Un 8 marzo (febrero) comenzó la revolución rusa

el marxismo a debate
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Pepe Gutiérrez-Álvarez

El 8 de marzo (8 de febrero en el calendario ruso) se cumplen los noventa años de la Revolución Rusa, la más importante de nuestra época, la que marcó la agenda política del siglo XX que comenzó en febrero (marzo en nuestro calendario), y que se justificó como un “prólogo” de una revolución mundial que seguiría un curso bastante imprevisible después de las grandes crisis sociales de la época inmediata en Alemania (1918, 1919, 1921, concluyendo con unas derrotas que determinaron el ascenso del nazismo), Hungría, Italia..

Pero también en el Estado español, donde en agosto de 1917 tuvo lugar una huelga general auspiciada por la unidad entre la UGT la CNT, así como del llamado “bienio bolcheviquista” en el campo andaluz tan magistralmente descrita por Díaz del Moral en su Historia de las agitaciones campesinas en Andalucía, por cierto, ¿aún no habéis leído este libro?. .

Cuando nadie lo esperaba, el topo de la revolución emergió en la llamada Rusia de los zares donde ya había mostrado todo su potencial en 1905, el “año del Potemkin”. Durante sólo cinco días (del 23 al 27 de febrero de 1917 según el viejo calendario bizantino, del 8 al 12 de marzo en el calendario occidental), se desencadenó una movilización incontenible que habían iniciado las mujeres el día 8 de marzo siguiendo las consignas de la internacional de las mujeres trabajadoras liderada por Clara Zetkin, y que continuaron obreros y soldados en San Petersburgo, entonces capital del imperio ruso. Como por ensalmo, el movimiento popular destronaba al zar Nicolás IIº y a su corrupta corte, poniendo fin a tres siglos de monarquía zarista que permanecía como un poder absoluto que se había hecho totalmente insoportable, sobre todo en el contexto de una guerra mundial, el mayor desastre humanitario conocido hasta el momento por la humanidad, y que marcaría un antes y un después en la historia de la mandad, al tiempo que pasaba a ser la piedra de toque de esta revolución que se dejaba en manos del “Tercer Estado”.

Es la guerra (una verdadera sangría para el pueblo que sirve de carne de cañón, mirad hasta qué punto que la historiografía conservadora pasará de puntillas sobre un hecho que podéis visualizar a través del cine a través de películas como Senderos de gloria, de Kubrick o La vida y nada más, de Tavernier), la que hace que esta sea probablemente la revolución más violenta de todos los tiempos. En unas semanas el pueblo se deshace de todos sus dirigentes el monarca y sus hombres de leyes, la policía y los sacerdotes, los propietarios y los funcionarios, los oficiales y los amos. Después de años de silenció y opresión, no hay ciudadano que no se sienta libre. “Libertad” será pues la palabra. Libertad para decidir en cada momento su conducta y de dictar su propio porvenir por encima de los grandes poderes fácticos que querrán hacer valer aquello de “que todo cambie para que todo siga igual”. Es el momento en que cada grupo social elabora su propio proyecto para regenerar la sociedad y aquel inmenso país

Como habían anunciado desde los tiempos de los “decembristas”, y los diversos vates de la revolución desde Bakunin hasta Herzen y Plejanov, se iniciaba una nueva era desde el momento en que caía el muro de la autarquía...La revolución era la fiesta del pueblo, y fue entonces cuando desde lo más profundo de todas las Rusias, surgió un inmenso grito de esperanza. Era el grito de los humillados y ofendidos de los que habló el intenso y ambivalente Dostoyevski, el que se veía venir en todo la gran literatura usa de entre siglos. Fue entonces, como si como el país se hubiera convertido en una página en blanco, que aparecían las “Lettres de dolence”. La voz del pueblo, de todos los desdichados, de los últimos que querían ser los primeros como describiría el poeta Alexander Block en su poema Los doce. Cartas que daban cuenta de los sufrimientos, las ilusiones, los sueños de la gente que hasta entonces había callado.

Se cumplía la premisa de una canción que se hizo la de la calle, de la Internacional: el mundo iba a cambiar de base. Se hay una manera de definir la revolución es cuando hasta los sectores más atrasados y oprimidos del pueblo, quieren tener su voz, y en esta, como describirán magistralmente John Reed y Nikolai Sujanov, todo el mundo habla y grita.

Así, en Moscú, los trabajadores obligaban a sus dueños a aprender las bases del futuro Derecho obrero, ocho horas, mejoras en las condiciones de trabajo; en Odesa, los estudiantes que habían estado junto al pueblo dictaban a sus profesores un nuevo programa de Historia de las civilizaciones en la que el pueblo era el protagonista; en Petersburgo, los actores se zafaban del director del teatro y elegían un espectáculo pensando en el pueblo que antes se quedaba en las puertas; en el Ejército, los soldados invitaban al capellán a que asistiera a sus reuniones para que cambiara el sentido de su vida, que dejara de bendecir el poder y los cañones...Hasta los pequeños reivindicaron para los menores de catorce años, el derecho a aprender boxeo. Aparecen personas desconocidas que ahora aprenden a hablar en nombre de muchos. Por todo lo cual, cabe imaginar el pánico de aquellos que pretendían fundamentar su autoridad en la competencia, el saber, el servicio público, o en el antiguo derecho divino. A todos ellos tratarán de consolar los nuevos gobernantes.

Con toda seguridad, el aniversario será aprovechado por tribunalistas y legitimadotes diversos para lamentar el triste destino de la familia real (los únicos que tienen nombre y cara, no hay más que ver toda las historias que se han montado con la dichosa Anastasio), con las deliberaciones sobre una oportunidad “democrática” perdida, y otras fabulaciones. La más cínica de todas quizás sea la presentada por esa izquierda arrepentida que tan bien ha representado Jorge Semprún (el mismo que ha acabado clamando a lo Blair, que no había que dejar solo a Bush “luchar por la democracia”), y que veinte años atrás avanzaba el criterio de la única revolución de verdad fue la de febrero. La misma que se veía “resucitar” en la Rusia de Yeltsin y Putin. Ahora vuelve a quedar claro que sin revolución de Octubre, febrero hubiera llevado más bien al fascismo ya que las clases dominantes (de dentro y de fuera de Rusia), sí temían realmente a algo, eso era el pueblo en marcha.

Por lo tanto, la historia que sigue es la de una renuncia. Mientras aparecen soviets por todas partes, se componen poderosas ramas sindicales, los partidos socialistas multiplican sus efectivos y sus medios, se constituye un gobierno provisional que tiene un mandato claro del pueblo. Cambiar el mundo de base significa poner fin a la guerra, a las matanzas, la tierra para los campesinos, libertad para las nacionalidades, mejoras sociales...Pero en el palacio de Invierno donde se reúne la Duma, se habla de democracia, pero con esto se quería decir que la revolución ya había llegado a su fin. Bastaba con el parlamento, con los demócratas, y todos ellos, desde la derecha “constitucionalista” hasta la izquierda eserista o menchevique, esperan que el pueblo se calme, y se limitan a negociar con las potencias dominantes (Reino Unido, Francia), algunas propuestas inocuas sobre la guerra, no reconoce las ocupaciones de tierra, a las nacionalidades, ni que los soldados discutan las órdenes de los mandos. La revolución democrática fue por abajo, por arriba la burguesía democrática no pasó de las palabras.

Visto desde la perspectiva del tiempo, en Rusia pasó algo que no habia pasado en otras revoluciones, por ejemplo la mexicana de 1914, o en la española de 1934-1937, a saber, que esta vez hubo una fracción amplia con voluntad de continuar la revolución hasta sus objetivos primordiales. En esa fracción amplia confluyeron anarquistas, eseristas de izquierdas (Steinberg), mencheviques internacionalistas (Martov, Sujanov), pero sobre todo, los interradios (Trotsky, Lunacharski, Rakovski) y como no, los bolcheviques, que eran los mejor organizados. Los que hicieron que e pueblo pensara para sí.

Sin embargo, recordemos que en vísperas del acontecimiento, Lenin comentaba que posiblemente su generación no tendría tiempo de vivir la revolución. Y en marzo, al igual que todos los demás partidos, Stalin lanzaba desde Pravda un llamamiento a la disciplina militar. En junio, el anciano conde anarquista Kropotkin, pedía ponderación. Desde tiempo atrás Máximo Gorki, el escritor más ligado a la revolución, se irritaba porque no se volvía al trabajo. Basta de palabras -decía-, basta de palabras. Entre tanto, el gobierno provisional hacía votos para que la revolución se cansara, pero no fue así, la acumulación de exigencias populares se exacerbaban, sobre con la guerra. Entonces Lenin, no tardó en ajustar su perspectiva. Desde su llegada a la estación de Finlandia, hizo caso omiso a todos, incluyendo los viejos bolcheviques. Todo era posible, era necesario acabar con la antigua sociedad y comenzar otra nueva. Lo expresaba en sus Tesis de abril, en la que proclamaba: Hay que suprimir el Ejército, la policía, los funcionarios. Los electos tienen que ser inmediatamente revocables en todas las funciones...Paz inmediata...Todo el poder a los soviets, libertad para las nacionalidades oprimidas. Su punto de apoyo no fue –al menos inicialmente-, el partido sino el pueblo organizado en los soviets, o grupos como los anarquistas o el que lideraba Trotsky que no tardó a aparecer nuevamente como el portavoz del soviet de Petrogrado.

No todo fue una línea recta, ni mucho menos. Durante los meses que van desde febrero a octubre, los revolucionarios perdieron la voz y apenas si durmieron. Pasaron las jornadas de julio cuando pudieron hacer con Lenin y lo demás lo que acabarían haciendo con Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y Leo Jogiches, luego apareció Kornilov, la tentativa del “golpe democrático” apoyado por las embajadas. En resumen, una historia que hay que volver a repasar y a debatir sobre un hilo que unifica en su conjunto un ciclo revolucionario el que se inicia en Rusia en febrero de 1917 y que, en buena medida, concluye en Barcelona mayo del 37. Luego ya nada fue igual, el movimiento obrero “clásico” ya no volvió a tener el mismo papel.