Babeuf y los otros componentes de la “Conspiración de los iguales”

el marxismo a debate
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x Pepe Gutiérrez-Álvarez

Babeuf, François Noel llamado Gracchus. teórico comunista  galo, dirigente de la Conspiración de los Iguales llamada de Babeuf, y principal representante de la izquierda comunista en la gran revolución francesa (Saint Quentin1760-Vendôme1797).. Heredero de la tradición utópica e igualitaria de la ilustración, quiso llevar la revolución hasta sus últimas consecuencias. y lo intentó cuando comprendió que ésta estaba siendo instrumentalizada por una nueva clase dirigente. «Nos dijeron, escribió, que la República era algo magnífico.

Lo creímos hasta tal punto lo creímos que para obtenerla, hicimos esfuerzos sobrenaturales. La experiencia no justifica aquellos anuncios magníficos (...) El pueblo confiado y absolutamente sincero tuvo que interpretar literalmente esas expresiones sublimes: igualdad, libertad. Pero !oh, bribones! (...) desde el momento en que una vez que os apoderasteis del sublime movimiento revolucionario, manifestasteis al pueblo que interpretabais dichas expresiones en sentido inverso al del diccionario, el entusiasmo que le inspiraba lógicamente se convirtió en indiferencia o incluso en odio».

Babeuf procedía de una familia protestante (los luteranos fueron duramente perseguidos en Francia hasta 1789), cuyo tutor abandonó Francia con la misión de estrechar los lazos entre los calvinistas y los luteranos galos. Al regresar a Francia cayó en la más absoluta miseria, lo que no le impidió enseñar a su hijo a leer con los mismos periódicos que éste recogía de la calle; también le enseñó el latín y las matemáticas. Al morir el viejo reformador le hizo jurar que dedicaría su vida a luchar por la causa de los pobres, entregándole un libro de Plutarco en el que se hallaba una biografía de Cayo Graco cuya vida él mismo había querido emular y con la cual quería inspirar a su hijo. Con la revolución el joven Babeuf abandonó su labor de empleado y se puso a trabajar en firme en la pequeña ciudad de Roye de Somme, consiguiendo una gran agitación entre los campesinos pobres para que boicotearan el impuesto sobre el vino. Más tarde logró vender las tierras confiscadas a la nobleza y entregó el dinero entre los pobres, lo que le valió el encarcelamiento por parte de los notables burgueses del lugar. Al salir de la prisión marchó hacia París. Allí, al trabajar como funcionario, encontró fraudes en las cuentas y creó a tal efecto una comisión de investigación, pero finalmente debido a las maniobras de los notables, y acabó yendo otra vez a la cárcel.

A continuación, creó el periódico El tribuno del pueblo, en el que se hace portavoz de las masas más radicalizadas. En él llega a escribir que prefería la guerra civil «a esta vergonzosa concordia que estrangula a los hambrientos». Palabras que sentía en sus carnes, pues sólo conocen la miseria. Únicamente trataba con los miserables y sus cargos públicos sólo mostraron su incorruptible personalidad. Así, estando entre los barrotes, murió su hija de siete años, quedando los demás de su numerosa prole en las mismas condiciones de hambrientos.

Nada más salir otra vez de la prisión formó con Darthé, Maréchal, Buonarrotti y otros, la Sociedad de los Iguales, en cuyo Manifiesto exigían: «No más propiedad individual de la tierra, porque la tierra no es de nadie... Declaramos que no podemos tolerar más, que la inmensa mayoría trabaje y sude al servicio de una pequeña minoría. Ya ha durado suficiente tiempo, demasiado tiempo, una situación en la que menos de un millón de individuos dispone de lo que le pertenece a más de veinte millones, de sus semejantes, de sus iguales... Jamás un proyecto tan vasto ha sido concebido y puesto en ejecución. De vez en cuando algunos hombres de genio, ciertos sabios, han hablado de ello en voz baja y temblorosa. Ninguno de ellos ha tenido el valor de decir toda la verdad... iPueblo de Francia: abre los ojos y el corazón a la plenitud de la felicidad, reconoce y proclama con nosotros la República de los Iguales!».

La Sociedad de los Iguales fue inmediatamente disuelta: su igualitarismo democrático era excesivo hasta para la izquierda burguesa y pequeñoburguesa. Entonces Babeuf se vio obligado a trabajar en la clandestinidad, en el acariciado proyecto de una insurrección revolucionaria. Los insurrectos impondrían en el caso de triunfar, una dictadura igualitaria, la República de los Iguales en contra de la aristocracia, los especuladores y los burgueses. Los Iguales tenían unos objetivos que lo situaban como el movimiento más avanzado que había conocido la historia y como el antecedente más inmediato de las ideas marxistas sobre la dictadura del proletariado. Al quedar frustrado el empeño y decapitado el grupo dirigente, el ideario de los Iguales quedó relegado y olvidado durante varias décadas hasta que Buonarrotti lo reconstruyó literariamente influyendo decisivamente en el comunismo francés del siglo XIX, en el blanquismo sobre todo.

El Manifiesto de los Iguales se puede considerar como la primera declaración del suelo, el derecho natural de todas las personas de gozar de los bienes terrenales: «La Naturaleza, decía la primera sección del Manifiesto, ha dado a todos los hombres el mismo derecho de gozar de todos los bienes». Partiendo de aquí proponía la expropiación inmediata de todas las propiedades que pertenecieran a los enemigos del pueblo, la abolición de la herencia para, que la propiedad evolucionase de lo particular a lo colectivo.

Estos principios resumían muy simplemente el sentir de la masa de los «descamisados». Babeuf se considera un eslabón más en la cadena de pensadores igualitarios como muestran estas líneas de su magistral intervención en la defensa de su causa antes de ser guillotinado. Decía:  «Pero se dirá que son mis ideas las que harían retroceder a la sociedad a la barbarie. Los grandes filósofos del siglo no pensaban así y yo soy su discípulo.» Continúa haciendo una larga referencia de las ideas de sus procedentes, cita a Rousseau que hablaba de «hombres tan detestables como para atreverse a poseer más de lo necesario, mientras otros se mueren de hambre». Sigue con una referencia de Morelly: «Si seguís la cadena de vuestros vicios encontraréis que el primer eslabón está ligado a la desigualdad de las riquezas».

Prosigue refiriéndose a Diderot: «El cual afirmó que el cetro del báculo del obispo de la humanidad está gobernado por los intereses personales, y que éstos hacen la propiedad, y que es inútil que los filósofos razonen acerca de la mejor forma de gobierno mientras el hecho no llegue hasta las mismas raíces de la propiedad. Diderot, se pregunta sí la inestabilidad y las vicisitudes políticas de los Imperios serían posibles sí todos los bienes fueran poseídos en común, y afirm6 que todo ciudadano debería de tomar de la comunidad lo que necesitara, dando a ésta lo que pudiera. ¡Ciudadanos!, «loco peligroso» es precisamente lo que me habéis llamado a mí por querer introducir la igualdad».

Más adelante echa mano a protagonistas de la misma revolución. De Tallien recogía la siguiente cita: «todo hombre sincero debe de admitir que la igualdad política sin una igualdad real no es más que una cruel ilusión»; de Armand de la Meuse la siguiente: «el peor error de los revolucionarios ha sido su incapacidad para indicar los límites de los derechos de la propiedad, lo que ha traído como consecuencia el abandono del pueblo a las voraces especulaciones de los ricos».

Finalmente se remite a Cristo: «Jesucristo nos ha dicho que amemos al prójimo y no le hagamos a él lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros; pero he de admitir que el código de la igualdad de Cristo hizo que le acusáramos de conspiración». Concluye con estas palabras: «Pero aquí donde Mably, Diderot, Rousseau y Halvencio fracasaron, ¿cómo iba a tener yo éxito?. Soy un modestísimo discípulo de ellos, y la República es menos tolerante que la monarquía».

Babeuf se pregunta: «¿Por qué había fracasado la revolución?» y su respuesta la encuentra en los antagonismos entre les clases: «¿Qué es una revolución política en general?, ¿Qué ha sido especialmente la revolución francesa? Una guerra declarada entre los patricios y los plebeyos, entre los ricos y los pobres (...). La revolución francesa no ha sido otra cosa que la precursora de otra revolución mucho mayor, mucho más solemne, que será la última».

Se considera a Babeuf como el primer exponente de lo que iba a ser más tarde el socialismo utópico. La particularidad de Babeuf con relación a esto no se debe solamente a su carácter más primitivo, sino también al hecho de que fue un esforzado combatiente de una revolución real y concreta ya que representó de ella, al mismo tiempo, el lado más utópico y el más realista. Se comprometió con un programa que representaba el sentir de la «conciencia inicial del proletariado» y que, aunque no tenía una aplicación posible, representaba una crítica socialista a la Revolución francesa que sería desarrollada por el socialismo ulterior. Hay que subrayar también que la influencia de Babeuf se extendió durante toda la primera mitad del siglo XIX francés.

La obra que presenta un estudio más completo sobre Babeuf es la Claude Mazuriac, Babeuf, realismo y utopía en la Revolución Francesa (Península, Barcelona, 1976; Sarpe, 1987), que comprende una antología de sus principales textos. Otra selección importante es El Tribuno del Pueblo (Júcar, Madrid, 1981). Muy interesante es, por motivos distintos, la novela de Erhemburg (Ilya), La conspiración de los iguales (Júcar, Madrid), y el ensayo de Tierno Galván (Enrique), Babeuf y los iguales. Un episodio del socialismo premarxista (Tecnos, Madrid). Edmund Wilson incluye un capítulo, Los orígenes del socialismo: la defensa de Babeuf en su Hacia la estación de Finlandia (Alianza), en tanto que Christian Rakosvky utiliza sus reflexiones sobre el Termidor francés para describir el ruso en su opúsculo Los peligros profesionales del poder.  

Buonarroti, Phillippe-MicheI, comunista italofrancés, era descendiente del inmortal Miguel Angel (Pisa, 1761-París, 1837).. Estudió Derecho en Pisa y Florencia, frecuentó las sociedades secretas y se entusiasmó por la revolución francesa, razón por la que tuvo que exiliarse de Córcega. Pasó luego a París, donde se dio a conocer como ferviente jacobino y brillante orador. Se naturalizó francés y desempeñó diversas misiones oficiales en Córcega, Lyon y en ejército en Italia. Fue detenido después de la caída de Robespierre (9 termidor), y en la cárcel, donde permaneció durante un año, conoció a Babeuf. Luego fue presidente del Club del Pâmteón (neojacobino), y colaboró con Babeuf en la conspiración de los Iguales. Fracasada ésta, fue condenado y deportado a Cherburgo y más tarde a la isla de Oleron; fue amnistiado por Napoleón, pero una vez en libertad, conspiró, contra el régimen bonapartista. Reapareció con la memoria de los hechos, publicando La conspiración de la Igualdad llamada de Babeuf (1828), obra que fue decisiva para la evolución del pensamiento comunista de aquella época. Italiano de nacimiento y por su primera formación cultural, participó activamente en la revolución y tras el fracaso de la conspiración fue hecho prisionero. Pasó varios años en la cárcel donde mantuvo viva la llama revolucionaria.

La conspiración se convirtió, en palabras de Cole, en el «manual» de los revolucionarios de los años treinta. Buonarrotti no se limitó a contar la historia -una historia por lo demás poco conocida hasta finales del siglo XIX-, sino que sistematizó coherentemente el pensamiento de Babeuf. El babouvismo sistematizado por Buonarrotti “puso de inmediata evidencia incluso para los espíritus más incultos, desde las páginas de La conspiración se difundió entre el pueblo, suscitó tropeles cada vez mayores de prosélitos, agudizó la exasperación de las masas, proporcionó mitos, fórmulas, programas para su ansiosa espera de una revolución social que diera, con el bienestar, dignidad a los hombres; año tras año se hizo batallador, marcó con su impronta las primeras organizaciones secretas revolucionarias que siguieron a la represión de 1834-1835, indujo a motines” (Galante Garrone). Su influencia fue determinante para Blanqui, algunos cartistas y para la Liga de los Justos.

Puttman, Hermann, poeta, periodista y socialista eclesiástico alemán (1811-1874). Pasó por el fourierismo, luego por el «verdadero» socialismo y fue también influenciado por Babeuf a través de Buonarrotti. Destacó sobre todo como hábil periodista y divulgador, mostrándose como un hombre abierto a las diferentes tendencias obreristas cuando fue editor de dos importantes revistas, Deutsches Bürgenuch y Rheinische labrbücher. Creó un ideario de signo humanista-libertario cuya finalidad era la creación de una «comunidad» trabajadora a la manera de Dézamy. En ella predominaría el interés general, no tendría lugar el egoísmo que impide la afirmación del «espíritu libre» así como de la pura humanidad.

Su línea de rechazo institucional era muy amplia: «No más Estados –escribió-, que estén por encima del pueblo, no más Iglesias que embrutezcan al hombre; no más patrimonios que dividan entre sí a los hermanos; no más fatales diferencias de clases, ni necios nacionalismos, ni matrimonio infeliz, ni burdeles, ni asilos para pobres, ni ejércitos en armas, ni puestos aduaneros, ni cárceles ni patíbulos». Emigró a Australia en 1854 y se estableció en Melbourne como impresor, periodista y escritor contribuyente al nacimiento del movimiento obrero australiano.

Roux, Jacques, antiguo clérigo, cabeza visible de los «enrâges» (Bicêtre, cerca de París,1751-París, 1797), fue la extrema izquierda del jacobinismo. Hasta Marat se distanció de su radicalismo llamándolo el «incendiario de la sección de Gravilliers». Denunció a los «hipócritas que han utilizado a los Leclerc, a los Varlet, a los Jacques Roux, a las Mujeres Revolucionarias, para romper el cetro del tirano, para derrotar a la camarilla de los hombres de Estado. Hoy pisotean los instrumentos de la revolución». Representó activamente a los «sansculottes» que fueron la fuerza de choque de las grandes jornadas revolucionarias y en su nombre pronunció un vibrante discurso en la Convención del 25 de junio de 1795 que rebasó los límites de lo que podía tolerar la burguesía revolucionaria. Roux y sus compañeros, provocaron la indignación del Estado mayor jacobino preocupado por establecer un equilibrio entre el radicalismo y la moderación. Los jacobinos, con Robespierre al frente, no dudaron en descalificarlo como fanático y anarquista, así como por «agente extranjero».

Roux escribió entonces con amargura: «En todas las épocas se ha utilizado a los hombres de carácter para hacer las revoluciones. Cuando ya no se los necesita se los destroza como a un vidrio». Tras el asesinato de Marat intentó hablar en su nombre, lo que era en cierta medida una impostura que fue aprovechada por sus adversarios que lo enviaron al Tribunal revolucionario. Esto no le cogió de sorpresa: «Es natural, había escrito, que después de haberme mostrado como enemigo implacable de cualquier clase de tiranía, después de haber declarado la guerra a los moderados, a los egoístas, a los bribones, a los acaparadores, a todos los malvados que nos hacen morir de hambre (...), es natural, digo, que sea blanco de la rabia de los traidores del antiguo y nuevo régimen». El amigo de la igualdad se dio cinco cuchilladas para evitar la humillación de la guillotina. El pedagogo e historiador francés Maurice Dommaguet le dedicó un estudio biográfico. 

Russo, Vicenzio, jacobino italiano próximo a las tesis babouvistas (1770-1799),  muerto prematuramente. En sus Pensieri politici (1798), subraya su preocupación por los aspectos sociales e igualitarios de la revolución democrática y su preocupación por una radical reforma agraria. La libertad para Russo era indisociable del control de la colectividad: «Para que en un pueblo haya libertad no basta en verdad con que se observen en él las leyes; tal observancia produce seguridad, pero no libertad. No basta que haya una conformidad externa de las acciones con la ley; es preciso una conformidad interna, la congruencia de la razón común con la razón individual». No concebía una democracia basada en los privilegios, en la que unos gozarán de bienes y de poderes mientras que otros seguían subyugados, y reivindicó el derecho material de cada uno a la existencia, de obtener todos los bienes de la naturaleza y en particular de la tierra, porque sin «los productos de la tierra el hombre no puede conservarse. Tiende, pues, a participar de ellos igual que tiende a existir».

Para abrir camino a la igualdad se debía de eliminar cualquier forma de hereditariedad. Escribía: «Eliminados los testamentos y las sucesiones legítimas, se llega al cabo de una generación a reducir a justicia un sistema de propiedad, sin usar ninguna medida violenta. La sociedad habría dispuesto de sí convenientemente. Y entonces será bien fácil perfeccionarla». Elaboró un plan general de reforma de la agricultura que señalaba la distribución igualitaria de las grandes propiedades e imaginó un Estado no estado, o sea una democracia social, donde la acción gubernamental se reducía el mínimo y garantizaba la libertad de los ciudadanos.