LAS CONTROVERSIAS DE LA REVOLUCIÓN RUSA

el marxismo a debate
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x Alberto Arana - 16.01.07

Naródnaya Volia (La Voluntad del Pueblo) es la primera organización socialista que acredita la existencia de un proceso revolucionario en el Imperio ruso. Estamos en la década de los años setenta, siglo XIX. Los “narodovoltsi” propagan que Rusia puede llegar al socialismo desde un sistema señorial y ahorrarse la dura fase capitalista. El “mir”, o propiedad comunal campesina, que persistía, sería la piedra angular de la nueva sociedad. Marx, unos años antes de morir, tuvo algún dato, alguna premonición, y su perspicacia le hizo desviar unos grados la mirada, desde las civilizadas y maduras potencias capitalistas, hacia un hondo rumor que crecía entre los súbditos del Zar y que los escritores rusos recogían y expresaban.

En Europa, desde Napoleón, el sistema señorial estaba herido de muerte y el capitalismo, obediente ciego a su beneficio en plazo fijo, agravaba la crisis pariendo sin cesar una riada de proletarios díscolos; éstos, conscientes de su ascenso numérico, se oponían a la sociedad de clases con un empuje mayor que el de su pariente explotado, el campesino, logrando que se dibujara con nitidez el horizonte socialista en la historia. Sin embargo en un segundo tiempo, insensiblemente al principio y aceleradamente después, el capitalismo fue generando una aristocracia obrera que introdujo una cultura de moderación en los partidos socialistas, configurando una estructura social y de ideas que desvirtuaba las iniciativas revolucionarias. Persistía la decadencia de las estructuras señoriales pero el porvenir se inclinaba ahora del lado de una burguesía que ya había demostrado una experta veteranía en un pulso de siglos con el sistema señorial, al cual había ido desintegrando antes de que el capitalismo fuera un impulso imparable.

En cambio, en Rusia, el ferrocarril del capitalismo avanzaba sin raíles. Para la revolución existía la coincidencia favorable de una débil estructura social burguesa unida a una fuerte concentración capitalista –y por tanto obrera- en Petersburgo y otros lugares. Cuando la revolución vence en Rusia y decae en Europa, Lenin y Trotsky aún se hallan presos de las viejas pautas marxianas, que sin embargo saben relegar, adecuando la praxis a la apabullante lección de historia que 1917 traía consigo. La revolución era una y su aparcamiento en una estación burguesa no era el veredicto que habían dado los soviets de obreros y soldados. El capitalismo en Rusia había cometido la torpeza de lanzar al terreno político a una clase obrera, sin haber asentado previamente su dominación social relevando a las carcomidas estructuras señoriales del zarismo. Gracias a ello el partido bolchevique forja una victoria donde el marxismo invalidaba la revolución y en cambio, ésta, es derrotada o frenada, allí donde se había considerado inevitable.

Tras esta sorpresa vino otra, al comprobar que la economía se rebelaba contra los decretos socialistas, tan racionales y futuristas. Hubo que dar marcha atrás sustituyendo las voluntariosas leyes estatalizadoras por una política económica que transigiera temporalmente con la enorme inercia y el valioso contenido empírico que poseía la economía de mercado. Al gobierno bolchevique no le quedaba más remedio que trabarse con una casuística de situaciones resbaladizas en donde el baile perpetuo de los factores económicos, obedeciendo unas veces y desobedeciendo las más, se mofaba de las perentorias disposiciones socialistas. Sin atajos, poco a poco, dolorosamente, la compleja maraña de factores económicos fue siendo desenredada y conocida, ganando pericia gradualmente la teoría económica de un socialismo que había entrado en tratos domésticos con la realidad.

Entonces muere Lenin, el gran árbitro de las distintas tendencias y personalismos del frágil poder soviético. También empieza a aflorar el temor de que la restauración del mercado, con su impulso a una renacida industria y comercio privados, más el inmenso océano de la pequeña propiedad campesina, ahogue el débil pulso de la revolución. Además surge la aprensión de que el atraso industrial respecto a Occidente, sitúe a Rusia a merced de una invasión. Trotsky quería cortar por lo sano colectivizando forzosamente el campo y quemando etapas en la industrialización, como modo de deshacer el nudo gordiano que desde el interior y el exterior amenazaba al socialismo en la URSS. Bujarin consideraba esto una aventura irresponsable que sublevaría al campesinado contra el partido comunista. Stalin se mantenía indeciso.

Acabar con la industria y el comercio privados, así como colectivizar el campo y quemar etapas en la industrialización era una etapa que había que afrontar si se quería llegar con probabilidades de éxito a la cita con la casi segura segunda intervención imperialista en la Rusia revolucionaria. Stalin acomete el problema tras haber recuperado la economía (1926) el nivel de antes de la guerra, y desmiente las acusaciones hechas por la oposición de izquierdas, de representar una tendencia ajena al socialismo. Es demasiado alambicado argüir que en realidad la naciente burocracia soviética se defendía sólo a sí misma, para no sucumbir si la transacción con la economía de mercado se desarrollaba durante más tiempo; porque para ese viaje no habrían hecho falta tantas alforjas, bastaría con ofrecerse como tal burocracia ya existente y consolidada, para la gestión de una economía y una sociedad que fueran dando pasos hacia la plena propiedad privada. La revolución de Méjico, contemporánea de la rusa, fue un buen ejemplo de esto. Stalin, tras derrotar a sus rivales asume dar el gran paso, en realidad la tercera revolución rusa, la de industrializar el país y colectivizar el campo. Es decir la parte práctica de la idea del socialismo en un solo país, creando así las bases materiales del socialismo en vez de llorar porque no existían y esperar anhelante la revolución mundial que sacara a Rusia del atraso y la librara de amenazas.
Mientras las dificultades se iban superando, el sujeto que lo conseguía iba experimentando también una transformación. El partido comunista adquiere un carácter que le confiere, no sólo la exhausta clase obrera revolucionaria, sino además una creciente e inmune burocracia comunista de origen social proletario pero interesada en su nuevo estatus, inicialmente de prestigio social sobre todo. La suerte está echada: ni en Occidente hay revoluciones victoriosas que saquen de su atraso a Rusia, ni de la clase obrera rusa pueden salir nuevas energías políticas para hacer frente a este fenómeno. Tras las fuertes pruebas de la revolución, el partido comunista era el único que garantizaba la existencia del poder soviético. La nueva clase obrera, una vez extinguida en los años de guerra y revolución la extraordinaria vanguardia proletaria de Petrogrado y otros núcleos industriales, estaba constituida en su mayor parte por campesinos a los que la revolución había liberado de su inhumana servidumbre bajo el sistema señorial zarista. Este nuevo proletariado de reciente extracción campesina, experimentaba una mejoría en las condiciones de vida, ignorando la libertad o mejor dicho su falta, ya que nunca la había tenido y observando además que era posible un relativo ascenso social a través de las estructuras del partido, los sindicatos o la administración del estado. La nueva clase obrera sin la forja y la tradición política de la anterior, produjo un nuevo tipo de partido obrero. Éste había constituido el puente entre la fase anterior y la nueva y a su vez también se había transformado tras una brega de pocos años pero que en intensidad habían valido por decenios: zarismo, guerra mundial, revolución, guerra civil, intervención extranjera, fracaso de las revoluciones europeas, caos económico, hambrunas masivas, epidemias, pugnas internas, militarización de la sociedad... La base social en que se apoya ahora la revolución es infinitamente menos crítica, hallándose agradecida por el paso de ser un alma muerta campesina a un agente de apoyo a un poder absoluto que le beneficia con una vida mejor que la de siervo de un hacendado zarista, así como con una gran consideración política, en parte retórica y en parte real, que le sitúa en el centro del devenir de una nueva civilización.

Lo que vino fue una consecuencia del aislamiento y las terribles condiciones de partida, no algo causado por una mente malévola, que pudiendo elegir un camino de rosas optara por medidas draconianas. Stalin y el aparato y fuerzas que en él se reconocían, habían asumido la herencia de la revolución, triunfadora pero desangrada, así como la perspectiva de un fascismo exterior progresivamente embravecido y cuya lógica no se detenía en poner freno a las organizaciones obreras en cada país, sino que trabajaba preparando la invasión de la Unión Soviética. También se databa el fracaso –no se sabía a ciencia cierta por qué- de todas las insurrecciones revolucionarias en Europa, a pesar de haberse aplicado con fruición el venerado modelo bolchevique. La respuesta paulatina a la cadena de peligros, dificultades y frustraciones, es la progresiva militarización de la política y de la sociedad soviéticas, lo cual lógicamente constituye una hipoteca: el poder estatal obtiene de inmediato un activo para dirigir sin trabas su voluntad sobre el país, pero más adelante se debe retornar dicho crédito con intereses.

Cuando Stalin se alza con el poder absoluto, las disposiciones que desarrolla están básicamente establecidas en dinámicas que ya se habían generado en el Partido bolchevique durante la etapa de Lenin y en las que Trotsky había colaborado concienzudamente (la actuación del Ejército Rojo, la economía de guerra, las requisas a los campesinos, la militarización de los trabajadores, la represión sobre la izquierda en Kronstad, la ilegalización de partidos socialistas…). Lo que sí es nuevo es que esta política se asienta en una base popular naciente, menos imbuida de la vieja mística revolucionaria y más ligada a las necesidades prosaicas del tosco socialismo real y luego a la defensa de la patria de dicho socialismo.

La nueva Internacional creada y dirigida por Rusia, hubo de desenvolverse en el marco de esta situación general, insertándose en ella tanto el prestigio como los problemas y conflictos que envolvían a la URSS. El primer problema surgía de la misteriosa inviabilidad de los procesos revolucionarios en Europa, a lo cual, para no contradecir a un divinizado Marx, se dan respuestas idealistas (falta de decisión revolucionaria, actividad traidora, etc.), lo cual alimentaba el error y la frustración. El segundo problema lo constituía la imposibilidad de dirigir acertadamente los complejos y numerosos procesos revolucionarios mundiales con fórmulas y directrices centralizadas. Este planteamiento dictatorial de Moscú encontraba su complemento en los comunistas de los demás países por el gran ascendiente que habían obtenido “los camaradas rusos”; el hecho de haber triunfado y de haber sido los únicos, se veía reforzado a ojos de los revolucionarios de todo el mundo, por el hecho prodigioso de que lo hubieran hecho allí donde era menos probable según los textos teóricos. Y aún había un tercer problema que tenía también su origen en el amor a los clásicos: ignorar la dirección extraeuropea de la revolución que ya Rusia había mostrado y que ahora se manifestaba en el crecimiento del comunismo en Asia. Minusvalorar dicho fenómeno comprometía el crecimiento de la 3ª Internacional allá donde más posibilidades tenía: en los países colonizados.

Con estas limitaciones subjetivas, añadidas a las objetivas, el campo de visión de Stalin se fijaría obsesivamente en garantizar la supervivencia de la Unión Soviética, no por patriotismo, no por el continente sino por el contenido socialista. Y ello desde la contemplación nítida del horizonte de una segunda intervención extranjera planificada en lugar de improvisada. Stalin había decidido sin fisuras el valor relativo de todo lo demás frente a esta premisa básica. El razonamiento era que si se perdía la guerra que ya se divisaba, no quedaría nada de socialismo. Establecidos los parámetros, el amurallamiento de lo que cabía defender, Stalin diseña la estrategia para hacerlo, y la establece también en el plano del más desnudo realismo: dar prioridad y centralidad al pájaro en mano de la explotación de las rivalidades interimperialistas más que al ciento volando de las posibilidades revolucionarias de los pueblos de Europa, aspecto en el que la revolución rusa, desde su inicio había cosechado un amplio cuadro de decepciones. Así, los partidos de la 3ª Internacional, férreamente sujetos a la disciplina de Stalin, debían ser auxiliares de las políticas que estableciera la URSS con tal o cual gobierno, antes que agentes que se debieran principalmente al devenir del proceso revolucionario nacional. Las corrientes de la historia los habían hecho surgir del big-bang de Petrogrado/ 1917 y éste ya los iba a llevar de la mano por todo el camino.
Hasta el surgimiento de la revolución rusa, las contradicciones interimperialistas habían sido la tónica dominante y se habían materializado, a lo grande, en la Gran guerra de 1914. Pero al consolidarse la revolución rusa, la Europa burguesa se hallaba en un estado de ansiedad esperando el siguiente asalto de la revolución. Esta dinámica sigue su curso, respondiéndose con la fascistización de los regímenes europeos, la creación del cordón sanitario en torno a Rusia, el amamantamiento de Hitler, el pacto de no intervención en España para evitar el surgimiento de “una nueva Rusia” y por último el pacto de Munich tratando de enfocar el expansionismo de Alemania hacia las fronteras de la URSS.

La 2ª Guerra mundial contenía un factor de mera réplica, o de segundo tiempo, de “la del 14” en cuanto a pugna irresuelta del pulso del Imperio inglés con una vigorosa Alemania que tras la derrota y el armisticio, se había vuelto a levantar. Sin embargo habían surgido nuevos actores en el conflicto, desplazándolo desde el enfrentamiento Inglaterra-Alemania a una Liga en la que ya entraban Estados Unidos, el binomio Rusia-socialismo y Japón. Era pues un fenómeno más complejo que desataría su volcánica energía utilizando como detonante la explosiva rivalidad entre Inglaterra y Alemania. Un factor novedoso en el mapa de inicio es el discreto pero contundente paso de los Estados Unidos a primera potencia económica mundial. Esto era visto por los europeos con distracción, porque dicha potencia todavía no había sentado plaza en el viejo continente y porque no poseía un imperio clásico, territorial, como el de los países europeos. Quien ya era preocupadamente consciente de lo que significaba Estados Unidos, porque lo tenía en su horizonte y porque no participaba de la autosuficiencia eurocéntrica, fue Japón. Para esta potencia asiática los EEUU se iban dibujando con el mismo perfil, competidor y asfixiante, que Inglaterra para Alemania.
Pero además existía otra componente enteramente nueva, el poder soviético. Los países imperialistas y la propia revolución soviética jugaban a tres bandas, en lugar de a dos como sucedió en la Gran guerra. Ahora no había solamente dos coaliciones imperialistas tratando de vencer, sino un tercer vértice que era la URSS. Cada país imperialista deseaba ver aplastado al socialismo y, a la vez, a la otra coalición. Estos tres bloques buscaban la victoria propia a través de la explotación de las contradicciones entre los otros dos. No se sabía qué alianza iba a prevalecer ni cuándo ésta era coyuntural o empezaba a dejar de serlo y eso hacía que la diplomacia geopolítica se volviera terriblemente complicada. Sin embargo Stalin, maniobrando habilidosamente con las contradicciones entre los dos bloques imperialistas logra lo que a priori parecía imposible: desbaratar una segunda intervención coaligada de las potencias capitalistas. La guerra comienza enfrentando a los dos bandos imperialistas y cuando afecta a la URSS, ésta no se halla aislada.

En Enero del 43, la victoria soviética en Stalingrado propaga un presagio de derrota para Alemania. Cinco meses y más de dos millones de muertos acabaron por decidir la mayor batalla de la historia. En Alemania, al conocerse la derrota se suspendieron todas las emisiones de radio durante tres días, escuchándose sólo música fúnebre. Se cerraron así mismo restaurantes, teatros, cines y lugares de esparcimiento. Por su parte, los estados mayores de Washington y Londres quedaron sumidos en la preocupación ante el nuevo panorama que se presentaba: una postguerra donde la hegemonía habría de ser compartida con la Unión Soviética. La URSS se erguía como futura potencia mundial. Stalin sacrifica entonces la 3ª Internacional, como medida tranquilizadora frente a sus aliados, porque no cabía descartar, en plena guerra, un cambio radical de amistades dictado por el temor a un futuro panorama de hegemonía soviética en Europa Oriental. De hecho Alemania se deslizaba en esa dirección, ofreciendo una paz a EEUU e Inglaterra a cambio de ayuda para su cruzada antisoviética. Que esto no fuera posible constituyó una hazaña estratégica y su culminación fue la rendición de Berlín a las tropas soviéticas. Eso explica el enorme ascendiente mundial que tuvo Stalin ayudado por el terror policial en la URSS, pero sin el concurso del terror en el resto de los países.

En paralelo a este afianzamiento y a su condición, la militarización social y política, se decantó la dogmatización del marxismo, con la consiguiente parálisis como paradigma científico de análisis social y como ariete de lucha. Fenómenos en marcha, como el desarrollo del capitalismo y la aparición de nuevos sujetos revolucionarios, fueron incomprendidos por este marxismo soviético, que no era capaz de encajarlos en sus fórmulas. Resultaba ser así una rémora para el propio desenvolvimiento de la ciencia histórica y por tanto del socialismo. En donde sí se desarrolló el marxismo fue en “el exterior”, con los estados y buena parte de la sociedad rebosando hostilidad. Los orígenes de la Escuela de Frankfurt se hallan en el cuadro psicológico que dejó el fracaso de las revoluciones europeas. La derrota sistemática de quienes intentaron emular a los bolcheviques derivó en frustración, desconcierto, pesimismo y desmoralización, lo cual unido al temor, a la presión adversa... fue creando una situación psicológica que rehuía el activismo en dirección a objetivos revolucionarios. Este cambio de perspectiva que esquivaba “lo político”, había iniciado un viaje en deriva que no tardó en hallar campos en los que verter su fértil inteligencia. El análisis de los múltiples aspectos de la vida cotidiana desde una óptica marxista, desarrollaría aspectos hasta entonces inexplorados. Junto con los caminos que recorrían Mariátegui en Perú y Gramsci en Italia, la escuela de Frankfurt ponía los cimientos de un mayor ámbito de estudios marxistas, rebasando los tradicionales campos: economía e historia.

Otro factor de declive se fue gestando con el sometimiento a la URSS de los países del Este de Europa, por el deseo lógico de contar con una serie de estados tapón con la Europa occidental, pero con la consiguiente derivación en potencia ocupante. La política del socialismo se congeló, no pudieron salir reformas políticas democráticas, porque aunque aplicadas a la URSS fueran posibles, éstas habrían de tener lógicamente su extrapolación a los países del Este de Europa, y ahí sí corría riesgo el sistema de desmoronarse al iniciar una liberalización política. Por lo tanto las reformas se abortaron y la URSS recibiría luego, como un boomerang, los efectos de su propia política.

Alberto Arana.
Corriente Roja.