Fascismo y antifascismo en la cultura de los partidos comunistas

el marxismo a debate
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x Alejandro Andreassi Cieri (Para Kaos en la Red) [20.01.2007

La resistencia antifascista, auténtica internacionalización de movimiento comunista

Puede considerarse que el combate antifascista de los comunistas conoce dos etapas diferenciadas por la definición que hacen del fascismo.

Domenico Losurdo señala en su libro Il revisionismo storico, que la Resistencia contra el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial también fue blanco de la oleada ensayística e historiográfica revisionista que, principalmente desde los años ochenta del siglo pasado, se dedicó a demonizar el arco revolucionario que iniciado en 1789 se extendió hasta las luchas revolucionarias y anticoloniales de la segunda mitad del siglo XX.

Las consecuencias nefastas del régimen de Stalin en la URSS, con los gulags y los crímenes cometidos en nombre de la revolución, fueron presentadas por ese pensamiento conservador como "pruebas" de la "perversidad originaria" inscrita en el propio proyecto e ideario emancipador moderno desde su arranque con la Revolución francesa, y por lo tanto todos los acontecimientos que estuvieran vinculados fáctica o ideológicamente con él debían ser igualmente condenados, o al menos reducidos en su jerarquía moral. Esa devaluación de la lucha antifascista responde a clichés confeccionados durante la Guerra Fría, confeccionados por los intereses ideológicos de uno de los bloques más que por el rigor académico, ya que no se detienen en la complejidad de las relaciones políticas nacionales e internacionales del período de entreguerras, donde la instauración de las dictaduras fascistas con su exaltación de la violencia, su militarismo y racismo exacerbaron los enfrentamientos en el seno de las sociedades europeas o crearon nuevas tensiones. Es por ello que la intención de este texto es la de explorar las relaciones que mantuvo el movimiento comunista con el problema del fascismo y concretamente con la resistencia antifascista, para ofrecer otra visión de esa etapa de la historia europea.

1. Definiciones del fascismo

Puede considerarse que el combate antifascista de los comunistas conoce dos etapas diferenciadas por la definición que hacen del fascismo. La primera, desde 1922 hasta 1935; se caracterizaría porque no establecen mayores diferencias entre fascismo y capitalismo, siendo el primero y la democracia parlamentaria dos formas de dictadura capitalista y por lo tanto la lucha antifascista sería un momento más del enfrentamiento histórico entre capital y trabajo que se resolvería con el derrocamiento revolucionario del capitalismo. La segunda etapa se iniciaría con la celebración del VIIº Congreso de la IC, en 1935 y finalizaría en 1945. En esta, en cambio, se establecerían ciertas diferencias entre ambos sistemas, por lo que no todos los sectores favorecidos por el capitalismo lo serían por el fascismo, lo que permitiría una amplia alianza de estos con la clase obrera para poder enfrentar a los sectores capitalistas monopólicos, ultranacionalistas y militaristas, por ende más agresivos, representados por el fascismo.

Zinoviev, en el IV Congreso de la COMINTERN (diciembre de 1922), definiría al fascismo como la forma en que se manifestaba la ofensiva política que la burguesía emprendía en el ámbito de la economía contra la clase obrera, como una guardia blanca que, al mismo tiempo intentaba ganar el apoyo de las clases medias urbanas y rurales así como de algunos sectores obreros decepcionados por los fracasos de la democracia liberal. Con él coincidiría, Clara Zetkin, en el pleno del Comité Ejecutivo de la IC (23/6/1923), agregando que el fascismo era un fenómeno típico del capitalismo en crisis, que expresaba el recurso a la violencia de las clases dominantes frente al fracaso del Estado burgués tradicional para defender sus intereses y del movimiento obrero revolucionario. Siguiendo ese hilo argumental, Karl Radek proponía considerarlo como "contra-revolución preventiva". Eran declaraciones que se ajustaban a la promoción por la Comintern (IC) del Frente Único Proletario como respuesta al descenso de la oleada revolucionaria inmediata a la revolución de Octubre y al ascenso del fascismo, junto al fortalecimiento de regímenes autoritarios en varios países europeos.

Estas tesis sobre el fascismo serían influidas por el clima de hostilidad de los gobiernos europeos hacia la URSS, ya que además del enfrentamiento ideológico, o alimentado por él, los líderes conservadores de Gran Bretaña y Francia rechazaban cualquier acuerdo con la URSS si no reconocía la deuda contraída por el régimen zarista y no ofrecía reparaciones a los propietarios afectados por las nacionalizaciones decretadas por el gobierno revolucionario. Las presiones de las derechas británicas y francesas, a las que se sumaron las de la Standard Oil, cuyos intereses eran respaldados por el gobierno norteamericano, devolvieron a los soviéticos la impresión de que no cesaba la amenaza de una alianza ofensiva, similar a la experimentada durante la guerra civil de 1918.1920. Al rechazo diplomático a la URSS se agregaban las declaraciones favorables al fascismo de personalidades próximas o pertenecientes a esos mismos ámbitos políticos y culturales, que reforzaban la concepción del fascismo como una gran ofensiva, que en defensa del capital, pretendía acabar con el primer estado socialista y con todo el movimiento revolucionario internacional. Winston Churchill se referirá a Mussolini en los siguientes términos en su discurso ante la Liga Antisocialista británica, el 18 de febrero de 1933: "El genio romano personificado por Mussolini, el más grande legislador vivo, ha demostrado a muchas naciones cómo se puede resistir al avance del socialismo y ha señalado el camino que puede seguir una nación cuando es dirigida valerosamente. Con el régimen fascista, Mussolini ha establecido un centro de orientación por el que no deben dudar en dejarse guiar los países que están comprometidos en la lucha cuerpo a cuerpo con el socialismo". También los medios políticos liberales norteamericanos saludarán al dictador italiano con estos términos: "Este es el momento del pragmatismo, no del dogmatismo- del realismo, pero de un realismo que puede también ser rico en ideas espirituales, y yo quiero dejar registrado en el inicio de este libro sin pretensiones mi fe en Benito Mussolini, el gran premier italiano, y en el fascismo, el fruto de su maravilloso cerebro, como la expresión más elevada de la filosofía pragmática de gobierno, cuya fórmula invariable es la pregunta «¿Esto funciona?»-". Ludwig von Mises, pope del liberalismo, "… veía en el squadrismo mussoliniano un «un remedio momentáneo dada la situación de emergencia» y adecuado al objetivo de salvar la «civilización europea»: «El mérito de tal modo adquirido por el fascismo vivirá eterno en la historia»".

La referencia al "social-fascismo", un trágico error que no haría más que dividir a las fuerzas de izquierda frente a la amenaza fascista, especialmente en Alemania, y que caracteriza al período entre el VI y el VII Congresos oficialmente aparecería en las resoluciones del X pleno de la IC, recién en julio de 1930. En este caso el término parece deberse más a la imposición de una línea ultraiziquierdista que creía ver el fin de la fase de recomposición y estabilidad capitalista, una idea reforzada por el crack iniciado en Wall Street, y el retorno de un nuevo ciclo revolucionario; más que a una exacerbación de la sensación de inseguridad y de amenaza de agresión que afectaba a los dirigencia de la URSS. Según esta concepción fascismo era todo aquello que impidiera el derrocamiento del capitalismo. La táctica socialdemócrata de continuar apoyando a los gobiernos de centro derecha no hacía más que confirmar ese diagnóstico. Pero además fue en parte resultado de la lucha interna en el seno de la dirigencia soviética, protagonizada por Bujarin y Stalin, cuyo resultado reflejaba el triunfo de la posiciones del último, aunque sería una simplificación considerar la imposición de esa línea como un epifenómeno de las luchas por el poder en la URSS.

Si bien la acción del KPD y la IC consecuente con la tesis del social-fascismo contribuyó a la catástrofe alemana, la responsabilidad no es sólo suya. También la socialdemocracia contribuyó a ello ya que se negó a acordar una alianza con los comunistas, para afrontar conjuntamente el gobierno Brüning, con la formación de un "frente por la base". Tampoco aceptó el SPD acciones conjuntas con el KPD para impedir la disolución del gobierno socialdemócrata de Prusia, el 20 de julio de 1932, en lo que se conoce como el "golpe de estado de von Papen", ni la convocatoria de huelga general para el 30 de enero de 1933, lanzada por el KPD. Tampoco el SPD estaba dispuesto a desencadenar una ofensiva antes que los nazis se estabilizaran en el poder, reprimiendo cualquier acción mientras las fuerzas de la derecha no alteraran el curso constitucional o cometieran alguna trasgresión de la legalidad política. Desde las filas de la izquierda surgieron críticas a esta situación, como la de Carl von Ossietzky, quejándose de que tanto socialistas como comunistas no habían estado a la altura de las circunstancias ante la llegada de los nazis al poder.

La segunda fase se inicia con el giro que se opera en el movimiento comunista internacional en el VII Congreso de la IC, en agosto de 1935, con la propuesta de la constitución de los frentes populares, que implicaba una modificación no sólo táctica sino conceptual sobre las características del fascismo y las necesidades de la lucha antifascista, y se extendería hasta 1945 con la derrota de las potencias del Eje. La catástrofe alemana, señalada por la llegada de Hitler al poder y con ella de la versión más amenazadora y brutal del fascismo impulsaba el cambio de perspectiva del movimiento comunista, conmoviendo al conjunto de las fuerzas de izquierda a nivel mundial. En este congreso Dimitrov definió al fascismo como ".... la dictadura terrorista descarada de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero" , y serviría de fundamento a la propuesta de los frentes populares. Ha sido considerada como "la visión de la IIIª Internacional" por la historiografía posterior, como prueba de una concepción demasiado "instrumental" del fascismo, incapaz de reconocer la autonomía de lo político respecto a la economía, y para reducir el papel de los fascistas a meras marionetas en manos de los grandes capitalistas. Sin embargo esa visión, indudablemente reduccionista y excesivamente simplificadora de la complejidad histórica, tal como podemos verlo con claridad en la actualidad, no era exclusivo patrimonio del movimiento comunista. En 1937, Harold Laski, desde otra perspectiva de la izquierda juzgaba al fascismo en términos parecidos: "... el fascismo no es más que el capitalismo monopólico imponiendo su voluntad a unas masas a las que deliberadamente ha transformado en sus esclavos", e incluso consideraba que las democracias parlamentarias de los países más desarrollados no estaban exentas del riesgo del fascismo en tanto y en cuanto el poder económico continuaba concentrado en manos de los capitalistas. También Otto Bauer, aunque al principio se inclinaba por definir al fascismo como una forma de "bonapartismo", acabaría defendiendo una definición similar del fascismo como "dictadura terrorista del gran capital". Todavía no habían aparecido algunas de las obras más penetrantes sobre el fascismo, como la de Franz Neumann, los textos de Alfred Sohn-Retel, de August Thalheimer, o de Antonio Gramsci, en los que utilizaba el concepto de hegemonía burguesa para el análisis del fascismo, considerándolo como una solución populista radical para la restauración de la hegemonía de la clase dominante amenazada por la crisis, serían conocidos posteriormente. La difusión de aquella concepción entre los diversos observadores de la izquierda revela que los hechos más salientes de la época dotaban a ese diagnóstico de urgencia, obligado por la situación internacional que en la década de 1930 se hacía cada vez más amenazadora, de la ventaja heurística de la simplicidad. Aunque fuera reduccionista y poco sutil, se veía de algún modo convalidado por los acontecimientos que afectaban a los militantes comunistas, en los que observaban que las clases dominantes empleaban muchas más energías y dureza en la represión del movimiento obrero que en la contención de los fascismos. No debemos olvidar que en los años treinta se produce un agravamiento de la situación internacional y en muchos países se asiste a una brutalización de la acción política y a la instauración de dictaduras fascistas o conservadoras.

La tesis de Dimitrov, sin dejar de señalar que la lucha contra el capitalismo continuaba siendo el objetivo fundamental del movimiento obrero y de los partidos comunistas, indicaban que la aparición y consolidación del fascismo, especialmente en un país de la importancia internacional de Alemania, introducía un carácter nuevo en aquella lucha. El fascismo, por su carácter agresivo y abiertamente imperialista amenazaba una nueva guerra, que tenía como objetivo buscar una salida a la crisis mediante la conquista colonial, que para la Alemania hitleriana significaba la expansión hacia el Este europeo y por lo tanto la amenaza a la URSS. Pero también una guerra que, según Manuilski, buscaban evitar los gobiernos burgueses de las principales potencias. Estos desacuerdos creaban las condiciones para una nueva alianza política con todos aquellos que estuvieran dispuestos a oponerse a los proyectos del fascismo. Por lo tanto los objetivos de la emancipación obrera se confundían con los de la lucha por la paz y por la defensa de la democracia. Al mismo tiempo esa situación abría la posibilidad de una acción unitaria con las organizaciones socialdemócratas. La propuesta del VII Congreso contenía elementos de continuidad y ruptura con las tesis anteriores. Por una parte, sin suprimir el contenido de clase del fascismo, lo adscribía a una sección muy concentrada, aunque también muy poderosa del capital, separándolo de los demás sectores de la burguesía, y de la pequeña burguesía a la que convocaban en ese momento para evitar que se convirtieran en la fuerza de choque de aquel. La defensa de la democracia, que hasta ese momento no había recibido ninguna atención, se transformaba en un objetivo fundamental en la medida en que se reconocía que era imposible su coexistencia con el fascismo. En ese marco adquiere especial relevancia la posibilidad de acción conjunta con la socialdemocracia, lo cual revela la recuperación de las propuestas de frente único, vigentes entre 1921 y 1926. Estas nuevas tesis ofrecían como importante novedad teórica que la defensa de la democracia como eje de la lucha antifascista, exigiría la realización de profundas transformaciones sociales, las que a su vez la radicalizarían alejándola de la mera defensa del statu quo político vigente. Un ejemplo de esta visión era la afirmación de José Díaz, secretario del PCE: "La república por la que luchamos es otra, no es como la que podría haber en Francia o en cualquier otro país capitalista. Luchamos para destruir las bases materiales sobre las que se asientan la reacción y el fascismo, porque sin la destrucción de estas bases no pude existir una verdadera democracia política".

2. El pacto nazi-soviético y la resistencia antifascista

Entre 1939 y 1941 se produciría una interrupción en la aplicación de la política de los frentes populares, señalada por la firma del Pacto Molotov Ribbentrop, el 23 de agosto de 1939. Para muchos observadores el pacto no sólo significó un cambio fundamental en los objetivos políticos del movimiento comunista, sino que revelaba la proximidad entre ambas dictaduras, compartiendo intenciones agresivas e imperialistas, aunque doctrinariamente fueron antagonistas irreconciliables y por sobre todas las cosas, la muerte del internacionalismo como rasgo distintivo del movimiento comunista, a favor de los intereses nacionales de la URSS.

Winston Churchill, quien como hemos visto no había escatimado elogios a Mussolini y que públicamente había manifestado su consecuente anticomunismo, sin embargo reconoció que Gran Bretaña y Francia, con sus negociaciones deliberadamente infructuosas con la URSS habían empujado a ésta a firmar el pacto del 23 de agosto de 1939, y que aquellas habrían debido aceptar la oferta soviética de alianza. Esta decisión habría evitado el pacto nazi-soviético, al asegurar a la URSS que no quedaría sola ante una agresión desencadenada por Hitler. Había además otros escollos como la postura histéricamente anti-soviética del gobierno polaco, que se oponía a una alianza anglo-ruso-francesa negándose a permitir la entrada de tropas soviéticas en caso de un ataque alemán. Las autoridades polacas sabían que corrían el riesgo de que la URSS pretendiera recuperar el territorio de la Galitzia oriental, que le habían arrebatado con ayuda francesa en el curso de la guerra ruso-polaca de 1920-1921. A pesar de ello la URSS estaba dispuesta a llegar a una alianza con Francia incluso asumiendo la hipótesis de la negativa polaca y rumana a permitir la entrada del Ejército Rojo en su territorio, proponiendo otras formas de enviar tropas a Francia y mediante apoyo aéreo, tal como lo ofreció en febrero de 1937. Sin embargo la reacción francesa fue dilatoria. Daladier y Gamelin hicieron todo lo posible para que el gobierno no diera una respuesta claramente favorable, a lo que debía agregarse las presiones del gobierno británico para que no se consumara el acuerdo. La oposición al pacto franco-soviético era alimentada por el temor de la opinión pública francesa conservadora y los miembros del estado mayor del ejército francés al crecimiento del partido comunista francés en un momento en que este gozaba de gran crédito en el marco del gobierno del Frente Popular, en un medio político en el que resonaban polémicamente los ecos y las consecuencias de la guerra civil española. Estudios recientes parecen confirmar más allá de toda duda que, por parte soviética, la decisión de firmar el pacto con la Alemania nazi fue una decisión tardía, consecuencia del fracaso de las negociaciones de aquellos con Gran Bretaña y Francia. La política seguida por la URSS, incluyendo la firma del pacto con la Alemania nazi y la delimitación de esferas de influencia entre ambos países en la Europa del Este, habría sido consecuencia contingente de la crisis internacional generada por la agresividad del régimen de Hitler, y del temor de la URSS a sufrir un ataque por parte de Alemania sin tener garantizado el apoyo de Gran Bretaña y Francia. Apoyo que los soviéticos continuaron buscando, incluso después de la ruptura definitiva de las negociaciones entre el 14 y el 17 de agosto de 1939. Por lo tanto no puede condenarse a la URSS por haberse comportado del mismo modo que las potencias occidentales frente a la amenaza de agresión nazi. Teniendo en cuenta que el único responsable del desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial es el régimen hitleriano, cualquier consideración sobre las decisiones adoptadas por los diversos actores políticos europeos en la década de 1930 que permitieron que Hitler considerara que tenía las manos libres para lanzarse a la guerra, deben distribuir responsabilidades por partes iguales entre las principales potencias occidentales Gran Bretaña y Francia, por una parte, y la URSS, por otra, según se ha mostrado en los párrafos precedentes. En ese sentido el pacto de 24 de agosto de 1939 tiene un impacto similar al Pacto de Munich; con el que Francia y Gran Bretaña consintieron la destrucción de Checoslovaquia. Ello sin tener en cuenta las actitudes de Rumania o de Polonia, en las que el anticomunismo de la primera y la mala conciencia de la otra por los territorios adquiridos como consecuencia de la debilidad soviética posrevolucionaria pesaron igualmente en la imposibilidad final de alcanzar una alianza que, posiblemente, hubiese detenido la catástrofe. Esta afirmación, lejos de ser un contra-fáctico tuvo su confirmación en el decurso de la Segunda Guerra Mundial, ya que al fin y al cabo las condiciones de la derrota militar del fascismo se hicieron posibles cuando se hicieron realidad los presupuestos militares que implicaba esa alianza buscada en los años treinta con mayor insistencia por la URSS que por sus aliados putativos (y esta vez con la ampliación a los EE.UU.). Los hechos forzaron lo que los bloqueos ideológicos habían impedido hasta 1939. Gran Bretaña se redimió de su error a partir de Dunquerque y plenamente durante la Batalla de Inglaterra, porque enfrentó sola a la barbarie nazi. Francia a partir de la resistencia, después de la ignominiosa drôle de guerre. La URSS, en 1941. A partir de ahí, sustituyendo a Gran Bretaña en su sacrificio, soportó esta el peso principal de la lucha contra el fascismo en esfuerzo bélico y en víctimas. O sea que los hechos demostraron que tenían razón Litvinov y Potemkin, y también desde el lado occidental, los "disidentes" británicos como Vansitart.

Sin embargo, estas consideraciones no pueden ocultar una dimensión en la que el pacto tuve un efecto casi devastador: el desánimo y confusión que provocó en los cuadros y militantes de los partidos comunistas, así como en todos aquellos antifascistas que habían creído en la solidez de los acuerdos que habían permitido constituir los Frentes populares. Era para muchos una pérdida de sentido de los símbolos esenciales que estructuraban su cultura política, ya que era impensable que la URSS se comportara como un estado convencional. Incluso aquellos que eran muy críticos con los métodos dictatoriales de Stalin, diferenciaban la violencia soviética en su política interior con el papel benéfico de su política exterior, gracias a su enfrentamiento sin claudicaciones con el fascismo. Giuseppe Saragat le escribía a Pietro Nenni en septiembre de 1938, comparando la actitud claudicante de Gran Bretaña y Francia frente a Hitler luego del pacto de Munich, con la de la URSS: "Rusia es simplemente sublime. Litvinov está dando lecciones de dignidad y democracia con una delicadeza de gran estadista. Mientras las acciones de Francia van a la baja, las rusas vuelan a las estrellas"; mientras que el 22 de agosto de 1939 escribe: "Querido Nenni, la traición rusa se ha consumado. No podemos seguir cerrando los ojos. Es el final de la III Internacional, y es tal vez el principio de un nuevo movimiento socialista al que deben ir a parar los militantes comunistas asqueados y desengañados".

Sin embargo la drôle de guerre no fue tal para todos los militantes comunistas, y su conducta no puede considerarse simplemente como la sumisión a las directrices emanadas del pacto nazi-soviético tal como lo han hecho con frecuencia los autores de orientación conservadora. Es necesario examinar las reacciones a nivel local y nacional de los militantes comunistas ya que las repuestas que dieron revelan una particular interpretación de los acontecimientos que señalan los elementos prevalecientes de su discurso ideológico, en función no sólo de la tradición cultural que manejaban sino de las correlaciones que ese discurso tenía con su praxis concreta. Si bien abandonaron el partido, como consecuencia del pacto nazi-soviético, destacados militantes como Paul Nizan o Marcel Gitton, la mayoría de los militantes acató las nuevas consignas elaboradas por la IC a partir del 7 de septiembre de 1939 (momento de la reunión de Stalin y Molotov con Dimitrov), mientras que a su manera, continuaron realizando una tarea antifascista, que podríamos decir silente, casi clandestina, no sólo a los ojos de las autoridades de ocupación y de la Gestapo, sino de la propia dirección de los PC’s, que se movían más en el ámbito de la ambigüedad. Las claves para interpretar esta aparente contradicción en su conducta surgen de cómo reprocesaban la información recibida en función de sus propias experiencias. En Francia, por ejemplo, desde noviembre de1938, el gobierno presidido por Edouard Daladier había iniciado una contraofensiva sobre los derechos adquiridos por los trabajadores a lo largo de la década y especialmente durante el período del Frente Popular. La respuesta de la CGT, convocando una huelga general fue duramente reprimida, mientras iniciaba una campaña de hostigamiento al PCF. Existía una actitud de hostilidad gubernamental hacia las fuerzas de izquierda y en especial a los comunistas que coincidía con el final del Frente Popular, que era considerada por muchos militantes como una revancha de las derechas por las conquistas del movimiento obrero entre 1936-37, así como por los acontecimientos de la guerra civil española. El mismo gobierno Daladier ilegalizó la prensa comunista el 26 de agosto, tres días después de la firma del pacto. Una vez desencadenada la agresión nazi a Polonia, la situación de los militantes comunistas empeoró, a pesar de que sus diputados habían votado favorablemente los créditos de guerra el 2 de septiembre de 1939. El 26 de septiembre es ilegalizado el PCF y entre esa fecha y marzo de 1940 se calcula que aproximadamente fueron encarcelados 18.000 militantes comunistas. Después de la derrota de Francia en junio de 1940, la situación no cambiará para los miembros del PCF, continuarán siendo perseguidos con saña por la policía de Vichy y también por las fuerzas de ocupación cuando comienzan los primeros actos de resistencia, que serán anteriores a la agresión nazi a la URSS. Estos se expresan tanto por medio de iniciativas sindicales, como las huelgas de mineros en el norte de Francia, acciones de sabotaje, o la publicación de textos que preconizan la resistencia al invasor, la lucha contra el colaboracionismo (en el que el principal acusado es el régimen de Vichy) y la lucha por la independencia y la liberación nacional, que de algún modo preanuncian la postura comunista a partir del 22 de junio de 1941. Si bien las acciones armadas contra el ocupante serán iniciadas por el PCF a partir del atentado emblemático contra un oficial nazi en la estación de metro Barbès-Rochechouart, realizado por el Colonel Fabien (Pierre Félix Georges) el 21 de agosto de 1941, existe toda una fase preparativa de la lucha clandestina que comienza mucho antes del 22 de junio de 1941, resumida más arriba y que permite lanzar una proclama al PCF el 15 de mayo de 1941 para la creación de un Frente nacional de Lucha por la independencia de Francia y la unión de todas la fuerzas nacionales, sin la cual la rapidez con que los comunistas inician la lucha armada sería inexplicable. En ese sentido y como expresión semipública del PCF, en julio de 1940, postula la constitución de un frente de la libertad, la independencia y del renacimiento de Francia en el cual afirma que sobre la nación francesa pende la amenaza de su desaparición como tal y que mientras ".... el imperialismo alemán realiza su proyecto de reducir a Francia a la esclavitud, la única preocupación de la burguesía francesa es la salvaguarda de sus privilegios [...] para ello ella está dispuesta a buscar un entendimiento con el invasor". En este documento se revela los lineamientos básicos de los que pueden haber sido las claves interpretativas de los militantes comunistas de ese momento. La nueva situación creada por el inesperado pacto obligó a los militantes a acatarlo, a pesar suyo en la mayoría de los casos, pero al mismo tiempo les obligó a imaginar y adoptar un nuevo argumento que les permitiera mantener la lucha antifascista sin sentir que estaban faltando a la obligación de seguir disciplinadamente las directrices del partido. El núcleo del argumento es una combinación de los viejos paradigmas de la lucha de clases correspondiente a los lineamentos del programa aprobado por la IC en 1928, del cual se derivaba pensar al fascismo como un régimen de opresión indiferenciado del capitalismo de los países con un régimen parlamentario; con las definiciones del fascismo derivadas del V Congreso de la IC, que lo señalaban como la principal amenaza. Debe notarse que en esos 19 meses no vuelve a utilizarse el término social-fascismo, y en cambio se va produciendo una progresiva aunque lenta preparación y realización de actividades de resistencia. En cambio lo que muchos militantes comunistas intentaban argumentar era que el pacto de la URSS con la Alemania nazi había impedido una ataque directo a la "patria del socialismo y los trabajadores" y había devuelto el eje de la lucha al enfrentamiento con las burguesías y elites nacionales, a las que consideraban responsables de connivencia o debilidad con el fascismo, mientras se mostraban agresivas con el movimiento obrero. Este tipo de argumentos, combinado con la sospecha de que Francia y Gran Bretaña no sólo se habían negado a materializar una alianza con la URSS, sino que alentaban y esperaban desviar el expansionismo nazi en dirección a un ataque a la patria del socialismo, habían hecho más aceptable ese pacto, que todos consideraban que era sólo un simple respiro frente a la segura confrontación. La prensa comunista recoge aspectos que enriquecen la constelación simbólica del antifascismo que se está fraguando en ese momento, como una clara manifestación de denuncia del racismo, premonitoria de la persecución nazi que con la complicidad de Vichy poco tiempo después dejará también en Francia el rastro sangriento del Holocausto, y de compromiso republicano.

En definitiva, la actitud adoptada por la militancia comunista, en muchos casos como iniciativa local y formalmente en contra de las resoluciones de la IC o de las propias direcciones, revela que como mucho consideraban el pacto como una tregua necesaria para poder afrontar con eficacia un combate antifascista que era al mismo tiempo contra el invasor nazi y las elites nacionales colaboracionistas, con los cual efectuaban una combinación sincrética de ambos antifascismos, en términos menos sectarios que los esgrimidos en el período 1928-1934. Algunos ejemplos pueden apoyar esta hipótesis. Por ejemplo este testimonio de un ferroviario de Lyon que explicaba que,

"…. cuando observé que no se trataba después de todo de una guerra contra Hitler, ya que el primer acto del gobierno había sido el de disolver el Partido Comunista y luego la CGT, llegué a la conclusión de que esto no podría ayudar de ningún modo a la guerra contra Hitler. Recordaba que la huelga de los ferroviarios en 1938 había sido reprimida con el ejército […] en el momento en que me enteré de la represión del Partido Comunista y los ataques a sus militantes, adopté una decisión. Mi mujer y yo nos afiliamos al Partido […] con dos más formé el primer grupo en las fábricas Oullins y comencé a escribir, imprimir y distribuir documentos. La primera resistencia comenzó de este modo: informando a la gente. Explicábamos las razones por las que el gobierno había suprimido al Partido Comunista, lo que revelaba la duplicidad del gobierno que en lugar de librar la guerra contra Hitler la había declarado contra el Partido Comunista y los sindicatos […] El pacto Germano-Soviético confundió a muchos militantes quienes no comprendían sus razones, desde el momento en que hasta pocos días antes habían estado pegando carteles llamando a la firma de un pacto Franco-Soviético como un medio de asegurar la paz. Por mi parte fui uno de los que jamás perdió su confianza en la Unión Soviética. No podía creer que ellos hicieran algo lesivo para nosotros. Por ello uno de nuestros primeros actos fue explicar el pacto Germano-Soviético".

Lise London, esposa de Arthur London, escribe en sus memorias, haciendo referencia al manifiesto de julio de 1940:

"… el gran mérito del Partido Comunista ante la historia consiste en haber conseguido tejer, desde julio de 1940, en un país destrozado y desorientado a causa de la derrota y de la ocupación, desmovilizado por el mito Pétain «salvador de Francia», una amplia red de organizaciones, de comités bien estructurados, adaptados a las condiciones de la clandestinidad, […], que se convertirá en la primera y la más importante cantera de la Resistencia y de la lucha armada contra los invasores. Es esta realidad la que debe contar cuando juzguemos los hechos de aquel momento. Pesa mucho más en la balanza que la política legalista, errónea, que se practicó durante unas semanas en la dirección del Partido, obedeciendo órdenes procedentes de Moscú llegadas por la vía del COMINTERN".

En un sentido similar se expresa Henri "Rol" Tanguy

"uno se encontraba frente a un episodio nuevo, particular, pero nada había cambiado en mi compromiso, mi visión del enemigo principal. Hitler, el hitlerismo, el fascismo. Jamás me asaltó la sombra de una duda. Para mí el pacto germano-soviético era una decisión que, dentro de su estrategia general y en el interés mismo de la revolución, la Unión Soviética había juzgado necesario adoptar […] yo pensaba, como decía el Partido, que la actitud de Francia y de Inglaterra durante las negociaciones de Moscú había forzado a la URSS a firmar el pacto, aunque la alianza franco-anglo-soviética era posible […] La declaración de Thorez sobre el compromiso del pueblo francés, encabezado por los comunistas, en caso de agresión hitleriana, no podía más que reforzar esa actitud".

A su vez, observando el nivel más general, de la dirección soviética y de la IC, puede comprobarse un lento pero decidido viraje hacia la recuperación de la anterior política de alianzas, propia de la etapa de los frentes populares. El viraje, aunque sea lento, pausado, se debe también a la evolución del conflicto, que se prolonga y se generaliza hacia el Este, como observa José Luis Martín Ramos. El ataque de Hitler a los Balcanes vuelve a acercar peligrosamente a la maquinaria de guerra alemana a la URSS, y por lo tanto crece en Stalin y otros dirigentes el temor a la agresión nazi. El telegrama enviado por Thorez y Dimitrov al delegado de la IC en Francia señala claramente este paso, en el que se exhorta a encarar al lucha por la paz con la estricta condición de que lo sea por la liberación nacional, por lo tanto dependiente de la expulsión de los invasores y la derrota del fascismo, mediante la forma de un frente amplio que sólo excluyera a los colaboracionistas.

3. La lucha contra el racismo en el marco de la resistencia antifascista

Constituyó parte inherente del combate antifascista de los comunistas su participación en la defensa de la población judía perseguida y la lucha contra el racismo. Uno de los primeros actos de resistencia en este sentido fue la huelga general realizada en Holanda, iniciada a iniciativa de los obreros ferroviarios para impedir la deportación de los judíos de Amsterdam, que comenzó el 25 de febrero de 1941, tres días después de la primeras redadas hechas por los nazis, y que rápidamente se transformó en una huelga general de la ciudad. Fue un hecho extraordinario ya que fue una huelga general realizada bajo la ocupación, reprimida con gran dureza (cuatro huelguistas fueron ejecutados y cientos encarcelados), que concitó la adhesión de la población y reforzó su hostilidad a las medidas antisemitas y su solidaridad con los perseguidos. Eran militantes comunistas holandeses los que se ocupaban de esconder a judíos y otros perseguidos que huían de Alemania, como las militantes de un grupo de resistencia comunista Truus y Fredie Oversteegen y Hannie Scahft. En 1943, el año de Stalingrado, se va a producir uno de los acontecimientos más importantes de la Segunda Guerras Mundial, especialmente por su dimensión ética: el levantamiento de los habitantes del gueto de Varsovia. En esa lucha les cupo a los comunistas un papel, tanto en el interior del gueto participando en las organizaciones judías de combate, como en el exterior, en el apoyo a los combatientes, el único apoyo concreto, aunque más heroico que eficaz dadas las por las dificilísimas condiciones en que se entabló el combate. El Partido comunista polaco (KPP), disuelto por la IC en la primavera-verano de 1938, se pudo reconstituir en enero de 1942, no sin sufrir una fuerte represión por la GESTAPO. El nuevo partido constituido con el concurso de militante socialistas que se denominará primero Partido Polaco Obrero y Campesino, y luego Partido Obrero Polaco (PPR), organizó inmediatamente después de su constitución un grupo de resistencia armado, que recibió el nombre de Guardia Ludowa, bajo la dirección de Boleslaw Molojec, quien fue ejecutado por los nazis en agosto de 1942 y sustituido por Franciszek Jóźwiak. Fue este grupo quien apoyaría con armas e intentos de ataques externos a los combatientes del gueto, y ayudaría a huir a los supervivientes hacia los bosques para unirse a los grupos partisanos que operaban en esas zonas. En cambio los contactos de los combatientes del ZOB (Organización Judía de Combate) con el Armia Krajowa, que respondía al gobierno de Londres en el exilio fueron infructuosos, negándose a proveerles de armas o algún tipo de ayuda. En el gueto de Minsk en cambio la resistencia optó por no ofrecer combate y huir hacia los bosques donde eran acogidos por las unidades partisanas soviéticas, y junto a ellas continuar la lucha. También se formaron grupos de guerrilleros judíos que combatían junto a las unidades partisanas vinculadas al Ejército Rojo en la zona de Bielorrusia.

También en Alemania, donde las actividades de resistencia eran de una dificultad inefable, los judíos que se incorporaron a la resistencia clandestina lo hicieron en su mayoría en organizaciones comunistas. Durante la guerra se organizaron grupos de orientación comunista compuestos por numerosos jóvenes judíos, algunos numerosos, constituidos con algunos centenares de miembros, como el Herbert Baum Gruppe, que se dedicaban a distribuir prensa clandestina, así como a acciones de sabotaje y a organizar a los trabajadores esclavos en la industria alemana.

4. El proyecto político y social de la Resistencia antifascista

La lucha que emprendió la Resistencia no buscaba la vuelta a la situación anterior a septiembre de 1939. Su objetivo era el de la derrota del fascismo no sólo mediante la expulsión de los ejércitos nazis ocupantes sino también mediante la supresión de las condiciones políticas y sociales, que ha juicio de los resistentes habían favorecido el surgimiento de regímenes fascistas o colaboracionistas, mediante la instauración de una democracia avanzada con un profundo contenido de justicia social. Para ellos era evidente que había que reducir el poder de las elites políticas y sociales de la preguerra que habían sido en muchos casos colaboracionistas con el ocupante y habían proporcionado los cuadros de los gobiernos títeres así como contribuido a la producción de material de guerra nazi. Por otra parte el inmenso esfuerzo de la lucha resistente así como los mayores padecimientos sufridos por las clases populares durante la guerra exigían un nuevo proyecto político y social, más equitativo y democrático. Consideraban que era la forma adecuada para impedir en el futuro la reedición de la barbarie fascista. En ese sentido el papel de los comunistas fue esencial, no sólo al dotar al movimiento de resistencia de su eficacia organizativa y la entrega de la abnegación de sus militantes, sino en la definición de esos objetivos de reconstrucción después de la victoria sobre el fascismo, que conformó lo que en la posguerra se denominaría como "el espíritu de la resistencia". Es por estas razones que la vinculación entre lucha antifascista y radicalismo social y político fue una condición necesaria para su materialización, ya que ambas se apoyaban y posibilitaban mutuamente.

A pesar de que la resistencia fue un fenómeno general en los países ocupados, en cada uno de ellos adquirió obviamente características singulares vinculadas a la especificidad de cada escenario nacional. Sin embargo es posible establecer una perspectiva general y afirmar, aunque parezca paradójico, que fue la propia experiencia de la resistencia y al lucha partisana la que modeló muchas de las pautas para diseñar los programas de reconstrucción nacional posteriores a la victoria, con las exigencias de cambios estructurales que eran consideradas imprescindibles para que los resultados de la lucha antifascista fueran duraderos. La lucha antifascista clandestina significó, por las profundas convicciones éticas y morales comprometidas con ella, y por su negación radical de la tiranía, una expresión de autonomía crítica práxica en cada uno de sus miembros, mientras que por el gran número de participantes, en proporción al riesgo elevadísimo que implicaba esa participación, es la expresión de un movimiento de un profundo compromiso y contenido democrático. Podría considerarse a la Resistencia como una nueva forma de polis, la única posible en la noche tenebrosa del fascismo. Por otra parte las actividades de resistencia en las que se vio implicado el partido comunista no fueron solamente de carácter armado, sino también movilizaciones pacíficas de masas, como sucedió con las huelgas de marzo de 1943 en Turín, anteriores a la caída de Mussolini, o las ya comentadas en Holanda. En primer término la lucha contra la ocupación nazi exigió una amplia alianza entre las fuerzas políticas que imponía de hecho la restauración del proyecto de los frentes populares. La experiencia de muchos de los cuadros de la resistencia en la Guerra Civil española reforzó este enfoque, ya que esa había sido su primera gran experiencia de enfrentamiento armado con el fascismo bajo las condiciones de un amplio frente político. Esa política señalaba la importancia que tenía incluso la antes denostada "democracia burguesa", para detener al fascismo, reivindicando como objetivo la plena vigencia de las instituciones democráticas. Pero como el fascismo había llegado al poder con el apoyo de intereses y estructuras económicas y sociales que negaban la democracia, la reivindicación de esta y la modificación radical de aquellas, especialmente las que representaban a las grupos económicos más poderosos, se trasformaba en condiciones esenciales para evitar la repetición de la barbarie. Éste sería uno de los más importantes legados de la Resistencia antifascista: la vinculación indisoluble entre democracia y transformación social radical, ya que ambas eran negaciones recíprocamente necesarias del fascismo. Un ejemplo de ello fue el programa elaborado en 1944 por el Consejo nacional de la Resistencia francesa en el que se enumeraban las reformas que debían emprenderse luego de la liberación de Francia, entre las que se contaban: la nacionalización de los grandes medios de producción, la producción de energía, las riquezas del subsuelo y la banca; salario mínimo y plenos derechos sindicales, control obrero de la producción, seguridad social universal, igualdad absoluta de los ciudadanos frente a la ley e independencia de la prensa respecto del Estado y los poderes económicos, principios que fueron recogidos en el preámbulo de la constitución aprobada en 1946. Así mismo la constitución italiana de1948 enunciaba en su artículo 3º que debían suprimirse "…los obstáculos económicos y sociales que, limitando de hecho la libertad y la igualdad de los ciudadanos, impiden el pleno desarrollo de la persona humana y la participación efectiva de todos los trabajadores en la organización política, económica y social del país", con el cual se introducían formulaciones próximas al concepto de ega-liberté sostenido por Étienne Balibar y que no son ajenas a las actuales teorías republicanas con fundamento socialista.

Si bien fue inevitable para todos los partidos comunistas su estalinización forzada durante la fase más autoritaria de la IC, entre el VI y el VII congresos, que coincidió también con las violentas purgas que sufrió la vieja guardia bolchevique, esa fue puesta en cuestión, paradójicamente, por el propio desarrollo de la lucha partisana, la que, a pesar de las exigencias de la clandestinidad, implicó el ingreso numeroso de una nueva generación de militantes no contaminada por esas prácticas autoritarias. La nueva imagen política que surge de la lucha antifascista no es como algunos autores afirman, una negación de la identidad de clase y las referencias al socialismo para asumir una identidad nacional representada por una lucha contra el invasor ocupante (aunque en el caso de Italia se tratara de una dictadura fascista propia), sino que por el contrario, asume que la línea de clivaje social y política que define a las clases pasa por el meridiano del antifascismo. La contradicción básica burguesía-proletariado, fue reemplazada por fascismo-antifascismo, pero que traducido a las categorías sociales y políticas quería decir grandes propietarios y capitalistas beneficiarios y promotores del fascismo y representantes políticos del fascismo enfrentados a todas las clases que fueron en un sentido u otro oprimidas o subyugadas por el fascismo: clase obrera industrial y agraria, pequeño campesinado, intelectuales y profesionales; o sea la traducción sociológica de los frentes populares de la segunda mitad de los años treinta. La Resistencia permitió a los partidos comunistas, y también a los socialistas, romper el "límite histórico de clase" que les había impedido, incluso antes de la Primera Guerra Mundial atraer a otros sectores sociales que se habían mostrado indiferentes u hostiles a sus propuestas. Pero además ese avance en prestigio de comunistas y socialistas entre otros sectores sociales no obreros cumplía con una de las premisas principales para evitar la reedición del fascismo, ya que justamente habían sido aquellos sectores los que habían constituido la base social atraída mayoritariamente por los movimientos fascistas. Ahora se interpretaba la naturaleza contradictoria de la sociedad en la que había surgido el fascismo o que había permitido la instalación del fascismo vía ocupación mediante nuevas categorías surgidas de la propia praxis del movimiento comunista; una praxis realizada en los términos que exigía la propia lucha antifascista y en la que los nuevos proyectos políticos y la redefinición de sus agentes se había acelerado por el efecto catalizador de la Resistencia. Estas palabras de Palmiro Togliatti en 1944 de alguna manera reflejan este nuevo enfoque sobre las derivaciones políticas y sociales de la nueva contradicción social puesta en relieve por la lucha antifascista:

"¿Qué queremos decir nosotros marxistas cuando hablamos de la nación? Hablamos de la clase obrera, del campesinado, de la masa de intelectuales, de las masas de trabajadores no sólo manuales sino intelectuales [….] Sólo excluimos de la comunidad nacional aquellos grupos egoístas, esas clases propietarias reaccionarias políticamente incapaces -y lo han demostrado en Italia y en el conjunto de Europa - de elevarse por encima de sus mezquinos intereses, y en cambio los han colocado por encima de los intereses generales del pueblo de su país".

Es sobre esa vinculación ente lucha antifascista y radicalismo social y político sobre el que se situará el dedo acusador del revisionismo, especialmente desde los años ochenta del siglo pasado con el pretexto de "desmitificar" la resistencia. En realidad éste no es más que un contraataque en plena apoteosis dela globalización capitalista y el "fin de la historia", a la acusación implícita que la resistencia levantaba, con su propio programa, contra las elites dirigentes y los grupos sociales dominantes de la Europa de preguerra, y con ellos al orden social establecido.

En términos historiográficos y políticos la Resistencia fue la lucha simultánea por la derrota militar del fascismo y la liberación nacional de los países sometidos y la lucha cultural y política, no sólo por la recuperación de las libertades conculcadas por la tiranía nazi, sino por la construcción de un tipo de democracia avanzada y radical que uniera libertad y justicia social, que contuviera en sí un programa avanzado de conquistas sociales. Su tensión participativa, que auguraba una democracia radical, más profunda que las conocidas en la preguerra, aunque alejada del modelo soviético clásico, quedó frustrada hacia 1947 cuando acabó el proceso de desmantelamiento de los organismos de autoorganización popular, los comités antifascistas, originados en el curso de la lucha resistente que constituían el embrión de esa participación y que autores como Geoff Eley equiparan a los consejos obreros de 1917-21. Un desmantelamiento impuesto por el rechazo rotundo de las clases dominantes y de las instituciones restauradas, con la aquiescencia de la izquierda moderada. El siguiente escenario que se abría era ya la segunda Guerra Fría.

Alejandro Andreassi Cieri
Universitat Autònoma de Barcelona



 

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