SER COMUNISTA

el marxismo a debate
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x Carlos X. Blanco

Comunismo. Hermosa palabra, si nos paramos a pensar. Si dejamos a un lado la perversión de asociarla con aquellos regímenes estalinistas o maoístas que, a fin de cuentas, ya pasaron. Aquellas dictaduras no avanzaron hacia el Comunismo. Se apropiaron de la idea, se apropiaron de la filosofía y obra de Marx, Engels, Lenin, y ello fue ideal para los propósitos del enemigo burgués.

Comunista y demonio fueron casi sinónimos para la derecha y el mundo “liberal”. Pero ¿qué es ser comunista, frente a los falsos apropiadores y frente a los enemigos declarados de la idea?

Sencillo. Muy sencillo. Ser comunista es exigir y luchar por que los medios de producción fundamentales de una sociedad se pongan al servicio de esa sociedad, y redunden siempre en un beneficio colectivo. Bajo una idea tan general y elemental caben mil interpretaciones, mil modos de concretar ese programa y de luchar por el avance hacia él. No es una utopía. Se trata de una posibilidad real. Tan posible como la triste realidad casi universal en nuestro planeta, y que es justamente la posibilidad contraria: que los medios de producción fundamentales de un país estén en manos privadas y la riqueza resultante de su empleo vaya también a manos privadas. Es demasiado fácil declarar superior la “realidad” implantada, el capitalismo triunfante frente a la mera posibilidad alternativa. Se suele hacer apología del Capital apelando simplemente a su éxito, a su (casi) omnipresencia, en comparación con las (meras) posibilidades, alojadas humildemente en el Futuro, el Deseo, la Truncada Realización... Esta forma de pensar, que glorifica el éxito y lo dado, frente a lo (meramente) posible y “utópico” representa lo peor de Hegel y del Positivismo. Pero a veces lo “real” y lo “dado” no es lo más racional. A veces lo más racional, lo más bueno, está abriéndose camino, realizándose en países humildes, asfixiados, abriéndose paso en lejanas sociedades de gente pobre y vapuleada. El ahora vencido o discriminado puede llevar consigo –ocultos- los laureles de un triunfo, al menos moral, pero un triunfo definitivo. Así en Cuba. Así en Venezuela.

Pasada la era de la dogmática estaliniana, y qué tarde los PCs europeos la dejaron atrás, ya no caben disputas bizantinas sobre cuál ha de ser el acceso socialista hacia el Comunismo. Cada país, cada sociedad concreta ha de hallar el suyo. Simplemente, la socialización de los medios de producción ha de pensarse en términos estratégicos y prudentes para poder hacer frente a todas las contra-medidas planificadas desde el Imperio. Por ejemplo: ¿se puede socializar la economía sin mantener bajo cierto control a los agentes de la CIA, y a los contrarrevolucionarios? Pretender que se avanza hacia un socialismo de forma armónica y sin tener a raya a sus enemigos infiltrados, sería una ingenuidad. Otro asunto más, que revela lo poco armónico que es un proceso de transición hacia el socialismo, está en la necesidad de todo país de mantener relaciones comerciales externas no especialmente gravosas, y sin cortapisas, con el extranjero. Ya no se puede avanzar hacia un modelo socialista o comunista sin cuidar una red bien tupida de países aliados, amigos y solidarios, con quienes poder hacer causa común ante eventuales bloqueos del Imperio.

El mundo ha entrado en una fase de privatización universal tan calamitosa, que ser Comunista, lejos de ser “una opción más”, consiste simple y esencialmente en “no comulgar con el Capitalismo”, en luchar, ya sea a título individual o colectivo, por no caer del todo en sus redes tramposas. Así de sencillo. Así de general. Las relaciones humanas, las instituciones sociales, están cayendo más y más en una trampa devoradora de la que ya resulta muy difícil evadirse. Divertirse, comer, amar, hablar. Todo cuesta dinero, ya. Todo ha entrado por el aro categorial de la Mercancía. No ya lo que el hombre necesita o cree necesitar. No ya lo que el hombre hace, dice o deja de hacer o decir... sino los propios cuerpos y mentes humanas, y todo género de “servicios” o “utilidades” que pudieran ofrecer, han caído ya en ese horrendo sumidero de la Mercancía. De su aprovechamiento económico capitalista, a costa de la desnaturalización del hombre y de la pérdida de la naturaleza, se benefician unas arcas privadas, que en su engrosamiento arrasan con la Sociedad y lo Humano.

Pero ser Comunista es, al menos, ir diciendo No a ese proceso deplorable y depredador no por exitoso, racional. A título individual, colectivo o nacional, hubo quien supo decir No al Capitalismo, y quien sigue diciendo No.