La revolución permanente

el marxismo a debate
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x Pepe Gutiérrez-Álvarez

Aunque esbozada por Marx, la teoría de la revolución permanente está ligada al nombre de Trotsky y del bolchevismo, fue asimilada como parte de los primeros congresos de la Internacional Comunista hasta que fue condenada como la máxima herejía.

Tal como he explicado en diversos trabajos publicados en Kaos, la revolución de Octubre fue, en su intención y esfuerzo, una ruptura como nunca hasta entonces se había contemplado con el pasado,  con todas las condiciones sociales y políticas de la burguesía. Desde Lenin y Trotsky hasta el más humilde mujik, se movilizaron en un enorme y tempestuoso esfuerzo por erradicar del suelo ruso todas las formas de explotación y opresión. Parecía que, con las cenizas de la guerra, el viejo mundo debía quedar atrás. Sin embargo, los años que la siguieron mostraron un desarrollo más complejo y contradictorio. Por una parte, Rusia siguió encarnando la ruptura revolucionaria y las conquistas de Octubre sirvieron para arrancarla en gran medida del pasado económico y llevarla a la industrialización. Por otra, una sorprendente resurrección de los estigmas de este mismo pasado  --burocratismo, aparatismo, servilismo, oscurantismo, etc--, se tomaron venganza contra el presente en un momento en que la revolución se encontraba en dificultades nacionalmente y en retroceso en el campo internacional.

En gran medida, algunos de los más lúcidos bolcheviques comprendieron la nueva situación. De ahí que Lenin explicara que ellos mismos harían el Termidor (nombre dado en la Revolución francesa al fin de la dictadura revolucionaria, y al consiguiente ascenso de los girondinos que precedieron la entronización de Napoleón), las concesiones necesarias sin abandonar ninguno de los elementos determinantes de sus conquistas: el poder obrero, la alianza con los campesinos, las transformaciones sociales, la hegemonía bolchevique. Implantaron la NEP y trabajaron por una apertura diplomática internacional para conseguir acabar con el cerco económico y conseguir ayuda y una salida comercial necesaria. Al mismo tiempo convencieron al Komintern sobre la importancia de una política más a largo plazo, una planteamiento transitorio sobre el que no existió ninguna discrepancia significativa en la dirección del partido.

Tanto  Lenin como Trotsky, creían que, desde el poder revolucionario "asegurado", podrían reconstruir las condiciones favorables para la revolución: desarrollar la industria, fortalecer los centros proletarios y alentar el resurgimiento de los soviets. Confiaban en el PCUS para esta misión, pero aunque éste aparecía como la mejor garantía contra el pasado, se convirtió, de una manera sumamente original, en su vehículo más fuerte, iniciando en nombre de unos principios ahora institucionalizados,  el Termidor soviético, un concepto que en la revolución francesa fue el que precedió a Napoleón. Al convertirse en el único cauce posible, surgieron desde su interior los nuevos elementos que consagraban el sustituimo del partido como válido, que criticaban a los que deseaban profundizar el proceso revolucionario y, por el contrario, daban por buenos los abusos y las nuevas tendencias burocráticas que se manifestaban. y aunque no faltaron sectores infiltrados ajenos a la tradición revolucionaria, fueron los viejos cuadros los que desgastados por la revolución, la guerra y las penurias, más trabajaron para imponer el «nuevo curso» reaccionario.

Las primeras oposiciones, con la excepción de la “Oposición Obrera” --animada por la Kollontaï y Sliapnikov que se desintegró en el X Congreso, o sea  en las puertas de Kronstadt--, tuvieron muy poco eco. Singularmente, fue Lenin (un Lenin que permaneció ocultado por la censura estalinista hasta los años sesenta, y aún y así)  el que, ya en diciembre de 1922, inquieto por la creciente burocratización, escribe:  "Llamamos nuestro a un aparato que nos es totalmente extraño, a un fárrago burgués y zarista que nos ha sido totalmente imposible de transformar en cinco años, privados como estábamos de ayuda de otros países y durante los cuales nuestras «preocupaciones» esenciales eran la guerra y la lucha contra el hambre".

Sobre este episodio, tan decisivo, se puede consultar El último  combate de Lenin,  título de una obra clave del historiador judío polaco, Moshe Lewin, autor entre otros títulos no menos recomendables como La paysannerie et le pouvoir sovietique, 1928-1930; Le grand debat. La Russie des annés vingt. Este minucioso estudio de los últimos años de Lenin, editado por Lumen (BCN, 1970, tr. Esteban Busquets), demostraba, entre otras cosas, la existencia de un Lenin oculto por la censura estalinista, la existencia de una conciencia sobre la degeneración burocrática del Estado soviético anterior a la de Trotsky, de unas reflexiones muy críticas sobre la evolución del nuevo régimen, su creciente rechazo de Stalin, personificado como el hombre de la burocracia en la cúspide, y la existencia de una manifiesta voluntad de establecer una alianza con Trotsky en vías a trabajar por recomponer la base social de la revolución…

Toda la ira de Lenin se concentran contra el poder de Stalin y sus planes:    a) Contra su proyecto ultracentralista en la Constitución que consagra un presunto "internacionalismo proletario" que estaría por encima de los derechos de las nacionalidades;  b) Contra su intención de debilitar el monopolio del comercio exterior, ampliando el alcance de una nueva burguesía;  c) Contra la invasión «chauvinista gran rusa» de Georgia (que Trotsky, mal informado, había tratado de justificar en polémica contra la socialdemocracia); d) Por apartarlo de la Inspección Obrera y Campesina;    e) Por conocer el censo del funcionariado que Stalin le oculta, y del que se había convertido en líder;  f) Por apartarlo de la Secretaría General, que utilizaba en beneficio de sus propias intrigas al frente de los sectores de la "vieja guardia" más afines a la idea de concluir la “aventura” revolucionaria y de hacer de la necesidad virtud 8en su beneficio como gestores de un Estado que consagraban como la “revolución”.

 

Antes de morir, en plena agonía y perplejo al darse cuenta de cómo había degenerado la revolución, prepara, según sus propias palabras, “una bomba” contra Stalin. Rompe las relaciones con él y trata por todos los medios de establecer una alianza con Trotsky, pero no llega a tiempo. Su muerte dejaría a Trotsky aislado entre la cumbre de la «vieja guardia» que ve en él un peligro. La troika compuesta por Zinóviev, Kaménev y Stalin --se mencionaban por este orden- empezó la campaña contra el «trotskismo» a pesar de que Lenin había criticado cualquier utilización del pasado no bolchevique de Trotsky e incluso había llegado a considerar a éste como «el mejor bolchevique». Establecen un nuevo cuerpo doctrinario: el «marxismo leninismo», del cual se considerarán sus más autorizados intérpretes. A Trotsky se le condenó en nombre de su oposición a esta doctrina y se le trató como alguien ajeno al partido. Uno de los oscuros funcionarios en ascenso, Mikoyan, dirá en voz alta lo que se piensa en los círculos del poder: Trotsky es un hombre del Estado, pero no del partido. Para Stalin, es indiscutible que Trotsky no pertenece a la "vieja guardia", la nueva propietaria de la revolución, y le achaca ser el partidario de la "desesperanza permanente", o sea de no dar por buena las necesidades existentes, de no "confiar en el socialismo" porque ésta ya existe de hecho….

Sometido a esta presión, Trotsky renuncia a la jefatura del poder, que le ofrece insistentemente Lenin, por no herir susceptibilidades. Siempre se sintió incómodo entre los viejos cuadros, ya que su brillantez y sus inquietudes no concordaban con la opacidad de éstos, con su dificultad ante la audacia y ante las nuevas líneas que exigían los cambios en una situación general revolucionaria. Ante los ataques, Trotsky renuncia a emplear su influencia en las fuerzas armadas y pasa a llevar a cabo la lucha en el terreno de la legalidad de la joven República. Se plantea transformar el partido y la Internacional con el apoyo del ascenso de la lucha revolucionaria en el mundo. Ésta no estaba tan lejos, ya que: "El carácter revolucionario de la época no es de naturaleza tal que permita la realización de la revolución, es decir, la toma del poder, en cualquier momento. Su carácter revolucionario consiste en agudas y profundas fluctuaciones y en abruptas y frecuentes transiciones de una situación revolucionaria inmediata --es decir, una situación tal que permita al partido comunista luchar por el poder--, a una victoria de la contrarrevolución fascista o semifascista, y de esta última a un régimen provisional de la medianía dorada (el “Bloque de izquierda”, la inclusión de la socialdemocracia en la coalición, el pasaje del partido de (Ramsay) Mac Donald y así sucesivamente), llevando así inmediatamente el antagonismo a una nueva crisis y planteando igualmente la cuestión del poder" (La internacional comunista después de Lenin).

En octubre de 1923, Trotsky envía una carta al Comité Central en la que denuncia: “La burocratización del aparato del partido se ha desarrollado hasta unas proporciones inauditas por medio del método de selección de los secretariados.” Una semana más tarde, 46 cuadros reconocidos de la dirección del partido (Preobrazhensky, Serebriakov, Antonov-Ovsenko, Smirnov, Piatakov, Muralov, la rusocatalana Evgenia Bosch, Kossior, etc) escriben una carta en la que podemos leer: "El régimen establecido en el partido es del todo intolerable, destruye la independencia del partido reemplazando a este último por un aparato burocrático seleccionado". Piden, como Trotsky, la democratización interna y un plan de industrialización. La troika, por su parte, condena indistintamente al “trotskismo” y al “fraccionalismo" como sinónimos; Stalin cree que es necesario poner límites a la discusión.

En diciembre, Trotsky escribe una serie de artículos que son recogidos en libro con el título de El nuevo curso. Critica a la «vieja guardia» y sus pretensiones de haber sido el bloque leninista “monolítico”, les recuerda el papel de la “vieja guardia” socialista que construyó la II Internacional y terminó haciendo “socialpatriotismo” en 1914. Llama a la reconversión del partido a partir de los obreros y las nuevas generaciones. Exige la libre elección de todos los organismos y de todos los secretariados: “el partido debe de subordinar su propio aparato sin dejar de ser una organización centralizada”. Reclama la revitalización de la Gosplan, un plan general de industrialización y la lucha, junto con los campesinos pobres, contra los kulacs. Evoca la posibilidad de una degeneración “termidoriana”; pero se contiene, limitándose a propugnar una profunda rectificación democrática. No obstante, comprende que de esta manera no puede ir muy lejos: «Ios burócratas, escribe con vehemencia, están formalmente dispuestos a "tomar acta" de El nuevo curso, es decir, prácticamente a enterrarlo. O dicho de otra forma; la dirección integra a su manera las críticas de El nuevo curso, mientras suprime aún más las posibilidades de la Oposición".

La Oposición de 1923 se ve obligada a llevar una lucha en vaso cerrado. Desde la Ejecutiva de la Internacional, Zinóviev lleva a término la llamada “bolchevización” de sus secciones nacionales, o sea, el desplazamiento de sus direcciones de todos los elementos sospechosos de simpatizar con Trotsky y la Oposición. También da el primer paso para la subordinación de estas direcciones al partido ruso.

En el interior del partido, la Oposición se encuentra con el obstáculo beligerante de la burocracia --todos los responsables, en todos los ámbitos, son impuestos desde las oficinas donde emana el poder de Stalin--, y el de los estatutos, tal como habían ido siendo modificados contra las anteriores oposiciones. En la medida en que se ve amenazada, la burocracia va a desarrollar sus métodos antidemocráticos --destituciones, expulsiones, desplazamientos al extranjero, despido laboral, discriminaciones legales, coacción bajo diversas formas de amenaza, por ejemplo, campañas sobre un punto débil en la biografía del opositor, golpes, pitidos que impiden hablar en las asambleas a los discordantes, insultos, provocaciones como la de amalgamar a la Oposición con la contrarrevolución zarista etc. Sin olvidar formulaciones teóricas que invariablemente representan la legalidad soviética y la legitimidad «leninista», ante la que cualquier forma de discrepancia se va haciendo cada vez más  imposible y más arriesgada.

Se conoce como tal a la «polémica literaria» iniciada en 1924 con la publicación de Las lecciones de Octubre, y  tiene la virtud de esclarecer dos premisas teóricas antagónicas:  a) la teoría del “socialismo en un solo país” que, en un principio, formula Bujarin; pero que la hace enteramente suya Stalin, y que tiene su correlato con la teoría de las dos etapas según la cual, existía una etapa democrático-burguesa antes de poder abordar las tareas de la revolución socialista, una teoría que, entre otros ejemplos, sirvió para justificar la política española con el Frente Popular,  y b) su contraposición, la teoría de la revolución permanente, que es presentada como la quintaesencia de los errores de Trotsky. Tanto una como otra se convertirán en piedra angular del esquema estratégico de sus respectivos defensores.

 

Hasta aquel momento toda consideración sobre la posibilidad de construir el socialismo en un solo país, había sido rechazada por los marxistas, solamente había sido apreciada por algunos nacionalistas como los eseristas que pensaban que la comuna agraria podría ser la base de un socialismo autóctono en Rusia.  Todavía de acuerdo con la concepción leninista tradicional, que, como hemos visto, justifica Octubre como un "prólogo" a una revolución internacional,  Stalin escribía en 1924 que, para el triunfo del socialismo en un país como en Rusia, «era necesario el concurso de varios países avanzados». Pero, ulteriormente, para Stalin la teoría llegó a ser algo así como una especie de reloj que había de marcar la hora que necesitaban los intereses de la burocracia que él representaba ya mejor que nadie, pues poco tiempo después cambió radicalmente de opinión. De manera que se puede afirmar que su "dogmatismo" era como de goma. Resultaba siempre temporal, y dependía estrictamente de la interpretación que el propio Stalin hacía de las exigencias del Estado en el momento.  Cuando obraba un giro “dogmático”, siempre caían algunos chivos expiatorios que pagaban los platos rotos de la fase anterior.

No hay duda pues que Stalin invertía  las concepciones clásicas marxistas cuando afirma que, en la era imperialista, la desigualdad y la heterogeneidad del desarrollo permiten la construcción del socialismo en un solo país, y además en un país tan atrasado como era Rusia, que, como por lo demás, arrastraba todas las cargas de las sucesivas guerras y del cerco exterior.  Pero en su opinión, el potencial de la economía rusa facilitaba este camino. Y añadía: “Rusia estaba llamada a ser la «patria del socialismo», su defensa se anteponía a cualquier otra exigencia nacional,  y no había más que discutir. Cualquier crítica a este objetivo significa menosprecio de su destino, desacato al partido, de Lenin, convertido en argumento de fe. Según el Bujarin de entonces, la cuestión radica ahora en construir el socialismo nacional aunque sea a «paso de tortuga», o sea prologando la transitoriedad de la NEP, y en consecuencia, había que dejarse de aventuras revolucionarias. De meterse en guerras permanentes como dicen que quería Trotsky, cuando lo que se trataba era simplemente de impedir la intervención imperialista. Esta se erigirá desde entonces en la misión central de la Internacional.  Para Trotsky, esta teoría era una “utopía reaccionaria”.

Trotsky entiende que por el contrario, el esquema del marxismo clásico tenía más validez que nunca puesto que el imperialismo había entrelazado más aún la interrelación entre países y continentes: ahí radicaba precisamente la verdad de Octubre. Indiscutiblemente, se trataba de avanzar en la construcción del socialismo en Rusia, pero no era posible pensar seriamente en esto a través del aislamiento y de la colectivización del subdesarrollo ruso. El patriotismo no atenúa las dificultades objetivas. Las aventuras revolucionarias no fueron nunca un capricho de Trotsky, sino una realidad objetiva de un período abierto con la ruptura del eslabón más débil de la cadena imperialista.

Para extender esta ruptura se creó la Internacional.. A las tesis estalinistas, opone un nuevo desarrollo de la teoría de la revolución permanente que resumidamente vienen a decir:

a) Vivimos en una época de actualidad revolucionaria en la que los períodos de calma y de crisis social se combinan, de manera que hay que superar la vieja división socialdemócrata entre el programa mínimo y el programa máximo y establecer un puente entre ellos, levantar un programa de transición;

b) La conquista del poder por el proletariado se ha mostrado más fácil en los países donde la burguesía es más débil; de la misma manera la construcción del socialismo es más difícil en estos países al carecer de las bases materiales que facilita el desarrollo industrial;

c) El proletariado es la única clase consecuentemente democrática, capaz de aparecer como la liberadora de los campesinos y de los pueblos oprimidos, mientras que la burguesía ha ido retrocediendo hacia posiciones reaccionarias;

d) La revolución puede empezar por una huelga general, por una movilización campesina o anticolonial. Para llevarla a cabo, la clase obrera deberá de ganar la mayoría de la población aliándose con los campesinos y la pequeña burguesía empobrecida, formando un bloque opuesto al burgués reaccionario;

e) El gobierno obrero y campesino que salga de esta revolución deberá llevar adelante, combinadamente, las tareas democráticas clásicas con las tareas primeras de la construcción del socialismo;

f) Esta revolución socialista no podrá ser llevada a su conclusión más que sí no se la limita a unas fronteras nacionales. Una de las causas esenciales de la crisis de la sociedad burguesa viene de que las fuerzas productivas creadas tienden a salir del marco del Estado nacional. De aquí las guerras imperialistas de un lado y la utopía de los Estados Unidos de Europa de otro. La revolución socialista se hace permanente en el sentido nuevo y más amplio de la palabra; no acaba más que con el triunfo definitivo de la nueva sociedad en todo el planeta; g)  Por esto el internacionalismo proletario no es un principio abstracto; constituye el reflejo teórico y político del carácter internacional de la economía, del desarrollo mundial de las fuerzas productivas y del aliento mundial de la lucha de clases; h). Finalmente, la revolución no hace más que comenzar con la conquista del poder.

 

Tal que como habría predicho Saint Just, toda revolución que se detiene a mitad de camino, cava su propia tumba. Para evitar este retroceso se hace imprescindible llevar adelante una lucha a muerte contra la burocracia que se ha revelado como la enfermedad más grave de la sociedad postrevolucionaria, lo que significa  --entre otras cosas- asegurar la democracia en los organismos autónomos de clase, impulsar una «revolución cultural» que haga del movimiento revolucionario un polo de civilización nueva, más potente que la civilización derrotada.

En esta época, el estalinismo en ciernes profundiza el curso iniciado por la llamada "bolchevización" de la Internacional, concepto  que en realidad consiste en su sometimiento estricto a los dictados de la política exterior soviética, o como en tantas otras cosas, bajo una palabrería revolucionaria se esconden unos propósitos cínicos y reaccionarios.

La razón de este intento. estaba clara para Trotsky: "La nueva doctrina --del socialismo autárquico- dice: el socialismo se puede construir sobre la base de un Estado nacional. sí no hay intervención. De aquí se puede desprender, al margen de todas las declaraciones solemnes del proyecto de programa de la Internacional Comunista, una política de colaboración con la burguesía del exterior. El fin está en evitar la intervención; en efecto, la construcción del socialismo estando así asegurada, resolverá la cuestión histórica fundamental. La tarea de los partidos de la Internacional Comunista toma ahora un carácter secundario: proteger a la URSS de las intervenciones y no luchar por la conquista del poder (…). Si nuestras dificultades, nuestros obstáculos, nuestras contradicciones internas, que reflejan las contradicciones mundiales, pueden remontarse únicamente por la propia fuerza de nuestra revolución; fuera de la arena de la revolución mundial, entonces la Internacional es una institución semiauxiliar, semidecorativa, a la cual se puede convocar a congreso, cada cuatro años, cada diez años o incluso jamás. Si ajustamos que los proletarios de otros países deben de proteger nuestra construcción contra la intervención militar, entonces, según el esquema, la Internacional debe de jugar un papel de instrumento pacifista. Su "rol" fundamental de útil de la revolución mundial pasa inevitablemente a segundo plano" (La internacional después de Lenin).

La teoría de la revolución permanente es, ante todo, la reflexión de Trotsky, con la inestimable contribución de Parvus,  sobre las enseñanzas de 1905. Su primer bosquejo lo desarrolló en las mazmorras de la autarquía --después de que, en el proceso contra los componentes del soviets de San Petersburgo, diera la vuelta al orden de los factores y pasara él a ser el acusador vehemente del absolutismo--, y su primera sistematización en su obra Balance y perspectiva (para Deutscher en este libro Trotsky expone completamente pero con una sequedad casi matemática su teoría), para darle su «formalización» más acabada casi veinticinco años después, en el destierro, polemizando contra Rádeck y Stalin.

Su punto de partida comienza donde termina Marx: la burguesía ya no es una clase revolucionaria, el proletariado tiene que prepararse para serIo. La revolución francesa de 1789 señala el punto más alto de la capacidad revolucionaria de la burguesía. En 1848, su declive es evidente: prefiere un pacto con la reacción antes que hacer demasiadas concesiones al «Cuarto Estado», En la Comuna de París de 1871, las barricadas ya están claramente situadas; es el antagonismo de clase entre burguesía y proletariado lo que determina la situación. En 1905, en un país semicapitalista, el protagonismo del proletariado en la revolución democrática es manifiesto.

Era, pues, necesario un nuevo enfoque estratégico para trazar las perspectivas de la historia. No se podía pensar que los países pobres tenían que pasar por el mismo ciclo histórico que los países ricos, ya que, al mismo tiempo que existía una desigualdad, se daba una combinación en su evolución. Antes de que la revolución burguesa --que se traduce por una revolución agraria y sobre todo por las libertades políticas--, diera sus primeros pasos en Rusia, se estaba realizando una gigantesca revolución industrial que concentraba en las grandes ciudades fabriles --del tipo americano--, a enormes masas de proletarios. Es por ello que la lucha por la democracia y el socialismo no se desarrollarían en épocas distintas, sino que la revolución contra el atraso burgués --al tener que ser encabezada por el proletariado industrial--, se fusionaría con la revolución anticapitalista en un mismo tiempo. El socialismo consolidará el proceso democrático y no al revés.

Para llegar a estas conclusiones, Trotsky establece un análisis que interrelaciona combinadamente dos polos, el nacional y el internacional, que los marxistas de su tiempo solían separar, y afirma que la revolución rusa está marcada en su carácter por la realidad del capitalismo mundial determinada por los monopolios y el imperialismo moderno. Con el crepúsculo del siglo XIX y la aurora del XX, Trotsky define la estructura socioeconómica rusa como una autocracia brutal y ultrarreaccionaria apoyada en una franja de «almas muertas» burocráticas, de funcionarios oscuros y serviles por una parte y de una casta de terratenientes --entre los cuales el Zar se considera el primero- por otra. Un océano campesino, compuesto en su mayor parte por agricultores pobres, y una clase obrera naciente, ajena a las tradiciones militantes, pero que irá multiplicando sus efectivos por año. La burguesía rusa  por sí misma es como una «sombra» de la que se conoce en Europa; pero, apoyándose en las inversiones extranjeras --inglesas, francesas y alemanas--, está creando importantes polos de desarrollo industrial. Si el capitalismo va ganando terreno, esto no se debe a un proceso “orgánico”, natural, a la manera que se desarrolló en Occidente y analizó Marx en el primer volumen de El Capital. Fue el mismo poder estatal del zarismo el que, por su propia necesidad de supervivencia en competencia militar con las potencias burguesas, facilitó este desarrollo tan particular y muy dependiente, tanto de las condiciones sociales rusas, como de la inversión e intereses europeos.

La clase obrera rusa, cuando todavía no ha roto sus vínculos con su pasado agrario, se  "ha encontrado frente a un poder centralizado al máximo ya un capital en el cual las fuerzas no están menos centralizadas. No ha conocido ni las tradiciones corporativas ni los prejuicios del artesanado y desde sus primeros pasos se han comprometido a una lucha sin piedad en los dos frentes: el político y el económico”.

Trotsky tenía claro el carácter burgués básico que el cambio exigía y que el golpe principal se tendría que asestar al pasado feudal, a los terratenientes ya la burocracia; pero creía que, sí la burguesía estaba al otro lado de la barricada, sí la pequeña burguesía y el campesinado eran incapaces de jugar un papel dirigente, sólo los proletarios serían capaces de llevar adelante este cambio con todas sus consecuencias. ¿Menospreciaba Trotsky al campesinado? Mientras que Lenin le hacía esta acusación, él acusaba a éste de sobreestimarlo, de atribuirle una capacidad desmesurada para jugar un papel independiente e imponer a las dos clases fundamentales de la sociedad moderna, la burguesía y el proletariado, sus propias reglas en la revolución. Estaba convencido de que, cuando la ciudad derrocara al antiguo régimen y profundizara la fuerza revolucionaria que ya mostró en 1905, entonces  "…muchas capas de las masas trabajadoras, especialmente en el campo, serán atraídas a la revolución y por primera vez obtendrán una organización política, sólo después…de que el proletariado urbano haya empuñado el timón del gobierno. Al no respetar las propiedades de las tierras, al no poner impedimentos en la voluntad campesina de revolución agraria “el proletariado en el poder aparecerá ante el campesino como el libertador".

Una vez en el poder, "el proletariado no sólo no querrá, sino que no podrá limitarse al programa democrático burgués. Solamente podrá conducir la revolución hasta el final sí la revolución rusa se convierte en revolución del proletariado europeo. De esta manera, se sobrepasarán el programa democrático burgués de la revolución rusa y sus cuadros nacionales; la hegemonía política temporal de la clase obrera se consolidará en una dictadura socialista duradera. Si Europa permanece inmóvil, la contrarrevolución burguesa no aceptará un gobierno de las masas trabajadoras en Rusia y hará retroceder al país lejos de una república democrática de obreros y campesinos. Llegado al poder, pues, el proletariado no deberá limitarse al marco de la democracia burguesa, sino que deberá desarrollar la táctica de la revolución permanente; es decir, abolir la frontera entre el mínimo y máximo de la socialdemocracia, avanzar hacia unas reformas sociales cada vez más profundas y buscar un sostén directo en la revolución del Occidente europeo".

La relación existente entre la revolución rusa y europea aparece con insistencia en sus textos: "Esto le impartirá, desde el comienzo mismo, un carácter internacional al desarrollo de los acontecimientos y abrirá las perspectivas más amplias: la clase obrera de Rusia, al encabezar la emancipación política, se elevará a una altura desconocida en la historia, reunirá en sus manos fuerzas y recursos colosales y se convertirá en la iniciadora de la liquidación del capitalismo a escala global.(…)  Si el proletariado ruso, después de conquistar temporalmente el poder, no lleva la revolución por iniciativa propia al terreno de Europa, entonces la reacción feudal y burguesa le obligará a hacerlo.  El proletariado ruso arrojará a la balanza de la lucha de clases de todo el mundo capitalista el colosal poder político-estatal que las circunstancias temporales de la revolución burguesa le dará. Con el poder estatal en sus manos, con la contrarrevolución a sus espaldas, con la reacción europea por delante, dirigirá a sus hermanos de todo el mundo el viejo llamamiento, que esta vez será la llamada al asalto final: iProletarios de todos los países, unios!" .

Lenin se opone a esta perspectiva de la dictadura del proletariado, que se apoya en la revolución, agraria, e intenta su extensión europea. Para él, las condiciones no están de ninguna manera suficientemente maduras para la dictadura del proletariado en Rusia. Según sus concepciones, se trataba de llegar --dentro de las relaciones de producción burguesas--, al punto más elevado que la alianza obrero-campesina pudiera permitir: de estallar después la revolución europea, el camino al socialismo tendría ya ganada una batalla decisiva. Pero, en esta época, Lenin seguía pensando unilateralmente la situación rusa. La guerra sirvió a Trotsky, entre otras cosas, para profundizar en los elementos de su análisis de 1905 sobre la creciente contradicción entre el Estado-nación y el desarrollo de las fuerzas productivas; para diseccionar la naturaleza conservadora de la socialdemocracia internacional que enviaba a morir a sus militantes a las diferentes trincheras; para aprender no pocas cosas sobre la guerra y acercarse por la vía de la intransigencia internacionalista al bolchevismo.

A lo largo de su historia, el movimiento trotskista dedicó un enorme esfuerzo para tratar de explicar el llamado "fenómeno Stalin". Quizás quien mejor expresó la victoria de Stalin fue Víctor Serge, quien explicó que  diversas opciones posibles para la revolución, pero que, por una serie de circunstancias radicalmente adversas, acabó imponiéndose la más mediocre y la más reaccionaria y brutal. Recordemos una vez más que Trotsky, aunque no pudo por menos que tener dudas y hesitaciones sobre lo que estaba ocurriendo, se puso tempranamente al frente de la oposición de izquierdas, y de ofrecer una explicación marxista del inusitado proceso histórico que llevaría al Estado totalitario encabezado por Stalin, y a su reproducción ulterior en los países del "socialismo realmente existente".

En todos sus escritos sobre la cuestión, Trotsky dedicó una especial atención a rebatir cualquier tentativa de amalgama, fuesen por la derecha o por la izquierda. Recordó cómo, en nombre de un mismo Dios, los cristianos se habían enfrentado irreconciliablemente siervos y señores, entre papistas y reformadores y cómo bajo el mismo principio, el de la República, se habían creado barricadas opuestas en la Revolución Francesa de 1848, y otras asimilaciones posibles que pueblan la historia. Destacó que su ”rasgo fundamental (...) lo constituye el ignorar completamente la base material de las diversas tendencias, es decir, su naturaleza de clase, y por eso mismo su papel histórico objetivo. En lugar de eso, se valoran y clasifican las diversas tendencias según cualquier indicio exterior y secundario; o más a menudo, según su actitud frente a talo cual principio abstracto que, para el clasificador, tiene un valor profesional muy particular”. Con ello olvidan que "…el proceso histórico es, ante todo, lucha de clases y acontece que clases diferentes, en nombre de finalidades diferentes, usen referencia análoga. En el fondo, no podría ser de otro modo. Los ejércitos beligerantes son siempre más o menos simétricos y, sí no hubiera nada en común en sus métodos de lucha, no podrían lanzarse ataques unos a los otros" (Su moral y la nuestra)

Para allanar el camino de las simetrías, los amalgamadores de oficio se ven obligados a distorsionar la realidad. Así por ejemplo, en relación con la cuestión de la concepción leninista del partido, no aprecian la notable evolución de Lenin entre 1903 y 1905 y, sobre todo, desde la revolución de Febrero. También han de omitir que, bajo la dirección de Lenin, el terror rojo se refiere a la guerra civil y no a cualquier medida arbitraria, y que el partido bolchevique conoció bajo su inspiración una batalla abierta y permanente de tendencias organizadas incluso en medio del asedio militar. Por su parte, Trotsky, sitúa cada momento en un proceso histórico global en el que es posible comprender el todo y las partes, la continuidad y las rectificaciones, sin caer en contradicciones aberrantes ni en apreciaciones abusivas y reaccionarias.

Trotsky no admitió nunca el argumento de la victoria determinara la razón de los contendientes, aunque en los primeros años de la revolución fue bastante dado a la soberbia, como muestra aquella célebre admonición sobre el "basurero de la historia" en la rezumaba un optimismo que luego no se confirmó con la realidad, o con el trato dispensado a sus adversarios; también menospreció a lo que significaba Stalin al medirlo por su aparente mediocridad.  En el tercer exilio se refirió a la cuestión reconociendo que “el éxito o el fracaso de la lucha de la Oposición ha dependido evidentemente, en tal o cual grado, de las cualidades de la dirección en los campos en lucha”; pero esto, en última instancia, estuvo predeterminado por el marco en que se encontraban ambas fuerzas. Además, el retroceso del proceso revolucionario interno --y sobre todo externo--, fue decisivo: "El declive del movimiento revolucionario, escribe en La revolución traicionada, el decaimiento, los fracasos en Europa y en Asia, la decepción de las masas obreras, inevitablemente tenía que debilitar las posiciones de los internacionalistas revolucionarios y, por el contrario, reforzar las posiciones de la burocracia nacional y conservadora. Un nuevo capítulo se abre dentro de la revolución"…

La derrota de Trotsky no fue el fracaso de su candidatura al poder, al menos no solamente; ante todo significó un salto hacia atrás en la marcha de la revolución. Un salto que se hace en nombre de las premisas programáticas más revolucionarias; pero que, en realidad, retrocede por una extraña combinación de circunstancias, hacia la noche oscura del Medioevo. Citando las frases del célebre discurso de Stalin ante el cadáver de Lenin, Lucio Colletti escribe: “Un abismo de siglos --entre los cuales están Galileo, Newton, Voltaire y Kant-- separa ese lenguaje y esa mentalidad del lenguaje y la mentalidad de Marx y Lenin. el tono de ese juramento, impregnado de letanía religiosa y con el cual Stalin se presente a sí mismo como el vicario en la tierra y el ejecutor testamentario del dios difunto, permite entender mejor que cualquier largo razonamiento la soldadura que se va estableciendo entre Stalin y su aparato burocrático por una parte, un aparto en el que se multiplican los oscuros funcionarios ajenos a la historia del bolchevismo y a la misma revolución (…) y, por otra parte, entre éste y la masa de un partido que la "promoción Lenin", las depuraciones que empiezan a desarrollarse más aún, el ingreso masivo en el mismo de mencheviques y de los restos del viejo régimen, van convirtiendo, cada vez en mayor medida, en un cuerpo apagado y opaco, compuesto en gran medida ya por ejecutores "devotos del jefe" o por analfabetos políticos” (La cuestión de Stalin,  Anagrama, BCN, 1971, p. 30).

Que entre la vanguardia de la historia encarnada por el bolchevismo y la Internacional, y el retroceso más oscurantista encarnado por el estalinismo media una ruptura política de proporciones tanto o más gigantesca que las que median entre la burguesía revolucionaria del siglo XVIII y la burguesía que apoya la reacción fascista, es algo que sin duda escapa y sorprende a muchos y, particularmente, a los que creen que la historia sólo tiene una regla para ser medida: la línea recta.

Pero no pudo sorprender a alguien como Trotsky que escribió en 1915: "…el desastre actual emitirá, en el transcurso de años, décadas y centurias, una radiación sangrienta, a cuya luz las generaciones futuras contemplarán su propio destino, del mismo modo que Europa ha sentido hasta ahora la radiación de la gran Revolución Francesa y de las guerras napoleónicas. Y, sin embargo, cuán pequeños fueron esos acontecimientos... en comparación con los que estamos haciendo o viviendo ahora, especialmente con los que nos esperan. La mente humana es propensa a la trivialidad; sólo con lentitud y renuencia asciende hasta la cumbre de estos acontecimientos colosales... se esfuerza sin saberlo por empequeñecer ante sí misma la importancia de éstos, para poder asimilarlos más fácilmente... No es nuestra mente la que domina los grandes acontecimientos; por el contrario, los acontecimientos, surgidos de la combinación, interacción y concatenación de grandes fuerzas históricas objetivas, obligan a nuestra mente indolente y perezosa a adaptarse lenta y torpemente. En relación con este hecho, tan ofensivo para nuestra megalomanía, nuestra segunda naturaleza, el destino actual de las naciones civilizadas clama en el estruendo simultáneo de todos los cañones y armas".