régimen político, según Lenin, es que en el primer caso el poder continua fundamentalmente en manos de la antigua clase dominante, y que, en el segundo, el poder pasa de las manos de esa clase a una nueva. En el primero las reformas son concesiones de la clase dominante que permanece en el poder.

Creo útil citar nuevamente una enseñanza de Lenin que Salem recuerda:

«Los “revisionistas” toman las reformas por una realización parcial del socialismo. Los anarcosindicalistas, por el contrario, rechazan el “pequeño trabajo” y el uso de la tribuna parlamentaria –táctica que conduce a la espera de los “grandes días”- sin siquiera saber unir las fuerzas que crean los grandes acontecimientos».

Los socialistas no pueden renunciar a la lucha a favor de las reformas: deben votar, por ejemplo, en los parlamentos, por cualquier mejora, por mínima que sea, de la situación de las masas (por el aumento de la ayuda a los habitantes de las regiones devastadas, por la atenuación de la opresión de las nacionalidades, etc., entre otras).

No está de más repetir que los tiempos son diferentes. Y hasta el lenguaje. Lenin usaba la palabra “socialistas” para designar a los bolcheviques, entonces miembros del viejo Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, revolucionario en sus inicios. La diferencia en la actitud ante las reformas, esa no ha cambiado. Para los oportunistas el reformismo es un fin, puede conducir al socialismo tal como ellos lo entienden. Para los comunistas leninistas, las reformas son un medio que nunca puede desviar la lucha del objetivo final: el socialismo.

EL INTERNACIONALISMO

Lenin repetía constantemente que ser revolucionario es comportarse como militante internacionalista (6ta. tesis).

Su llamado al internacionalismo es muy oportuno en una época en que muchos intelectuales, políticos progresistas y hasta obreros, tienden a olvidar que en la era de la globalización los problemas del mundo no se resuelven en este o en aquel país.

La actitud de mirar al propio país como el lugar donde mal llegan los efectos de la lucha de clases del exterior lleva inevitablemente a acomodarse al sistema de explotación.

Lenin acompañó con interés absorbente la revolución persa (1905-11), la revolución turca de 1908, la revolución mexicana de 1910 y la revolución china de 1911.

Con su habitual lucidez, el autor de La III Internacional y su lugar en la historia previó -subraya Salem- que las luchas sociales que oponen a explotadores y «explotados de una misma nación o de un mismo continente serán sustituidas por luchas de dimensiones planetarias, luchas globalizadas que moverán masas humanas cada vez más numerosas y universalmente distribuidas por la faz de la Tierra».

En esas masas identificaba factores potencialmente revolucionarios y activos. A partir de la previsión del autor del «Manifiesto comunista, Jean Salem, reflexionando sobre nuestro tiempo, medita sobre el significado de las gigantescas manifestaciones de protesta contra la agresión a Iraq, que en su momento movilizara a millones de personas en 600 ciudades de 60 países.

En su Informe sobre la Revolución de 1905, redactado povo antes de la Revolución de febrero de 1917, Lenin escribió:

«El silencio de muerte que reina actualmente en Europa no debe crear ilusiones. Europa esté embarazada de una revolución. Las atrocidades monstruosas de la guerra imperialista, los tormentos de la vida cara generan por todos lados un estado de espíritu revolucionario, y las clases dominantes se creen cada vez más empujadas a un impase del cual no pueden salir sin graves turbulencias.

Sus palabras fueron proféticas. La Revolución de febrero estaba presta a explotar como prólogo a la Revolución de Octubre, el acontecimiento que cambiaría la vida en Rusia e influiría profundamente el rumbo de la historia.

Luego de la derrota de la revolución espartaquista en Alemania, Lenin advirtió que el capitalismo sobreviviría en todo Occidente. En las condiciones existentes la revolución socialista mundial se convertía en una imposibilidad. Tardaría mucho. Pero siempre afirmó que llegaría. Un día.

Jean Salem cierra su bello libro con palabras de esperanza. Una esperanza que, una vez más, lo lleva a Lenin para traerlo , actualísimo, al mundo loco, violento y caótico, hegemonizado por un capitalismo incapaz de superar su propia crisis.

Lenin definía la revolución como una fiesta. Así la sintieron los trabajadores portugueses del 25 de abril de 1974 al 25 de noviembre de 1975.

Para el fundador del Estado soviético fue mucho más agradable «vivir la experiencia de una revolución» que escribir sobre ella.

No estaré vivo, pero creo que la fiesta volverá un día. También a Portugal.

Me identifico con Jean Salem: Vivimos el fin de una época. Confiamos en la humanidad. «Sabemos que algo llegará. No sabemos lo que será».

Serpa, 4 de julio de 2007 www.odiario.info. Traducción de Marla Muñoz