Una edición popular de El Capital

el marxismo a debate
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Pepe Gutiérrez-Álvarez

Libros de la Frontera acaba de publicar la edición popular de El Capital que tiene la virtud de una magnífica introducción de Michael Hucson que explica porque Marx es más actual que nunca. La edición comprende un epílogo de Manuel Sacristán.

Aunque a estas alturas casi “todo el mundo” sepa El Capital fue la obra más importante de Karl Marx, es muy poca gente la que la ha leído, Sin embargo, sigue siendo el estadio más coherente y desarrollado de una lógica capitalista que, a lo largo de casi siglo y medio desde su redacción, ha cambiado en muchos de sus aspectos,  ahora que no cuenta con una oposición digna de este nombre, está mostrando cuanta razón tenía el judío de Treveris, un penador que en el orden del pensamiento teórico, nunca fue superado.

El Capital no fue lo que se dice  “un libro popular”, y muy poco de los marxistas que siguieron a Marx y Engels lo estudiaron con toda la atención que requería aunque los hubo que llegaron a efectuar adaptaciones creativas como sería el caso de Lenin y rosa Luxemburgo, en sus respectivos trabajos sobre  la implantación del capitalismo en Rusia y en Polonia, respectivamente. Hay constancia de que algunos de nuestros intelectuales más prominentes  (Unamuno en su interesante período socialista por ejemplo, o Ramiro de Maeztu que es posible que lo leyera bocaabajo), le dedicaron su tiempo, pero no parece que les influyera lo suficiente como para realizar alguna tentativa de estudiar nuestro propio desarrollo capitalista.

Si bien en el primer PSOE surgieron algunos intelectuales valiosos como Jaime Vera y más tarde Antonio García-Quejido, que cuenta igualmente como cofundador del PCE, sus actividades teóricas fueron básicamente divulgativas. Los anarquistas por lo general únicamente vieron a Marx como el compadre que se peleó con Bakunin, y los testimonios de un Anselmo Lorenzo demuestran que lo vio como un personaje más o menos importante, pero muy lejano. Y es que el socialismo francés tuvo una cierta repercusión, no fue en combinación el sindicalismo obrero. Menos influencia tuvieron todavía la economía clásica o y la filosofía alemana, y tampoco tuvimos socialistas de transición, tampoco nadie comparable a Plejanov o Labriola. Nuestro movimiento obrero fue muy potente por abajo, en su base social militante, pero muy poco reflexivo por arriba. Nuestros intelectuales pudieron ser apasionantes en diversos aspectos, pero apenas si dijeron nada de interés sobre el imperialismo, el colonialismo o la esclavitud. De ahí que observaran el “desastre de Cuba” desde un ángulo más bien equívoco. Desde el lamento de la España de la decadencia, de la que ya no era.

De hecho, no fue hasta finales de los años veinte que tiene lugar entre nosotros una ambiciosa difusión del pensamiento socialista que hasta entonces había llegado con cuentagotas, más entre los anarquistas que entre los socialistas, mucho menos apasionados por esta dimensión. Se trató de  una breve fase de expansión que tendría su traducción en las aportaciones propias recogidas en revistas como La Nueva Era, Comunismo, y Leviatán, donde cooperaron tanto socialistas como comunistas disidentes; para el PCE no había mucho problema: se estas mismas fechas: se trataba de traducir la “línea general” del momento. La derrota fue acompañada por una labor resistencia que, en el orden de las aportaciones teóricas comenzaría a cobrar un nuevo ímpetu en los esperanzadores años sesenta.

Ahora la expresión se dará en los cuadernos del Ruedo Ibérico, y en diversas revistas, normalmente críticas cn la “línea general” que dictaba el equipo presidido por Santiago Carrillo. Todavía está por estudiar lo que podríamos llamar esta segunda ola de difusión de las ideas socialistas, primero ilegalmente, luego legalmente mediante la “revolución” del libro de bolsillo. A lo largo de los años setenta, se editó y se reeditó todo Marx, al fin nos llegó completo y ampliado por una multitud de estudios y de biografía, entre ellas la ya clásica de Frank Mehring traducido por el inquietante Wenceslao Roces cuya edición francesa tardaría –insólitamente- algunas décadas. En esta fase –la última combativa y creativa del pueblo militante-, se dará una disociación entre una base social, ahora con muchas lecturas al alcance, sobre todo de las introducciones y manuales de rigor,  algunos tan manejables y manipulables (según como se podría marchar tanto al norte como al sur), los ya “clásicos” del veterano comunista francés Georges Politzer, o el más reciente u estructurado de Martha Hanecker. Lejos de estos abecedarios que siempre daban la razón a la dirección del partido (incluyendo sus variantes maoístas que podían dar un vuelco estratégico con las citas pertinentes), resurgieron las tradiciones más creativas,  las del marxismo que bien podía decir aquello que Marx respondió a la interpretación de su yerno Paul Lafargue: “Si eso es marxismo, je ne suis pas marxiste”.

Al poeta alemán Eric Fried le gustó tanto el comentario que se llamaba a sí mismo marxista je ne suis opas marxiste”

Esta “segunda ola” vive también mayormente de traducciones, aunque se darán algunas aportaciones propias por parte de intelectuales que, ¡ay¡, salvo contadas excepciones como la de Manuel Sacristán y su equipo), acabará en su pesebre como serían los casos notorios de Fernando Claudín y el ya olvidado Ludolfo Paramito que acabaron siendo “intelectuales orgánicos de la OTAN”. Aquella fue una fase de optimismo socialdemócrata, se creía que entre la revolución y el franquismo se había optado por Suecia, pero al final, Olf Palme fue asesinado como lo había sido Allende (es decir por “los mismos”), y el triunfo del neoliberalismo acabaría demostrando que  como dirá Casaldáliga:l capitalismo no solamente era malo sino que además estaba loco de atar. Después de dar un giro, la historia volvía a a Marx, a El Capital por más que en vez del mal social los medias hablen de “la mano del hombre” y cosas así.

Marx debió ser plenamente consiente de esta dificultad cuando accedió a los ruegos de Wilhem Liebknecht, e incluso tomó parte (junto con Engels) en la corrección del resumen  realizado por el inquieto “joven socialista” Johann Most en 1877, para que en un 1879 mostrara su acuerdo con el que efectuaría el italiano Carlo Cafiero (del que existe varias ediciones castellana también), y un año más tarde el holandés Domela Nieuwenhuis, curiosamente los tres situados ulteriormente en el campo anarquista, el primero en su facción más ligada a la “propaganda pro el hecho”. En 1882, el joven socialista francés Gabriel Deville –también conocido entre nosotros por una obra llamada El socialismo- aprovecha un viaje de Marx a Paris para discutir parcialmente con éste su propio resumen, el mismo que será vertido al castellano tempranamente, y se convertirá a lo largo de los años en un texto de referencia obligado para acceder unos peldaños en la ardua lectura de una aportación  que, entre otras muchas cosas, se adelantó a su tiempo.

Muerto y sepultado por  los legitimadores del desorden establecido, Marx resucitaría una y otra vez,  sobre todo en los últimos tiempos, justo cuando el triunfo del capitalismo ha sido más aplastante que nunca, y justo también cuando mejor ha demostrado su carácter irracional y depredador. En cada una de estas caídas, se hizo necesario recuperar a Marx, incluso de los propios marxistas que lo había empequeñecido para hacerlo a su pequeña medida. Testimonios de este esfuerzo de recuperación son los trabajos que acompañan esta reedición, cada no de ellos reflejo de aproximaciones distintas, y situados en tres épocas muy diferentes: principios de los sesenta, de los ochenta, y de nuestros días.  El epílogo de Sacristán está tomado de la introducción de a la edición catalana de El Capital nos sitúa ante nuestro marxismo más elaborado y cercano, y está situado en una fecha -la del centenario de la muerte de Marx-, que marca un momento especial en lo que será una campaña denigratoria que se creía “definitiva”.

La introducción del de economista francés Michael Hucson, al que los lectores de la revista Viento Sur apreciamos desde hace tiempo (es también una de las firmas de la obra conjunta Elementos de análisis económico marxista subtítulado Los engranajes del capitalismo, que editó Libros de la Catárata-, pone a prueba en su texto la actualidad del pensamiento marxista en la que sigue siendo la cuestión de las cuestiones: ¿qué es lo que determina la situación del mundo y de las personas?. Lo hace apasionadamente, con vigor y documentación, la capacidad de las ideas fundamentales de El Capital para comprender el capitalismo contemporáneo....Esperemos que esta ampliación ayude a los lectores y lectoras a conectar con un clásico imprescindible para comprender el capitalismo a través de la obra que más cabalmente comprendió su naturaleza y sus contradicciones.  En suma, un aporte inexcusable para entender el presente, como lo fue en su día, lo siguió siendo durante largos, y cuyo resurgir resulta harto representativo de una “toma de conciencia” como la que expresó en los años sesenta el sociólogo norteamericano C. Wrigh Mills (autor entre otras de obras como White Collares y Cuba,sí), que escribió el siguiente Elogio de Marx (*)

Lo que Marx escribió no tuvo muchos lectores en vida de su autor. Pero sus ideas y su temple moral, su vocabulario y aun sus nociones desencaminadas han venido a influir, de entonces acá, el curso de la historia mundial. Sea lo que fuere por lo demás, el marxismo constituye el drama intelectual más importante de nuestro tiempo. Intelectual, porque su doctrina es utilizada políticamente; y por la misma razón es el drama político más importante. En el marxismo, se confrontan las ideas y la política: los intelectuales, los políticos, las pasiones, las concepciones, el análisis más frío, la condenación moral más ardiente, todos estos elementos se encuentran y, de manera inmediata y dramática, hacen historia.

El valor intelectual del marxismo clásico, y del marxismo en general, no es meramente histórico. Tiene en la actualidad una pertinencia intelectual directa. La obra de Marx contiene afirmaciones comprehensivas acerca de los elementos y la estructura de la sociedad, afirmaciones a las que debe prestarse atención enteramente aparte de la política o la ideología.

No podemos comprender la historia de ninguna nación importante sin considerar las ideas de Marx y lo que les ha sucedido a tales ideas. Tan importantes son éstas en una escala mundial que, incluso en el caso de naciones donde han desempeñado un papel reducido o nulo, debemos preguntar: ¿Por qué no? y hacer estas preguntas y darles respuesta constituye uno de los empeños más fructíferos y reveladores.

El estudio profundo del marxismo, ya sea el del joven Marx o la consigna más reciente de Moscú, nos obliga a enfrentarnos a: (1) todo tema de discusión pública en el mundo moderno; (2) todo gran problema de los estudios sociales; (3) toda dificultad moral a que se enfrentan los hombres de sensibilidad en nuestro tiempo. Más aún, cuando tratamos de observar y de pensar dentro del punto de vista marxista, lo más probable es que estas cuestiones, problemas y dificultades se nos presenten inherentemente conectadas. Nos vemos obligados a adoptar una concepción general del mundo, y de nosotros mismos en relación con éste.

1.

En esta segunda mitad del siglo XX, el bloque soviético abarca una variedad de pueblos que rivalizan con el Imperio Británico en su momento de apogeo. Pero estos pueblos se están desarrollando a un ritmo histórico más acelerado y en formas más cabales que las del Imperio Británico en cualquiera de sus épocas. En todas las regiones del mundo, los intelectuales y los políticos han pensado y obrado durante cien años, y piensan y obran actualmente, en nombre de Marx. Entre los personajes fabulosos que participan en estos círculos, movimientos, partidos y Estados, hay fanáticos, pero también cautelosos eruditos; oportunistas, pero también hombres dignos de la mayor confianza; hombres de vida relajada y razonamiento riguroso, pero también hombres de estricta conformidad y pensamiento ortodoxo relajado; pedantes aburridos, pero también intelectuales de primer orden y políticos consumados. Hay dirigentes de inconcebible audacia, pero también seguidores obligados a guardar silencio e inactividad por la cobardía y las amenazas. ,

¿Qué tienen en común estos hombres? Ciertamente ninguna "posición de clase": ésta ha variado grandemente, pese a una común autoidentificación con las "clases trabajadoras". Ciertamente no la inteligencia universal: muchos de ellos tienen mentes de quinta categoría. Lo que tienen en común es su adhesión a un conjunto de ideas cambiantes.

Para algunos hombres esta adhesión ha sido y es un disfraz conveniente en la lucha por el poder, las posiciones y los privilegios. Pero entre los marxistas hay también hombres y mujeres que han tomado estas ideas tan en serio que sus biografías externas, así como sus vidas íntimas, han sido moldeadas por ellas. Incluso los más oportunistas han sido obligados por sus colegas a considerar los actos de conveniencia en función de los principios. "La unidad de la teoría y la práctica" es una frase marxista que constituye un mandamiento para todos sus teóricos y practicantes. De esta suerte, independientemente de los motivos y del uso, las ideas han sido importantes para los marxistas y, de una manera u otra, estas ideas se han derivado de lo que Karl Marx escribió.

¿Qué hay en la médula de lo que Marx escribió? ¿Por qué han tenido y tienen sus ideas un atractivo tan profundo y tan dilatado para hombres y mujeres de formación tan diferente? Aun cuando tales ideas resultan poco atractivas para la mayoría de las personas que viven en las naciones capitalistas avanzadas y que en su mayoría nunca han padecido hambre ni enfermedad crónica a causa del abandono y la pobreza, la mayor parte de la humanidad aún padece tales condiciones de vida y de muerte. Para ellos, como se afirma a menudo, el marxismo es fundamentalmente una política de hambre; para ellos, "eso es todo lo que significa el marxismo". Este mensaje ideológico se encuentra en la base del marxismo como una fuerza política e intelectual, ayer y hoy. En el marxismo, el ideal y el agente, la teoría y la ideología, pueden estar muy íntimamente relacionados, incluso confundidos; y los tres primeros elementos -ideal, agente y teoría- pueden convertirse fácilmente en el Mensaje Ideológico del Marxismo:

Ya no tienes por qué ser pobre. En todas partes los hombres siempre han vivido como explotadores y explotados. Mientras los medios de producción de bienes no fueron suficientes para satisfacer las necesidades de todos, quizá esta perniciosa situación fue inevitable.

Ya no es inevitable.

No tienes por qué ser pobre.

No eres pobre a causa de algo que hayas hecho o dejado de hacer, a causa del pecado original o la voluntad de Dios o la mala suerte. Eres pobre a causa de ciertas condiciones económicas y políticas. Estas condiciones se llaman capitalismo. En un principio, el capitalismo fue una gran fuerza progresista en la historia del hombre  bajo el capitalismo los hombres crearon enormes recursos para la producción de todas las cosas que necesitan. Eres pobre y te explotan y te seguirán explotando mientras prevalezca el capitalismo, porque el capitalismo ha dejado de ser una fuerza progresista y se ha convertido en un obstáculo para el Progreso, para tu progreso. El capitalismo invade todos los aspectos de la vida humana, pública y privada, y los corrompe todos. El capitalismo es el sistema que te explota. No tienes por qué ser pobre. Las condiciones que te hacen pobre pueden cambiarse. Van a cambiarse. El capitalismo lleva en sí el germen de su propia destrucción. Lo que va a suceder, sepas o no, es que tú vas a hacer una revolución. Quienes te gobiernan y te mantienen en la pobreza van a ser derrocados. Ese es el próximo paso adelante en el progreso humano. Tú vas a dar ese paso. Por medio de la revolución tú puedes abolir el capitalismo de arriba abajo. Por medio de la revolución tú puedes eliminar de una vez y para siempre toda explotación del hombre por el hombre; puedes construir una sociedad socialista en la que la Humanidad conquista a la Naturaleza. y ningún hombre conocerá ya la pobreza y la explotación.

 

El mensaje es tan persuasivo que se hace difícil no seguir adelante. y así debe ser. Olvídate ahora de los hechos, las teorías, las predicciones: las esperanzas y los ideales expresados en este mensaje constituyen firmemente una parte de la civilización occidental. ¿Por qué extrañarse de que los eclesiásticos se lamenten a menudo de que los comunistas "nos han robado nuestra bandera?"...2 Ciertamente, el marxismo en cuanto ideología es menos un mensaje que un "evangelio", que en su acepción literal quiere decir "buenas nuevas".

Para comprender este evangelio, es preciso comprender a quienes atrae. La gran respuesta a esta pregunta en nuestros días es: El marxismo atrae a muchas personas inteligentes y despiertas en los países empobrecidos. La mayor parte de la población del mundo vive en tales países hambrientos, que actualmente experimentan una gran sacudida. Ya no existe ningún "Oriente inalterable", ninguna "África primitivamente estática", ninguna América Latina dormitando bajo el sol. Los pueblos de estos continentes claman por la industrialización, y muchos de ellos rechazan, con buena razón histórica, el modo capitalista de lograrla. Entre los modelos de industrialización que tiene a su alcance hay diversas variantes del marxismo.

La Revolución Bolchevique constituye un modelo persuasivo de desarrollo y modernización. En ello radica su actual significación histórica, cuando menos si uno cree que el principal problema de largo alcance en la política mundial consiste en qué modelo elegirán las naciones", los territorios subdesarrollados, económica, cultural y políticamente. El marxismo les habla a estos pueblos y habla en su nombre, y en virtud de ello compite con el liberalismo.

La obra de Marx, considerada en su conjunto, es lar apasionada y sostenida denuncia de una pretendida injusticia: que la ganancia, la comodidad y el lujo de un hombre se pagan con la pérdida, la miseria y la privación de otro. Si bien en las sociedades fundadas en su nombre, así como en las sociedades capitalistas de un tipo que él nunca conoció, muchas personas han llegado a pensar que Marx se equivocó en lo tocante a la forma y el mecanismo de esta injusticia, la denuncia sigue siendo válida para decenas de millones de otras personas. Aun cuando tenga que ser reelaborada, extendida, revisada, incluso cuando haya que rehacerla del todo, para muchas personas sigue siendo una enorme verdad.

Hay una característica del marxismo que ya he señalado: en él, el ideal y el agente están íntimamente combinados y aun confundidos. En vez de proclamar ideales en abstracto, Marx argumentó que tales ideales habrán de realizarse debido al desarrollo necesario de la sociedad capitalista: el desarrollo de las luchas del proletariado, que culminarán en la revolución proletaria. Este argumento lo examinaremos en capítulos subsiguientes. Aquí sólo es necesario señalar que esta insistencia en la determinación, como una estrategia intelectual, constituye una parte importante de la fuerza moral y del poder convincente del mensaje ideológico.

2.

Las ideas de Marx y de otros marxistas son actualmente una parte oficial de la política mundial chino-soviética. Pero no olvidemos que son también una parte no oficial del mundo de cualquier estudioso honrado. Es el alcance y la brillantez intelectual de su contenido teórico, así como la fuerza política de su mensaje ideológico, lo que ha hecho de las ideas de Marx un espectro que atemoriza y atrae al mismo tiempo al mundo nomarxista.

La historia del pensamiento social desde mediados del siglo XIX no puede comprenderse si no se comprenden las ideas de Marx. Sin duda alguna, Marx pertenece a la tradición clásica del pensamiento sociológico; en realidad, resulta difícil mencionar cualquier otro pensador que sea, dentro de esa tradición, tan influyente y tan fundamental como él. Marx aportó las categorías mismas que manejaron virtualmente todos los pensadores sociales significativos de nuestro pasado inmediato. Como se dice con frecuencia y se olvida a menudo, el desarrollo de la investigación social y de la filosofía política durante el último siglo ha sido, en muchos sentidos, un diálogo más o menos continuo con Marx. Las varias generaciones de pensadores que han participado en este diálogo sociológico lo han mantenido frecuentemente oculto, e incluso se han negado a reconocerlo; reconocido o no, ha sido una de las corrientes principales en el desarrollo histórico del pensamiento social de nuestro tiempo.

Esto no quiere decir que los últimos cien años de pensamiento sociológico hayan sido políticamente marxistas. Desde luego que no. Max Weber, el más notable elaborador académico de Marx, fue un liberal clásico. Una parte considerable de la obra de Thorstein Veblen puede considerarse como una astuta reformulación de Marx para el público académico norteamericano de su época, y para el "New Deal" de la década de los treinta. La política de Veblen está encubierta por el irónico disgusto que le inspiraba todo pronunciamiento de ideales, pero Veblen era probablemente, en el fondo, un anarquista y sindicalista. Karl Mannheim, con su sociología del conocimiento, hizo más que nadie para elaborar la teoría de la ideología, transformando los penetrantes pero incompletos atisbos de Marx en un método de indagación refinado e indispensable. Desde sus comienzos como revolucionario en Hungría, Mannheim, primero en Frankfurt y después en Londres, evolucionó políticamente hacia la posición de un liberal de izquierda que siguió siendo un adversario irreductible del marxismo.

Toda generación que labora intelectualmente extrae de las ideas que hereda aquellas que necesita, y así sucede con las ideas de Marx. Toda persona que esté en libertad de aceptar y rechazar, hará su propia selección. Lo que hay que decir es bien sencillo: Marx fue el pensador social y político del siglo XIX. Dentro de la tradición clásica de la sociología, él nos proporciona el andamiaje individual más básico para la reflexión cultural y política. Marx no fue el único arquitecto de este andamiaje, y no llegó a completar un sistema que ahora aparezca concluido y terminado. No resolvió todos nuestros problemas; incluso no llegó a enterarse de muchos de ellos.

Con todo, estudiar su obra en nuestros días y luego volver sobre nuestras propias preocupaciones equivale a aumentar nuestras oportunidades de confrontarlas con ideas y soluciones provechosas. Dominar el conjunto de la obra de Marx, aceptando o rechazando explícitamente o modificando lo que encontramos en ella, significa ciertamente vivir en la experiencia de nuestro propio desarrollo intelectual los temas centrales del pensamiento social y político que se han desarrollado en los últimos cien años.

3.

Marx concibió una ciencia social verdaderamente comprehensiva; su obra, ciertamente, intenta ser "ciencia social" enteramente por sí misma. Ningún fenómeno social está exento del alcance teórico del modelo que Marx construyó, y muchas cosas que no se consideran usualmente como objetos de la ciencia social, aún en la actualidad, están incorporadas en sus concepciones y teorías. Esta es la primera pertinencia contemporánea del legado que dejó Marx: su amplitud enciclopédica, el alcance de las explicaciones que intenta dar. Este legado, creo yo, debería ser un desafío atractivo, dada la situación en que se encuentra últimamente una buena parte de los estudios sociales, especialmente en los Estados Unidos.

Marx no se dejó intimidar por las líneas divisorias de las disciplinas o especialidades académicas. En su obra se utiliza todo lo que ahora se llama ciencia política, psicología social, economía, sociología y antropología. Se utilizan de tal manera que forman una visión abarcadora de: (a) la estructura de una sociedad en todos sus dominios; (b) la mecánica de la historia de esa sociedad, y (c) los papeles que desempeñan los individuos en todos sus matices psicológicos.

Además, en el marxismo los elementos de la sociedad capitalista forman un modelo operante de sociedad; no se les concibe en una interacción suelta e imprecisa. Correcta o incorrectamente, estos elementos están construidos, dentro del modelo, en interconexiones íntimas y específicas, ya cada uno de ellos se le asignan pesos casuales. Estas conexiones y estos pesos imputados son, desde luego, las teorías específicas de Marx. Tomadas conjuntamente, estas teorías forman su teoría social más general: la teoría del cambio histórico y del lugar de la revolución dentro de éste.

Esta concepción estructural de una sociedad total es el resultado de una técnica clásica de pensamiento sociológico. Con su ayuda, Marx tradujo las concepciones abstractas de la economía política contemporánea a los términos concretos de las relaciones sociales de los hombres. Así relacionó las concepciones económicas con las sociológicas para formar un modelo de sociedad burguesa moderna. A continuación usó este modelo operante para desarrollar una serie de teorías acerca de lo que estaba ocurriendo dentro del modelo y lo que habría de ocurrirle a éste.3

Este es un punto muy importante: esta distinción analítica entre el modelo y la teoría. Un modelo es un inventario más o menos sistemático de los elementos a los que debemos prestar atención si es que hemos de entender algo. No es verdadero o falso; es útil y adecuado en grados variantes. Una teoría, en contraste, es una enunciación cuya verdad o falsedad puede probarse, acerca del peso casual y las relaciones de los elementos de un modelo.

Sólo en términos de esta distinción podemos entender por qué la obra de Marx posee verdadera grandeza, y también por qué contiene tanto de  erróneo, ambiguo o inadecuado. Lo que posee grandeza es su modelo; eso es lo que está vivo en el marxismo. Marx ofrece una maquinaria clásica para pensar acerca del hombre, la sociedad y la historia. Esta es la razón de que haya habido tantos diferentes resurgimientos del marxismo. Marx se equivoca a menudo, en parte porque murió en 1883, en parte porque no usó su propia maquinaria tan cuidadosamente como ahora podemos hacerlo, y en parte porque una parte de la maquinaria misma necesita ser refinada e incluso rediseñada. Después de todo, la caducidad es parte de la historia, y, como tal, es parte de la historia del marxismo.

Ni la verdad ni la falsedad de las teorías de Marx confirman lo adecuado de su modelo. Este puede utilizarse para la construcción de muchas teorías; puede utilizarse para corregir errores en las teorías formuladas con su ayuda. Es, en sí mismo, susceptible de modificaciones en formas que lo hagan más útil como un instrumento analítico y lo aproximen empíricamente más a la realidad de los hechos.

4.

Marx adoptó la concepción, y la practicó, de que la historia es la andadera de todos los estudios bien realizados sobre el hombre y la sociedad. En su modelo operante del capitalismo del siglo XIX, en el que designa las características de cada rasgo institucional y psicológico, Marx afirma la función histórica que cada uno desempeña. Usa este modelo no tan sólo como "una anatomía de la sociedad civil", sino en una forma histórica activa para indicar las relaciones cambiantes de los elementos y las fuerzas de que está compuesto el modelo. Su obra contiene, pues, un modelo, no sólo de una estructura social total, sino también de esa estructura en movimiento histórico.

A Marx no le interesa el presente más inmediato ni el modelo estático en cuanto tal. Le interesan las corrientes que abarcan una época históricamente específica: la del "capitalismo industrial" de su tiempo. Proyecta corrientes que a su juicio son "seculares", y por lo tanto decisivas, de acuerdo con su modelo de la estructura social y su teoría de la historia. Así presenta una imagen del futuro probable. Este principio de especificidad histórica es, en primer lugar, una regla para la investigación y la reflexión social; en segundo lugar, un método para criticar polémicamente otras teorías y concepciones; y, en tercer lugar, una teoría de la naturaleza de la vida social y de la historia.

1. Como regla de investigación, nos dirige a formular las regularidades y tendencias que encontramos en términos de una época específica, y nos pone en guardia contra las generalizaciones que van más allá de los límites de esa época. No estudiarnos "las condiciones generales de toda la vida social"; estudiamos "la forma histórica específica que asumen tales condiciones en la sociedad burguesa de la actualidad".4 De este principio se desprende que no podemos proyectar los cambios cuantitativos del presente a una época futura, ni interpretar retrospectivamente épocas pasadas en términos de la presente. Debemos pensar "epocalmente". Cada época es un nuevo tipo de sociedad; crea nuevos tipos de hombres y mujeres, y ni la sociedad ni los hombres pueden entenderse en términos de la vieja época. Todo lo que podemos hacer es estudiar la época presente en un intento de discernir dentro de ella aquellas tendencias que conducen a la nueva época.

2. Como método para criticar concepciones, el principio de la especificidad histórica nos lleva a ver que las concepciones y las categorías no son eternas, sino relativas a la época que les concierne. Son históricamente específicas: De tal suerte, la "propiedad" es una cosa en una sociedad de pequeños empresarios, y otra cosa en una sociedad dominada por grandes corporaciones. De manera similar, "libertad", "renta", "trabajo", "población", "familia", "cultura" conllevan diferentes significados según la época a la que se haga referencia cuando se usan estas palabras. Quizá la acusación fundamental que les hace Marx a los "pensadores burgueses" sea el carácter ahistórico de sus categorías de pensamiento mismas.

3. Como teoría de la naturaleza de la sociedad y de la historia, el principio de la especificidad histórica sostiene que la historia de la humanidad puede, y ciertamente debe, dividirse en épocas, cada una de ellas definida por la forma estructural que asume. Todo lo que podemos significar por "leyes" son las mecánicas estructurales del cambio características de una época u otra. Dentro de una época hay cambios revolucionarios; entre una época y otra, hay revolución. En la historia del mundo, la sociedad humana evoluciona así de una revolución a otra, y cada revolución señala una nueva época. y cada época debe ser examinada como una formación histórica independiente, en términos de categorías que le sean adecuadas.

5.

La concepción de Marx de "la naturaleza de la naturaleza humana", su imagen del hombre como es y de cómo podría ser, está elaborada en íntima referencia a determinados tipos de sociedad y épocas específicas de la historia. Sus concepciones de la naturaleza humana son, en mi opinión, fragmentarias, pero la mayor parte de sus supuestos acerca de la naturaleza del hombre están en consonancia con los supuestos más adecuados de la psicología social contemporánea. Marx recalcó que es muy poco lo que puede explicarse acerca de la sociedad y la historia mediante referencia a los límites o capacidades innatos de la "naturaleza humana" como tal. La naturaleza humana, según Marx, no es un fondeadero inalterable e inevitable para cualquier institución existente o posible. 4 naturaleza humana está muy intrincada con la naturaleza de sociedades específicas, así como con los estratos dentro de las sociedades. El principio de la especificidad histórica incluye la naturaleza de la naturaleza humana.

Así, por ejemplo, escribe Marx sobre Jeremy Bentham: "Con la más candorosa ceguedad, toma al filisteo moderno, especialmente al filisteo inglés, como el hombre normal. Cuanto sea útil para este lamentable hombre normal y su mundo, es también útil de por sí. Por éste: rasero mide  luego el pasado, el presente v el porvenir"5.

En otra parte y yendo más lejos, afirma Marx: "Este antagonismo entre la industria y la ciencia modernas, por una parte, y la miseria y la corrupción modernas, por la otra, este antagonismo entre las fuerzas de producción y las condiciones sociales de nuestra época, es un hecho tangible, abrumador e innegable. Algunos partidos desearían librarse también de los conflictos modernos... [Pero] sabemos que la nueva forma de producción social, para lograr la buena vida, sólo necesita 'hombres nuevos "6.

El "hombre" tiene un potencial casi infinito. En sus supuestos y reflexiones, Marx llevó adelante la tradición del siglo XVIII, en la que la naturaleza humana del hombre era considerada en términos de una filosofía moral. En la naturaleza humana coinciden la libertad y la razón, y ambas florecerán en formas nunca conocidas cuando, bajo el comunismo, el "hombre" conquiste la naturaleza y todos los medios de sustento y de desarrollo humano sean asequibles para todos. Del mismo modo que la Teoría de los Sentimientos Morales de Adam Smith nos recuerda el "behaviorismo social" de George Herbert Mead, así los manuscritos de Marx de 1844 y otras obras de juventud nos recuerdan la psicología social más contemporánea.

La sola concepción de qué es lo que constituye la investigación social propiamente dicha, sus objetivos y sus métodos, basta para dar a la obra de Marx importancia como un andamiaje para la investigación social contemporánea. Si una filosofía operante es una filosofía que ayuda a los hombres a trabajar, entonces el marxismo de Karl Marx es en grado eminente una filosofía operante. Mediante el uso de sus lineamientos, especialmente el principio de la especificidad histórica, trataremos de indicar cuán pertinente es el propio marxismo clásico para una crítica del marxismo de nuestros días: en suma, cuán abiertas a la revisión están realmente las ideas de Marx dentro de su propio sistema.

(*) Fragmento del capítulo I, Ideales e ideologías, de Los marxistas (Ed. ERA, México, 1962, Tr. de José Luis González)

Notas

---1 Por razones de conveniencia, no hago en este libro distinción entre Marx y Engels; excepto en lo tocante a algunos puntos de interpretaci6n dudosa hecha por Engels después de la muerte de Marx, los considero “como uno" bajo el nombre de "Marx", y su obra como "marxismo clásico". No sé si es posible separar las contribuciones de cada uno, pero me inclino a pensar que no es muy útil hacer el intento. En todo caso, no puede ser parte del trabajo de un libro tan breve como éste. Para las enunciaciones de sus respectivas contribuciones, así como para muchos otros datos sobre ellos, véanse las biografías clásicas: Franz Merhing, Karl Marx (existe traducción española de W. Roces, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1943), y Gustav Mayer, Friedrich Engels, Londres, 1936.

---2 Véase, por ejemplo, la declaración del obispo James A. Pike en el New York Times del 24 de febrero de 1961.

---3 Sobre el punto de vista adoptado aquí respecto a la sociología estructural e histórica, véase lmages of Man, de donde he tomado, adaptándolas, varias afirmaciones hechas aquí; cf. también La imaginación sociológica.

---4 Cf. Karl Korsch, Karl Marx, Nueva York, 1938, p. 38.

---5 El Capital, op. cit., p. 514 n.

---6.  Citado por Karl Lowith, Meaning in History, Chicago, 1950, pp. 36-37.