I. Vida de un revolucionario

el marxismo a debate
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x Alex Callinicos

Primer capítulo del libro de Alex Callinicos “Las ideas revolucionarias de Karl Marx”

Carlos Marx nació el 5 de mayo de 1818 en Trier, un viejo pueblo con catedral en la región renana de Alemania. Ambos padres suyos eran judíos, descendientes de muchas generaciones de rabinos: el apellido paterno había sido Mordechai, y luego Markus, antes de Marx. Pero el padre de Marx, Heinrich, se convirtió al cristianismo luterano en 1817 para evadir un decreto que excluía a los judíos de puestos públicos.

En 1815 la región renana fue anexada por la reaccionaria y monárquica Prusia, pero siguió siendo la parte más avanzada de Alemania, económica y políticamente, en buena medida gracias a la influencia que había recibido de la Revolución francesa.

Heinrich Marx era un funcionario judicial del gobierno y un liberal moderado creyente en la fuerza de la razón. Su nieta Eleonor le llamó “un verdadero francés del siglo XVIII que se sabía de memoria su Voltaire y su Rousseau”. Era estrecha la relación entre padre e hijo: hasta su muerte Marx llevó consigo un retrato de su padre, y con él fue enterrado.

El futuro autor de El capital creció, entonces, en un hogar de clase media relativamente próspero y acomodado. En su escuela secundaria de Trier recibió una educación liberal con fuerte énfasis en los clásicos. No parece haber sido un alumno sobresaliente, y sus escritos escolares que han sobrevivido no dan mucha indicación de su grandeza futura. Una influencia importante en el joven Marx fue un funcionario público prusiano, el barón Ludwig Von Westphalen, quien lo introdujo a Homero y a Shakespeare; y con cuya hija Marx eventualmente se casó.

En 1835 Marx se trasladó a la Universidad de Bonn a estudiar derecho. Parecía dirigido a seguir los pasos de su padre con una carrera convencional de clase media. Igual que los demás estudiantes, de vez en cuando tuvo sus borracheras, se endeudó, se peleó a golpes y hasta pasó una noche en la cárcel por armar alboroto. Su inclinación a escribir pésimos poemas románticos (afortunadamente sólo unos pocos han sobrevivido) se hizo peor una vez se comprometió en secreto con Jenny Von Westphalen durante las vacaciones de verano en 1836. Jenny le llevaba cuatro años, pertenecía a un grupo social más elevado y era algo así como la chica linda de la localidad. Muchos años después, cuando Marx regresó de visita a Trier en 1862, todos le preguntaban por “la chica más bonita de Trier”.

Los padres de ambos se opusieron a los planes de Marx y Jenny. En la familia Von Westphalen había reaccionarios extremistas (el hermano de Jenny fue ministro de gabinete de Prusia en la década de 1850). Por otro lado Heinrich Marx temía que el “espíritu de demonio” de su hijo llevara la pareja al desastre. “¿Alguna vez –y ésta no es la más dolorosa de las dudas en mi corazón– serás capaz de la felicidad verdaderamente humana, doméstica?”. Esta oposición de los padres tal vez explique que la pareja vino a casarse siete años más tarde, el 19 de junio de 1843.

En octubre de 1836 Marx fue a estudiar a la Universidad de Berlín. Su intención inicial era continuar los estudios de derecho pero pronto dirigió su atención a otros temas, según explicó a su horrorizado padre en una famosa carta del 10 de noviembre de 1837. Insatisfecho con el “reflejo lunar” de sus poemas de amor, Marx se puso a estudiar en serio. Primero incursionó en la filosofía del derecho y luego en la filosofía misma. Inevitablemente tendría que abordar el pensamiento del filósofo más influyente de la época: Frederich Hegel. Al principio a Marx le repelió “la melodía extravagante y pedregosa” de Hegel, pero más adelante se sorprendió a sí mismo convertido a la filosofía hegeliana.

Esta conversión fue más que un proceso intelectual, ya que la filosofía era una actividad sumamente política en la Alemania de las décadas de 1830 y 1840. Alemania era entonces un país políticamente dividido, y económica y socialmente atrasado, un conjunto de pequeños principados cada cual reclamando poder absoluto sobre sus súbditos, y dominados por la Santa Alianza de Austria, Prusia y Rusia.

Intelectualmente, sin embargo, el país florecía. Las primeras décadas del siglo XIX fueron la época dorada de la filosofía alemana. Era casi como si el crecimiento abultado del pensamiento abstracto compensara la impotencia política y el atraso económico de Alemania. “En política, los alemanes pensaban lo que otras naciones hacían”, diría Marx años después (CW, III, 181).

El pensamiento de Hegel reflejaba las contradicciones de la sociedad alemana. Entusiasmado al principio con la Revolución francesa y con Napoleón, Hegel después vino a ser un pesimista y un reaccionario, y a creer que el Estado absolutista prusiano era la encamación de la razón. En las décadas de 1830 y 1840 Hegel era, a todos los efectos, el filósofo oficial de Prusia; sus seguidores conseguían puestos en las universidades, las cuales estaban a su vez controladas por el Estado.

Esta situación no duró mucho. Varios filósofos jóvenes empezaron a interpretar a Hegel en una forma cada vez más radical. Hegel identificaba la razón con Dios, y la llamaba el Absoluto. La historia era para él meramente la historia del viaje progresivo de lo Absoluto hacia la conciencia de sí mismo, un proceso cuyo clímax había sido la Reforma protestante. Para los jóvenes hegelianos, o hegelianos de izquierda, como vinieron a ser conocidos, el Absoluto era simplemente la humanidad. Dios desaparecía del escenario. Coincidían con Hegel en que el Estado debía ser la encarnación de la razón, pero discrepaban en que la monarquía prusiana fuera eso. Eran ateos, racionalistas y liberales. Al principio esperaban que el príncipe prusiano introdujera las reformas que deseaban. Pero una vez éste accedió al trono como el rey Federico Guillermo IV, en 1840, y se mostró tan reaccionario como sus predecesores, la oposición de los jóvenes hegelianos al statu quo de Alemania se hizo crecientemente radical.

Este era el ambiente en que Marx se introducía a la filosofía. La izquierda hegeliana se reunía en el Club de Doctores de Berlín. Marx rápidamente se hizo miembro prominente del Club y amigo cercano de Bruno Bauer, uno de los más destacados jóvenes hegelianos. Era un grupo de bebedores y de vida relajada. Heinrich Marx se quejaba de que “como si fuéramos ricos, el señor hijo mío se gastó en un año casi 700 táleros, contrario a lo que habíamos acordado, contrario a lo que es de esperar, mientras los más ricos gastan menos de 500”.

Tras la muerte de su padre, en mayo de 1838, prácticamente se rompieron los vínculos de Marx con su familia. No parece que éste se llevara muy bien con su madre, aunque a través de los años ella le hizo llegar considerables sumas de dinero. Una poesía satírica escrita por Engels y el hermano de Bruno, Edgar Bauer, en sus años de juventud, describe a Marx en esta época como “un muchacho moreno de Trier, una monstruosidad, ni brinca ni da saltitos, sino que va a grandes calzadas y saltos, bramando a toda voz… blande su puño revoltoso, brama frenéticamente, como si diez mil diablos le halaran los cabellos”.

Parece que Marx esperaba hacer carrera como filósofo profesional. Dedicó un buen tiempo a estudiar a los primeros pensadores griegos y en abril de 1841 terminó su doctorado con una tesis titulada “Diferencias entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y Epicuro”. A pesar de estar escrita en lenguaje denso y reflejar una fuerte influencia hegeliana, la tesis muestra la impaciencia creciente de Marx con la filosofía idealista extrema de su amigo Bruno Bauer, quien tendía a reducirlo todo a la conciencia humana. Por otro lado, para esos tiempos crecía la tensión entre el Estado prusiano y los jóvenes hegelianos; así fueron esfumándose las esperanzas de Marx en una carrera académica. Federico Guillermo IV prohibió la principal revista de la izquierda hegeliana, Hallische Jahrbücher y colocó al viejo enemigo de Hegel, Schelling, como profesor de filosofía en Berlín, con instrucciones de extirpar de raíz “la semilla de los dragones del hegelianismo”. Finalmente, en marzo de 1842 Bauer fue sacado de su puesto de docente en la Universidad de Bonn.

Marx, que había regresado a Trier en 1841, se dedicó al periodismo político. La Rheinische Zeitung (“Gazeta Renana”) había sido fundada por los industriales de la zona renana para defender sus intereses económicos. Para asombro de sus accionistas, el periódico pronto cayó bajo el control de los jóvenes hegelianos encabezados por Moisés Hess, uno de los primeros comunistas alemanes. Marx empezó a escribir para el periódico en abril de 1842, y en octubre se mudó a Colonia para ser editor en jefe. En este momento Marx era un liberal democrático radical que quería ver en Alemania una república con sufragio universal, como en Francia tras la revolución de 1789. Cuando otro periódico acusó de comunista a la Rheinische Zeitung, Marx respondió que este rotativo “no admite que las ideas comunistas en su forma actual tengan siquiera realidad teórica, y por tanto menos puede desear su realización práctica” (CW, I, 220).

Sin embargo, el periódico había sido un punto decisivo. Fue allí, como el mismo Marx más tarde recordaría, que “experimenté por primera vez el bochorno de discutir sobre los llamados intereses materiales”. Como los otros jóvenes hegelianos, Marx seguía al maestro en creer que el Estado estaba, o debía estar, por encima de las clases sociales. Según esta visión, el Estado era representante de los intereses universales compartidos por todos los ciudadanos y por tanto su función era conciliar las diferencias de intereses y los conflictos de clases.

Viendo los debates en el parlamento de la región (los “Estados renanos”) en torno al endurecimiento de las leyes contra el robo de madera, Marx se dio cuenta de que tanto los industriales que financiaban su periódico, como los terratenientes feudales que apoyaban al absolutismo prusiano, tenían en común la defensa de la propiedad privada. Más aún, al apreciar las condiciones de miseria en que vivían los campesinos de la zona vinícola de Moselle, comprendió las consecuencias de la propiedad privada. Engels señaló cincuenta años después: “Oí a Marx decir, repetidamente, que fue precisamente relacionando la ley sobre el robo de madera con la situación de los campesinos de Moselle, que se había desviado de la política pura hacia las condiciones económicas, y que así llegó al socialismo”.

Marx no sólo dejó atrás la “política pura” durante su experiencia en la Rheinische Zeitung. Bauer y el Club de Doctores de Berlín eran empujados, por la persecución que sufrían, a nuevos y mayores extremos de radicalismo verbal. Aislados en Berlín, un pilar de la burocracia prusiana, y alejados de la más liberal y económicamente desarrollada zona del Rhin, continuaban viendo su función como puramente intelectual. Se llamaban a sí mismos “los libres” y la religión era el blanco principal de sus denuncias. Llegaron a considerar una traición los esfuerzos conciliatorios del hostigado Marx para evitar que la censura prusiana cerrara la Rheinische Zeitung. Marx aprendió entonces una lección que le sirvió para toda la vida: la teoría que pierde contacto con la realidad se hace impotente.

Teniendo en mente a Bruno Bauer y a sus otros viejos compinches de Berlín, Marx escribió poco después:

“nosotros no confrontamos al mundo de modo doctrinario con un nuevo principio: ¡la verdad es ésta, arrodíllense ante ella! Es a partir de los principios del mundo que nosotros desarrollamos principios nuevos para éste. No le decimos al mundo: terminen sus luchas tontas, que les daremos la verdadera consigna de lucha. Nosotros simplemente le mostramos al mundo por lo que es en realidad la lucha, la conciencia es algo que se tiene que adquirir, aún cuando no se quiera”. (CW, III, 144).

Tenemos aquí el origen de la actitud hacia la clase trabajadora que Marx tendría más tarde. La labor del teórico no es establecer las leyes que los trabajadores deben seguir, sino más bien, entender por qué están luchando, para mostrar cómo podrían alcanzarlo.

A Marx, sólo le faltaba descubrir la clase trabajadora. El hecho de que todavía no lo había hecho, es claro en un manuscrito de mediados de 1843, que redactó durante su luna de miel con Jenny en Kreuznach (había renunciado a la Rheinische Zeitung poco antes de que los censores finalmente prohibieran el periódico en marzo de 1843). El escrito se titulaba Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel; y no fue publicado hasta 1927.

En este texto Marx refuta la idea de HôB de que el Estado está por encima de las clases. Pero Marx aún estaba bajo la fuerte influencia del más radical de los jóvenes hegelianos, Ludwig Feuerbach. El libro de Feuerbach La esencia del cristianismo causó sensación cuando se publicó en 1841. Yendo más lejos que Bruno Bauer, Feuerbach argumentaba que la filosofía de Hegel debía ser rechazada plenamente: el punto de partida de la filosofía no debía ser ni Dios ni la Idea, sino los seres humanos y las condiciones materiales en que viven.

Estas ideas de Feuerbach atrajeron rápidamente a gente como Marx, Engels y Hess, quienes empezaban a pensar que sólo una revolución social podía traer un cambio político radical en Alemania. Pero Marx no veía a la clase trabajadora como el agente de este cambio. Aún tenía sus miras puestas en el sufragio universal para los mayores de edad por encima de clases o sexos, al cual veía como la “verdadera democracia”, para que el Estado estuviese bajo el control de la gran masa de la población, en vez de estar en manos de una minoría de propietarios.

Sin embargo, un año después de escribir la Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Marx era ya un defensor de la revolución de los trabajadores, un comunista. Mudarse a ôBËue un factor decisivo en este viraje. La censura prusiana hacía imposible trabajar en Alemania. Marx y Amold Ruge decidieron por tanto producir una revista de los jóvenes hegelianos en el extranjero, “Anuarios franco-alemanes” (Deutsch-Französische Jahrbücher). En octubre de 1843 la pareja Marx se unió a Ruge en París.

París era muy distinta a Berlín o Colonia. Capital cultural de la civilización occidental en el siglo XIX, París era además la metrópolis de un país que atravesaba una rápida industrialización bajo un régimen corrupto de cortesanos y banqueros reunidos en torno a la “monarquía burguesa” de Luis Felipe. En París había además una masa de sectas comunistas y socialistas, algunas de ellas con numerosos seguidores, que coexistían y peleaban entre sí. Y había unos 40.000 exiliados alemanes, en su mayoría artesanos, muchos de ellos bajo la influencia de una organización revolucionaria secreta, la Liga de los Justos.

Los contactos de Marx con las organizaciones comunistas francesas y alemanas en París, fueron su primera experiencia de movimiento organizado de la clase trabajadora. El impacto fue grande. Marx escribió a Feuerbach en agosto de 1844:

“Tiene que asistir a una de estas reuniones de trabajadores franceses para apreciar la frescura pura, la nobleza que emana de estos hombres forjados en el trabajos duro… Es entre estos “bárbaros” de nuestra sociedad civilizada que la historia está preparando el elemento práctico de la emancipación de la humanidad” (CW, III, 355).

Marx expresó esta nueva opinión suya sobre la clase trabajadora en dos ensayos publicados en el único número que apareció de los Anuarios franco-alemanes, en marzo de 1844. (Víctima del gobierno prusiano, que la prohibió, y de discrepancias entre sus editores, la revista se hundió sin dejar rastro una vez el impresor dejó de respaldarla.) En uno de los artículos, “Sobre la cuestión judía”, Marx argumenta –contra Bauer– que una revolución puramente política, como la de 1789 en Francia, liberaría al hombre sólo como “individuo, con sus intereses privados y caprichos privados, separado de la comunidad” (CW, III, 164). Solamente una revolución social que barriera con la propiedad privada y con el individualismo podía traer la “liberación humana”.

En el otro ensayo, pensado como introducción a su Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Marx afirma que tal revolución era posible antes que en ningún otro lugar en Alemania. La burguesía alemana era muy débil para jugar el papel de la burguesía francesa en 1789, o sea, dirigir a todo el pueblo en contra de la monarquía. Solamente el proletariado –la clase trabajadora industrial– podía jugar este papel.

“una clase con cadenas radicales… que no puede emanciparse sin emanciparse de todas las otras esferas de la sociedad, y por tanto, sin emancipar a las demás esferas de la sociedad, la cual es, en una palabra, la pérdida completa del hombre, y de ahí que pueda ganarse a sí misma de una vez, el hombre se reconquiste completamente a sí mismo” (CW, III, 186).

Este último pasaje deja ver que la filosofía era todavía el acercamiento de Marx a la política. Pensaba en términos de una alianza entre la filosofía y la clase trabajadora: una alianza en que la filosofía sería la parte dirigente. Llamaba a los trabajadores el “elemento pasivo” de la revolución, y decía que “la filosofía era la cabeza de esta revolución y su corazón era el proletariado” (CW, III, 183 y 187). Los trabajadores cumplirían un papel revolucionario porque eran la más miserable de todas las clases, no porque –como vino a pensar después– fueran los más poderosos.

Esta actitud más bien paternalista y elitista pronto cambiaría, por dos razones. Primero, en París Marx se puso a estudiar seriamente por primera vez los escritos de Adam Smith, David Ricardo y los otros teóricos de la economía política. De aquí resultaron sus Manuscritos económicos y filosóficos, que escribió entre abril y agosto de 1844. Publicados por primera vez en 1932, los Manuscritos contienen una visión en germen de su teoría materialista de la historia. Más importante, explican el papel revolucionario de la clase trabajadora en términos de su función en la producción material, lo que la obliga a luchar contra el capitalismo. “De la relación entre el trabajo enajenado y la propiedad privada se sigue que la liberación de la sociedad de la propiedad privada, etc., de la servidumbre, se expresa mediante la forma política de la liberación de los trabajadores” (CW, III, 280).

La segunda razón para el cambio de actitud en Marx es que la clase trabajadora alemana dio prueba dramática de que era mucho más que un “elemento pasivo”. En junio de 1844 los tejedores de la región de Silesia se rebelaron contra los patronos: el ejército tuvo que ser enviado a restablecer el orden. Ruge publicó un artículo anónimo en un periódico de inmigrantes alemanes en París, en que le restaba importancia a la revuelta y atacaba a los tejedores. Probablemente representaba en esto, el sentir de la mayoría de los jóvenes hegelianos. El artículo sin embargo fue atribuido a Marx. Este último escribió una respuesta airada denunciando a Ruge y saludando la valentía de los trabajadores y el alto nivel de su conciencia y organización. De ahí en adelante Marx ya no vio a la clase trabajadora como pasiva, sino como el “elemento dinámico” de la revolución alemana (CW, III, 202). El Marx revolucionario, por fin aparecía.

Amistad y revolución

A finales de agosto de 1844, Federico Engels pasó diez días en París. Allí visitó a Marx, y de este encuentro surgió una colaboración que duraría toda la vida.

Engels tenía entonces veintitrés años, era casi tres años menor que Marx pero ya había sido periodista radical y uno de los jóvenes hegelianos. Aunque Engels había colaborado con la Rheinische Zeitung, Marx no había confiado mucho en él, suponiéndolo uno de los “libres” cuyo revolucionarismo infantil Marx ya rechazaba. En noviembre de 1842 Engels se había mudado a Manchester, Inglaterra, para trabajar en la empresa de su familia, Emen & Engels; allí se confrontó con la revolución industrial, la pobreza de la clase trabajadora y el cartismo, el primer movimiento de masas de la clase trabajadora en la historia, el cual todavía se recuperaba de la derrota de la huelga general de agosto de 1842. Esta experiencia, registrada en su libro La condición de la clase obrera en Inglaterra, llevó a Engels –como a Marx– a reconocer el papel revolucionario de la clase trabajadora. Un ensayo de Engels publicado en los Anuarios franco-alemanes, “Apuntes para una crítica de la economía política”, anticipa los escritos posteriores de Marx.

Marx y Engels fueron desde entonces colaboradores naturales. Su primer trabajo conjunto fue un ataque a Bauer y a los “libres”, quienes reaccionaban a la represión del Estado prusiano con una actitud cada vez más elitista y antidemocrática. Bauer –quien más tarde se haría antisemita y apoyaría la autocracia zarista en Rusia– escribía: “es en las masas y sólo en ellas, donde uno debe buscar al verdadero enemigo de la Mente”. La respuesta de Marx y Engels, La sagrada familia, había sido concebida inicialmente como un pequeño folleto. Pero, y no por última vez, Marx se dejó llevar por su apasionamiento. Su parte en el escrito produjo nada menos que un libro de doscientas páginas, que iba desde filosofía a crítica literaria y defendía el principio de la autoliberación de la clase trabajadora. Engels protestó tímidamente ante la inclusión de su nombre bajo el título, ya que “no contribuí prácticamente con nada”. Y añadió, que “por otro lado, el libro está escrito espléndidamente, suficiente como para reventarte de risa”.

Para esta época, Marx era una figura prominente entre los revolucionarios exiliados que poblaban París en la década de 1840. Marx estaba en términos amistosos con los padres del anarquismo, Joseph Proudhon y Mikhail Bakunin, con quienes conversaba sobre Hegel. La pareja Marx era cercana al poeta Heinrich Heine, a quien persuadió por un periodo de que superara su miedo a las masas y escribiera versos socialistas. Fue sobre Marx y Engels que Heine escribió más tarde: “Los líderes –más o menos ocultos– de los comunistas alemanes, son grandes lógicos, los más potentes de los cuales vienen de la escuela de Hegel; y son sin duda los pensadores más capaces y los personajes más enérgicos de Alemania”.

La prominencia de Marx parece haber convencido al gobierno francés, bajo presión prusiana, de expulsarlo de Francia. En febrero de 1845 se tuvo que ir de París a Bruselas. Engels se le unió al poco tiempo, tras dejar su trabajo en la empresa de su familia, para ser un revolucionario de tiempo completo. La colaboración entre Marx y Engels empezó aquí a plenitud. En el verano de 1845 visitaron Inglaterra y después se dedicaron a producir una respuesta final a Bauer y compañía.

Para este momento, los “libres” se habían convertido en individualistas extremos; su actitud se resumía en el libro de Max Stirner Lo individual y sus propiedades (Der Einzige und sein Eigentum, traducido al inglés como The Ego and its Own), para el cual no existía nada excepto el ser individual. Para demoler los argumentos de Stirner, Marx y Engels escribieron entre septiembre de 1845 y agosto de 1846 La ideología alemana. Las seiscientas páginas de La ideología alemana –escritas, principalmente por Marx– hacen eso y mucho más. La primera parte, que debate a Feuerbach, contiene la primera argumentación sistemática del materialismo histórico. Pero los dos autores no pudieron encontrar una editorial que deseara publicar el libro. Marx diría años más tarde: “Abandonamos el manuscrito a la crítica roedora de los ratones, pero satisfechos porque habíamos alcanzado nuestro principal propósito: aclararnos a nosotros mismos”. La ideología alemana sentó los fundamentos teóricos para la actividad política de Marx y Engels. Argumenta que la posibilidad de una revolución social depende de las condiciones materiales que ha creado el capitalismo. Y que la más importante de estas condiciones, es la clase trabajadora. “El comunismo –escribió Engels en ese tiempo– es la doctrina de las condiciones de la emancipación del proletariado” (CW, VI, 341).

Habiendo formulado su teoría de la revolución, Marx y Engels se metieron de lleno a la actividad política. Concentraron su atención en la Liga de los Justos, una organización secreta internacional que consistía principalmente de artesanos alemanes que vivían fuera de su país. La influencia dominante de la Liga era Wilhelm Weitling, un sastre cuya visión del socialismo era extremadamente confusa y quien pensaba que el comunismo nunca ganaría a la gran masa de los trabajadores: una minoría revolucionaria debía tomar el poder en representación de las masas. Weitling compartía esta postura elitista con Augusto Blanqui, el gran revolucionario francés. La Liga había sido prohibida en Francia tras tomar parte en una insurrección fallida, dirigida por Blanqui en 1839. Sus cuarteles se movieron a Londres, donde la organización se dividió entre los seguidores de Weitling, y un grupo que creía que el socialismo sólo sería posible mediante un proceso de educación gradual y pacífico.

En febrero de 1846 Marx y Engels organizaron el Comité de Correspondencia Comunista, con el fin de lograr el control de la Liga de los Justos. En una reunión tormentosa del comité, Marx dijo a Weitling que “hacer un llamado a los trabajadores sin ideas científicas firmes ni una doctrina constructiva… equivale a jugar al predicador, llana y deshonestamente, lo cual supone de un lado a algún profeta inspirado, y del otro, sólo a bobos”. Defendiéndose, Weitling atacó a la teoría y a los teóricos, a lo cual Marx respondió: “¡La ignorancia todavía no ha ayudado a nadie!”.

Un conocido de Marx que estaba presente en esta reunión, Paul Annenkov, ha dejado una descripción del hombre a los veintiocho años:

“Marx mismo era el tipo de hombre hecho de energía, voluntad y convicción indestructible. Su apariencia llamaba especialmente la atención. Tenía una mata de pelo muy negro y manos vellosas, y su abrigo estaba mal abotonado; pero parecía un hombre con el derecho y el poder de exigir respeto, no importa cómo apareciera ante uno ni lo que hiciera. Sus movimientos eran torpes pero confiados y seguros, sus modos siempre desafiaban las convenciones usuales en las relaciones humanas, pero eran dignos y hasta un poco despectivos; su voz metálica y aguda se adaptaba perfectamente a los juicios radicales que pasaba sobre personas y cosas”.

Otro contemporáneo escribe de Marx en esta época:

“Marx era de nacimiento un líder del pueblo. Su discurso era breve, convincente y de lógica poderosa. Nunca decía una palabra superflua; cada oración contenía una idea y cada idea era un vínculo esencial en la cadena de su argumento. Marx no tenía nada de soñador”.

Este formidable intelecto se activó para refutar lo que Marx y Engels consideraban versiones erróneas del socialismo, comunes en el movimiento de los trabajadores alemanes de entonces. Una de las críticas era dirigida a los “socialistas verdaderos”, es decir, intelectuales que habían descubierto el “problema social” luego de la rebelión de los tejedores, y creían que la sociedad podría ser transformada a través de la transformación moral de la masa del pueblo. Otra crítica era dirigida a Proudhon. Marx le escribió a éste en mayo de 1846 invitándole a que fuese el corresponsal en París del comité establecido en Bruselas. Proudhon contestó con una carta de tono paternalista en que se dirigía a “mi querido filósofo” y donde se oponía a la revolución, prefiriendo “quemar la propiedad a fuego lento”. En 1847 Marx publicó Miseria de la filosofía, donde arremetía contra el libro de Proudhon El sistema de las contradicciones económicas, el cual tenía como subtítulo “La filosofía de la miseria”.

Después de largas maniobras Marx y Engels lograron tomar el control de la Liga de los Justos. Un congreso en junio de 1847 transformó la Liga de sociedad secreta conspirativa en organización abiertamente revolucionaria, la Liga Comunista. Su lema ya no sería “Todos los hombres son hermanos” (Marx decía que había muchos hombres de quienes no quería ser hermano) sino “¡Trabajadores de todos los países, únanse!”. El segundo congreso de la Liga Comunista, que se reunió en diciembre de 1847, instruyó a Marx y Engels a que redactaran un manifiesto que diese a conocer sus principios. El resultado fue el Manifiesto del partido comunista, escrito por Marx en febrero de 1848 y publicado ese mes en Londres. Este empieza con las palabras: “Un fantasma recorre a Europa, el fantasma del comunismo” (CW, VI, 481). Era la primera exposición popular del marxismo y es, por mucho, el más famoso de todos los escritos socialistas.

En el momento en que apareció el Manifiesto, Europa era atravesada por explosiones revolucionarias. En febrero, Luis Felipe fue destronado en Francia y proclamada la Segunda República; en marzo, hubo levantamientos en Viena y Berlín. La Europa reaccionaria de la Santa Alianza se hundía de pronto. A principios de marzo el temeroso gobierno de Bélgica expulsó a Marx del país. Tras una breve estancia en París, Marx regresó a Alemania para ser editor en jefe de la Neue Rheinische Zeitung (“Nueva Gazeta Renana”), con base en Colonia igual que su predecesor. Según Engels “el ordenamiento editorial era sencillamente la dictadura de Marx”. Werner Blumenburg escribe sobre la Neue Rheinische Zeitung que “con sus 101 números, es no sólo el mejor periódico de ese año revolucionario; se ha mantenido como el mejor periódico socialista en Alemania”.

Las revoluciones de 1848 representaron el momento en que la lucha entre el capital y el trabajo cobró mayor importancia que la lucha entre la burguesía y las viejas clases terratenientes feudales. Esto fue confirmado por los eventos de junio de 1848 en París, cuando un levantamiento obrero fue cruelmente aplastado por el gobierno republicano. Marx escribió en aquel momento: “fraternité, la hermandad entre clases antagonistas, una de las cuales explota a la otra, esta fraternité que en febrero había sido proclamada y escrita en letras grandes en las fachadas de París, en cada prisión y en cada barraca, esta fraternité halló en la guerra civil su expresión verdadera, ni adulterada ni prosaica, la guerra civil en su aspecto más terrible, la guerra del trabajo contra el capital” (CW, VII, 144 a 147).

Marx y Engels siguieron pensando, sin embargo, que en la atrasada Alemania la burguesía podía ser presionada para jugar un papel revolucionario, como lo habían hecho las burguesías de Inglaterra y Francia. Con varios cientos de miembros, la Liga Comunista se hallaba de pronto sumergida en el movimiento de masas que siguió a la revolución de marzo en Berlín. En vez de “predicar el comunismo en algún pasquín provincial… y fundar una secta minúscula en lugar de un gran partido de acción”, como escribió Engels muchos años más tarde, él y Marx decidieron “asumir el rol de la extrema izquierda de la burguesía, para empujarla hacia adelante” (SW, III, 166). De hecho, la Liga fue disuelta y Marx y Engels hicieron de la Neue Rheinische Zeitung la base de su acción política. Su “programa político”, explicó Engels, “consistía de dos puntos principales: una república alemana indivisible y democrática, y el impulso de la guerra contra Rusia” (SW, III, 166).

La Rusia del zar Nicolás I era el Estado contrarrevolucionario más poderoso de Europa, y sus ejércitos jugaron una función crucial en restaurar el orden en 1848-49. Marx y Engels esperaban que una Alemania republicana podría liberar a Europa, lanzando una guerra contra las potencias reaccionarias, como habían hecho los jacobinos franceses en la década de 1790. Pero estas esperanzas fueron frustradas. Aterrorizada por el ascenso del movimiento obrero, la burguesía alemana se alineó con la monarquía prusiana. La Neue Rheinische Zeitung tuvo que informar cómo la contrarrevolución triunfaba en un país tras otro: Austria, Bohemia, Hungría, Francia, y la misma Alemania.

Como resultado, mantener el periódico resultó muy cuesta arriba para Marx. En febrero de 1849, él y otros editores del rotativo fueron procesados sucesivas veces en los tribunales, aunque absueltos gracias al jurado. Finalmente, en mayo las autoridades prusianas cerraron el periódico y expulsaron a los editores. La última edición, del 19 de mayo de 1849, fue impresa totalmente en rojo. El editorial, redactado por Marx, concluía: “Al despedirnos, los editores de la Neue Rheinische Zeitung agradecen a los lectores el apoyo que han demostrado. Nuestra última palabra, donde quiera que estemos y siempre, será: ¡Libertad para la clase trabajadora!” (CW, IX, 467).

El exilio y la "maldita existencia"

Una vez desterrado de Alemania, Marx se dirigió a París y de ahí, en agosto de 1849, a Londres. Al principio esperaba un exilio breve, creyendo que la derrota de la revolución era temporal. Al poco tiempo Engels se le unió, después de haber participado en la fracasa defensa del último bastión republicano de Alemania en contra de la invasión prusiana, la región del Palatinado.

Los dos amigos estuvieron activos en revivir la Liga Comunista, cuyo comité central ahora estaba en Londres. Crearon una nueva publicación, la Neue Rheinische Zeitung, Politisch-Oekonomisch Revue (“Nueva Gaceta Renana; Revista de Economía Política”). Aquí Marx publicó La lucha de clases en Francia, un análisis de la revolución de 1848-49. En marzo de 1850 redactó un pronunciamiento del comité central de la organización que declaraba que “la revolución.., se acerca” (CW, X, 279). Al mes siguiente la Liga entabló una alianza con el grupo de Blanqui, la Sociedad Universal de los Comunistas Revolucionarios, cuyo objetivo era “el derrocamiento de todas las clases privilegiadas y el sometimiento de estas clases a la dictadura del proletariado, mediante un proceso en el cual la revolución se mantenga en progreso continuo y permanente hasta alcanzar el comunismo” (CW, X, 614).

Este optimismo revolucionario se iría evaporando a medida que avanzó el año 1850. En junio Marx obtuvo un boleto de entrada a la Sala de Lectura del Museo Británico. Una vez allí, se metió de lleno en estudios económicos intensos, usando especialmente la revista The Economist (como muchos lo han hecho después de él). Una conclusión que extrajo, elaborada extensamente en el último número de la Revue, fue que no había perspectivas inmediatas de revolución. Los levantamientos de 1848 habían tenido de trasfondo la crisis económica general de Europa a partir de 1845. Sin embargo, en 1850 la economía mundial había entrado en una nueva fase de expansión, estimulada por desarrollos tales como el descubrimiento de oro en California y el salto en las comunicaciones gracias al barco de vapor:

“Con esta prosperidad general, en que las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desarrollan tan lujosamente como es posible dentro de las relaciones burguesas, es imposible hablar de una revolución real. Tal revolución es posible sólo en los periodos cuando chocan entre sí estos dos factores, las fuerzas productivas modernas y las formas burguesas de producción… Una nueva revolución es posible sólo a consecuencia de una nueva crisis. Es, no obstante, tan segura como la crisis” (CW, X, 510).

Este análisis pesimista provocó disgusto y horror entre los otros dirigentes de la Liga Comunista. Después de un amargo debate en una reunión del comité central el 15 de septiembre de 1850, Marx y Engels se retiraron de la Liga, la cual de cualquier forma resultó destruida en mayo siguiente, tras una batida de arrestos en Prusia. Marx se movilizó rápidamente en apoyo de los miembros de la Liga que fueron juzgados y publicó un folleto que (típicamente) terminó siendo un libro corto, Revelaciones sobre el juicio contra los comunistas en Colonia.

Sin embargo, desde el punto de vista práctico, Marx dejó de tomar parte en la actividad política y compartía sólo breves momentos con uno que otro exiliado, de los muchos que se congregaban en Londres después de las revoluciones de 1848. “Estoy muy contento con el aislamiento público y genuino en el que también nosotros, tú y yo, nos encontramos”, escribió a Engels en febrero de 1851, y agregaba:

“Esto se adapta perfectamente a nuestra posición y nuestros principios. Hemos terminado ya con el sistema de maniobras, con las medias verdades que se admiten por cortesía, y con nuestro deber de compartir el ridículo público en el partido, con todos esos tontos”. Retirarse del activismo liberó a Marx para concentrarse en sus estudios de economía. Retomó su trabajo para un gran libro sobre “economía” que había decidido escribir desde 1845, pero había abandonado por estar dedicado al activismo político. Buena parte del año 1851 la pasó en el Museo Británico; llenó catorce libretas con extractos de lo que leía sobre economía política. “Cuando lo visitas –escribió un conocido– te recibe con conceptos económicos en vez de saludos”. En abril de 1851, Marx dijo a Engels: “He avanzado tanto que en cinco semanas habré acabado con toda esta mierda económica. Una vez haga eso trabajaré en casa en mi Economía y me meteré a estudiar otra ciencia en el Museo. Me estoy empezando a cansar”.

Cuando Marx murió, treinta y dos años después, su “Economía” estaba aún sin terminar. Dejó los manuscritos de dos de los tres volúmenes de El capital para que Engels los editara. Una causa de la lentitud era que Marx era un perfeccionista; constantemente rescribía y expandía lo que escribía, y leía más y más libros y artículos, de manera que sus investigaciones parecían no tener fin. Otra causa era la necesidad de analizar y comentar los acontecimientos del momento. En 1852 Marx publicó una de sus obras más brillantes, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, que explicaba cómo la Segunda República francesa había dado curso al Segundo Imperio de Napoleón III.

Pero aquellos años fueron dominados por la presión extrema de la pobreza. A la familia Marx le faltaba el dinero constantemente. Entre 1850 y 1856 la familia vivió en el número 64, y después en el 28, de la calle Dean, en el barrio Soho de Londres. Allí murieron tres de sus seis hijos. La vida era una lucha constante con los acreedores: el banquero, el carnicero, el panadero, el verdulero, el lechero. Parece que 1852 fue el peor año. Cuando su hija Franziska murió en esa Semana Santa, Jenny Marx tuvo que pedir dinero prestado para el ataúd a un exiliado francés. En diciembre Marx dijo a un corresponsal que no podía salir de la casa, porque había empeñado su abrigo y sus zapatos. Pero el golpe más duro vino en abril de 1855, cuando el hijo de ocho años, Edgar, murió de tuberculosis. Unos meses después Marx escribió a Ferdinand Lasalle:

“Bacon dice que los hombres realmente importantes se recuperan fácilmente de las pérdidas, porque tienen muchas relaciones con la naturaleza y con el mundo. No pertenezco a esos hombres importantes. La muerte de mi hijo ha destrozado mi corazón y mi mente, y todavía siento esa pérdida tan vivamente como el primer día. Mi pobre esposa también está destruida”.

Fue durante este periodo terrible en que Helene Demuth, una sirvienta de la familia Von Westphalen, quien desde 1845 había trabajado en la casa de la familia Marx, tuvo un hijo “ilegítimo”, Frederick, cuyo padre casi seguramente fue Marx. El escándalo fue silenciado: Engels aceptó asumir la paternidad del niño y reveló el secreto a Eleanor Marx sólo en su lecho de muerte, en 1895. El asunto deja ver que el mismo Marx no era del todo hostil a las convenciones de la respetabilidad burguesa. De hecho, él y Jenny siempre procuraron vivir en una casa de tipo clase media, con todo y Helene como fiel criada. Las tres hijas sobrevivientes, Jenny, Laura y Eleanor, fueron criadas como buenas niñas burguesas, en la medida en que se pudo. Esto no debería ser motivo de asombro, puesto que no hay forma en que los individuos escapen de las presiones de la sociedad en que viven, no importa cuánto se opongan a dicha sociedad.

En 1856 Jenny Marx recibió dos modestas donaciones que permitieron a la familia mudarse de su apretada vivienda en Soho, al número 9 de Grafton Terrace en Londres, que era –como dijo ella– “una pequeña casa al pie del romántico Hampstead Heath, no muy lejos de la agradable área de Primrose Hill”. Pero sus problemas estaban lejos de acabar. Marx escribió en enero de 1857: “No tengo la menor idea de qué haré ahora; estoy en una situación todavía más desesperada que hace cinco años. Pensaba que había tenido que tragar lo peor. Mais non”.

Más o menos un año después le dijo a Engels que “no hay estupidez más grande para la gente de aspiraciones generales, que casarse y rendirse a las miserias pequeñas de la vida privada y doméstica”. En 1862 las cosas estaban tan mal, que Marx trató de obtener empleo como dependiente de trenes: su letra era tan ilegible que no lo aceptaron. Pocos meses después escribió:

“Todos los días mi esposa me dice que quisiera que las niñas estuviesen muertas y enterradas. Y realmente no puedo discutir con ella. Puesto que hay que sufrir humillaciones, penurias y temores verdaderamente indescriptibles… Más aún siento lástima por las niñas, porque todo esto ha ocurrido durante la temporada de “exposiciones”, cuando todos sus amigos están divirtiéndose, mientras ellas tienen miedo de que alguien nos visite y vea esta porquería”.

La familia Marx puedo sobrevivir aquellos años gracias al apoyo constante y sacrificado de Engels. Este último había regresado a Manchester en noviembre de 1850, para volver a su trabajo en Ermen & Engels. Lo hizo contra sus deseos, y ello se deja ver en una carta a Marx en enero de 1845: “Es horrible esta codicia por el más mínimo centavo… es horrible continuar siendo no sólo un burgués sino un industrial, un burgués en oposición activa al proletariado”. El biógrafo de Engels, Gustav Mayer, escribe:

“Un hombre que escribía tan bien como Engels no debía preocuparse por su futuro. Si regresó al “maldito negocio”, sin embargo, fue por Marx; puesto que Engels sentía que el gran talento de Marx era de importancia vital para el futuro de la causa. Marx no podía aislarse con su familia: no puede ser víctima de la vida del exilio. Para evitar esto, Engels regresó con gusto al escritorio de oficina”.

De no haber sido por las ayudas de Engels, la familia Marx hubiese desaparecido sin dejar rastro. Tras enviar a imprenta el primer tomo de El capital, Marx reconoció esta deuda:

“Sin ti yo no hubiera terminado el libro, y te aseguro que siempre ha sido una carga sobre mi conciencia pensar que tú, principalmente por mí, gastabas tu brillante potencial en la rutina de la oficina y tenías que compartir mis petites miséres”.

Pero la importancia de Engels para Marx iba mucho más allá que ser una fuente de ingresos. Engels siempre insistía en que él era el socio menor en la relación. Sin embargo, enriqueció la colaboración con no pocos dones. Tenía una mente ágil y viva, y se había desarrollado como comunista revolucionario más rápido que Marx. (“Sabes que soy lento para entender las cosas”, escribió este último veinte años después, “y que siempre te sigo las huellas”). Escribir no era para Engels el proceso trabajoso que era para Marx; escribía con fluidez y rapidez. Tenía habilidad especial para los idiomas y gran interés en las ciencias naturales. Se ha afirmado, además, que sus juicios históricos fueron casi siempre más acertados que los de Marx, y que tenía un conocimiento más profundo de la historia europea. Más aún, era más que Marx, un hombre de acción (su apodo entre la familia Marx era “el general” por su interés en cuestiones militares) y tenía mucho más de organizador práctico. En estos sentidos su talento complementaba al de Marx.

Pero incluso la compañía y colaboración económica de Engels, no impidieron el efecto de las luchas y privaciones de las décadas de 1850 y 1860. Parece seguro que Jenny Marx fue quien más sufrió. Estaba con frecuencia enferma físicamente y las duras experiencias tuvieron también un efecto mental, según se ve en esta carta de ella dirigida a Marx: “Mientras tanto me siento aquí y me hago pedazos. Karl, la cosa está peor que nunca… Me siento aquí y casi todo lo que hago es secarme las lágrimas, y no puedo encontrar ayuda. Mi cabeza se está desintegrando”. Tan temprano como en 1851 Marx dijo a Engels:

“En casa todo está desestabilizado constantemente, las lágrimas me exasperan a veces por noches enteras; me desesperan totalmente… Me da pena mi esposa. El peso mayor cae sobre ella, y au fond [en el fondo] ella tiene razón… Como quiera recuerda que soy tris peu endurant [impaciente] y quelque peu dur [más bien duro], de modo que a veces pierdo la paciencia”.

Como se entrevé, la reacción de Marx a las circunstancias de la casa era retirarse a sus cosas, y adoptar un exterior frío y duro. Se describía a sí mismo como “de naturaleza fuerte” y dijo a Engels que

“en estas circunstancias, en general sólo puedo salvarme por la vía del cinismo”. Sin embargo cayó víctima de varias dolencias físicas: insomnio, ataques en el hígado y la vesícula biliar, y carbúnculos o forúnculos (“Espero que la burguesía se acuerde para siempre de mis forúnculos”). Su trabajo se detenía a menudo a causa de la ansiedad por las angustias de la casa y los problemas del hígado. Mientras trabajaba en los Grundrisse –las notas para la primera redacción de El Capital– en 1858, escribió a Engels: “La situación está ya insoportable… Estoy totalmente impedido respecto a mi trabajo, en parte porque pierdo la mayoría del tiempo buscando la manera de hacer algún dinero, y en parte (quizá como resultado de mi debilidad física) porque los problemas de la casa hacen muy difícil mi concentración intelectual. Los nervios de mi esposa están arruinados por esta porquería”. Werner Blumenburg señala:

“Muchas veces se ha planteado la pregunta de por qué Marx no pudo terminar su obra maestra, El capital, al cual dedicó tres décadas de su vida, y se ha pensado que la razón residía en dificultades teóricas. Pero las circunstancias de la vida del autor hacen que parezca más bien un milagro el hecho de que fue capaz de hacer tanto”.

Seguramente sus sufrimientos hicieron a Marx más suspicaz frente a la gente, y duro y áspero en la forma en que se refería a otros. En su correspondencia con Engels se notan expresiones brutales, y a veces antisemitas, al referirse a Lasalle, el dirigente socialista alemán; reflejan no sólo sus diferencias políticas sino además un gran resentimiento hacia un individuo que se movía en círculos elegantes, era rico y gozaba de popularidad. La relación entre ambos nunca se recuperó de la ocasión, en 1862, en que Lasalle visitó el hogar de Marx y éste último enfureció al ver que gastaba una libra esterlina diaria sólo en sus cigarros, mientras Jenny (Marx relató a Engels) “tuvo que empeñar prácticamente todo lo que no estuviese clavado” para ofrecer a la visita las cosas que le gustaban.

A principios del año entrante la actitud endurecida y cínica de Marx casi le cuesta su amistad con Engels. Este último le escribió por la muerte de su compañera, Mary Bums, y Marx contestó con una carta que, después de algunas condolencias más bien formales, hablaba largamente sobre sus recientes dificultades económicas. Fue solamente después de una pelea de la familia con Marx y de las más dedicadas excusas, que Engels, comprensiblemente herido, se reconcilió.

Los escritos de Marx durante la década de 1850 dejan ver las circunstancias. En esos años a Engels le fue imposible hacer envíos a la familia Marx de más de una o dos libras esterlinas. De manera que Marx buscó algún dinero escribiendo para el New York Daily Tribune (muchos de estos artículos fueron en realidad escritos por Engels, cuyo inglés era al principio mejor que el de Marx). Los juicios de Marx no eran siempre del todo confiables. Cuando Inglaterra y Francia fueron a la guerra contra Rusia en Crimea (1854-56), Marx, quien era fanáticamente antiruso, dada la función central del Zar en la reaccionaria Santa Alianza, creó una dudosa alianza con un excéntrico miembro del parlamento británico por el Partido Conservador, David Urquhart, cuyo periódico Free Press, de Londres, publicó artículos de Marx. También en alguna ocasión se dejó arrastrar a los pequeños conflictos entre los exiliados, notablemente cuando un agente del gobierno francés publicó un folleto con difamaciones sobre él. El resultado fue un libro de trescientas páginas, Herr Vogt [“El Señor Vogt”] (1860), en que Marx hace gala de su capacidad para el abuso.

Pero no debería exagerarse la tristeza de aquellos años. Hubo también paseos dominicales a Hampstead Heath con familia y amigos para leer el periódico del domingo, montar en burro y recitar a Dante y a Shakespeare. Marx estaba lejos de ser un socialista ascético. Le gustaba tomar un trago (prefería el vino, pero podía aceptar la cerveza). En una ocasión memorable Marx, Edgar Bauer –un viejo amigo de sus días de joven hegeliano– y Wilhelm Liebknecht fueron de pub en pub a través de Londres, desde la calle Oxford hasta Hampstead Road. Todo fue bien hasta que llegaron a Tottenham Court Road, donde casi tienen una pelea con otro grupo y lanzaron piedras a los postes de la luz. La policía llegó, todos salieron corriendo y parece que pudieron escapar en buena medida gracias a la velocidad de Marx.

Un policía encubierto prusiano que visitó a Marx en la calle Dean en 1852, describió así la casa:

“A pesar de su carácter rudo e incansable, como padre y esposo Marx es el hombre más delicado y cariñoso… Cuando uno entra a la habitación de Marx el humo del tabaco humedece los ojos, de forma tal que por un momento parece que uno estuviera a tientas en una caverna; pero poco a poco, en la medida en que uno se acostumbra al humental, puede ir reconociendo algunos objetos que se distinguen entre el vaho. Todo está sucio y cubierto de polvo, de modo que sentarse se convierte en una empresa peligrosa. Allí hay una silla con sólo tres patas y allá, en otra silla, hay niñas jugando a cocinar; parece que esta silla tiene cuatro patas. Y es ésta la que se ofrece a la visita, sin que se limpie la cocina de las niñas, de modo que sentarse es arriesgar los pantalones. Pero nada de esto le causa vergüenza a Marx o a su esposa. Uno es recibido del modo más amistoso, y amablemente se le ofrecen pipas y tabaco y de todo lo que haya; eventualmente surge una conversación viva y agradable que compensa las deficiencias domésticas, lo cual hace tolerable la incomodidad. Finalmente uno se acostumbra a la compañía y la encuentra interesante y original”.

El Capital y la Primera Internacional

El 1857 la economía mundial entró en la crisis que Marx había previsto que seguiría a la prosperidad de los primeros años de la década de 1850. Engels estaba contento. Mientras todo era desesperanza en el mercado de valores de Manchester, dijo a Marx: “La gente está preocupada por mi súbito y extraño buen humor”. Los dos amigos esperaban que la depresión económica reviviría al movimiento revolucionario. “En 1848 dijimos: ‘Ahora viene nuestro momento’, y en cierto modo vino –escribía Engels– pero ahora está viniendo completamente: es una lucha de vida o muerte. Mis estudios militares se harán pronto más prácticos”.

Pobre de las esperanzas de “El General”. No hubo revolución en 1858. Pero la crisis tuvo el efecto de dar ánimos a Marx para que siguiera sus estudios sobre economía. En diciembre de 1857 dijo a Engels: “Estoy trabajando como loco por las noches en una síntesis de mis estudios económicos, de modo que antes de que venga el diluvio, tendré claro por lo menos el esbozo principal”. Fortalecido con limonada y “una gran cantidad de tabaco”, Marx logró producir entre agosto de 1857 y marzo de 1858 la obra conocida hoy como Grundrisse, que es una redacción primaria de El capital.

Aunque Lasalle halló una editorial dispuesta a publicar el manuscrito, Marx pensó que el mismo era muy confuso (“en cada cosa que escribí ahí podría detectar la enfermedad del hígado”, dijo a Lasalle). De esta manuscrito sólo apareció, en vida de Marx, la primera parte, sobre el dinero, que fue reescrita y publicada en junio de 1859 como Contribución a la crítica de la economía política. El Prefacio de este libro contiene un señalamiento de Marx en torno a su propio desarrollo intelectual y sobre los principios básicos del materialismo histórico.

El capital fue tomando forma en los ocho años siguientes, durante los cuales la familia Marx sufrió algunas de sus peores crisis y Marx retornó seriamente a la actividad política, por primera vez desde 1850. Inicialmente Marx había pensado que la Contribución fuese meramente una introducción a su “Economía”, que a su vez estaría constituida por seis tomos: 1) El capital, 2) Propiedad sobre la tierra, 3) Trabajo asalariado, 4) El Estado, 5) Comercio internacional y 6) El mercado mundial. Entre agosto de 1861 y julio de 1863, Marx se puso a continuar la Contribución. El resultado fueron veintitrés libretas que sumaban 1.472 páginas, la obra conocida como el manuscrito de 1861-63, el cual todavía no ha sido traducido al inglés por completo. La investigación de Marx en este periodo le llevó a cambiar su parecer sobre el libro de “Economía” que tenía en mente. En los Grundrisse había descubierto el concepto del plusvalor, la clave de su teoría económica, pero fue en el manuscrito de 1861-63 que formuló su teoría de la ganancia. Marx abandonó el esquema de los seis tomos y decidió llamar a toda la obra El capital. El libro sería dividido en cuatro tomos, sobre producción, circulación, el sistema como un todo y teorías sobre el plusvalor, e integraría mucho del material de los tomos posteriores de su “Economía”.

Las finanzas de la familia mejoraron en 1863-64 gracias a dos entradas, una de la madre de Marx y la otra de su viejo compañero Wilhelm Wolff. A éste último está dedicado el primer tomo de El capital. Con este dinero la familia se mudó de Grafton Terrace a una casa cercana más grande, en el número 1 de Maitland Park Road. Pero el dinero se acabó pronto y Engels tuvo una vez más que sacar de su bolsillo. Encima de las nuevas preocupaciones económicas, Marx sufrió terriblemente de los forúnculos a partir de 1863. Tomaba dosis de arsénico, creosota y opio, y a veces él mismo se cortaba dichos forúnculos. A pesar de todas estas distracciones, Marx escribió entre 1864 y 1865 los manuscritos de los tomos 1, 2 y 3 de El capital. No pudo trabajar en el tomo 4, pero las secciones pertinentes del manuscrito de 1861-63 fueron publicadas tras su muerte como Teorías sobre la plusvalía.

En 1865 Marx firmó contrato con Meissner & Behre, una editorial de Hamburgo. Bajo la insistencia de Engels, pasó buena parte de 1866 editando la impresión del tomo 1 de El capital. Cuando un satisfecho Engels supo que el primer paquete de manuscritos ya había sido enviado a Meissner tomó “un trago especial” en celebración. El 16 de agosto de 1867 Marx anunció que terminaba de corregir la prueba del tomo 1.

“Esto ha sido posible sólo gracias a ti. Sin tu sacrificio por mí, nunca hubiese podido hacer esta obra enorme de tres volúmenes. Te abrazo, enormemente agradecido. Adjunto dos hojas de pruebas corregidas. Recibí las 15 libras, muchas gracias. ¡Saludos, mi querido y amado amigo!”

Algunas semanas después salió a la luz el libro; su primera edición fue de mil copias.

A mediados de la década de 1860 una serie de acontecimientos políticos desviaron a Marx de sus estudios sobre economía. Aunque no se había producido la revolución que Marx y Engels esperaban en 1857-58, los primeros años de la década siguiente vieron una reanimación del movimiento obrero europeo. El sindicalismo avanzó en Gran Bretaña y Francia, mientras en Alemania Lasalle encabezaba la primera organización política obrera de masas en ese país, la Unión General de los Trabajadores Alemanes. Los sucesos políticos estimularon a los trabajadores a pensar en términos de solidaridad internacional. La guerra civil en Estados Unidos, aunque provocó una depresión en la industria del algodón en Inglaterra, estimuló entre los trabajadores textiles de Lancashire un gran apoyo a la causa del norte. En Polonia, la insurrección de 1863 contra el colonialismo ruso se ganó el respaldo de socialistas y demócratas a través de Europa.

Fue en este clima que se creó la Asociación Internacional de Trabajadores, es decir, la Primera Internacional. En julio de 1863 una delegación de obreros franceses, seguidores de Proudhon, asistió en Londres a una manifestación masiva en solidaridad con Polonia, que habían convocado los sindicatos ingleses. Los contactos que siguieron llevaron el 28 de septiembre de 1864 a una gran reunión en el St. Martin’s Hall de Londres, y allí se constituyó la Internacional. Marx fue uno de los treinta y cuatro miembros electos al consejo general. No pasó mucho tiempo antes de que en la práctica fuese su dirigente; escribió la mayoría de los manifiestos y pronunciamientos de la Asociación y asumió mucho del trabajo administrativo y de correspondencia.

La Internacional era, sin embargo, un gallinero diferente a la Liga Comunista. Werner Blumenburg señala: v“La Liga Comunista había sido una sociedad propagandística secreta en que Marx gozaba de poderes dictatoriales. Pero la Internacional era una unión de organizaciones independientes (y celosamente independientes) de trabajadores de diversos países. Marx no gozaba de poderes dictatoriales; era uno más entre los miembros del consejo general. Siempre había que convencer a los otros miembros, puesto que en la Internacional había muchas otras corrientes de pensamiento. Había seguidores de Fourier, Cabet, Proudhon, Blanqui, Bakunin, Mazzini y del mismo Marx. Había todo tipo de matices de opinión, desde pacíficos socialistas utópicos hasta anarquistas para quienes la revolución era una cuestión de combate en las barricadas. Estaban los dirigentes sindicalistas ingleses, cuyas organizaciones sindicales –el principal punto de apoyo de la Internacional– se basaban en un sector de la sociedad en que aún era fuerte el viejo orgullo de oficio de los gremios. Estaban los alemanes, fácilmente organizados y disciplinados, y también los fogosos revolucionarios de los países latinos”.

Estas diferencias políticas –eventualmente– condenaron a la Internacional, pero sus primeros cinco años fueron considerablemente exitosos. La efectividad de la Internacional en impedir el uso de rompehuelgas extranjeros en contra de una huelga de sastres en Gran Bretaña, en 1866, le ganó apoyo entre los sindicalistas y cumplió una función importante en la Liga para la Reforma, creada –con respaldo de los sindicatos– para exigir el derecho universal al voto. Los congresos sucesivos de la Internacional (en Londres en 1865, Ginebra en 1866, Lausanne en 1867, Bruselas en 1868 y Basilea en 1869) adoptaron posiciones sobre una diversidad de temas, por ejemplo, la duración de la jornada de trabajo y el trabajo de los niños. Sus actividades contra los rompehuelgas a través de Europa, que no fueron pocas, fueron efectivas.

Marx desató una lucha ideológica para influir sobre la Internacional, especialmente contra los seguidores de Proudhon. Fue ante el consejo general que Marx leyó, en junio de 1865, la conferencia que vendría a ser el folleto Salario, precio y ganancia. Allí indica que, contrario a los argumentos de John Weston –un seguidor de Robert Owen– los sindicatos pueden conquistar mayores salarios para los trabajadores. Por otro lado, en 1869 las ideas de Marx lograron el respaldo de una organización en su país natal, lo cual no había ocurrido desde la división de la Liga Comunista casi veinte años antes, con la formación en la ciudad de Eisenach del Partido Socialdemócrata de Trabajadores, bajo la dirección de Wilhelm Liebknecht y August Bebel. La otra gran organización política obrera en Alemania, la ADAV de Lasalle, se mantenía por su parte al margen de la Internacional.

Dos sucesos alteraron decisivamente el curso de la Internacional. El primero fue la guerra que estalló entre Francia y Prusia en julio de 1870. El triunfo veloz y aplastante de Prusia provocó en Francia la abdicación de Napoleón III y la proclamación de la Tercera República. Pero el carácter reaccionario del gobierno provisional francés bajo Thiers llevó, en marzo de 1871, a los obreros de París a tomar las armas y proclamar su propio gobierno, la Comuna. Thiers se replegó a la ciudad de Versalles y luego desplegó un ejército que venció a la Comuna, ahogando en sangre el levantamiento popular a pesar de la heroica defensa por parte de los trabajadores parisienses.

La Internacional tuvo poca influencia sobre la Comuna de París. El mismo Marx había tenido dudas de que ésta tuviese posibilidades reales de éxito. Sin embargo, se movilizó en su defensa. Tres días después de la caída de la Comuna, el 30 de mayo de 1871, el consejo general promulgó un discurso titulado La guerra civil en Francia, redactado por Marx. Uno de los mejores escritos de Marx, cuyo contenido es un emotivo reconocimiento a los comuneros, una denuncia implacable de sus asesinos y una elaboración singular de la teoría marxista del Estado, la cual más tarde inspiraría El estado y la revolución de Lenin.

Tras la caída de la Comuna sobrevino una gran persecución contra los socialistas a nivel internacional. Uno de los blancos principales de la campaña fue, naturalmente, la Internacional. La prensa sacó a Marx de la oscuridad y lo llevó a la notoriedad como el “doctor rojo” que había manipulado la Comuna como si fuese un teatro de marionetas y, según uno de los relatos más sensacionalistas, era un agente prusiano del gobierno de Bismarck. La guerra civil en Francia fue un éxito; se vendieron 8.000 copias. Un resultado, sin embargo, fue que los sindicatos de Inglaterra, que en este momento representaban principalmente a una élite relativamente artesanal y privilegiada, retiraron su respaldo a la Internacional. Odger y Lucraft, los miembros ingleses del consejo general, renunciaron después de la publicación de La guerra civil en Francia.

El segundo y más fuerte golpe a la Internacional resultó de la actividad de Bakunin. Aristócrata ruso que había sido primero hegeliano ortodoxo y uno de los jóvenes hegelianos en las décadas de 1830 y 1840, Bakunin había concluido en 1842 que “la urgencia de destruir, es una urgencia creativa”. En esta posición esencialmente anarquista, se mantuvo por el resto de su vida. Después de los levantamientos de 1848 Bakunin cayó en manos del régimen del Zar y fue encarcelado en la tenebrosa fortaleza de Pedro-Pablo, donde escribió una “Confesión” secreta dirigida al zar Nicolás I como su “padre espiritual”. En 1861 arribó a Londres tras escapar de Siberia.

Marx había estado en términos amistosos con Bakunin durante la década de 1840; le envió, como “un viejo hegeliano” una copia del primer tomo de El capital. Sin embargo representaban polos opuestos. Herzen, compañero de exilio de Bakunin, escribió que “a la pasión de Bakunin por la propaganda, por la agitación, por la demagogia si se prefiere, a su actividad incesante de fundar y organizar conspiraciones y complots, y establecer relaciones a las cuales atribuía una importancia inmensa, se añadía estar listo para poner en práctica sus ideas, estar listo para arriesgar su vida y ser temerario para aceptar todas las consecuencias”. La reacción de Bakunin a la caída de Napoleón III fue correr a Lyons, donde se paró frente a la alcaldía y declaró la abolición del Estado; fue sin embargo removido por la policía. También cayó bajo la influencia del siniestro Nechaev, cuyos vínculos con el asesinato fueron inmortalizados por Dostoyevsky en su novela Los endemoniados.

En 1868 Bakunin se unió a la Internacional. Simultáneamente creó la Alianza por la Democracia Social, la cual pronto asumió dentro de la Internacional el papel de “un Estado dentro de otro Estado”, en palabras de Engels. Los anarquistas eran especialmente fuertes en las secciones suiza, italiana y española de la Internacional. Las diferencias entre Marx y Bakunin se hicieron más pronunciadas después de la derrota de la Comuna de París. En cierto modo, era una repetición de la división en la Liga Comunista después de 1848. Marx argumentaba que las perspectivas revolucionarias se debilitaban, mientras los bakuninistas llamaban a levantamientos inmediatos en todas partes. La situación llegó a un punto en que Marx estaba convencido de que era insostenible. Tras el retiro efectivo de los sindicatos ingleses –que habían sido un soporte esencial de la organización– decidió disolver la Internacional, lo cual tuvo lugar en el congreso de la Internacional en La Haya, en septiembre de 1872. Este fue, irónicamente, el único congreso de La Internacional al que Marx asistió. Los seguidores de Marx lograron repeler los ataques al consejo general, expulsaron a Bakunin y acordaron trasladar las operaciones de la organización a Nueva York, lo cual la aisló de toda influencia. La Internacional fue formalmente disuelta en 1876.

Los últimos años

Después del colapso de la Primera Internacional, Marx cesó buena parte de su actividad política. Financieramente la familia estaba mejor que lo que había estado antes. En 1869 la parte de la empresa de Ermen compró la de Engels, lo cual significó que “El General” tenía una considerable suma de capital para sostenerse cómodamente él y sostener a la familia Marx. Al año siguiente Engels se mudó a Londres y compró una casa grande en Regents Park Road, a menos de diez minutos de casa de Marx. Por el próximo cuarto de siglo y mucho después de la muerte de su amigo, esta casa sería centro del movimiento obrero europeo.

Retirarse de la Internacional debió liberar a Marx para completar los tomos 2 y 3 de El capital. Trabajó activamente; supervisó de cerca la traducción al francés del tomo I de El capital, revisó los manuscritos originales en alemán para una segunda edición que apareció en 1873 y estudió detalladamente la cuestión agraria en Rusia para sus análisis sobre la renta del tomo 3. (La primera traducción del tomo I de El capital apareció en Rusia en 1872; los censores la dejaron pasar pensando que “muy pocos lo leerán y aún menos lo entenderán”, pero fue un éxito rotundo entre los intelectuales radicales).

Según Engels, a partir de 1870 Marx estudió “agronomía, relaciones rurales en América y especialmente en Rusia, el mercado de dinero y la banca, y finalmente ciencias naturales tales como geología y fisiología. Estudios independientes de matemáticas también figuran en las numerosas libretas de extractos de ese periodo” (C, I, 3-4). Pero Marx trabajó poco en los manuscritos de los tomos 2 y 3 de El capital. Los años de “miseria burguesa” habían cobrado su precio. Marx sufría ahora de constantes dolores de cabeza y de insomnio, e iba a viajes regulares de cura; fue anualmente a Karlsbad entre 1874-76. Como señala David McLellan, “estaba ya mental y físicamente exhausto: en resumen, su vida pública había terminado”.

Marx estaría exhausto pero no había perdido aquella fuerza mental que le había hecho ser temido y respetado entre los radicales europeos desde la década de 1840. H. M. Hyndman, un ex-miembro del Partido Conservador que terminó siendo uno de los principales difusores (y vulgarizadores) de las ideas de Marx en Gran Bretaña, recordaba “haberle dicho una vez que mientras más viejo me ponía, creía que me hacía más tolerante. ‘¿Lo es usted?’, dijo él, ‘¿lo es?’ Era claro que para él no era así”. La intervención más importante de Marx en esos años ocurrió cuando los dos partidos obreros alemanes se fusionaron en 1875, para formar el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD). Marx y Engels pensaban que el programa adoptado en el congreso de fundación del nuevo partido, en Gotha, hacía demasiadas concesiones al grupo de Lasalle. En su Crítica del programa de Gotha, Marx llama la atención a los seguidores de sus ideas, y a la vez hace su más importante elaboración sobre la transición del capitalismo al comunismo. (Los líderes del SPD, Bebel y Liebknecht, impidieron la publicación de la Crítica hasta 1891).

Marx y Engels entraron a menudo en tensión con los socialistas alemanes. Engels escribió su Anti-Dühring en 1877, para defender las ideas de ambos de Dühring, académico socialista que tenía considerable influencia en el SPD. En 1879 los dos escribieron una carta circular criticando a algunos dirigentes del SPD influenciados por Dühring (incluyendo al futuro padre del “revisionismo”, Edward Bernstein), cuya versión del socialismo se distinguía poco de la democracia liberal. Fue en este periodo que Marx declaró “Sólo sé que no soy marxista”.

La tranquilidad de los últimos años le vino bien a Marx. Un conocido lo retrata en estos años como

”un caballero muy culto del patrón anglo-alemán. Las cercanas relaciones con Heine le han brindado una disposición al buen humor, y a la habilidad para la sátira ingeniosa. Gracias al hecho de que las condiciones de su vida personal eran lo más favorables posible, era un hombre feliz”.

En un cuestionario que llenó para sus hijas en 1865 Marx dice que su actividad preferida era de “come-libros”. El cúmulo de lecturas de Marx resulta extraordinario. S.S. Prawer, profesor de alemán en la Universidad de Oxford, ha mostrado en un estudio reciente el extremo al cual Marx estudió y se familiarizó con una gran variedad de literatura europea:

“Estaba en lo suyo con la literatura de la antigüedad clásica, con la literatura alemana desde la Edad Media hasta la época de Goethe, con los mundos de Dante, Boiardo, Tasso, Cervantes y Shakespeare, los prosistas de ficción franceses e ingleses de los siglos XVIII y XIX; y se mostraba interesado en cualquier poesía contemporánea que pudiese ayudar –como hizo ciertamente la de Heine– a minar la respetabilidad de la autoridad tradicional y a estimular la esperanza de un futuro más justo socialmente. En general, sin embargo, su mirada iba más hacia el pasado que hacia el presente, más hacia Esquilo, Dante y Shakespeare que hacia los escritos de sus propios contemporáneos”.

La literatura griega y romana era uno de los especiales amores de Marx. En un periodo de gran tensión mental y física Marx se puso a leer “el relato de Apia sobre las guerras civiles de Roma en el griego original… Espartaco se le aparece como el individuo de mayor importancia de la historia antigua. Un gran general… un personaje noble, un verdadero representante del proletariado antiguo. Pompeyo [el general romano que aplastó la rebelión dirigida por Espartaco] no es más que un mierda”.

En un famoso pasaje del Grundrisse Marx se pregunta por qué si “el arte y la épica griegas eran parte de ciertas formas de desarrollo social… todavía nos brindan placer artístico y… cuentan como una norma y un modelo ya inaccesible” (G, 111). Marx también admiraba grandemente a Balzac por retratar de modo tan realista las relaciones entre clases en la Francia posrevolucionaria; uno de sus proyectos irrealizados era hacer un estudio de Balzac.

Las dos hijas mayores de Marx se casaron, Laura con Paul Lafargue, en 1868, y Jenny con Charles Longuet, en 1872. Marx no fue un suegro especialmente fácil. Lafargue en particular tuvo que someterse a cuidadosos interrogatorios antes de que Marx consintiera el compromiso. Pero fue su hija más pequeña Eleanor, o Tussy, como la llamaban en la familia, la que más se parecía a su padre (“Tussy soy yo”, dijo él una vez), quien tuvo que enfrentar la oposición más dura cuando se enamoró de un joven periodista francés, Lissagray, el primer historiador de la Comuna de París. (Londres estaba repleto de exiliados franceses después de 1871). Las relaciones entre padre e hija se amargaron durante varios años.

Eleanor quería ser actriz, y un club de lectura de Shakespeare solía reunirse en Maitland Road. Uno de sus miembros describe a Marx así:

“Como parte del público era encantador, nunca criticaba, siempre participando en el espíritu de alguna diversión que se produjera, riendo cuando algo le resultaba particularmente cómico, hasta que las lágrimas corrían por sus mejillas: el más viejo en años, pero en espíritu tan joven como cualquiera de nosotros”.

Las cosas cambiaron en 1881. La familia Longuet se mudó a París. Marx echaba de menos a sus nietos terriblemente. Y fue en esta época que a Jenny le diagnosticaron cáncer incurable en el hígado. Marx mismo tenía bronquitis. Eleanor recuerda:

“Fue un periodo terrible. Nuestra querida madre yacía en el cuarto grande del frente, y Moor en el cuarto pequeño de atrás. Y los dos, que han estaban tan acostumbrados el uno al otro, tan cerca el uno del otro, no podían siquiera estar en el mismo cuarto… Nunca olvidaré la mañana en que él se sintió lo suficiente fuerte como para ir al cuarto de mamá. En ese momento fueron jóvenes de nuevo: ella una muchacha y él un joven amante, ambos en el umbral de la vida, no un viejo devastado por la enfermedad y una vieja agonizante que se separaban para siempre”.

El 2 de diciembre de 1881 murió Jenny Marx.

Engels dijo a Eleanor: “Moor está muerto también”. Marx visitó la ciudad árabe de Argel y a los Longuet en París, refugiándose en “el ruido de los niños, ese ‘mundo microscópico’ que es mucho más interesante que el ‘macroscópico”, y fue con Laura al área de Vevey en Suiza. Regresó a Gran Bretaña –en la isla de Wight pescó un resfriado– sólo para enterarse de la muerte de su hija Jenny a la edad de 38 años. El 14 de marzo de 1883, Engels visitó la casa de Maitland Road y encontró “la casa en llanto. Parecía que se acercaba el fin”. Cuando Engels y Helene Demuth subieron a ver a Marx, supieron que había muerto mientras dormía. Engels escribió la noticia a Friedrich Sorge: “La humanidad es más corta por una cabeza, y esa es la cabeza más grande de nuestra época”.

Alex Callinicos

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