el marxismo a debate

Lo más interesante del texto reside en que en esa polémica el joven Lenin —sin haber profundizado todavía en el pensamiento dialéctico de Hegel, como lo hará con notable lucidez en sus anotaciones a la Ciencia de la Lógica durante la primera guerra mundial— indaga sobre El Capital de Marx. En esa tarea focaliza su mirada sobre una categoría teórica que será fundamental para los estudios del capitalismo latinoamericano: la de “formación económico social”. La reflexión y la conceptualización de Lenin acerca de la “formación económico social” contienen matices y perspectivas no siempre coincidentes con los análisis que de la misma han desarrollado Louis Althusser y Marta Harnecker en sus célebres manuales.

Sin embargo, lo fundamental, es que Marx hizo teoría para analizar con profundidad el sistema de explotación capitalista y para demostrar que el proletariado es la clase revolucionaria que enterraría ese sistema, mientras Lenin hizo toda su teoría en función de la construcción de un partido de clase como instrumento de la toma del gobierno y la instauración de una sociedad socialista. En tanto Marx busca libremente, Lenin construye y domina un partido, encabeza una revolución y busca construir una nueva sociedad. 

Este libro que abarca desde la fundación (1903) hasta los años sesenta, fue traducido y publicado por editorial Ayuso (Madrid) en los años setenta, y que actualmente se puede encontrar en la RED (sin este apartado), es uno de los más exhaustivo y riguroso que se han escrito sobre un partido que hizo la revolución, y que acabó en su mayor pare diezmado por la burocracia estalinista.

El drama histórico sufrido por el pueblo soviético con el derrumbe de la URSS, no fue, ni pudo ser, la resultante de factores externos que, " desde fuera" y de manera ajena a las contradicciones del sistema y a los componentes subjetivos del desarrollo social, condujeron a la derrota. Aquellos factores externos que obviamente concurrieron, (desde luego no mas intensos que muchos de los que hubo de resistir y vencer la URSS en sus ochenta años de historia) difícilmente hubieran concluido en el desmoronamiento del sistema , si no fuera por la receptividad que encontraron en una honda descomposición del régimen y, sobre todo, en agentes sociales que desde posiciones rectoras unían su interés de grupo a la destrucción del socialismo. Eso fue lo decisivo.

Marx insistió siempre en la necesidad de una concepción científica del proletariado como requisito para que pueda jugar su papel de emancipador de la humanidad (o como enunciara Lenin: "Sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria", añadiendo seguidamente, que "sin praxis, sin esfuerzo, sin lucha, toda teoría revolucionaria no vale absolutamente para nada").

Con el paso del tiempo y la acumulación del conocimiento y de la experiencia asistimos a un desarrollo de la productividad del trabajo. ¿Qué entendemos por productividad del trabajo? Bueno, pues es la capacidad del trabajo (no de la herramienta o máquina pues los bienes de producción son fruto del trabajo y del saber social) de producir más bienes y servicios con mayor calidad y en un lapso determinado de tiempo.

En ese contexto confiesa que "le están pidiendo demasiado" y que eso le "impresiona de una forma siniestra". De manera que el hombre que por entonces está escribiendo en la prensa del partido "contra el pesimismo" de los otros se siente solo, no acaba de superar la enfermedad, siente que algo se ha roto en su interior y necesita unas fuerzas que sólo le pueda dar, espiritualmente, la mujer, una mujer de la que, por otra parte, él mismo sospecha que está algo más que fatigada.

La primera es que muchas de las cartas que escribió desde la cárcel tenían que pasar por la censura: él lo sabía; sabía que en cierto modo esto las hacía "públicas" y en consecuencia reduplicó durante esos años (1927-1933) su ya notable contención sentimental adoptando a veces el lenguaje de Esopo. Para descifrar ese lenguaje el estudioso y el lector atento tienen que acudir a veces a otras fuentes (testimonios de los familiares y amigos dentro y fuera de la cárcel).

Desaparecido desde hace algo más de treinta años, Lukács es un ilustre desconocido del marxismo del s. XX[i]. Es conocido sobretodo por sus primeros textos pero demasiado frecuentemente reducido a ellos y su obra posterior es todavía hoy poco conocida aunque ella representa un esfuerzo real para intentar una renovación del marxismo. Este esfuerzo que merece una verdadera atención ha de ser evaluado y confrontado con nuestra propia modernidad, ya que estamos doblemente enfrentados a una mundialización del capitalismo cada vez más salvaje y a la necesidad de reconstruir una teoría crítica a la altura de las circunstancias actuales.

Breve análisis del conjunto de escuelas historiográficas marxistas del siglo XX a través de un texto de Josep Fontana, publicado en el 2001.El presente comentario, se trata de un esbozo del tercer capítulo del libro “Historia de los Hombres” (editorial critica, 2001) escrito por el historiador catalán Josep Fontana, y concretamente llamado “Los Marxismos”.

Desde el 2002 dos grandes facciones político-clientelares comparten el poder en China, en un delicado equilibrio basado en el reparto de los puestos en los órganos centrales del Partido. La primera facción esta compuesta por aquellos dirigentes agrupados alrededor de la figura de Jiang Zemin (el ex primer secretario del Partido y ex presidente de la Republica) y la segunda facción a aquellos dirigentes del entorno de Hu Jintao.

La publicidad, los medios de comunicación, el cine y los escritos de sus pseudo intelectuales inoculan siguiendo los mandatos de sus dueños: las corporaciones transnacionales, dueñas de todo lo que se compra y vende en el mundo, toda la mentira y estafa a la inteligencia de la razón de la invasión a Irak. Lo que Marx llamó “la literatura mundial”, instrumento de propagación de la ideología dominante: la capitalista neoliberal, se encargó de generar el clima de miedo, terror y elucubraciones imbéciles acerca de los hechos puntuales causantes de la guerra.

En octubre de 1836 Marx fue a estudiar a la Universidad de Berlín. Su intención inicial era continuar los estudios de derecho pero pronto dirigió su atención a otros temas, según explicó a su horrorizado padre en una famosa carta del 10 de noviembre de 1837. Insatisfecho con el “reflejo lunar” de sus poemas de amor, Marx se puso a estudiar en serio. Primero incursionó en la filosofía del derecho y luego en la filosofía misma. Inevitablemente tendría que abordar el pensamiento del filósofo más influyente de la época: Frederich Hegel. Al principio a Marx le repelió “la melodía extravagante y pedregosa” de Hegel, pero más adelante se sorprendió a sí mismo convertido a la filosofía hegeliana.

Los que siguen considerando el anarquismo como vía idealista hacia el comunismo, deberían preguntarse, cómo aquella idea anarquista que cuajó en un millón de españoles en tiempos de la II República, cuando sólo habían no más de treinta y cinco mil comunistas, fueron estos últimos los que demostraron mayor capacidad de organización y desarrollo de lucha contra la dictadura franquista.

La disputa entre el partido del Estado (Stalin) y el partido de la revolución (Trotsky) tendrá una prolongación inmediata en la naturaleza de la política exterior, y más concretamente en la línea general de la Internacional Comunista, sobre todo a través dos de los mayores acontecimientos de la segunda mitad de los años veinte, en la huelga general británica, y en la segunda revolución china.

Conviene señalar que esta condena tiene ante todo un carácter precipitado. Comienza a darse en los años ochenta, para establecerse sin discusión como una consecuencia inexcusable de lo que se ha llamado “la caída del comunismo” (2), y se desarrollará en una auténtica escalada hasta alcanzar su cumbre denigratoria con la publicación del Libro negro del comunismo, algo así como la sentencia final sobre la que se fundamenta todos los "cursillos" conservadores del mundo para imponer ofensivamente sus criterios.

Más artículos...