URSS, 1927: Rusificación o internacionalismo

el marxismo a debate
Tools
Typography
  • Smaller Small Medium Big Bigger
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

x Pepe Gutiérrez-Álvarez

Una de las primeras consecuencias del curso burocrático soviético fue la creciente rusificación de la Internacional...Si lo primero era construir el “socialismo en un solo país”, la primera misión de la Internacional pasaba por secundarlo.

La disputa entre el partido del Estado (Stalin) y el partido de la revolución (Trotsky) tendrá una prolongación inmediata en la naturaleza de la política exterior, y más concretamente en la línea general de la Internacional Comunista, sobre todo a través dos de los mayores acontecimientos de la segunda mitad de los años veinte, en la huelga general británica, y en la segunda revolución china.

En 1920, cuando Gran Bretaña se preparaba para intervenir militarmente en la guerra entre Polonia y Rusia, amenazando con derrocar el régimen soviético exangüe después de numerosos años de guerra, de guerra civil, y de declive desastroso de. la producción material (sobre todo de la producción alimenticia), las llamadas de la Internacional Comunista al movimiento obrero británico para que se opusiera activamente a los preparativos de guerra, fueron coronados por el éxito, y un futuro ministro laborista, Ernest Bevin, se hizo famoso durante esta movilización. Un comité de acción reagrupando a la izquierda laborista y los sindicatos llamó vehementemente a una huelga general nacional de duración ilimitada. Si se daba el caso, la convocatoria. fue apoyada por la puesta en pie de comités de acción locales para preparar esta huelga general en más de 400 ciudades a través del país. De esta manera, una guerra entre la Gran Bretaña y la Rusia soviética fue evitada. Por lo tanto, la Rusia soviética fue salvada también por la clase obrera británica, sin dejar por ello sus organizaciones tradicionales. También las feministas, con Silvia Pankhurst al frente, jugaron un papel notable en estos acontecimientos.

Recordemos que todavía, el imperio británico, a pesar de su declive en beneficio del norteamericano, continuaba siendo el centro de la reacción mundial. Al mismo tiempo que habían mostrado sus simpatías por el ascenso fascista en Italia, los gobiernos de Londres seguían considerando muy seriamente todas las posibilidades (incluyendo la intervención militar) de una restauración conservadora en la URSS. La revolución resultaba claramente contagiosa entre los pueblos coloniales oprimidos (China, India, etc). Y también alentaba al movimiento obrero de las metrópolis como en Inglaterra donde una poderosa radicalización presionaba para que la primera victoria electoral (1924) en alianza con los liberales, tuviera una evolución auténticamente hacia la izquierda. Esto no pudo ser --los laboristas temieron las consecuencias de su propia victoria--, pero hacia el año 1926, las Trades Unions conocieron un proceso de radicalización que les llevó a organizar una huelga general.

Dentro de este contexto de crisis social, el papel del partido comunista británico, y de la izquierda sindical englobada en la corriente Movimiento Minoritario, alcanzó, a pesar de ser muy débiles, una importancia mucho mayor de la que realmente tenían. Preocupado ante todo por las posibilidades que esta situación ofrecía a la política exterior soviética, Stalin propuso la constitución de un Comité entre los sindicatos británicos y los rusos con el pretexto de trabajar por la reconstrucción de los sindicatos internacionalmente. Sin embargo, el objetivo real de dicho comité era antes que nada la defensa de la URSS, a la cual se subordinaban todas las aspiraciones de los trabajadores británicos. Trotsky, que todavía era miembro del Buró Político que debatía la cuestión, insistía en la necesidad de no confiar en medidas que no fueran las de solidaridad obrera internacional, a lo que Stalin le respondió: "¿Qué quiere usted hacer con "nuestros" comunistas ingleses?".

El ascenso de las luchas obreras producía una potente huelga minera y daba lugar a propuestas como la nacionalización de las minas que fue apoyada por el conjunto de los trabajadores. En mayo de 1926, después de diez días de huelga general, la prepotencia de los poderosos comenzó a flaquear. Era la primera manifestación de la debilidad del Imperio, expresión de una crisis que alcanzaría su punto final con la II Guerra Mundial. No obstante, volvieron a recuperar el aliento gracias a la traición de la burocracia sindical que dejó a los mineros abandonados a su propia suerte, a pesar de que continuaron la huelga muchos meses más. A Stalin y a los sindicatos soviéticos, esta actuación de la burocracia no les importó demasiado, sobre todo porque su objetivo primordial era la "defensa de la URSS". Cuando los comunistas y los sindicalistas de izquierdas se pusieron al lado de los mineros, y denunciaron a los funcionarios tradeunionistas, estos pudieron replicar que contaban con el apoyo de la URSS.

Esta contradicción provocó la desmoralización del partido comunista británico que nunca más llegó a tener tanta influencia, y la desaparición del Movimiento Minoritario. Cuando acabó la huelga minera, la burocracia sindical prescindió del Comité anglo-ruso. Era la primera vez que la fracción estaliniana "probaba" que era capaz de instrumentalizar "su" partido comunista para fines propios, por más que estos chocaran con los intereses de la clase trabajadora y del propio comunismo británico que nunca llegaría a enraizar para desaparecer prácticamente tras la última fase eurocomunista durante la cual entonó un doloroso "mea culpa" por sus complicidades con el estalinismo…

Aunque este capítulo de la historia del movimiento obrero ha sido olvidado, tuvo una gran importancia ya que se trató de la mayor movilización social conocida en el centro del imperialismo, y consiguió, a pesar de que finalmente fue un fracaso, que la clase dominante acabara olvidando sus sueños restauracionistas en la URSS. Trotsky, que denunció vehementemente la actuación de Stalin, mantuvo en la segunda mitad de los años treinta un brillante debate con la flor y nata intelectual del socialismo reformista británico dentro del cual siempre tuvo sus admiradores como G.B. Shaw, y escribió una de sus obras maestras menos conocidas entre nosotros, ¿Dónde va Inglaterra? (Ed. Biblos, Madrid, 1927, tr. Angel Pumarega). En 1975, el cineasta Ken Loach realizó toda una serie televisiva producida por la BBC y Tony Garnett a la historia social británica de la época en cuatro partes (en un total de 410 minutos), Days of Hope: 1916. Joining up; Days of Hope: 1921; Days of Hope: 1925; Days of Hope: 1926. General strike. Se trata posiblemente de mayor documento fílmico sobre los antecedentes, desarrollo, y consecuencias de estos acontecimientos.

El dilema teórico entre el socialismo en un solo país y la revolución permanente, tendría una inmediata ilustración en la actuación del Komintern en la crisis social china entre 1925 y 1927, una primera revolución en la que el anticolonialismo y el socialismo se deban la mano. Para Trotsky, las condiciones socioeconómicas de China sólo podían ser interpretadas por la ley del desarrollo desigual y combinado a través de las enseñanzas revolucionarias de las últimas décadas. La China milenaria se hundió al contacto con las naciones capitalistas más adelantadas. Desde finales del siglo XIX, las compañías extranjeras colonizaron el país, dominando de una parte a otra el comercio, los ferrocarriles, las líneas de navegación y las inversiones en todos los campos de la industria. La burguesía autónoma no surge, pues, por evolución natural, sino como intermediaria, compradora y dependiente estrechamente del mercado internacional. Sus inversiones propias se orientan hacia el agro y sus representantes no vertebran un cuerpo sólido, capaz de dictar sus imposiciones a las demás clases: debía de apoyarse en la reacción y sostenerse en el imperialismo --con quien disputaba la “parte del león”-, contra la revolución agraria y nacional.

La primera revolución china (1911) había sido una especie de Febrero del 17 en Rusia ya que, a pesar de coger las riendas de la nación, fue incapaz de llevar adelante ninguna de las transformaciones que la revolución democrático-nacional exigía. Pero los campesinos no podían esperar y se lanzaron nuevamente a la guerra contra los señores. En los centros ciudadanos, donde había surgido en poco tiempo una industria moderna y concentrada, la clase obrera empezó pronto a desarrollar una intensa labor sindical que desembocó, convergiendo a menudo con las agitaciones campesinas, en movilizaciones y huelgas que agrupaban a millones de luchadores.

Según Trotsky, ciertas similitudes con la Rusia zarista eran evidentes: "Las mismas causas objetivas, sociales e históricas que determinaron la salida de Octubre en la revolución rusa se presentan en China bajo un aspecto todavía más agudo. Los polos burgueses y proletarios de la nación están opuestos en China con una intransigencia mayor sí cabe que en Rusia, ya que por una parte la burguesía nacional china está directamente ligada al imperialismo extranjero y su aparato militar y, de otra, el proletariado chino ha tomado contacto desde sus inicios con la Internacional Comunista y la Unión Soviética. Numéricamente el campesino chino representa en el país una masa mucho más considerable que el campesinado ruso; pero, al margen de las contradicciones mundiales, el campesinado chino es todavía menos capaz de jugar un papel dirigente" (La internacional comunista después de Lenin, p 308).

Por su parte, Stalin, Bujarin y Martinov --un antiguo menchevique de derechas que representaba el ascenso de gente similar en el aparato tras la muerte de Lenin--, que orientaban ahora la política del Komintern, determinaron que en China la revolución no podía ser más que burguesa y que había que apoyar incondicionalmente al partido nacional-burgués y atraerlo a un pacto de amistad con la URSS. Este partido era el Kuomintang y su líder, Chiang kai-check, fue nombrado «miembro honorario» de la Internacional, curiosamente en el mismo momento en que Trotsky era tratado de contrarrevoIucionario y menchevique.

El papel que Stalin asignaba al Kuomintang era el de dirigir un frente de cuatro clases: la burguesía, la pequeña burguesía, el campesinado y el proletariado, contra el feudalismo chino (término que no correspondía en absoluto a la historia china) y el imperialismo. El partido comunista chino debía subordinar su labor al interior del Kuomintang, aceptando sin reservas sus principios y disciplina. Para Stalin "…el partido comunista chino reconoce resueltamente que el Kuomintang y sus principios son necesarios para la revolución china. Sólo aquellos que no quieren ver la revolución china triunfar pueden ser partidarios de la ruina del Kuomintang. Incluso en el caso de que sea mal dirigido, el partido comunista chino no puede ser partidario de la ruina de su aliado el Kuomintang, por darle placer a nuestros enemigos, los imperialistas y los militaristas".

La consecuencia de esta subordinación resulta ser una sangrienta derrota. Temeroso de la creciente influencia del comunismo, Chiang prepara una dantesca represión para exterminar a sus militantes. Algunos comunistas chinos y la Oposición rusa ya habían advertido que esto podía ocurrir. Pero, a pesar de la evidencia, Stalin se niega de plano a reconocer los resultados de sus órdenes a la sección china y trata de enmascararlo obligando, en plena derrota del movimiento revolucionario, a la sublevación ultraizquierdista, inútil y heroica de Cantón. Después de tres días de encarnizada resistencia, la revuelta es aplastada, rompiéndose la espina dorsal del movimiento sindical y proletario en las ciudades hasta 1949. Trotsky denuncia con fuerza: "Seria una prueba de pedantismo sí afirmáramos que, de haberse seguido una línea correcta durante la Revolución de 1925-1927, el partido comunista chino habría conquistado de golpe el poder.

Pero afirmar que esta posibilidad estaba completamente descartada sería hacer un alarde de filisteísmo vergonzoso. El movimiento de masas de los obreros y los campesinos, al tiempo que la desintegración de las clases dominantes, podía permitir su realización. La burguesía indígena envió a su Chiang kai-check y Wang ching-wei a Moscú; por intermedio de sus Hu Han min llamaba a las puertas de la IC precisamente porque, cara a las masas revolucionarias, se sentía muy débil: reconociendo esta debilidad desde un principio, buscó con qué protegerse. Los obreros y los campesinos no habrían seguido a la burguesía indígena sí nosotros --la IC- no los hubiéramos cogido con el lazo y obligado a seguirla. Si la política de la Internacional hubiera tenido alguna justeza, la alternativa de la lucha del PC por la conquista de las masas estaba decidida desde el primer momento: el proletariado chino hubiera sostenido a los comunistas y la guerra campesina hubiera apoyado al proletariado revolucionario.

Si, desde el principio de la campaña del Norte, hubiéramos comenzado a establecer los soviets en las regiones “liberadas” (y las masas aspiraban a ello con todas sus fuerzas), hubiésemos creado nuestro ejército y disgregado el del enemigo; a pesar de su juventud, el comunismo chino hubiera madurado bajo la dirección juiciosa de la Internacional en el curso de estos años excepcionales: habría podido llegar al poder, sí no en toda China de un golpe, al menos en una parte importante de su territorio. y lo que es más importante, habríamos tenido un partido.

Pero precisamente ha sido en el terreno de la dirección donde se ha producido algo monstruoso, una verdadera catástrofe histórica: la autoridad de la Unión Soviética, del partido de los bolcheviques, del Komintern, ha servido enteramente para sostener a Chiang kai-check contra la política del partido comunista y después ha apoyado a Wang ching-wei como el dirigente de la revolución agraria. Después de haber patinado la base misma de la política leninista y roto los huesos del joven PC chino, el Comité ejecutivo de la IC ha determinado desde el principio la victoria del kerenskysmo chino sobre el bolchevismo chino".(La Internacional Comunista después de Lenin).

Sobre este capítulo de la historia del comunismo, la izquierda comunista realizó numerosas aportaciones. Algunas de ellas están recogidas en la extensa recopilación, presentada por Pierre Broué, La question chinoise dans l’International Communiste (EDI, París, 1976, con textos tanto de la línea oficial, representada por Stalin, Bujarin y Martinov, como de la oposición representada por Trotsky y Zinóviev, así como con aportaciones de Alfred Rosmer, Kurt Landau y León Sedov, e incluye también la famosa carta de Chen Du-shiu). La editorial Pluma, de Buenos Aires-Bogotá, editó la recopilación de los trabajos de Trotsky sobre este tema con el título de La revolución china, y también existe una edición en Crisis (Buenos Aires, 1973), que comprende textos de Nicolai Bujarin así como un ensayo preliminar de Richard C. Thornton, de la Universidad de Washington. Asimismo, se volvió a editar el ensayo de Víctor Serge La revolution chinoise (1927-1929), con prólogo de Pierre Naville (Savelli, París, 1977).

Un análisis de conjunto sobre la corriente fue el que realizó Denise Avenas en Maoïsme et communisme (Galilée, París, 1976), que comprende un amplio análisis de la historia de la revolución china y una valoración crítica sobre el significado real del maoísmo. También resulta muy interesante el trabajo de K. S. Karol China: el otro comunismo (Siglo XXI, México, 1967), sin olvidar la controversia entre Trotsky y Malraux con motivo de las dos novelas de este último sobre los acontecimientos, Los conquistadores y La condición humana (ambas editadas en Argos-Vergara), y sobre las cuales cabe citar los artículos de Trotsky incluidos en Literatura y revolución, y a los que me he referido en mi artículo sobre Malraux y el comunismo aparecido en Kaos.

Otra elaborada aportación trotskiana sobre el maoísmo es la realizada por Livio Maitan en El ejército, el partido y las masas en la revolución china (Akal, Madrid, 1978, tr. de Julio Rodríguez Aramberri), y desde una perspectiva más reciente la de Roland Lew, China, de Mao a la desmaoización (Revolución, Madrid, 1988, tr. de Alberto Fernández). En la recopilación de textos de Ernest Mandel La longue marche de la Révolution (Galilée, Paris, 1976) hay un amplio ensayo sobre Mao. Por su parte, la Serie Popular de ERA lo hizo con el opúsculo de Deutscher El maoísmo y la revolución cultural china, una obra que fue de una gran ayuda en los debates de los años sesenta.-setenta

Tras la derrota fatal de las ciudades, la revolución china se refugia en el campo para llegar dos décadas después, y muy a pesar de Stalin que apoyaba todavía al Kuomintang, a la conquista del poder. Antes de esta revolución, la sociedad china no conoció ninguna etapa democrático-burguesa. La dirigió el PC chino y tuvo que emprender --a su manera- el camino de un "socialismo" cuyos rasgos despóticos están sirviendo en los últimos tiempos para una restauración capitalista bajo la dirección del Partido Comunista chino... En los años sesenta, el PC chino, después del comienzo del conflicto chino-soviético, adoptó la consideración que China se había convertido en "el bastión de la revolución mundial" a la inversa de la unión Soviética, en la que el capitalismo habría sido restaurado, esquema desarrollado en una teoría llamada de "los tres mundos", y de la podemos encontrar una justificación local en obras como la de Jordi Solé-Tura, Política internacional y conflictos de clase (Laia, BCN, 1974). Años más tarde, Solé-Tura escribirá unas memorias en las que apenas si se refiere a Mao y a Stalin.

Partiendo de dicha teoría, el maoísmo justificó toda clase de asociación contrarrevolucionario con las fuerzas reaccionarias a través del mundo (con el Sha de Persia-Irán. con las dictaduras militares en Pakistán, con el imperialismo USA, con Franz-Josef Strauss, con Sadat, con el carnicero militar chileno Pinochet, con la dictadura militar tailandesa) contra la Unión Soviética. Se decía que se trata de la "defensa de la fortaleza socialista", identificada con el Estado chino al igual que había hecho Stalin, por ejemplo durante el pacto nazi-soviético. La consecuencia trágica final de las aberrante doctrinas del "nacional-comunismo", fueron las guerras abiertas entre "países socialistas" como parte de una escalada al final de la cual la "revolución cultural" resultó desenmascarada, el presidente Mao como un auténtico sátrapa ambicioso, y el maoísmo internacional resultó abocado a una agonía de la que sobrevivirían fuerzas políticas tan deleznables como "Sendero Luminoso" en Perú.

El maoísmo fue una corriente política muy militante, con gente muy entregada, muy dada a "hegemonizar" (y así criticar a los discrepantes de atentar contra la “unidad”) los movimientos, y a crear sindicatos y organismos propios; harto elocuente en este caso sería como la ruptura del PTE y la ORT con Comisiones Obras dio lugar a un congreso constituyente “unitario” del que saldrían dos centrales sindicales opuestas, la CSUT (Confederación Sindical Unitaria de Trabajadores), y el SU (Sindicato unitario), ligados respectivamente a tales siglas. Tuvo una importancia en absoluto desdeñable en la España de los años setenta a través de partidos como el Partido del Trabajo Español (PTE), surgido de una escisión en el comité "Provincial" del PSUC, en Barcelona en 1967; la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), creada por la reconversión de una asociación sindical cristiana; Organización Comunista (Bandera Roja), que contó con un equipo de líderes muy reconocidos como el propio Tura, Jordi Borja, Alfonso Carlos Comín, etc; Movimiento Comunista (MCE), proveniente de una escisión de ETA, la Organización de Izquierda Comunista (OIC) de carácter mucho más sincretista (mezclando maoísmo, trotskismo y consejismo) y otros grupos menores, todos ellos bastante olvidados.

Alentados por la "revolución cultural", trataron de combinar las tradiciones estalinistas con el izquierdismo del 68, pero la propia historia china, acabaron situándolos en una crisis final, sin una respuesta a los dilemas abiertos por la Transición (o por la restauración neoliberal en el caso del Movimiento Comunista), sufrieron una crisis tras otra, hasta que la caída y el desprestigio de la llamada "banda de los cuatro", aceleró su descomposición, y muchos de sus cuadros acabaron haciendo su carrera política en el PSOE, o en la propia derecha. Aunque algunos de sus líderes no dudaron en algunas ocasiones en resucitar algunas de las mayores aberraciones del estalinismo, aunque esto no quita con que llegaran a contar con una generosa base militante que asistió con estupor al derrumbamiento de unos dioses que se habían consagrados poco menos que como "sagrados". Todas las organizaciones de tipo maoísta llevarían un curso muy dispar cuando no cayeron en los mayores delirios como resulta ostensible en el caso de “Sendero Luminoso”, agotada después de caer en la mayor irracionalidad política...




Artículos de Pepe Gutiérrez-Álvarez en Kaos en la Red >>